Durante los siglos XIX y XX, el país sufrió tremendos brotes de enfermedades infectocontagiosas que obligaron a modificar hábitos y costumbres y generaron caos, angustia, robos y saqueos, entre otras consecuencias producto de la conmoción social.

De acuerdo con distintas convenciones lingüísticas y sociales, una epidemia se define como la propagación de una enfermedad durante algún tiempo por un país o región acometiendo simultáneamente a gran número de personas. Sin embargo, también es claro (y lo sabemos ahora mejor que nunca), una epidemia es mucho más que la expansión espacio-temporal de un virus o bacteria. Resulta central comprender que las epidemias son crisis sociales, donde juegan un papel fundamental el miedo y la muerte súbita y masiva, que provocan una respuesta inmediata y generalizada de todos los sectores de la población: acciones del Estado (nacional, provincial, municipal), reacciones sociales que van desde expresiones religiosas, manifestaciones de solidaridad comunitaria, pero también estigmatización de minorías y, en ocasiones, disputas violentas hacia los que se señala como culpables de expandir la enfermedad. Todas estas características dan forma al carácter dramático y revulsivo esencial de las epidemias.

Intentar resumir todas las epidemias por las que atravesó nuestro país resulta una tarea demasiado extensa. Propongo, entonces, algunas instantáneas, apenas un parpadeo de episodios insoslayables. Allá vamos.

FIEBRE AMARILLA EN BUENOS AIRES

Diciembre de 1871. La ciudad de Buenos Aires recibe la llegada de Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, una pintura proveniente de Montevideo, realizada por Juan Manuel Blanes. Hacía poco menos de seis meses que había finalizado la mayor epidemia por la que atravesaron los porteños. Con un saldo de alrededor de trece mil fallecidos, sumado al caos social producto del desabastecimiento de alimentos, clausura de negocios, robos, falta de atención a los enfermos y la saturación de los cementerios, esta epidemia dejó una huella traumática que Blanes evocaba en una obra monumental, un óleo sobre tela de 230 por 180 centímetros. Los porteños la verían por primera vez, y la prensa anticipaba que encontrarían en ella algo más que una pintura. “La tela desaparece, no hay tela”, dirán. “Estamos en el cuarto, vemos la calle, nos conmovemos por la aniquilada familia”. La temática del cuadro estaba tomada de una noticia surgida durante la epidemia. En su recorrido nocturno, un sereno halló la puerta de una casa entreabierta. Al ingresar en ella, encontró a una mujer muerta “con una criatura del pecho mamándole”, narraban los periódicos. De esta manera, se lograba evocar en el arte lo más descarnado de ese fatídico año de 1871. Cientos de familias abandonaron a sus enfermos y difuntos, y el Estado municipal, así como diversas organizaciones de vecinos, se dedicaron a la ingrata tarea de enterrar cadáveres y asistir enfermos. Los tratamientos médicos de entonces no conseguían hallar la causa de estos males, y proponían un abanico amplio y ecléctico de medidas, fundamentalmente basadas en la desinfección de las habitaciones y una recolección de residuos más atenta y organizada, así como también un trato expeditivo en los entierros. Una vez que los médicos certificaban que la muerte era producto de la fiebre amarilla, se debía enterrar el cadáver inmediatamente, sin ceremonias ni despedidas.

LA POLIO INCURABLE

Fue 1936 el año de la primera gran epidemia de poliomielitis en nuestro país. La parálisis infantil, término con el cual era popularmente conocida, estaba presente desde fines del siglo XIX, cuando se logró identificarla y conocer algunas características esenciales de su forma clínica, sus síntomas y principales secuelas. Con una tasa de mortalidad baja, lo que la caracterizaba era la creciente cantidad de niños afectados con secuelas y los trastornos que aparejaban, sumado al alto costo económico de los prolongados tratamientos de recuperación, que requerían el uso de aparatos especiales (bastones, sillas de ruedas, respiradores). Esta “polio incurable”, ya que para entonces aún no se habían diseñado vacunas ni tratamientos exitosos, cobró una nueva dimensión a partir de ese fatídico 1936: los casos registrados en la ciudad de Buenos Aires ascendieron a 692, cifra que será rápidamente superada con la epidemia de 1942-1943, con 2.894 casos en todo el país y 722 sólo en la Capital Federal. En ambas epidemias las áreas más afectadas fueron la ciudad de Buenos Aires y las zonas circundantes, aunque hay registros de casos en otras provincias, especialmente en Santa Fe.

Al problema que generaba el aumento en el número de casos, se sumaba que era poco lo que se sabía sobre las formas de transmisión, imposibilitando su vigilancia y prevención. Que la infección producto de la polio podía causar fiebre elevada, parálisis y, a veces, incluso la muerte era un dato conocido para una parte significativa de la población; sin embargo, la aparición de casos ocurría en distintas regiones y zonas de las principales ciudades, sin patrones claros de transmisión, atentando contra la noción de “foco de infección”, que en general era como se concebía la transmisión de enfermedades infecciosas. Era señalado por los médicos el desconcierto que les producía que un niño con parálisis infantil no contagiara a sus hermanos ni vecinos cercanos. Así, bastante antes de la introducción de la vacuna contra la polio a mediados de la década de 1950, científicos y médicos enfrentaban múltiples dificultades para entender cómo se transmitía el virus y, en consecuencia, las formas de prevención no podían garantizar resultados favorables.

La imagen de un ejército de niños inválidos tras cada brote de polio presentó un desafío a todas las naciones del mundo hacia finales de los años 30. En medio de la incertidumbre que generaban los brotes de polio, se multiplicaban los intentos por desarrollar vacunas o sueros que recuperaran a aquellos casos en los que la parálisis se manifestaba. El más difundido de la época consistía en un suero basado en los anticuerpos de pacientes que habían padecido la enfermedad, y se proveía en dosis a todos los detectados tempranamente, es decir, sin que hubieran desarrollado aún secuelas físicas evidentes. Desde finales del siglo XIX la ciencia recurría al laboratorio en busca de respuestas, y la utilización de primates para explorar las características de la polio (así como de otras enfermedades, como la fiebre amarilla) era parte de lo más avanzado en exploración científica. Simon Flexner, jefe del Instituto Rockefeller, se convirtió en una figura central en estas investigaciones. Para el brote de 1936, el envío del virus y del suero desde Estados Unidos, a través de esta fundación, fue visto como un claro signo de estar en sintonía con lo más elevado en materia de descubrimientos científicos. Pero, al mismo tiempo, el suero era más que eso. La posibilidad de recuperar la movilidad perdida y volver a una vida “normal”, sin ninguna discapacidad, presentaba un seductor magnetismo que fue bien captado por la prensa de entonces.

EPIDEMIAS, CAMBIOS Y DESAFÍOS

La decisión de mostrar estos momentos de zozobra y desconcierto que producen las epidemias no es azarosa. En ambos busqué graficar episodios de incertidumbre, escenarios en los cuales aún no había una vacuna o tratamiento que pudiera resolver todos nuestros problemas. Pero, por otra parte, incluso en esos momentos tan confusos, existieron siempre actores individuales y colectivos que reaccionaron activamente para conocer las particularidades del contagio, desarrollar mecanismos de prevención y realizar avances científicos en torno a estas dolencias y a otras que vendrán seguramente.

Quizás este breve recorrido nos ayude a sobrellevar lo que estamos viviendo hoy. Lejos de pensar que la historia es cíclica y repetitiva, me gustaría que podamos entender que somos parte de una historia más larga, que excede a las individualidades e incluso a las naciones. Se trata, en resumidas cuentas, de un intercambio biológico pero también social, cultural, político, incluso artístico, uno más de miles que ya atravesamos y que seguramente continuaremos atravesando. Quizás el dato a recuperar es que en esta extensa historia entre nuestra especie y las epidemias, siempre hemos logrado sobreponernos a las adversidades y perdurar. La pregunta, entonces, no es tanto cuándo terminará la pandemia de covid-19, sino más bien cómo saldremos de esta crisis.

Fuente: carasycaretas.org.ar

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