Por Federico García


Se acerca la campaña y, con la línea de meta puesta en las elecciones legislativas del año que viene, los dirigentes comienzan a posicionar su discurso de cara al electorado, al tiempo que organizan filas al interior de sus espacios políticos.

El caso más claro fue el de María Eugenia Vidal que, en un doble movimiento simbólico, pidió al núcleo de Juntos por el Cambio una mayor disposición al diálogo. Sin embargo, advirtió que esa apertura debe ser “con límites”, marcando siempre el cerco ideológico de distinción.

La actitud de “la leona” recuerda a la campaña presidencial 2015, cuando se apuntó al entonces candidato Mauricio Macri por “kirchnerizar” su discurso en el debate, para acercarse a aquellos votantes peronistas que no comulgaban con el espacio liderado por Cristina Fernández de Kirchner.

Si bien no se puede decir que María Eugenia explora o busca explorar terreno ideológico ajeno, haciendo coincidir su esfera de sentido con la de sus rivales políticos para generar confusión en los votantes, la suavidad de su discurso la posiciona como futura candidata, algo que, más allá de las palabras, está casi obligada a ser políticamente.

En aquel ya lejano 2015, eran otros los encargados -como Elisa Carrió– de hablarle al ala más dura y reaccionaria de Cambiemos. Esa tarea hoy parece encararla el ex presidente Macri, quien en sucesivas apariciones atacó con dureza las medidas tomadas por el gobierno, aduciendo una dramática pérdida de libertad de los ciudadanos.

María Eugenia, por ahora, parece esconder a la leona bajo el traje de Heidi, pidiendo al interior de las filas cambiemitas que se guarde una actitud que, paradójicamente, dicen que los oficialistas actuales no tuvieron cuando fueron oposición.

Parece un laberinto discursivo… y lo es. Esa solicitud resulta como mínimo rara viniendo de un espacio político que dedicó sus últimas campañas a reunir el voto anti-K, haciendo de la diferenciación con el peronismo su máxima fundamental.

No obstante este cambio de roles, la maquinaria lingüística parece ser la misma: aquellos que serán candidatos -y que eventualmente ejercerán cargos públicos- ablandan sus palabras, se muestran propensos al consenso y hasta alaban a sus enemigos políticos, mientras que quienes no tendrán responsabilidades dirigenciales se dedican a mantener unidas a las tropas del electorado seguro.

En esta escena de la discusión política, hay una fuerte intención por dejar al otro como poco dialoguista. Inclusive, María Eugenia se animó a una autocrítica y reconoció que “el gobierno de Cambiemos debería haber abierto más la puerta a la oposición”.

Así las cosas, los dos puntales de la grieta ideológica en la Argentina comienzan a disputarse el terreno simbólico del jugoso “centro” que, como viene sucediendo en las últimas jornadas electorales, terminará por inclinar la balanza de los caminos futuros del país.

Sin embargo, más allá de su acercamiento al diálogo, Vidal sostuvo que “el límite en el consenso son los valores“, de lo cual se deriva otra discusión: cómo llenarán el signo vacío de esos “valores” sin que eso signifique un alejamiento del electorado de centro. Aunque ese movimiento semiótico podrá observarse con mayor claridad más cerca de la hora de emitir el voto.

Todos sabemos que se pueden hacer cosas con palabras, pero no siempre discurso y acción coinciden, por más juntos que aparezcan cuando hay una elección en el horizonte.   ♣♣♣

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Lunes 5 de octubre de 2020.

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