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Abierta la inscripción al XXXVI Concurso Nacional de Cine Independiente de Cipolletti

El Concurso Nacional de Cine Independiente de Cipolletti cuenta con la curiosidad de ser el más antiguo del país con su próxima 36° edición. Lo sigue el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con 35° Ediciones al completar noviembre próximo, pero más antiguo, ya que sus primeras ediciones datan del año 1954.

Comunican desde la organización que «En principio, se hará por streaming… pero si las condiciones cambian evaluaremos la posibilidad de pasar a modalidad presencial».

¡ATENCIÓN! El plazo para envío de trabajos es corto!!!

Se reciben cortometrajes de hasta 25 minutos
Categorías: ficción, documental y animación.

Calendario

1 de agosto: Lanzamiento Convocatoria
3 de septiembre: Cierre Convocatoria
14 de octubre: publicación Selección Oficial
4 de noviembre: Función de apertura
7 de noviembre: Anuncio de Premios

Formato de presentación

Los trabajos deberán presentarse como archivo de video (.mov / .mp4), en resolución 1920 x 1080, compresión H264.

Deberán ir acompañados de la ficha de inscripción a la cual pueden acceder en el siguiente enlace: https://forms.gle/FzBYBpUbQ397Kqek9

Puntos de recepción

Por Internet:
Opción 1: subir archivo a la cuenta del Concurso https://festivals.festhome.com

Opción 2: enviar para descarga directa a [email protected] (solo por los siguientes medios: Google Drive, Dropbox, habilitación descarga en Vimeo o Youtube).

PREMIOS

– Gran Premio del Jurado ($15.000 + estatuilla + diploma)
– Premio Patagónico Alberto Vilanova (destinado a realizadorxs nacidxs o residentes al sur del río Colorado) ($10.000 + estatuilla + diploma)
– Premio al Mejor Ficción ($7.500 + estatuilla + diploma)
– Premio al Mejor Documental ($7.500 + estatuilla + diploma)
– Premio a la Mejor Animación ($7.500 + estatuilla + diploma)

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  • Todos sospechosos

     

    Durante años, la inteligencia estatal ocupó un lugar marginal en el debate público argentino: un subsistema opaco, poco discutido y, salvo en momentos de escándalo, resguardado de la política visible. Ese régimen de invisibilidad no fue solo una consecuencia de su función, sino también una condición de su estabilidad institucional.El DNU 941/25, que el presidente firmó el último día del año,  fue presentado como una reorganización necesaria del sistema de inteligencia. Pero leído con atención dice algo muy incómodo: la inteligencia deja de ocupar un rincón modesto y silencioso del Estado para extenderse sobre ministerios, registros, fuerzas armadas y de seguridad y flujos cotidianos de información. No es una reforma técnica ni un ajuste administrativo: es  una decisión política que redefine quién decide, qué se observa y bajo qué lógica se vuelve legítima esa observación y el espionaje en general. 

    Uno de los primeros cambios estructurales es la reconfiguración de la centralidad del poder en la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE). La Ley 25.520 ya la establecía como órgano rector del Sistema de Inteligencia Nacional, pero el DNU refuerza y densifica ese lugar.  En la SIDE se concentran la conducción estratégica, el control presupuestario, la coordinación interagencial y la definición de prioridades. La SIDE no solo produce inteligencia: decide qué información es relevante, quién debe producirla y cómo debe circular. En paralelo, el decreto crea comunidades obligatorias de información —la Comunidad de Inteligencia Nacional y la Comunidad Informativa Nacional— que integran ministerios, fuerzas de seguridad, organismos técnicos y registros administrativos al circuito de inteligencia. Toda una red dedicada al espionaje interno. Así, la frontera entre administración pública e inteligencia se vuelve porosa: áreas que antes generaban datos para políticas sectoriales pasan a alimentar un sistema orientado a la anticipación de riesgos estratégicos.

    Esa centralización vino acompañada, además, por un incremento sostenido de los fondos reservados destinados a la SIDE. En un gobierno que hace de la austeridad una bandera y que no dudó en recortar partidas sensibles —desde discapacidad y educación hasta salud o salarios de las propias fuerzas de seguridad y armadas—, resulta llamativo que el presupuesto de inteligencia haya sido ampliado por decreto en cuatro oportunidades en los últimos dos años y que en 2025 alcance los 107 mil millones de pesos. El debate sobre los fondos reservados no es nuevo y, por su visibilidad, suele encontrar un lugar relativamente rápido en la agenda política. Pero detenerse solo allí corre el riesgo de perder de vista lo más significativo: no cuánto dinero se asigna, sino para qué tipo de sistema de inteligencia se lo asigna.

    Otro cambio relevante modifica el estatuto del secreto. El DNU establece que todas las actividades del sistema de inteligencia revisten carácter encubierto y las justifica en nombre del “riesgo estratégico nacional”. No es una novedad absoluta: desde 1983, la democracia argentina convivió con un sistema donde el secreto fue la regla y el control, la excepción. Pero la sanción de la Ley 25.520 en 2001 —la primera Ley de Inteligencia Nacional— representó un punto de inflexión político e institucional. Cerró un trabajo iniciado durante la transición democrática que incluyó las leyes de Defensa Nacional y de Seguridad Interior, orientadas a delimitar funciones, establecer controles y separar la inteligencia de la represión interna. Aunque esa ley nunca logró desarmar del todo el núcleo opaco heredado, sí expresó un consenso democrático: el secreto debía ser contenido, regulado y justificado. La diferencia es que ahora el DNU invierte esa lógica. El secreto deja de ser una práctica heredada o tolerada y vuelve a constituirse como un principio normativo explícito, blindado jurídicamente.

    A esto se suma la habilitación de funciones policiales para los organismos de inteligencia, incluyendo la posibilidad de “repeler agresiones” y realizar “aprehensiones” en flagrancia, claramente explicitado en la letra del decreto. No se trata de un detalle menor: la detención de personas es una de las expresiones más intensas del poder estatal y, desde el regreso a la democracia, había quedado explícitamente separada de la actividad de inteligencia. Reintroducir esa facultad en un sistema que opera bajo secreto y con controles débiles no sólo amplía competencias: reabre una zona históricamente sensible de la democracia argentina, donde inteligencia, seguridad y coerción estatal vuelven a superponerse.

    Pero el desplazamiento más profundo no está en estas atribuciones visibles, sino en un cambio menos evidente y más decisivo.

    El núcleo del DNU es la expansión del campo de la contrainteligencia. No es un cambio organizativo ni procedimental, sino epistemológico y político. La contrainteligencia deja de limitarse al espionaje clásico y pasa a abarcar fenómenos difusos como la influencia, la injerencia o la interferencia en los procesos decisorios. Su enfoque es preventivo, multidimensional y se proyecta sobre todo en el sector público. 

    Este corrimiento es epistemológico porque cambia qué se considera una amenaza. Ya no hace falta un acto hostil ni una intención comprobable: alcanza con la posibilidad de un daño futuro. Y es político, porque redefine quiénes pueden quedar bajo observación legítima.

    Ahora, la inteligencia no sólo se orienta a identificar enemigos externos, sino a monitorear dinámicas internas, flujos de información y efectos potenciales sobre la política. El riesgo no solo se gestiona: se redefine. Y en esa redefinición se juegan nuevos límites —mucho más inciertos— entre seguridad, democracia y poder estatal.

    Ese corrimiento, sin embargo, no se traduce de manera inmediata en un sistema plenamente operativo. La reorganización que propone el DNU exige estructuras, recursos humanos, capacidades técnicas y protocolos que hoy no existen o permanecen fragmentados. Por ahora, la reforma no es un hecho consumado, sino la primera habilitación de un andamiaje para una política que acaba de ser explícitamente declarada. Pero la orientación ya está fijada, aún cuando su despliegue efectivo sea incremental o acabe fallando.

    Un cambio epistemológico y político

    Ninguno de estos cambios tiene lugar en el vacío. En el contexto actual, la contrainteligencia no es un problema abstracto ni una obsesión anacrónica del Estado. En los últimos años, el sistema político argentino enfrentó al menos dos casos testigo que muestran su relevancia. 

    Por un lado, una infiltración clásica del aparato estatal: actores privados que, aprovechando vínculos informales y zonas grises del sistema de inteligencia, accedieron a información sensible y la utilizaron con fines ilegales, en un entramado documentado por una comisión parlamentaria y cuya figura emblemática fue el caso de Marcelo Sebastián D’Alessio. En 2021, el informe de la Comisión Bicameral dio cuenta de cómo D’Alessio —falso abogado y autoproclamado experto en seguridad— utilizó información obtenida de fuentes reservadas para extorsionar a empresarios, presentándose falsamente como operador con llegada a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y a la Drug Enforcement Administration (DEA). Más allá de la veracidad de esos vínculos, el caso expuso un problema estructural: la circulación informal de información de inteligencia, la debilidad de los controles internos y la facilidad con la que el sistema puede ser capturado para fines privados sin ser detectado a tiempo por los mecanismos de contrainteligencia.

    Por otro lado, una amenaza de naturaleza distinta: filtraciones confirmadas en los últimos años de bases de datos estatales —como las que expusieron información personal del Registro Nacional de las Personas— y, más recientemente, una denuncia pública sobre una megafiltración de un terabyte datos de argentinos que aún no cuenta con confirmación oficial plena.

    En conjunto, estos episodios expusieron la fragilidad de las infraestructuras digitales y la vulnerabilidad de bases de datos críticas.

    Reconocer la plausibilidad del problema es indispensable. El punto ciego aparece cuando se analiza desde qué tradición estatal se intenta conjurarlo. Históricamente, la política de inteligencia argentina se pensó y se practicó en términos esencialmente policiales. Desde el derrocamiento de Perón en 1955, la inteligencia fue concebida como una forma de policía secreta orientada a la detección de la amenaza interna —o, más precisamente, interior— y a la vigilancia política de la sociedad. 

    Ese molde no fue obra de la democracia, sino de las dictaduras militares. El retorno democrático no logró transformarlo: apenas consiguió contenerlo, limitar sus excesos más visibles y rodearlo de controles formales. La inteligencia siguió siendo, en lo sustantivo, policial, nunca estratégica en sentido pleno, y siempre inclinada a expandir el campo de la sospecha.

    El DNU 941/25 no rompe con esa tradición. La actualiza. Y desplaza su eje desde la ideología hacia el riesgo.

    Allí donde antes se vigilaban ideas, organizaciones o sujetos identificables, ahora se observan flujos de información, vulnerabilidades técnicas e interferencias posibles. La amenaza deja de ser una figura concreta para convertirse en una condición permanente.

    Se trata de administrar escenarios inciertos donde cualquier circulación de datos, decisión administrativa o infraestructura crítica puede volverse sensible.

    La ciberseguridad aparece allí como la clave de esta mutación. No como un área especializada ni como una respuesta técnica a delitos informáticos, sino como un principio organizador del modelo de inteligencia. El ciberespacio es definido como un dominio estratégico continuo, sin fronteras claras ni tiempos de excepción. En ese terreno, las amenazas no se anuncian ni se declaran: se presuponen. La prevención deja de ser una reacción frente a hechos consumados y se convierte en una lógica permanente. Todo puede ser interferido, influenciado o vulnerado. Todo debe ser monitoreado antes de que algo ocurra.

    Cuando la inteligencia se organiza alrededor del riesgo sistémico, el campo de lo observable se expande inevitablemente: ministerios, agencias, registros, decisiones técnicas y flujos administrativos ingresan en una misma lógica de sospecha preventiva. No porque exista una conspiración concreta, sino porque el riesgo nunca se descarta del todo.

    El DNU no inaugura una inteligencia más eficaz frente a amenazas nuevas, sino una inteligencia distinta en su forma de mirar. No más centrada en sujetos peligrosos, sino en entornos inestables. No orientada a conjurar ataques concretos, sino a gestionar vulnerabilidades permanentes.

    El problema no es que la contrainteligencia gane centralidad —los casos recientes muestran que tiene razones para hacerlo—, sino que lo haga desde una tradición estatal que tiende a confundir prevención con expansión ilimitada del poder de vigilancia y represión. Allí, donde el riesgo ocupa el lugar del enemigo, la frontera entre seguridad, política y democracia se vuelve cada vez más difícil de trazar. 

    Aunque fuerte, la apuesta del Ejecutivo no es irreversible. El Congreso conserva la facultad de rechazar el decreto y la Comisión Bicameral de Fiscalización de los Organismos de Inteligencia, si logra constituirse, puede condicionar su implementación efectiva. A eso se suma la posibilidad de intervenciones judiciales frente a excesos concretos, especialmente si las nuevas facultades colisionan con garantías constitucionales. El problema no es la ausencia de frenos formales, sino la dificultad histórica para que esos controles actúen de manera temprana y eficaz sobre un sistema que, por definición, opera bajo secreto.

    Oportunidad de negocios

    Hay, además, otra dimensión del DNU que no debería quedar fuera del debate público y resulta clave para entender sus efectos de mediano plazo es la reconfiguración del vínculo entre inteligencia, tecnología y mercado. 

    Un sistema de inteligencia organizado alrededor del riesgo permanente y la ciberseguridad como principio rector no puede sostenerse sólo con capacidades estatales propias. Requiere software especializado, infraestructura crítica, sistemas de monitoreo continuo, análisis de datos, inteligencia artificial y actualización tecnológica constante. En ese terreno, el Estado no produce: compra, sobre todo cuando la política oficial avanza en la destrucción del sistema nacional de ciencia y tecnología y del sistema universitario público que podría generar esas capacidades. 

    Este corrimiento no es neutro. La ciberseguridad no es solo un problema técnico, sino un campo económico altamente concentrado, dominado por empresas transnacionales y por potencias que exportan tecnología, estándares y criterios de amenaza. Cuando la inteligencia se apoya crecientemente en soluciones externas, no solo se tercerizan capacidades operativas, como nos enseña nuestra propia historia, se importan formas de ver el mundo, modos de clasificar riesgos y prioridades geopolíticas. La dependencia ya no se expresa únicamente en términos financieros o militares, sino en algo más profundo: la capacidad de definir qué debe ser protegido y de quién.

    El DNU no privatiza la inteligencia ni lo dice explícitamente. Pero crea las condiciones para que el sistema funcione como una plataforma de demanda permanente para el sector de seguridad, defensa e inteligencia tecnológica. Riesgos que no se agotan, amenazas que se presuponen, vulnerabilidades que siempre pueden ampliarse. El modelo no conoce punto de llegada. En ese esquema, la expansión del sistema se vuelve casi automática y el negocio, estructural.

    Lo más inquietante, sin embargo, no es la dependencia ni la comercialización en sí mismas, sino la falta de imaginación política que las acompaña. Frente a problemas reales —infiltraciones, filtraciones, vulnerabilidades digitales y un mundo en guerra— la respuesta vuelve a ser la de siempre: más secreto, más concentración, más poder de vigilancia interna. La inteligencia aparece como un espacio cerrado, técnico, inevitable, sustraído a la deliberación democrática. Como si no hubiera alternativas posibles.

    Tal vez el problema no sea solo qué inteligencia necesita el Estado argentino, sino qué tipo de país imagina cuando decide organizarla de este modo. Porque cuando todo se vuelve riesgo, cuando toda circulación es sospechosa y toda solución viene empaquetada desde afuera, la pregunta por la soberanía deja de ser retórica. Se vuelve concreta y urgente.

    La entrada Todos sospechosos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    NO TE COMAS LA VOZ

    Luego del rechazo a la tasa vial en lo que sería la primera derrota política del intendente Albrieu frente a una oposición que venía en modo light pero se fortaleció ante la demanda de la gente, el oficialismo salió a los medios en una suerte de operativo de comunicación para desvalorizar la movida generada por…

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  • Bronca en el radicalismo con el coeficiente que distribuye los recursos de la provincia a los municipios

     

    El gobierno de Axel Kicillof publicó el índice con el cual distribuye los recursos coparticipables a los 135 distritos de la provincia de Buenos Aires. Como suele suceder en los primeros días de un nuevo año, el temido Coeficiente Único de Distribución (CUD) dispara la bronca de los distritos que se ven perjudicados.

    Mar del Plata y General Madariaga fueron dos distritos que expresaron disconformidad con el nuevo coeficiente. En el caso de la ciudad balnearia fue el senador Maximiliano Abad quien cuestionó los números.

    «En los últimos diez años, General Pueyrredón perdió casi el 5% de su participación en la coparticipación provincial», dijo y explicó que el golpe más fuerte llegó en estos días: entre 2023 y 2025 se perdió, en solo dos años, lo mismo que en toda la década anterior. Aunque Mar del Plata es gobernada por Guillermo Montenegro (PRO), el radicalismo cogobierna esa ciudad con varios funcionarios en el gabinete y sintonía en el Concejo Deliberante.

    Abad dijo que Mar del Plata es el principal destino turístico de la provincia. «Recibe millones de visitantes, genera empleo y sostiene una economía regional clave. Pero el gobierno provincial no reconoce esa realidad», dijo en un largo posteo en el que evitó mencionar a Kicillof.

    Este sistema (CUD) también necesita una modificación hace años, al igual que la coparticipación federal. Es un deuda institucional para trabajar entre todos. https://t.co/Uu6JAC48Ly

    — Sebastian Galmarini (@SebasGalmarini) January 8, 2026

    Desde Madariaga también lanzaron críticas. «Recibiremos 800 millones menos que en 2025», dijeron desde el municipio que gobierna Carlos Santoro (UCR). «Si observamos los últimos diez años, el CUD bajó para nuestra ciudad un 25% que, si lo vemos con valores actuales, para este año hubiesen significado 4.000 millones de pesos», dijo y agregó que eso supone los salarios de cuatro meses de la planta de trabajadores municipales.

    Las críticas no apuntan tanto al gobierno de Kicillof sino a un mecanismo que muchos consideran obsoleto. Por caso, el diputado nacional Sebastian Galmarini (Unión por la Patria) planteó que el sistema, al igual que la coparticipación federal, una modificación hace años. «Es un deuda institucional para trabajar entre todos», planteó.

    Los libertarios directamente quieren anularlo y que los impuestos patrimoniales pasen a ser administrados por los intendentes. El senador provincial Matías de Urraza plantea que sean los intendentes los que manejen directamente los recursos y puedan competir entre ellos para fortalecer a sus distritos. «Lo que quiero es que los intendentes compitan a ver quién es el mejor en lo suyo, el que lleva más inversiones a su municipio», dijo el legislador que responde a Sebastián Pareja a Buenos Aires/12.

    Matías de Urraza.

    El actual régimen de coparticipación de Impuestos de la provincia rige desde 1988 y establece que las municipalidades recibirán en concepto de coparticipación el 16,14 % de los montos que la provincia perciba en concepto del impuesto sobre los Ingresos Brutos no descentralizado, Inmobiliario Urbano, Automotores, Sellos, Tasas Retributivas de Servicios y de la Coparticipación Federal de Impuestos.

    El importe que surge de ese porcentaje se distribuye luego entre los 135 municipios de acuerdo con el cuestionado CUD, un índice que determina por resolución todos los años el ministerio de Economía. Ese índice surge de una serie de variables como la población de cada municipio, su capacidad tributaria (inversa), la superficie, la cantidad de camas en hospitales, el número de pacientes, las consultas médicas,

    En 2022 se estableció un mecanismo de protección para los municipios frente a caídas abruptas en el CUD. Desde entonces rige un tope general por el cual ningún municipio puede sufrir una reducción superior al 5%.

    Conformación del Coeficiente Único de Distribución. Fuente: Consultora PPA.

    Un informe de la consultora PPA destaca que nueve municipios vieron limitada la reducción de su CUD al tope máximo del 5%: Ezeiza, Florentino Ameghino, General Madariaga, Leandro N. Alem, Maipú, Pila, Pinamar, San Isidro y Tordillo. Cabe destacar que, en el caso de Florentino Ameghino, San Isidro y Tordillo es el segundo periodo consecutivo que se ven beneficiados por el tope a la caída máxima, por lo que tendrán una caída máxima de 2,5% en 2027.

    En tanto, en diciembre se modificó ese artículo para introducir un esquema que suavice aún más las pérdidas. En la ley de endeudamiento se acordó que cuando un municipio registra una caída del 5% durante dos ejercicios consecutivos, la disminución máxima permitida para el tercer y cuarto ejercicio se reduce al 2,5% anual.

    Así, este año fueron nueve los municipios que vieron limitada la reducción de su CUD al tope máximo del 5%: Ezeiza, Florentino Ameghino, General Madariaga, Leandro N. Alem, Maipú, Pila, Pinamar, San Isidro y Tordillo. En el caso de Florentino Ameghino, San Isidro y Tordillo es el segundo período consecutivo que se ven beneficiados por el tope a la caída máxima, por lo que tendrán una caída máxima de 2,5% en 2027.

    En tanto, cuatro municipios fueron beneficiados por el tope máximo de caída del 2,5% luego de dos caídas consecutivas del 5%: Lezama, Lujan, Moron y Saavedra.

    Por último, los diez distritos que registraron las mayores disminuciones en su CUD -exceptuando a los nueve municipios beneficiados por la aplicación del tope máximo de caída del 5%- son Vicente López, Tandil, Azul, Chascomús, General San Martín, Hipólito Yrigoyen, General Viamonte, San Antonio de Areco, Ayacucho y San Pedro. A diferencia del grupo anterior, estos municipios no se encuentran alcanzados por ningún tope máximo, por lo que las variaciones observadas reflejan plenamente el resultado del recálculo del CUD.

     

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