Por Adrián Machado


El historiador Alejandro Galliano plantea distintas ideas de futuro en “¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?”. A través de un estimulante recorrido histórico y mediante el análisis de distintas corrientes actuales de pensamiento, el autor intenta presentar alternativas a las ideas dominantes de nuestro tiempo.

El capitalismo sueña con las utopías; Elon Musk pretende colonizar marte, Ray Kurzweil intenta subir su mente a una computadora para ser inmortal. El resto ha dejado de soñar, de proyectar e imaginar futuros: acciones defensivas, en su mayoría locales y cuya mayor ambición es la reproducción de las precarias condiciones de vida de los grupos en pugna. Izquierda, movimientos populares, progresismos varios, socialdemocracia y más, son parte del “nosotros” de ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro, editado por Siglo Veintiuno y la Revista Crisis en abril de este año. Pese a haber sido escrito antes de la irrupción de la pandemia, el trabajo encaja perfectamente con el tiempo que nos toca vivir.

El objetivo del texto es pensar futuros alternativos desde las condiciones impuestas por el presente, utopías realistas a partir de los materiales que nos brinda el capitalismo actual, específicamente en Latinoamérica. “Recuperemos alguna idea de futuro o alguien lo hará por nosotros”, advierte el autor. El libro está dividido en cuatro partes, con dos apéndices: inicialmente se describe las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas ocurridas en los años previos al capitalismo 4.0; acto seguido se presentan modelos que se piensan desde la escasez, desde el agotamiento material y ambiental del sistema, junto a la propuesta de construir comunidades más equilibradas por fuera de él; el tercer episodio se centra en las miradas contrarias, la abundancia como motor de superación social y económica del capitalismo, utilizando las tecnologías y recursos acumulados; finalmente, Galliano apunta a las miradas catastróficas que señalan la imposibilidad de futuro, esta última parte resuena particularmente hoy.

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Capitalismos

El primer capítulo comienza con una reseña acerca del estado actual del capitalismo, la industria 4.0 —integrar tres tecnologías para transformar cualquier objeto en un robot: internet, plataformas y algoritmos— y su periodización. Cada industria no se termina dentro de la fábrica, “sus transformaciones alcanzan a toda una sociedad que sigue siendo capitalista”.

A partir de esa definición, el autor expande el concepto a capitalismo 4.0 y ensaya un recorrido histórico para comprender su origen: Revolución Industrial, silenciosa en contraste con la espectacular Revolución Francesa; la Segunda Revolución Industrial, que a partir de 1873 comenzó a contar con Estados nacionales proteccionistas —tarifas aduaneras, incorporación de las colonias a los mercados— y empresas monopólicas que controlaron las condiciones de un mercado en el que el consumo se masificó por la expansión de las clases medias y los incrementos salariales; la costa oeste estadounidense parió la tercera versión del capitalismo a fines de la década del 60’ del siglo pasado, con su emprendedorismo imbricado con el complejo militar-industrial; a inicios del nuevo siglo estalló la burbuja de las puntocom, con la consecuente quiebra masiva de empresas, pero también con una infraestructura presta a ser adquirida a un valor ínfimo por quienes sobrevivieron a la debacle. Luego de esa crisis, se desarrolló la web 2.0 y la inteligencia artificial: “El capitalismo 4.0 nace entonces, como una extensión del capitalismo 3.0 en tiempos de crisis: internet para controlar a personas y objetos, plataformas para bajar costos y startups para absorber capitales”. El trayecto finaliza con una advertencia del escritor, el discurso optimista de Silicon Valley se quebró. El libro rastrea algunos síntomas: el malestar en el trabajo, el fin de la igualdad y el estancamiento del mundo.

Las voces que narran el presente son críticas o enaltecen la sociedad actual, ha desaparecido el utopismo. Como mínimo, faltan imágenes de futuros alternativos, plantea Galliano. Valiéndose de lo expresado por Koselleck, el historiador argumenta que “en la medida en que nuestras expectativas se realicen o se frustren y se transformen así en experiencias, nuestra relación con el tiempo vuelva a su cauce anterior: el pasado se llenaría de historia, de experiencias logradas o fallidas, y el horizonte de expectativas se reduciría nuevamente. Sería la lenta extinción del futuro”. La nostalgia por tiempos mejores, los movimientos identitarios por la memoria, la “hauntología” —el pasado que se proyecta sobre el presente y el futuro que no termina de despegarse del tiempo actual—, son indicadores de la imposibilidad de imaginar futuros alternos. La utopía debe reencontrarse en este presente capitalista.

A continuación, despliega algunos caminos posibles: el que describió el arquitecto húngaro Yona Friedman, quien —como todos los utopistas clásicos— pensaba que el espacio de la utopía es la ciudad. “Si cada ciudad se rediseña como sociedad ideal, el mundo será un archipiélago de utopías urbanas incomunicadas entre sí”. Jameson, afirma el autor, explica que esos enclaves podrían federarse dentro de una estructura global planificada: el capitalismo.

“Desde el comercio medieval por el Mediterráneo hasta
la internet, muchas veces el mercado fue la infraestructura para federar los
enclaves más diversos. Si la economía de mercado va a ser la ordenadora del
mundo, podemos valernos de sus redes para articular experimentos particulares y
políticas territoriales y proyectarlos hacia el futuro”, concluye el ensayista
antes de presentar otra alternativa.

Ezequiel Gatto, colega argentino de Galliano, trabaja un pensamiento postutópico y parte de que todo vínculo humano se instaura con relación al futuro, los vínculos “futurizan”. Aunque distingue entre futurización, futuridad hacia un punto de llegada preestablecido, y futurabilidad, concepto de Franco Berardi que señala un punto de partida, una imagen del presente que puede futurizarse o no.

Generar enclaves utópicos propios son formas concretas de abrir un futuro abstracto, esa es la conclusión de este fragmento del ensayo.

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Escasez

La segunda parte del texto trata sobre la escasez, después de la crisis financiera de 2008 —reactualizada con el histórico trance que estamos atravesando— volvió a tomar relevancia un viejo fantasma: el capitalismo no alcanza para todos y probablemente el planeta tampoco.

Este segmento se inicia con la gente que sobra, la masa marginal y el precariado que tan bien conocemos en América Latina. El proyecto para los excluidos del sistema terminó de cuajar en 2001 con la economía social, solidaria y popular. La economía social proviene de Francia, apuntaba al tercer sector y específicamente a la “empresa social”, cuyos ingresos se reinvierten sin beneficios capitalistas; la economía solidaria fue concebida en Brasil por el economista austriaco Paul Singer —uno de los fundadores del PT— con una propuesta similar a la francesa pero un poco más ambiciosa: proponía juntar los tres sectores —público, privado y social— bajo la orientación del sector solidario; la economía popular es un concepto del economista argentino José Luis Coraggio y refiere a los emprendimientos informales orientados al autoconsumo doméstico o consumo local, es decir al menudeo: cartoneros, comedores comunitarios, granjas cooperativas. “La economía popular sería la mónada, la unidad básica de toda la economía marginal; la economía social, una tercera rama autónoma de la economía, y la economía solidaria el horizonte político, la incorporación de ese tercer sector autónomo en un sistema híbrido hegemonizado por la reciprocidad”, explica Galliano.

Este tipo de economía surge en los barrios de masa marginal como respuesta a los efectos del neoliberalismo del siglo XX e intenta participar de los debates sobre el futuro del trabajo en el siglo XXI. Pese a su vocación práctica y a la imprecisión de su programa, lo que subyace es una concepción social, “una suerte de antropología filosófica de la escasez”, dice el autor. La misma se basa en la “economía reproductiva”, una ciencia económica que ubica al hombre como un ser vivo cuya meta primigenia es reproducirse materialmente —en lugar de ser un maximizador racional de beneficios—, por lo que la provisión de bienes y servicios no tiene como objetivos la ganancia o la acumulación, sino que se limita a satisfacer deseos y necesidades legítimas. “La reproducción ampliada de la vida con calidad” es la legitimidad de un deseo para la economía social: vivir, en paz, sin hambre ni frío.

Si esta idea no se puede ubicar dentro de sistemas y no posee imágenes de futuro, señala el texto, solamente será lo que haga cualquier ser para sobrevivir. Además, es una suerte de trascendentalismo social —fruto de sus raíces católicas— que piensa en la existencia de un más allá del capitalismo, una exterioridad para poder vivir en paz: es de una ingenuidad rampante plantear convivir con el capitalismo sin mezclarse con él, así como pensar que ese tipo de economía puede hegemonizar un modo de producción. Como se subraya en el libro, es sintomático que el catolicismo sufra en Latinoamérica la competencia de iglesias evangélicas que contraponen una teología de la prosperidad a la economía solidaria.

La salida de esta encerrona, para dicha economía, se
sintetiza de la siguiente manera: “Para evitar caer en el miserabilismo y
trascendentalismo, la economía social puede radicalizarse en dos sentidos. Uno
es inmanentista: dejar de buscar pobres en los márgenes y asumir que en el
capitalismo 4.0 todos somos parte potencial de la masa marginal (…) No hace
falta ser un cartonero ni un campesino aborigen: todos somos híbridos, todos somos
agentes de mercado y agentes de la economía social a la vez”.

La otra corriente de la escasez sobre la que ahonda el texto es el decrecionismo: en 2100, en condiciones normales, se habrán agotado definitivamente los recursos naturales en la Tierra. A fines de los 70’, en Francia, comenzaban a hacerse conocidas y tener algún tipo de discusión en la arena pública las ideas del matemático rumano Nicholas Georgescu, que proponía consumir menos y bajar el PIB. Comenzada la década siguiente, con la consiguiente revolución neoliberal, el debate se apagó y pasó a plantearse como “desarrollo sustentable”, el ecologismo posible durante los años 90’: compatible con la democracia liberal, la globalización y el neoliberalismo.

Actualmente, esta corriente de pensamiento afirma que el crecimiento no es sostenible, incluso cuando las nuevas tecnologías aseguran bajar las emisiones de carbono, esto no es posible si se mantiene una tasa de crecimiento de entre 2% y 3% anual. Asimismo, aseguran que el crecimiento es injusto ya que se beneficia del intercambio desigual entre centro y periferia y porque está subsidiado por el trabajo reproductivo doméstico. Finalmente, sostienen los teóricos de la economía ecologista, el crecimiento es antieconómico, debido a que incrementa los daños —contaminación, estrés, explotación, caída del bienestar general— antes que la riqueza. El crecimiento nunca será suficiente, cuando las necesidades básicas se satisfacen, el excedente se destina a bienes que refuerzan el status y la clase social del usuario.

Galliano sentencia que el decrecionismo es un postcapitalismo, se imagina como sería la vida después, aunque no queda exento de la pregunta que acecha a toda teoría que se piense como reemplazante del sistema actual: ¿Cómo llevar a cabo, de manera práctica, estas ideas? No hay un acuerdo entre los principales referentes sobre como redistribuir de manera radical el poder político —objetivo principal—: batalla cultural, acción directa, insertarse en las plataformas de partidos políticos de izquierda ya existentes. Detrás de todas estas estrategias se ubica la fe en que el decrecimiento surgirá del capitalismo de manera espontánea, como este surgió del feudalismo.

El principal inconveniente, según el libro, es que el decrecionismo choca contra sus propios valores: “en los países ricos, es incompatible con la democracia; en los países pobres, es directamente injusto”. Además de convencer a una parte de la población que viva peor aún de lo que lo hace hoy, para mejorar su calidad de vida en un hipotético futuro venturoso.

El decrecionismo aporta un diagnóstico impecable sobre el agotamiento de los recursos impulsado por un capitalismo que necesita quemar todo para producir algo. No hay manera de relativizar o deconstruir el dato material, objetivo, de la crisis climática”, advierte el autor. Pero difiere en la estrategia a adoptar, la mistificación de la pobreza y la confianza en que la sociedad simplemente se adaptará a ese modelo es, además de injusta, inútil, simplemente no va a suceder. Leyes y tecnología son las herramientas para afrontar la crisis climática.

Posterior a este capítulo sigue el primer apéndice, que está relacionado con la temática de la economía social y el decrecionismo: el animalismo. Este pequeño intermedio por las variantes de la idea principal de animalizar al hombre y los distintos derechos de los animales, precede a la tercera parte de la obra.

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Abundancia

En el tercer capítulo se encuentran las corrientes opuestas a la del segmento anterior: las de la abundancia. Galliano repasa la Teoría General de Keynes para luego introducirse en el análisis de Star Trek como un modelo de abundancia, con el detalle que en la ficción la finitud de la materia se resuelve con “replicadores”, máquinas capaces de replicar el mismo objeto de manera infinita. En la realidad, indica el autor citando a un ingeniero del MIT, sería la evolución de la nanotecnología lo que lo haría posible: fabricación de materiales y máquinas a escala y precisión molecular.

Otra fuente de abundancia, más palpable, es la tecnología digital: “La capacidad de digitalizar parte de la materia y convertir átomos en bits anula el principio de la escasez. A diferencia de un objeto material, un objeto digital tiene infinitos usos simultáneos. Cortar y pegar un archivo digital no tiene costo de oportunidad; convertir el formato tampoco. Y en un sistema ciberfísico de producción, ese costo marginal cero se extiende a una parte creciente de la economía”. El riesgo de apostar a que el costo marginal cero de base digital de paso a un nuevo sistema social y económico es que descansa en las tecnologías y no se pregunta que fuerzas sociales conducirían el cambio. Esperar que las tendencias encuentren su destino y que el capital no actúe tiene pocas probabilidades de éxito.

Además, la división entre trabajo y capital es difusa, los trabajadores siguen siendo expulsados por la automatización, “En condiciones normales, una caída de beneficios sin recuperación debería hacer colapsar el sistema. No obstante, el capitalismo 4.0 encontró la manera de sobrevivir y estirar la onda larga formando monopolios sin parangón con ningún poder público para contener la deflación; inyectando capital financiero y deuda para compensar el bajísimo crecimiento, y extrayendo datos de prosumidores para reemplazar el plusvalor”. La postescasez, plantea Galliano, comienza donde el capitalismo no da más, y su potencial tecnológico acumulado se reorganiza. Es necesario separar el ingreso del salario y pensar específicamente en una sociedad no salarial.

Una constante de los modelos de la postescasez es la
inclusión de algún tipo de renta universal, lo señalan anticapitalistas y la
burguesía de Silicon Valley, se encuentra en la economía social y solidaria
pero también en los padres fundadores del neoliberalismo.

Una teoría abordada por Galliano en el apartado de las teorías de la abundancia es el aceleracionismo, acelerar el sistema hasta asfixiarlo. El autor expone tres críticas para pensar el aceleracionismo desde la periferia: “La primera pertenece a Franco Berardi, compañero de ruta de Negri ahora volcado al pesimismo cultural. Para Berardi la desterritorialización no garantiza la emancipación, ni la aceleración asegura el colapso de un capitalismo que ha mostrado sobrada capacidad para beneficiarse de cada catástrofe -incluida la caída de los ya innecesarios gobiernos-, mientras el cuerpo social sufre cada ronda de ‘destrucción creativa’ con más segmentación y peores condiciones de vida. Es una historia conocida en la Argentina cíclica, donde tuvimos experiencias aceleradoras de tranco corto y final dramático (1976-1981, 1989-2001, 2016-2018).

La segunda es la espesa crítica filosófica de Ray Brassier. Reconoce que Srnicek y Williams dotaron de racionalismo a la política vitalista de Deleuze y la CCRU, pero se trata de un aporte epistémico, abstracto. Para alcanzar una política emancipadora no basta con una buena práctica epistémica si carece de una teoría de la totalidad que vincule ese saber con prácticas sociales”. Sin un sujeto social a quien movilizar ni una mirada profunda sobre el rol social de la tecnología, esta teoría desemboca en una celebración reaccionaria del capitalismo actual o una propuesta de izquierda, intelectual en exceso.

En regiones como Latinoamérica, donde faltan muchos
estadios capitalistas aun, este proyecto puede parecer menos subversivo y se podría
repetir la historia de varios marxistas de estas latitudes, señala el
historiador, que acompañaron el desarrollismo de los años 60’. Galliano
concluye que todos somos aceleracionistas, estamos completamente subsumidos en
la lógica de mercado y debemos lidiar con dos datos: “la inevitable
sensibilidad neoliberal que portan y la necesidad de un imaginario atractivo
del futuro”. Es allí donde tiene algo que decirnos el aceleracionismo, en la
cultura política.

Al finalizar la tercera parte se introduce un apéndice sobre el transhumanismo, la superación tecnológica de la naturaleza -cuyo programa de máxima es la inmortalidad-. Es una atractiva síntesis acerca de una corriente que ha ganado adeptos pese a no ser masiva.

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Fin del mundo

Finalmente, el último capítulo del libro es el más breve y funciona como una suerte de conclusión, así como también plantea ciertas incógnitas. Las diferentes ideas de futuro que relata el texto hablan del presente, sus recursos y posibilidades. No se pueden conciliar, justamente, esas diferencias son las que organizan el ensayo.

De todos modos, el autor sintetiza cada pensamiento de
la siguiente manera: la economía social nos provee de un sujeto -la masa
marginal-; el decrecionismo brinda un diagnóstico: el agotamiento de los
recursos; la economía postescasez ofrece herramientas: las nuevas tecnologías,
los nuevos materiales y formas de organización que se desarrollaron en el
capitalismo 4.0; el aceleracionismo suministra una ideología; el animalismo y
el transhumanismo llevan todo lo anterior lo suficientemente lejos como para
que no olvidemos que la humanidad no es el último capítulo de la historia. Pero,
hay un fantasma que nos recorre: pensar la imposibilidad del futuro.

El futuro llega igual, el capitalismo significa eso,
vivir el fin del mundo todos los días. Las catástrofes nos acompañan, se quedan
con nosotros. No es tarea sencilla pensar en el fin del mundo: hay que evitar
el fatalismo y la certeza que el destino decidirá en nuestro lugar y solo queda
rezar. Es necesario pensar más allá de nosotros mismos, argumenta Galliano.

“Cualquier política de futuro debe pensarse como
postapocalíptica: antes de pensar cómo prolongar el instante previo al colapso,
empezar por imaginar cómo será ese nomundo posterior al colapso para luego
retroceder hasta el presente y actuar hacia ese horizonte”, expresa el texto.

Una importante aclaración que realiza el autor en este capítulo es que omitió deliberadamente a los llamados “populismos de derecha”: Trump, Putin, Bolsonaro, Orbán, Salvini, Le Pen, Abascal, así como los movimientos antiderechos y todo tipo de dictaduras. No figuran en el libro porque no tienen una idea de futuro, al contrario; el viejo mundo está a punto de caer bajo la inmigración, la homosexualidad, las minorías o el comercio chino. Por lo tanto, solo queda guarecerse tras las fronteras y disciplinar a la población para que se prepare para un mundo más chico y más violento.

En las páginas finales, el texto apela a la idea
central que debemos perseguir: que el futuro sea de igualdad, no solo entre las
personas, sino que se extienda a los objetos que nos acompañaron estos siglos y
los que vendrán. La propuesta que nos interpela es la de parasitar al
capitalismo, no se lo puede vencer ni tampoco es posible salir de él, hay que
gobernarlo: aprovecharlo, combatirlo y regularlo. Pero, fundamentalmente,
parasitarlo, luchar por el ocio civilizatorio y el control social de las rentas
naturales, digitales y financieras. En otras palabras, contribuir a la muerte
de esta fase del capitalismo.

Y es en ese plan parasitario donde Alejandro Galliano observa que la Argentina tiene poco para perder. Hace cuarenta años que el país vaga sin encontrar su lugar en el mundo, está organizado como proveedor de materias primas -capitalismo 1.0- y se pudo adaptar a la fase 2.0 pagando el precio de las crisis cíclicas del stop and go, la incompatibilidad con el capitalismo 3.0 fue total y la versión actual, 4.0, no permite imaginar nada más allá de una nueva política energética, soja y deuda. El valor particular que tiene Argentina, destaca el autor, es que existen pocas sociedades más preparadas que la nuestra para parasitar un sistema inestable y conflictivo: hace cuarenta años que los argentinos luchamos por ampliar derechos, otorgar ingresos no salariales, captar rentas y movilizar a una masa marginal que no se resigna a serlo. ♣♣♣

#PA.

Domingo 6 de septiembre.

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