Por Adrián Machado


Un caso real que involucra a un pequeño pueblo estadounidense de New Hampshire, libertarios y… ¡Osos!

El periodista Matthew Hongoltz-Hetling publicó el mes pasado A Libertarian Walks Into a Bear: The Utopian Plot to Liberate an American Town (and Some Bears), un estudio de caso que relata un experimento sucedido en 2004 en una pequeña ciudad estadounidense. Ese año, un grupo de libertarios se unió e ideó el Free Town Project, un plan para instaurar un gobierno absolutamente libertario, en el que tuviera nula o ínfima injerencia el Estado.

El pequeño pueblo de Grafton -menos de 1500 habitantes y solo una carretera pavimentada-, ubicado en el Estado de New Hampshire, en el nordeste de los Estados Unidos, fue el elegido para dar a luz al utópico proyecto. Consiguieron llegar al gobierno a través del voto, pero a partir de ahí las cosas se complicaron: el financiamiento público se redujo sustancialmente en áreas como el Departamento de bomberos, la Biblioteca y la Escuela. Las leyes estatales y federales fueron desechadas e incumplidas.

En una zona boscosa, con fuerte presencia de osos, no fue una buena idea ignorar las leyes de caza y las regulaciones sobre los desechos de alimentos. El poblado se llenó de carpas de los recién llegados a disfrutar del nuevo estilo de vida. Eso fue una invitación para los animales.

La ausencia de gobierno maximizó un lema estadounidense: ¡Vive libre o muere! Tal vez por un oso.

La revista The New Republic reseñó el trabajo de Hongoltz-Hetling; que contiene escenas hilarantes, trágicas y hasta aterradoras, con personajes excéntricos y bizarros. El grupo que instauró el Free Town Project se contactó mayormente a través de la web, donde publicaban manifiestos e intercambiaban opiniones en distintos foros afines a la temática. Los unía la creencia absoluta en el libre mercado; el rechazo a toda forma de intervención estatal -y al Estado mismo-, con el aborrecimiento absoluto a los impuestos como estandarte. Uno de los fundamentos que nucleaba al grupo que arribó a Grafton fue la libertad individual: los individuos prosperarían solos y se autorregularían gracias a la lógica, la razón y la eficiencia. Para armar su proyecto, los libertarios se basaron en textos de ficción -con La rebelión de Atlas de Ayn Rand en primer lugar- y una serie de experiencias de micro naciones sucedidas en el Pacífico y el Caribe en los 70’ y 80’ del siglo pasado.

Hongoltz-Hetling presenta un estudio de caso sobre cómo una política que fetichiza la búsqueda de la “libertad”, tanto individual como económica, fue de hecho una receta para el empobrecimiento y la vulnerabilidad en ambos frentes a la vez. En un Estados Unidos asolado por el virus, el creciente cambio climático, un fuerte abuso empresarial y la desregulación gubernamental, las lecciones de una pequeña ciudad de New Hampshire son realmente crudas.

New Hampshire es un Estado en el que prima, antes de la llegada y puesta en funcionamiento del experimento libertario, la filosofía Live Free or Die: no impone impuestos a la renta ni a las ventas y cuenta, entre otras cosas, con la tasa per cápita más alta de propiedad de ametralladoras. En el caso de Grafton, la historia de Living Free, por así decirlo, tiene raíces profundas. Los primeros pobladores de la época colonial comenzaron ignorando “siglos de ley tradicional de Abenaki -una tribu local- al comprar tierras al padre fundador John Hancock y otros especuladores”. A continuación, huyeron de la aplicación de la ley realista, se habían asentado como recolectores de madera para el rey y pronto descubrieron su verdadera pasión: la evasión impositiva.

Ya en 1777 los ciudadanos de Grafton pedían a su gobierno que se ahorraran impuestos y, cuando su petición era rechazada, simplemente dejaban de pagarlos. Casi dos siglos y medio después, Grafton se ha convertido en una especie de imán para todo tipo de aventureros y personajes extravagantes, desde los seguidores de la Iglesia de la Unificación del Reverendo Sun Myung Moon hasta hippies desencantados con lo que el mundo occidental tenía para ofrecerles.

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Particularmente importante para la historia es un tal John Babiarz, un diseñador de software con una risa similar a la de Krusty el payaso, que se mudó de Connecticut en la década de 1990 a una granja en New Hampshire con su esposa igualmente amante de la libertad, Rosalie. Al entrar en un mundo selvático que era, escribe Hongoltz-Hetling, “casi como si hubieran atravesado una distorsión del tiempo y los días revolucionarios de Nueva Inglaterra, cuando la libertad pesaba más que la lealtad y los árboles superaban en número a los impuestos”, los dos construyeron una nueva vida para sí mismos, John finalmente llegó a encabezar el departamento de bomberos voluntarios de Grafton -que él describe como una empresa de “ayuda mutua”- y se postuló para gobernador en la boleta libertaria.

Aunque esa incursión de John fracasó, sus ambiciones permanecieron intactas, y en 2004 él y Rosalie se conectaron con un pequeño grupo de activistas libertarios. ¿No podría Grafton, con su falta de leyes de zonificación y bajos niveles de participación cívica, ser el lugar perfecto para crear una comunidad basada en la lógica y los principios del libre mercado? Después de todo, en una ciudad con menos de 800 votantes registrados y muchas propiedades a la venta, no se necesitaría mucho para que un grupo extremista estableciera un base militante y luego ganara el gobierno municipal. Así comenzó el Proyecto Ciudad Libre.

Los libertarios esperaban ser recibidos como libertadores, pero desde la primera reunión del de Ayuntamiento de la ciudad se enfrentaron a la inconveniente realidad de que muchos de los ciudadanos de Grafton, presuntamente amantes de la libertad, los veían como forasteros primero y compatriotas en segundo lugar, si es que los veían. Las tensiones aumentaron aún más cuando, búsqueda vía Google mediante, los antiguos habitantes entendieron los que implicaba la “libertad” para los recién llegados. Uno de los autores intelectuales del plan, un tal Larry Pendarvis, había escrito sobre su intención de crear un espacio que honrara la libertad de “traficar órganos, el derecho a celebrar duelos y el derecho subestimado y otorgado por Dios de organizar peleas de vagabundos”. También había lamentado la persecución del “crimen sin víctimas” que es el “canibalismo consensual”. Tranqui.

Las cifras precisas son difíciles de establecer, pero el Proyecto de Ciudad Libre hizo aumentar la población en más de 200 residentes: hombres en su mayoría, con opiniones que rozaban lo autoritario y muchas armas.

Las personas que se unieron al Proyecto en sus primeros cinco años eran, como describe Hongoltz-Hetling, “radicales libres”, hombres con “o demasiado dinero o no el suficiente”, con capital que gastar y nada que perder. Es el caso de John Connell de Massachusetts, quien llegó en una misión de Dios, liquidó sus ahorros y compró el histórico Grafton Center Meetinghouse, transformándolo en la Peaceful Assembly Church, una parroquia que mezcla arte popular chillón, extrañas peroratas de su nuevo pastor -el mismo Connell-, y una búsqueda quijotesca para asegurar la exención de impuestos mientras se niega a reconocer la legitimidad del IRS -la AFIP yankee- para otorgarla.

Otro de los nuevos vecinos fue Adam Franz, un anticapitalista que se describe a sí mismo como el que instaló una serie de tiendas de campaña que sirvan como “una comunidad planificada de supervivencialistas”. Aunque ninguno de los que se le unió tenía habilidades en asuntos relativos a la vida en el bosque. Tambien estaba Richard Angell, un activista contra la circuncisión conocido como “Dick Angel”.

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La visión libertaria de la libertad puede tomar muchas formas y tamaños, pero una cosa es inaceptable: los “entrometidos” y los “estatistas” deben mantenerse al margen. De esta manera, los “ciudadanos libres” pasaron años persiguiendo un agresivo programa de toma de control y deslegitimación gubernamental, su apetito por litigar solo fue igualado por su entusiasmo por recortar los servicios públicos. Achicaron el ya pequeño presupuesto anual de la ciudad de $ 1 millón en un 30%, obligaron a la ciudad a pelear caso de prueba legal tras caso de prueba y, al borde de lo absurdo, organizaron encuentros virtuales con el Sheriff para acumular visitas en YouTube.

Grafton era una ciudad pobre antes del arribo libertario, pero con la caída de los ingresos fiscales, incluso a medida que su población se expandía, las cosas empeoraron sostenidamente. Los baches en las calles se multiplicaron, las disputas domésticas proliferaron, los delitos violentos se dispararon y los trabajadores de la ciudad comenzaron a quedarse sin calefacción. A pesar de varios esfuerzos prometedores, Hongoltz-Hetling señala que “no surgió un robusto sector privado ‘randiano’ para reemplazar a los servicios públicos”. En cambio, Grafton, un pueblo pobre, se convirtió en uno “salvaje”. Es en este momento del relato en que ingresan los osos a la historia, por si faltaba algo.

Los osos negros, menciona el autor -que es oriundo de la zona-, son generalmente un grupo bastante relajado. Los bosques de América del Norte albergan alrededor de tres cuartos de millón de ellos; en promedio, hay como máximo una muerte humana a causa de un ataque de oso negro por año, incluso cuando los osos y los humanos entran en contacto cada vez más en los suburbios en expansión y en las rutas de senderismo. Pero siguiendo los titulares sobre encuentros entre humanos y osos en Nueva Inglaterra en su calidad de periodista regional en la década de 2000, Hongoltz-Hetling notó algo angustiante: los osos negros en Grafton no eran como otros osos negros. Singularmente “audaces”, comenzaron a pasar el rato en jardines y patios a plena luz del día. La mayoría de los osos evitan los ruidos fuertes; estos ignoraron los esfuerzos de los graftonitas para ahuyentarlos. Los pollos y las ovejas comenzaron a desaparecer a un ritmo alarmante. Las mascotas domésticas también desaparecieron. Una graftonita estaba jugando con sus gatitos en su jardín cuando un oso saltó del bosque, agarró a dos de ellos y los engulló. Muy pronto, los osos estaban en los porches e intentaban entrar a las casas.

¿Cuál fue el trato con los osos de Grafton? Hongoltz-Hetling investiga la cuestión en profundidad, estudiando numerosas hipótesis de por qué las criaturas se han vuelto tan inusualmente agresivas, indiferentes, inteligentes y sin miedo. ¿Es la falta de zonificación, la consiguiente incursión en los hábitats de los osos y la renuencia de los graftonitas a pagar, y mucho menos a exigir, contenedores de basura a prueba de osos? ¿Podrían los osos estar trastornados de alguna manera, tal vez incluso desinhibidos y envalentonados por infecciones de toxoplasmosis a causa de comer basura y excrementos de mascotas de dichos contenedores no asegurados? No puede haber una respuesta definitiva a estas preguntas, pero una cosa está clara: el experimento social libertario que se estaba llevando a cabo en Grafton era excepcionalmente incapaz de abordar el problema.

Evaluando qué hacer con los osos, los graftonistas también tenían que lidiar con los argumentos de ciertos libertarios que cuestionaban si debían hacer algo en absoluto, especialmente porque varios de los residentes de la ciudad habían empezado a alimentar a los osos.

Presionado por osos desde fuera y conflictos internos desde dentro, el Proyecto Ciudad Libre comenzó a desmoronarse. Atrapados en “batallas campales sobre quién vivía libre, pero libre de la manera correcta”, los libertarios se acusaron unos a otros de estatismo, dejando que los individuos y los grupos hicieran lo mejor -o lo peor- que pudieran. Algunos siguieron alimentando a los osos, algunos construyeron trampas, otros se escondieron en sus casas y otros iban a todas partes portando pistolas de calibre cada vez mayor. Después de un ataque particularmente cruel, se formó una un grupo anti-osos que disparó a más de una docena de animales en sus hábitats. Esta acción, completamente ilegal, solo hizo mella en la población; muy pronto, los osos volvieron al pueblo.

Mientras tanto, los sueños de numerosos libertarios llegaron a su fin de forma diversa y silenciosa. Una empresa de desarrollo inmobiliario conocida como Grafton Gulch, en homenaje al enclave disidente en Atlas Shrugged de Ayn Rand, abandonó el lugar. Después de perder una última apelación para asegurarse la exención de impuestos, Connell, arruinado financieramente, se encontró incapaz de mantener la calefacción encendida en el Meetinghouse; en medio de un invierno brutal, se volvió apocalíptico y luego murió en un incendio. Franz abandonó su comuna de supervivencia, pronto se aisló en un recinto parecido a una cárcel, para disfrutar mejor de la libertad. Y John Babiarz, el otrora inaugurador del Proyecto, se convirtió en el blanco de una difamación implacable de sus antiguos compañeros ideológicos, quienes no apreciaron su negativa a dejarles disfrutar de las llamas sin protección en las tardes de alto riesgo de incendios forestales. Cuando otra empresa libertaria de ingeniería social de alto perfil, el Free State Project, recibió atención nacional al promover una afluencia masiva a New Hampshire en general, el destino del Free Town Project quedó sellado.

Los problemas ocurridos con los osos, relata Hongoltz-Hetling, son mucho más grandes que libertarios individualistas que se niegan a asegurar su basura. Es un problema que nace de años de negligencia y mala gestión por parte de los legisladores y, posiblemente, de la indiferencia de los contribuyentes de New Hampshire en general, que se han mostrado reacios a intensificar y asignar recursos a Fish and Game -agencia estatal encargada de regular la pesca y la caza, entre otras actividades-. Hasta los ingresos procedentes de las licencias de caza disminuyeron.

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La distinción entre un municipio de excéntricos libertarios y un Estado cuya respuesta a la crisis es, como mucho, “Aprende a vivir con ello” no se funda solamente en la clase social o puramente en la cuestión ideológica. Cuando se suceden este tipo de problemas la respuesta debe ser colectiva, ordenada desde la administración pública conjuntamente con sectores privados. Y lejos de dejar las posibles soluciones libradas a la racionalidad del mercado y la maximización de la libertad personal individual.

#PA.

Viernes 23 de octubre de 2020.



Fuente: Puente Aereo

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