Vivir la desigualdad sin renunciar a la esperanza
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Vivir la desigualdad sin renunciar a la esperanza

Ayer, martes 6 de octubre, en el anfiteatro de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París se realizó un acto inédito: la Universidad de Buenos Aires se movió hasta Francia para entregarle el Doctorado Honoris causa a François Dubet, el sociólogo francés referente en el análisis de la vida colectiva y la desigualdad social. El reconocimiento no se pudo hacer en la Facultad de Sociales de la UBA porque Dubet tiene problemas de salud que le impiden viajar. Por eso la propia École, que Dubet dirigió, alojó el evento, y el azar nos permitió participar a muchos investigadores argentinos que estamos en esta capital con estancias de investigación. Recurrimos a Dubet desde siempre, sobre todo cuando queremos evitar la simplificación de los argumentos o la comodidad de las categorías. Su obra ayuda a comprender lo que significa vivir en desigualdad sin renunciar a las esperanzas.

Ese día, muchas instituciones educativas en Francia permanecían cerradas en solidaridad con el movimiento estudiantil secundario. Hasta la École Normale Supérieure de Paris-Saclay, centro de élite que forma a la intelectualidad francesa, dió asueto y convocó a la movilización en el mismo instante en que se honraba la obra de quien ha dedicado su carrera a documentar los mecanismos por los cuales esa educación pública se desmorona.

Afuera, desde que asomaron las primeras luces del otoño parisino cientos de adolescentes de la capital y de los suburbios marchaban a sus liceos secundarios con redoblantes y banderas. Simultáneamente, las fuerzas de seguridad desplegaban una coreografía de contención. Concentradas en las inmediaciones de esas escuelas desde las primeras horas de la mañana, transformaron los accesos en espacios de vigilancia activa y patrullas ambulantes.

¿Qué mensaje reciben estos estudiantes cuando el Estado moviliza todo su aparato para detenerlos a ellos, que no movilizan más que sus cuerpos y sus voces? La represión se vuelve un acto de comunicación política: mientras los jóvenes toman sus escuelas para reclamar educación pública de calidad, el Estado ocupa el mismo espacio para afirmar que la disidencia será controlada.

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Todo empezó el 21 de septiembre, con un bloqueo en el liceo Saint-Exupéry de Créteil, en el sur de París. En cuestión de días, la protesta se expandió hacia más de mil escuelas de todo el territorio francés. 

Este acontecimiento dialoga con la pregunta que nos obsesiona a los analistas sociales latinoamericanos: ¿Cuánto pueden soportar las sociedades modernas antes de que sus contradicciones fundamentales se hagan visibles en la calle? 

Desde que comenzó la protesta fueron detenidas casi 7.000 personas, el 90% de ellas menores de edad que exigen que haya maestros en sus escuelas. Pero el síntoma demanda ser auscultado, va más allá de la coyuntura política. Más allá del número de colegios secundarios cerrados o de la cantidad de detenidos (lo cual no deja ser un malestar individual y de sus redes de proximidad cuando le ocurre a cualquier joven), la pregunta es sobre todo lo que esta movilización revela sobre la naturaleza del Estado democrático contemporáneo y sobre las formas en que la desigualdad se reproduce no solo en términos distributivos, sino también en términos de acceso diferenciado a derechos sociales  básicos.

A diferencia de los grandes movimientos estudiantiles de 1968, 1986 o 2005, esta generación no batalla contra una reforma educativa específica. No hay un enemigo legislativo identificable. Lo que existe, en cambio, es algo mucho más profundo: un estado de descomposición cotidiano de la educación pública que se manifiesta en edificios vetustos, clases sobrecargadas, profesores ausentes que nunca son reemplazados o los cargos se encuentran vacantes, la angustia permanente de un sistema de selección universitaria que genera incertidumbre existencial en adolescentes que no saben si tendrán acceso a futuro alguno. 

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Los adolescentes franceses viven una incertidumbre que es al mismo tiempo económica y existencial. El ajuste fiscal de 68 mil millones de dólares que el gobierno de Sébastien Lecornu intenta implementar no es un número abstracto. Es la materialización de una decisión política de abandonar la educación pública, y esa decisión toma forma en la vida concreta de jóvenes que descubren, día tras día, que la república les ha fallado. A esto se le suma el problema de la devaluación de los títulos académicos, tema que Dubet ha documentado, mientras la escuela pública promete ser el mecanismo de movilidad social por excelencia. Si te esfuerzas, obtienes un título, consigues un buen empleo. Pero cuando esa promesa falla —cuando hay muchos graduados pero los empleos son precarios o inexistentes—, no se quiebra solo la oferta educativa material, evidente en la falta de maestros y edificios en ruinas. Se quiebra la promesa simbólica que le da sentido al esfuerzo.

La crisis educativa francesa no es coyuntural. No es solo presupuestaria. Es un quiebre del pacto social: el Estado prometió educación pública de calidad que abriría futuros. Ahora ofrece establecimientos deteriorados que producen títulos sin valor en el mercado laboral.

–Las burguesías nacionales se diluyeron en fuerzas económicas que nadie sabe bien dónde están –dijo Dubet al recibir el Honoris Causa –Las sociedades nacionales se volvieron sociedades multiculturales, de masas, y las diferencias entre los que ganan y los que pierden con estas transformaciones se profundizan. Muchas promesas de campaña se traicionan mecánicamente. Tuvimos, por ejemplo, la promesa de la democratización del acceso a la educación. Esto no fue así, y desembocó en grandes desilusiones que explican por qué los estudiantes de liceo están en la calle. 

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Lo notable de la estructura organizativa de este movimiento estudiantil es su descentralización radical. Los estudiantes secundarios franceses se organizan mediante bucles de Snapchat y videos de TikTok que alcanzan millones de visualizaciones, generando tracts específicos para cada liceo adaptados a sus realidades particulares. No hay líderes tradicionales. Cada establecimiento identifica sus propios problemas —ausencia de maestros, deterioro edilicio, presión del sistema francés de admisión a la educación superior — y eso converge en un movimiento nacional sin necesidad de centralismo. La movilización saltó de Île-de-France a la geografía nacional en cuestión de días, llegando no solo a las grandes ciudades universitarias sino también a pueblos que no tienen tradición de movilización estudiantil. Esto muestra algo crucial: el descontento no es localizado. La crisis educativa es estructural, nacional.

Las imágenes que deja la movilización serán inolvidables: a la marcha de los estudiantes se unieron trabajadores del sector público que están en huelga, bomberos que reclaman recursos, maestros con salarios atrasados. Y revelan algo fundamental: no se trata de conflictos aislados sino de una crisis sistémica que afecta múltiples generaciones y múltiples sectores. El 29 de septiembre, por ejemplo, en una sola jornada 300.000 personas salieron a las calles y se unieron a 170 manifestaciones. 

En ese acto de marchar junto a los adultos la juventud descubre que sus reclamos no son caprichos generacionales sino síntomas de una problemática que también afecta a generaciones anteriores. Comparten la misma realidad: un Estado que ha abandonado la educación pública. Eso es a lo que el Estado teme. No les teme a los estudiantes que protestan porque hay goteras en sus aulas. Teme la convergencia de múltiples sectores que descubren que sus problemas son manifestaciones de una crisis de legitimidad más profunda.

Pero el Estado responde a esa convergencia no con política pública sino con represión. Los números de detenciones escalonan: 164 el 28 de septiembre, 440 el 29, 625 el 1 de octubre, 1.949 el 2 de octubre, casi 7000 el 6 de octubre. El Estado reclasificó las protestas de educativas como «violencia urbana» en cuestión de días. Prohibió manifestarse en las cercanías de escuelas cerradas. Cuando una protesta cuestiona no ya una política específica sino la viabilidad misma del sistema, el Estado no responde mediante el diálogo sino con represión. Pero esa represión no fue uniforme. 

La represión policial más violenta ocurrió precisamente en los espacios donde viven jóvenes cuyas vidas ya estaban marcadas por la desigualdad estructural. Seine-Saint-Denis, territorio de mayoría trabajadora, de población migrante, donde jóvenes ya marginados por el sistema educativo descubren que la represión que reciben es todavía más severa. Los mismos jóvenes que viven en edificios deteriorados sin maestros reciben una represión de carácter excepcional cuando protestan. Eso no es «exceso» policial. Es lógica sistémica.

La represión dejó mandíbulas rotas, cegueras temporarias provocadas por granadas lacrimógenas, un chico de 15 perdió la mano por el impacto de una granada. La movilización le deja a la sociedad francesa su “Pablo Grillo”, adolescentes que terminaron en quirófanos por ejercer el derecho a la protesta social. En Argentina y Francia, la represión deja cuerpos marcados: amputados, ciegos, desfigurados. La policía de Bullrich, como la francesa hoy, castiga con mutilación permanente a quienes reclaman. 

¿Cuántas dimensiones simultáneas de desigualdad convergen en el cuerpo de un adolescente de 16 años detenido durante una protesta? Hay desigualdad educativa: su escuela carece de maestros. Hay desigualdad en el acceso a la justicia: es juzgado mediante un procedimiento acelerado. Hay desigualdad territorial: la represión en su barrio fue más severa. Aunque votaría izquierda en cualquier encuesta, recibe represión de carácter conservador. 

Hay otro dato revelador: el discurso del gobierno francés hacia los padres de los adolescentes que se movilizan. El Estado criminaliza a la familia obrera que no puede costear reparaciones por edificios públicos que el Estado mismo dejó deteriorarse. Es una transferencia brutal de responsabilidad. El Estado no invierte en mantenimiento educativo. Los estudiantes protestan. El Estado reprime. Y luego les cobra a los padres pobres por las consecuencias de su propia negligencia.

¿Y qué sucede en la conciencia política de un joven cuando descubre, a través de su cuerpo —literalmente a través del gas lacrimógeno, de la detención, del juicio expedito— que la república no le pertenece? ¿Cuándo aprende que exigir educación con maestros y sin goteras es considerado un acto de violencia? Esa lección política, grabada en la experiencia sensorial, deja marcas que ningún análisis posterior puede borrar completamente. 

Para muchos de esos jóvenes, no es la primera experiencia de represión estatal pero sí la primera vez que el monopolio de la violencia del Estado se ejerce de manera directa sobre sus cuerpos, y porque se atrevieron a protestar. 

La Francia de 2026 no es tan distinta a los territorios latinoamericanos que tanto estudiamos. Las estructuras de desigualdad pueden expresarse de maneras distintas, con recursos materiales diferentes, pero la lógica es la misma: cuando la población marginalizada reclama derechos básicos, el Estado responde con represión. Y esa represión produce, a su vez, radicalización o desencanto, pero nunca neutralidad. 

Los adolescentes que bloquean liceos hoy, serán ciudadanos con historias de represión estatal mañana. ¿Cuánto de eso pesará en sus decisiones políticas futuras? Esta es la pregunta que debería obsesionar a cualquier análisis de la crisis actual de la república francesa.

Las fotografías de interior de esta nota fueron tomadas por Soledad Fernández Bouza, Rosy Sevilla y Eduardo Chávez Molina.

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  • «Mi hija no murió, la dejaron morir»: el desgarrador pedido de justicia por una nena de cuatro años

     

    Gimena Sosa denunció que su hija Anel, de solo cuatro años, falleció tras ser atendida en el Hospital de Pinamar. Asegura que hubo demoras en el diagnóstico y en la atención médica. Tras radicar la denuncia en Fiscalía, reclama justicia para que se investigue el accionar del centro de salud. El caso no es aislado. En los últimos años, el Hospital Comunitario de Pinamar ha atravesado situaciones críticas. Se han denunciado problemas de infraestructura, falta de personal especializado y derivaciones constantes por limitaciones presupuestarias. Hace pocos días los médicos elevaron un reclamo por la falta de pago de los salarios e insumos. El reclamo del personal apunta también a la falta de profesionales por la reducción de horas extras y la precarización del área que maneja Sonia Coll, Secretaria de Salud del Municipio de Pinamar. Por ANRed.


    “Anel tenía 4 años, era sana, llena de vida”, dice Gimena Sosa (25), su madre, con la voz quebrada. La niña falleció el pasado 22 de mayo en el Hospital comunitario de Pinamar, Dr. Dionisio José Olaechea, tras varias idas y vueltas en la atención medica: “No había pediatra. Me dijeron que fuera a Ostende al mediodía, pero ya no tomaban más turnos. Me mandaron a la guardia del hospital.” El diagnóstico final fue gripe A. Gimena denuncia que la atención médica fue “deficiente” y que hubo demoras críticas tanto en el diagnóstico como en la llegada de la ambulancia, que “tardó 20 minutos” en arribar al lugar. Ahora reclama justicia y una investigación que determine si hubo negligencia por parte del personal del centro de salud.

    “La traje el miércoles al hospital me la atendieron y me la mandaron a casa… según ellos por una gripe” Su relato no deja de ser desgarrador. Gimena se emociona, y entre lágrimas explica con detalle la secuencia de aquel fatídico día: “empezó el día martes a sentirte incomoda, el miércoles la llevé a la salita de Valeria y pregunté por alguna pediatra porque tengo dos nenas, Me dijeron que en la salita de Valeria no había nada, que me podía llegar hasta la salita de Ostende a las 13 horas que había una pediatra. Me dirijo a las 12 del medio día con las dos nenas y cuando llego ya había 30 nenes esperando para atenderse. Todos estaban con los mismos síntomas. Consulto en mesa de entrada y me dice que no había pediatra que solamente atendía 12 números y que tenía que llevarla por guardia del hospital, que ahí no podían hacer nada”

    Entonces Gimena se dirigió al Hospital. Al llegar al lugar explica, a la persona que la recibe, que la pequeña no quería comer nada, que solamente quería tomar líquido, “le hicieron una placa, y en la placa sale que ella no tenía nada… pero ella no tenía ganas de nada, no quería estar ni sentada, nada…Anel no tenía ni tos ni moco” y prosiguió su relato “me dijeron que la beba no quería comer porque estaba por resfriarse, que estaba incubando un virus y que era normal que ella no quisiera comer… y me mandaron a la casa con la nena. Así como fui, volví, con la única diferencia que me dieron una receta”.

    Sin embargo, Anel no mostraba mejoría y al día siguiente su mamá la notó más pálida aún: “se despertó a las 7 de la mañana. Sólo quería agua. La dejé acostada un ratito más porque hacía frío. Después iba a bañarla y a llevarla nuevamente al hospital… comienzo a preparar todo para bañarla, le hablo dos veces y no me contestó, lo único que escucho que ella me dice mamá y se desvaneció…” ahí la agarre y salí corriendo a la salita de Valeria porque vivo cerca. La ambulancia tardo 20 minutos en llegar. Recién cuando llegó empezaron a bajar los tubos de oxígenos y ahí nos trasladan al hospital… habrán pasado 30 minutos, sale la pediatra y me dice que no pudieron hacer nada”.

    Gimena recuerda que al momento del fallecimiento de su pequeña “nadie salió a dar explicaciones” de lo sucedido y que se enteró en la comisaria que la causa de muerte habría sido por “gripe A”. Durante los días siguiente al fallecimiento de ANEL, los medios de comunicación dieron cuenta del faltante de vacunas en la menor. Sin embargos, Gimena desmintió esta versión “el año pasado se le completó el calendario de vacunas” y manifestó “ellos hicieron abandono de persona, si ellos se hubieran tomado su trabajo y su tiempo en hacer lo que tenían que hacer, no tenían por qué mandarla a la casa… ¿Qué pasaba si yo no la llevaba al hospital ese día?”.

    Minutos después de que se conociera el diagnóstico de la causa del fallecimiento de la menor, la secretaria de salud, Sonia Coll, habría tenido un desafortunado comentario para los medios locales y es que, en su explicación por los hechos acaecidos habría endilgado la responsabilidad por el fallecimiento de la menor a la familia al expresar que: “le realizaron una radiografía de tórax que no arrojaba muchos datos… en este tipo… el germen no es el único determinante de la evolución del paciente. Era una niña que no tenia una esquema de vacunación al día, una situación social complicada y evidentemente su sistema inmunológico estaba alterado y post morten se le hizo un hisopado que dio positivo para gripe “A”. Interpretamos que el resultado final tiene que ver con su sistema inmunológico que estaba alterado…” lo que provocó gran conmoción en la comunidad pinamarense.

    Consultada por este medio a Sonia Coll si quería aclarar los dichos esbozados en el Canal 4 de Pinamar a las pocas horas del deceso de Anel, remitió la palabra a la secretaria de prensa del municipio: Anabel Acacio, quien nunca respondió los reiterados llamados y mensajes para poder escuchar así una voz oficial que explicara “el mal desempeño en el diagnóstico” de la niña.

    El reclamo de Gimena Sosa por la muerte de su hija Anel, ocurrida en el Hospital de Pinamar, se inscribe en una realidad sanitaria que preocupa a muchas familias argentinas. Aunque no se han registrado públicamente otros fallecimientos recientes de menores, en ese nosocomio, denunciados como negligencia médica, el caso pone en evidencia las tensiones del sistema de salud en contextos de alta demanda y recursos limitados. La denuncia por la muerte de Anel fue radicada en la UFIJ de Pinamar a cargo del Dr. Juan Pablo Calderón.

    Quién era Anel: una infancia luminosa, interrumpida demasiado pronto

    Anel cumpliría 5 años el próximo 7 de octubre. Era una nena alegre, llena de energía, de esas que parecen inventarse el mundo a su manera. No necesitaba cuentos, los creaba sola, como hacía con sus juegos y sus historias. Amaba los peluches, jugaba sin cansarse y disfrutaba cada día en el jardín 903 de Valeria del Mar, donde sus maestras y profesores la adoraban. También asistía por las mañanas al Espacio de las Infancias, donde se movía como en casa. Tenía muchos amigos, una sonrisa contagiosa y un plato preferido que la hacía feliz: fideos con ketchup, que podría haber comido todos los días sin aburrirse. Así la recuerdan quienes la conocieron: como una pequeña llena de vida, con una imaginación desbordante y un corazón inmenso.

    Para Gimena Sosa, el duelo por la pérdida de su hija se transformó en un motor para visibilizar lo que, asegura, no debe volver a ocurrir. “Mi hija no murió, la dejaron morir. Si la hubieran atendido a tiempo, hoy estaría conmigo”, repite con dolor, pero también con determinación. Su pedido no es solo por justicia, sino también por cambios urgentes en el sistema de salud.

    En redes sociales y frente al hospital, Gimena ha convocado movilizaciones pacíficas junto a otros vecinos que comparten sus reclamos. «No quiero que otra madre tenga que vivir lo que estoy viviendo. Que las autoridades escuchen y actúen. Porque no se trata solo de Anel. Se trata de todas las Aneles que pueden evitarse», concluye.

    El caso, aún sin una respuesta oficial, expone una herida abierta: la del acceso a una atención médica oportuna y segura, especialmente para los más vulnerables. Mientras tanto, Pinamar —y con él, muchas otras ciudades— se enfrenta al desafío de revisar sus prioridades sanitarias.

    Tensión en el sistema sanitario local

    El caso no es aislado. En los últimos años, el Hospital Comunitario de Pinamar ha atravesado situaciones críticas. Durante la pandemia, hubo fallecimientos por COVID-19 que generaron alarma entre los vecinos. A esto se sumaron temporadas de verano con colapsos por accidentes en cuatriciclos, así como hechos de violencia, como el ocurrido en agosto de 2024, cuando un hombre destrozó parte del hospital tras la muerte de un familiar.

    Además, se han denunciado problemas de infraestructura, falta de personal especializado y derivaciones constantes por limitaciones presupuestarias. Hace pocos días los médicos elevaron un reclamo por la falta de pago de los salarios e insumos. El reclamo del personal apunta también a la falta de profesionales por la reducción de horas extras y “la precarización del área que maneja Sonia Coll -secretaria del área de salud-”

    Reclamo en las redes sociales

    A raíz de lo sucedido con la Anel, las redes sociales se llenaron de mensajes que relataban diferentes experiencias en la atención sanitaria en Pinamar:

    Casos similares en el país

    Aunque no se han registrado denuncias públicas recientes por muerte de menores en el hospital de Pinamar, sí existen antecedentes en otras regiones del país. En 2020, en el Hospital Municipal San Cayetano, una niña de 11 años murió por peritonitis tras ser diagnosticada erróneamente. Ese mismo año, en Neuquén, una pareja denunció que el cuerpo de su bebé fue descartado como residuo patológico sin autopsia previa.

    Estos episodios expusieron fallas en la atención pediátrica y provocaron manifestaciones sociales y judiciales.

    La muerte de una niña en un hospital debería ser, siempre, un hecho excepcional. Pero cuando esas muertes se repiten, cuando hay patrones de desatención, demoras o diagnósticos errados, la excepción se transforma en síntoma. En los últimos años, los reclamos por presunta mala praxis en la atención de menores se han multiplicado en distintas provincias del país, dejando a las familias frente al dolor irreparable de una pérdida y al desafío de enfrentar sistemas que muchas veces responden con silencio o impunidad. Cada uno de estos casos no sólo exige justicia, sino una respuesta estructural: protocolos claros, recursos adecuados, profesionales capacitados y un compromiso real con la salud pública. Porque detrás de cada nombre —Anel, Valentina, y tantas otras infancias truncas— hay historias que merecían un final distinto.

     

  • Reginenses se capacitan en Gestión de Emprendimientos

    Emprendedores de Villa Regina participan de una capacitación enmarcada en el programa ‘Patagonia Emprende’ que brinda herramientas de gestión para el desarrollo de sus emprendimientos, con un enfoque práctico, destinado a beneficiarios de microcréditos otorgados por la Fundación de Estudios Patagónicos. La Dirección de Turismo de la Municipalidad acompaña esta propuesta que se realiza 100%…

  • Garrahan: el Gobierno y la dirección del hospital no se presentaron a la paritaria

     

    Como en la última reunión, no hubo propuesta de recomposición salarial para los trabajadores y profesionales del centro pediátrico nacional. ATE y APyT anunciaron movilizaciones para esta tarde y la continuidad del plan de lucha. Por Canal Abierto.


    El Gobierno nacional y el Consejo de Administración del Hospital Garrahan se ausentaron de la audiencia de negociación convocada en la Secretaría de Trabajo para discutir aumentos salariales con los trabajadores. Así, el conflicto en el centro de salud especializado en enfermedades oncológicas en niños, sube de nivel.

    Durante la última audiencia realizada el miércoles 4 de junio, ningún funcionario del Poder Ejecutivo concurrió al encuentro con los delegados gremiales, incumpliendo con la Conciliación Obligatoria vigente.

    Alejandro Lipcovich, delegado General de la Junta Interna de ATE, informé: “Como si esto fuera poco, anunció su retiro la presidenta del Consejo de Administración (Soraya El Kik). El Gobierno insiste en no hacer propuesta alguna de recomposición salarial para destrabar el grave conflicto. Mientras tanto, se agrava la crisis de sus funcionarios, repudiados por el conjunto del hospital. Deberían irse también Menehem, Dalmazzo y Pérez que están llevando al Garrahan al abismo de la mano de Milei y Lugones. ¿Cómo podría sostenerse el principal hospital pediátrico del país con enfermeras ganando salarios inferiores a la línea de pobreza?”.

    Gerardo Oroz, Adjunto, comentó: “Están a la defensiva, porque la rebelión interna se profundiza y porque el apoyo popular es enorme. Por eso, iremos a la Plaza de Mayo a las 16 horas, a defender el salario y la salud pública. Mañana a las 13 realizaremos asamblea para definir continuidad de nuestro plan de lucha”.

    Por su parte, Rodolfo Aguiar, secretario General de ATE Nacional, denunció: “Nadie cree el verso de que no hay plata. Plata hay. Con todo lo que le aumentaron a la SIDE en el último año y medio se podría costear fácilmente el incremento en el Garrahan. Queremos un Gobierno que priorice curar y no espiar”.

    El sindicato exige elevar el piso salarial de los trabajadores del hospital infantil a $1.819.121, que es el ingreso mínimo (no el óptimo ni el deseable) para cubrir los costos de una Canasta Alimentaria Mínima y acceder a otros bienes y servicios básicos. Esta cifra surge del relevamiento hecho por el sindicato utilizando como base los datos oficiales del INDEC.

    La Asociación de Profesionales y Técnicos (APyT) del Hospital Garrahan también realizará hoy una nueva movilización a Plaza de Mayo en el marco de la denuncia de ajuste y falta de presupuesto por parte del Gobierno.

    Fuente: https://canalabierto.com.ar/2025/06/11/garrahan-el-gobierno-y-la-direccion-del-hospital-no-se-presentaron-a-la-paritaria/

     

  • Con un robot operaron el ojo de un paciente que estaba a 4000 kilómetros

     

    Un equipo médico chino realizó una innovadora cirugía ocular remota, utilizando un robot conectado a 5G para tratar a un paciente que se encontraba a más de 4000 kilómetros de distancia.

    La operación quirúrgica, consistente en una inyección en la retina, fue llevada a cabo el domingo por cirujanos de la ciudad sureña china de Guangzhou, quienes controlaron de forma remota un brazo robótico ubicado en un hospital de Urumqi, capital de la región autónoma uygur de Xinjiang, en el noroeste de China.

    La cirugía, realizada con precisión micrométrica, representó un paso significativo en el aprovechamiento de la tecnología con el fin de disminuir la brecha que en materia de recursos médicos existe entre las regiones costeras desarrolladas y las zonas remotas.

    Después de que el robot colocara la aguja microscópica en el ojo del paciente en Urumqi, los cirujanos en Guangzhou tomaron el control a distancia para guiarla hasta la superficie de la retina y perforaron esta membrana interior del ojo hasta una profundidad predeterminada, tras lo cual inyectaron el medicamento.

    Toda la intervención duró menos de siete minutos, la red se mantuvo estable, el robot respondió sin problemas y no presentó vibración alguna.

    La inyección subretinal es una técnica microquirúrgica meticulosamente delicada que se emplea para salvar la visión en trastornos causantes de ceguera, como la hemorragia submacular, informó la agencia de noticias Xinhua.

    “Esta cirugía clínica supone un avance clave de la viabilidad a la practicidad en el campo de la cirugía oftálmica remota de alta precisión en China”, indicó Lin Haotian, director del proyecto,del Centro Oftalmológico Zhongshan de la Universidad Sun Yat-sen.

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