Referente de la Cámara de Biotecnología (donde confluyen las grandes empresas de transgénicos y agrotóxicos). Productor de películas taquilleras como Relatos salvajes. Dueño de publicaciones progresistas como Le Monde Diplomatique. Impulsor de la soja y el trigo genéticamente modificados, y del acuerdo porcino con China. Involucrado, además, en el desarrollo argentino de una vacuna contra el coronavirus. Quién es Hugo Sigman, el megamillonario amigo de ministros, y cuál es su plan de salud. Por Darío Aranda.

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  • Por Darío Aranda

El 12 de agosto fue el día más público de Hugo Sigman. Todos los diarios del país publicaron su foto como el gran promotor de la vacuna contra el coronavirus a partir de la alianza de su laboratorio mAbxience con la multinacional británico-sueco AstraZeneca/Universidad de Oxford y el millonario mexicano Carlos Slim.

“Argentina producirá la vacuna de Oxford”, señaló Página12. “La Argentina fabricará una vacuna contra el coronavirus”, afirmó Clarín.

Obviaron mencionar un hecho muy grave: la multinacional AstraZeneca cuenta con inmunidad legal si su vacuna provoca efectos no deseados.

¿Sustentable?

Cuando se ingresa al sitio web hugosigman.com.ar aparece un título con letras blancas y grandes que aclara, por si hiciera falta, “soy Hugo Sigman”. En su portada sobresalen ocho fotos de él, tres de ellas con su esposa (Silvia Gold), socia y cofundadora de la empresa Chemo, antesala del hoy conocido Grupo Insud. Siempre aparece con una amplia sonrisa, saco y camisa, bigote prolijo.

Allí relata su historia, de 76 años, que fue repetida hasta el hartazgo en la prensa amiga. Se lo define como “progresista”, con pasado en el Partido Comunista, al igual que su suegro (Roberto Gold, el real capitalista detrás del imperio que luego Sigman amplió geométricamente). Según la revista Forbes, la fortuna de Sigman-Gold alcanza los 2000 millones de dólares.

En su relato destaca su rol de “emprendedor”, la “responsabilidad social” de sus empresas y el tinte cultural de su perfil: Le Monde Diplomatique Cono Sur es su nave insignia de periodismo ABC1 (clase media acomodada), donde muy rara vez se escriben críticas al modelo transgénico que reina el país desde 1996.

Quizá tenga relación el rol protagónico de Sigman al frente de la Cámara Argentina de Biotecnología (CAB), espacio empresario donde confluyen millonarios locales aliados de las  compañías internacionales como Bayer-Monsanto, Syngenta y Corteva, entre otras. Desde allí elaboran política públicas que los sucesivos gobiernos adoptaron como propios. Publicitan las bondades del modelo transgénico y niegan las consecuencias del uso de agrotóxicos. 

Sigman es dueño y tiene participación accionaria en las compañías farmacéuticas Chemo, Exeltis, mAbxience, Xiromed, Sinergium Biotech, Elea Phoenix, Maprimed e Inmunova. En el sector del agronegocio, es dueño y tiene participación accionaria en Bioceres, Biogénesis Bagó, Garruchos Agropecuaria, Pomera Maderas y la Cabaña Los Murmullos.

En una entrevista en el diario El Cronista, de marzo pasado y publicitada desde su propia web personal, afirma que invierte en Argentina a pesar de las crisis económica como un acto de “rebeldía” y que lleva “a la Argentina en las venas”. En la misma entrevista reconoce que tiene domicilio fiscal en España porque allí paga menos impuestos.

En sus discursos públicos, y en su propia página web, el empresario se muestra preocupado por el cuidado ambiental y la “sustentabilidad”, pero en los hechos impulsa un modelo agropecuario con sobradas pruebas de arrasar los territorios: millones de hectáreas desmontadas, desalojos de campesinos e indígenas, concentración de tierras en pocas manos y ríos, suelos y personas afectadas por los químicos del agro.

“Argentina tiene una enorme oportunidad en biotecnología”, afirmó Sigman en agosto de 2019, cuando recibió el “Premio Clarín Rural a la trayectoria”, durante la 133 Exposición Rural de Palermo. Sigman es “embajador de buena voluntad del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), espacio de lobby del agronegocio. En agosto pasado participó en un foro virtual sobre el futuro del agro, organizado por el IICA, en el que llamó a invertir en ciencia para el agronegocio y remarcó la importancia de la “vinculación pública-privada”, eufemismo que busca la inversión del Estado para negocios privados, con promesas de bienestar para todos.

Sigman tiene participación accionaria en Bioceres, una empresa “nacional” donde figuran empresarios como Gustavo Grobocopatel y referentes de la Asociación de Productores de Siembra Directa (Aapresid). Con amplios subsidios estatales, nunca precisados de manera clara, impulsa nuevos transgénicos. Su estrella, con la estrecha colaboración de la científica del Conicet Raquel Chan, es la una semilla de soja supuestamente resistente a la sequía, que ya fue aprobada en Argentina, Paraguay, Brasil y Estados Unidos.

Bioceres y Raquel Chan también lograron el visto bueno oficial para utilizar una semilla que ningún país se animó a aprobar: un trigo transgénico resistente a sequía. Ya tuvo luz verde de la cuestionada Comisión Nacional de Biotecnología (Conabia, donde las mismas empresas aprueban sus productos, sin participación de científicos independientes). Sólo resta la firma de la Dirección de Mercados (área que espera el visto bueno de Brasil, principal comprador del trigo argentino).

De avanzar con el trigo, los argentinos serán los primeros en comer pan transgénico (y todos los derivados de la harina). Medio centenar de organizaciones sociales denunciaron que no existen pruebas independientes de inocuidad de ese trigo y lanzaron la campaña “no se metan con nuestro pan”, donde puntualizan los peligros de ese cultivo y la ingesta en humanos.

El millonario remarca una y otra vez la importancia de la ciencia, tanto desde Bioceres como desde la Cámara de Biotecnología siempre mantuvo vínculo estrecho con el Ministerio de Ciencia y el Conicet, el mayor ámbito de ciencia del país. En febrero de 2017, la directora de Innovación y Desarrollo Tecnológico del Grupo Insud, Graciela Ciccia, ingresó  al directorio del Conicet, cargo que aún mantiene a pesar del cambio de Gobierno.

“El sector productivo, con un lugar en el Conicet”, festejó la revista Fortuna (dedicada al sector empresario) en marzo de 2017. El Grupo Sigman emitió incluso un comunicado celebrando el nombramiento. Ciccia, al igual que Sigman, es miembro fundadora de la Cámara Argentina de Biotecnología. 

Sigman tiene excelente relación y acceso directo al Ministerio de Ciencia, tanto en la gestión de Lino Barañao como en la de Roberto Salvarezza, funcionario que impulsa el agro transgénico, el fracking petrolero y la megaminería.   También es dueño de la compañía Pomera Maderas e impulsa el monocultivo de árboles, con similares consecuencias al de soja. Desmontes y desalojos. 

En marzo pasado, en declaraciones en el diario El Cronista, llamó a avanzar con más hectáreas de ese monocultivo. “Con un poco de inteligencia se generaría mucha inversión en el sector forestal porque hay situaciones excepcionales. Nosotros cortamos un eucaliptos a los siete u ocho años, tres veces menos tiempo que en los países nórdicos. Hay una oportunidad si el Gobierno se sienta con el sector y encuentra los estímulos necesarios para que se exporte e industrialice. Los proyectos científicos que hay detrás de la madera y celulosa son extraordinarios. Tenemos enormes condiciones de crecer porque tenemos las condiciones naturales”, propuso.

Desde Biogénesis Bagó, su empresa de “sanidad animal”, Sigman es uno de los impulsores del acuerdo con China para la instalación de megagranjas porcinas. La iniciativa, donde interviene también el canciller Felipe Solá (autor de la aprobación de la primera soja transgénica en 1996), mereció el rechazo de amplios sectores socioambientales, académicos y políticos por sus impactos ambientales, sanitarios y hasta económicos (por la dependencia con China). 

Sigman, tan preocupado por el ambiente en sus expresiones públicas y su sitio web, no se refirió al acuerdo con China, ni mucho menos al impacto de los transgénicos ni de los agrotóxicos. 

La salud como negocio

«Ojalá haya muchos Sigman”, dijo sin dudarlo el ministro de Salud, Ginés González García, en declaraciones radiales el 21 de agosto, luego del anuncio del avance con la vacuna. Y expresó su “admiración” hacia el millonario.

El Ministro fue la voz oficial más explícita respecto al rol protagónico del empresario ante la pandemia. Según la versión oficial, el Estado adquirirá once millones de dosis, a un precio estimado de entre 3 y 4 dólares. El Gobierno presentó el avance en la vacuna de forma triunfalista, como si fuera la solución a la pandemia. Y los medios, tanto oficialistas como opositores, replicaron sin dudar. Los “periodistas científicos” inflaron el pecho por la importancia de la “ciencia nacional” (a pesar de ser un desarrollo de la multinacional británica AstraZeneca) y destacaban las bondades (aún no probadas) de la vacuna.

Una de las pocas críticas de medios comerciales provino del diario La Nación. El 20 de agosto difundió que Sigman tenía el monopolio durante diez años de las vacunas contra la gripe. Recordó su vinculación al ex ministro de salud nacional y actual gobernador de Tucumán, Juan Manzur, vínculo que (vacuna mediante), se mantuvo siempre presente y redituable.

En el libro Los dueños del futuro (2017), los periodistas Alejandro Galliano y Hernán Vanoli dan cuenta de cómo Sigman se alimentó de las arcas del Estado para que crezcan sus empresas: “Durante la pandemia de gripe A H1N1 de 2009, Sigman le propuso al gobierno argentino, a través del entonces ministro de Salud Juan Manzur, un proyecto de transferencia de tecnologías farmacéuticas a cambio de la concesión de un monopolio provisorio. La licitación se presentó privilegiando a Sigman como ‘autor de la iniciativa’, con el compromiso de adquirir todas las vacunas producidas. El acuerdo se hizo con la multinacional Novartis, que tendría un monopolio de tres años sobre la vacuna antigripal, mientras transfería la tecnología a Elea y Biogénesis Bagó, a través de una empresa creada a tal fin: Sinergium Biotech. Pasados los tres años, Sinergium sería la fabricante exclusiva”.

Los autores recuerdan que en 2012 la Organización Mundial de la Salud (OMS) desconoció a la gripe A como pandemia.

El negocio farmacéutico ya estaba hecho.

¿Vacuna?

Matías Blaustein es doctor en ciencias biológicas e investigador del Conicet. Recuerda que el Gobierno también había anunciado en julio “con bombos y platillos” el acuerdo con la multinacional Pfizer para testear su potencial vacuna en la Argentina. Luego hizo lo propio con la vacuna de Oxford-AstraZeneca. Lo primero que Blaustein hace son preguntas: “¿La vacuna es una realidad o es una promesa a testear?” Y cita a Anthony Fauci, uno de los principales referentes estadounidenses en enfermedades infecciosas, quien advirtió sobre el riesgo de aprobar vacunas prematuramente, poniendo en riesgo el ulterior desarrollo de vacunas seguras y efectivas. “Al día de hoy, todavía no sabemos de ningún desarrollo al que se pueda ya considerar como vacuna. No sabemos aún si efectivamente generan inmunidad, no sabemos aún si generan efectos secundarios importantes en la salud”, explica.

Describe que se ha instalado una necesidad social alrededor del desarrollo de la vacuna y que conviven expectativas populares genuinas como también un importante bombardeo mediático asociado al propio interés corporativo.

Segunda pregunta de Blaustein. Cuando se dice que Argentina producirá la vacuna, ¿a qué “Argentina” nos referimos?”. Él mismo se responde: “La megacorporación AstraZeneca y el cerebro empresarial Sigman vienen haciendo formidables negocios con nuestros gobiernos. Las empresas del Grupo Sigman se enriquecían a lo largo de los sucesivos gobiernos sobre la base de los agronegocio, la actividad forestal, la ganadería y el lucro con la salud. Hace unos días auspiciaban el acuerdo con China para impulsar las megafactorías de chanchos ¿Era éste el sueño al que aspirábamos? ¿Pueden ser nuestros salvadores hoy quienes hasta ayer se enriquecían construyendo un modelo agroganadero, forestal y farmacéutico que no es otra cosa que el caldo de cultivo de los actuales incendios, contaminaciones, epidemias y pandemias?”.

Recuerda que muchas vacunas a lo largo de la historia fueron de crucial importancia para evitar epidemias y salvar vidas. Pero también pide cautela con la información que se difunde: “Intentar no incurrir ni en planteos antivacunas asociados a falsas premisas que aseguran que las vacunas contienen chips, como tampoco recaer en la euforia de las soluciones mágicas, anunciando o propagandizando que una potencial vacuna ya funciona, ya es segura y efectiva, cuando restan muchos ensayos para poder saber tal cosa”.

Impunidad

Blaustein detalla que existen más de 80 vacunas con testeos en animales y 35 en humanos. Ocho de ellas en fase tres, con testeo en unas decenas de miles de personas. Las más avanzadas fueron desarrolladas mediante nuevas estrategias biotecnológicas que consisten en introducir parte del material genético del virus patogénico en las células de las personas. Detalla las versiones basadas en ARN (ácido ribonucleico), en ADN (ácido desoxiribonucléico) y las basadas en “virus recombinantes” (como las de Oxford/AstraZeneca y la de Rusia).

Y alerta: “Cualquiera sea la estrategia empleada para producir una vacuna implica la posibilidad de que la misma no sea efectiva, es decir que no genere inmunidad. Los testeos realizados hasta el momento implican evaluar si cada potencial vacuna genera anticuerpos, células de memoria, pero se desconoce aún si genera inmunidad efectiva contra el virus, tanto a corto como a largo plazo”. Y retruca: “A su vez, implica la posibilidad de que genere potenciales efectos secundarios adversos”.

Remarca un aspecto silenciado del acuerdo con AstraZeneca: “La compañía no se hará responsable de potenciales demandas por efectos secundarios a largo plazo”.

Gonzalo Moyano Balbis tiene un amplío currículum, tanto en el área médica como de militancia social. Es epidemiólogo, especialista en bioética y responsable de la Red de Medicamentos de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (Alames). Señala sus dudas respecto a las vacunas para el Covid-19: “Hay muchas cosas que no son claras, entre ellas la capacidad de mutación que tiene el virus, y no están claros los riesgos. Estas dudas tienen relación con los cortos tiempos que se están utilizando en este caso, cuando las pruebas en humanos siempre llevan más tiempo. De una vacuna en tiempos acelerados, y con solo 1.100 personas de prueba, no puede saberse su efectividad y mucho menos sus efectos colaterales”, alerta Moyano Balbis. Y lo vincula a la cláusula legal que fijó la multinacional: “El Gobierno asumió el compromiso legal de no iniciar acciones judiciales contra la empresa si luego se descubren efectos no deseados en el largo plazo”.

La agencia de noticias Reuters confirma lo denunciado por Blaustein y Moyano Balbis: “AstraZeneca recibió protección contra futuras demandas de responsabilidad por productos relacionados con su vacuna Covid-19”. En su artículo del 30 de julio citó al ejecutivo de la empresa Ruud Dobber: “Esta es una situación única en la que nosotros, como compañía, simplemente no podemos asumir el riesgo si en cuatro años la vacuna está mostrando efectos secundarios. Para la mayoría de los países es aceptable asumir ese riesgo sobre sus hombros porque es de interés nacional”.

Esteban Corley, director de mAbxience (la empresa de Sigman), reconoció que aún no está confirmada la efectividad de la vacuna, pero anunció que igualmente comenzarán la su producción “para ganar tiempo”. Prometió que, en caso de no tener la autorización final, las vacunas se destruirán. 

Ciencia hegemónica 

El manejo de la decisión político-empresarial del desarrollo de la nueva vacuna deja al descubierto una forma hegemónica y extrema de entender la ciencia. “Se afianza un discurso neopositivista muy influyente, una ciencia que se asume como garante del progreso, que se presenta como artífice del desarrollo, pero incapaz de formular crítica alguna a los nocivos efectos que ciertos avances de la tecnociencia generan en cuerpos. Los expertos tienen la capacidad de criticar el dióxido de cloro, pero nada parecen saber sobre los efectos tóxicos del herbicida glifosato; denuncian el riesgo del movimiento antivacunas pero no se los escuchó intervenir acerca de las corporaciones asociadas al lucro de la salud, del agronegocio, el negocio forestal o las granjas porcinas”, cuestiona Blaustein. Sigue: “Una pandemia como la de hoy no se puede explicar si no es en relación con un origen zoonótico asociado al modelo extractivista, si no se tematiza el tráfico y consumo de animales, si no se habla del desmonte y desplazamiento de animales y personas a grandes centros urbanos, si no se incorpora la variable del hacinamiento en grandes urbes donde parte de la población no tiene acceso al agua, a una vivienda adecuada, a elementos de higiene o a la salud. El debate no puede ser solamente qué tipo de vacuna ni quién la genera”. 

Acaso hablar de Sigman implica visibilizar esas causas que, a través del agronegocio y la cría industrial de animales, generan estas enfermedades y muertes.

En línea con lo que plantean movimientos socioambientales y pueblos indígenas, el académico advierte: “Enfrentamos un problema realmente grave que no comienza ni termina con esta pandemia. El cuestionamiento de este sistema-mundo capitalista, extractivista, colonial y patriarcal debe necesariamente incorporar muchas más voces. En tanto las y los de abajo no tengan voz, las cosas irán de mal en peor”.

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