Por Lu­cía Sa­bi­ni Fra­ga

Un primer elemento que llamó la atención del debate presidencial entre los candidatos de EE.UU para las elecciones del próximo 3 de noviembre, Donald Trump y Joe Biden, fue la falta de diálogo.

Interrupciones constantes, falta de cierre en las intervenciones, chicanas, aspectos personales; al fin y al cabo el debate presidencial de cara a las PASO o las generales del año pasado en Argentina parecieron un duelo de caballeros al lado de este espectáculo para nada envidiable. De hecho, la comisión organizadora del evento adelantó que anunciarán medidas adicionales o directamente un cambio en el formato para “mantener el orden” de cara a los próximos encuentros.

La estrategia se basó en: para el republicano -actual presidente en busca de su segundo mandato, Donald Trump- mostrar las ventajas de una economía que miró para adentro los últimos años y se ocupó de los suyos; al tiempo que una cruda lectura de la realidad sin ocultar su enemistad profunda con cualquier elemento progresista o de izquierda. Su comodín fue señalarle a Biden los aspectos más hipócritas de la mirada bien pensante y políticamente correcta de los demócratas, quienes a su vez tienen que aunar posiciones francamente distantes.

Por su parte, el multimillonario Joe Biden se agarró justamente de eso para dar pelea: la arrogancia con la que Trump ha tratado la cuestión del COVID, su poca sensibilidad para con las víctimas de la pandemia y su falta de compromiso con las cuestiones ambientales o ante las protestas en contra del racismo y las posturas de la “supremacía blanca”, que más de una vez alentó el presidente.

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El debate televisivo duró alrededor de 95 minutos y se dividió en 5 bloques temáticos. El presentador-que intentó obstinadamente reordenar el flujo de las intervenciones incontable cantidad de veces y fracasó en todas-, daba indicaciones sobre qué candidato comenzaba cada bloque, y realizó incluso preguntas puntuales a cada participante.

Durante el primer round hubo largos entredichos acerca del programa de Salud implementado por el gobierno del demócrata Barack Obama (Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, más conocida como Obamacare), y si su funcionamiento era (o no) más restrictivo que el plan impulsado por el gobierno actual. El bloque dos, trató la pandemia y las distintas posturas al respecto: Trump defendió la apertura en pos de no destrozar la economía, al tiempo que no se guardó acotaciones respecto a la “plaga china” culpando al país asiático del actual desastre.

El bloque tres tuvo su desarrollo a partir de la economía del país y las distintas propuestas que ambos esgrimían, y donde Trump pudo hacer gala de la rápida mejoría en materia de números. El tema que le siguió fue el de las “protestas” que vienen encendiendo el termómetro urbano estadounidense, a partir del asesinato de varios afrodescendientes generalmente por parte de las fuerzas de seguridad. El “Black lives matter” surcó fuerte el debate y dejó a Trump en franca evidencia, gracias a su apoyo a los grupos supremacistas blancos y por cargar tintas contra los antifascistas, a los que acusó de ser “peligrosos” y “malicionsos” entre otras cosas.

En el quinto episodio, que fue Medio ambiente, hubo más de una perlita: mientras Trump explicó orgulloso que su rechazo al Acuerdo de Paris refería a la necesidad de cuidar a las múltiples empresas nacionales (mayormente responsables por la gran cantidad de emisiones de Gases de Efecto Invernadero o GEI); logró sacarle a Joe Biden la confesión de que no apoyará el “nuevo pacto verde” abriendo la puerta a la disputa con el ala más progresista de su mismo partido. Aquí nuevamente Biden, eligió despegarse de su contrincante de interna, Bernie Sanders, alegando ser el ganador de los demócratas en un espacio en el que aparentemente, no los une ningún programa. Pero aprovechó -ahora sí con algún acierto- atacar al archi amigo de Trump, el presidente de Brasil Jair Bolsonaro, quien tiene ahora bajo su mandato una de las peores catástrofes ambientales de la historia reciente, incluido el mal manejo contra los incendios forestales.

Más allá del orden de los temas, la realidad fue que tanto Trump como Biden se cruzaron por chicanas varias a lo largo del encuentro: el presidente le echó en cara a su contrincante que uno de sus hijos, Hunter, había tenido problemas con drogas y por eso lo echaron de la Marina; mientras que Biden eligió golpear por el lado impositivo, haciendo mención de la extensa investigación que publicó el domingo pasado el diario The New York Times. Si bien el primer mandatario no logró dispersar las dudas sobre los magros aportes que hizo como empresario en concepto de impuestos federales, utilizó un mecanismo que repitió todo el debate: echarle la culpa a otros. En este caso, a la gestión anterior (demócrata) por haber subvencionado con depreciaciones, descuentos y códigos especiales a los empresarios para que paguen menos impuestos. Algo así como: “lo hice, pero porque ustedes me dieron la posibilidad de hacerlo”.

También se mandaron a callar; Trump aseguró que habrá fraude (lo dijo varias veces, de hecho), Biden acusó al republicano de “payaso” y hasta de ser el “cachorro de Putin”; nada como el debate serio y sereno de la primera potencia mundial.

La agresividad discursiva de Trump (que también se percibió en su insólita intolerancia a la espera de cada turno para responder) le dio al presidente la ventaja de una impronta que aparenta mayor seguridad: estamos en un mundo donde gana el que más ataca. Biden fue poco astuto en ese sentido y su pasividad pudo haberle quitado la confianza de los electores más despistados.

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Este primer debate presidencial, caótico y errante, no trae buenos augurios de lo que le espera a EE.UU (y por lo tanto al mundo) respecto al próximo gobierno que mande en la Casa Blanca. Existirán otras dos instancias de encuentro entre Trump y Biden: el 15 de octubre en Miami (Florida), y el tercero y último, que tendrá lugar en Nashville (Tennessee) el 22 de octubre.

Lejos de la autocrítica, cada uno de los candidatos leyó su intervención en clave de triunfo y se despacharon en las redes sociales. Mientras Trump se paseó canchero (y un poco víctima, al asumir que el moderador le jugó en contra) por Twitter, con el siguiente mensaje: “Chris (por el moderador) tuvo una noche difícil. Lo de dos contra uno no sorprende, pero fue divertido”; Biden hizo lo propio: “Pensé en un punto, puede que no deba decir esto, pero… El presidente de EE.UU. comportándose de la manera que hizo, creo que fue una vergüenza nacional” aseguró el ex vicepresidente. Parafraseando al Chavo y su alter ego El Chapulín Colorado, cabe la pregunta: “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”. ♣♣♣

#PA.

jueves 1 de octubre de 2020

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