Cada vez más teatros y espacios artisticos se suman a las acciones culturales callejeras de los domingos por la tarde y coinciden en anunciar: «Acá hay un lugar para imaginar un futuro». Organizadas por ESCENA, espacios escénicos autónomos, y ya que los teatros y centros culturales deben continuar cerrados puertas adentro, la propuesta es habitar con arte el espacio público.

Foto: Martina Perosa

La primera acción del domingo se produjo en la puerta del Taller de Omar, un espacio cultural en el barrio de Chacarita. La casona supo ser el nido musical de Charly García durante los ´90 y años después fue el atelier de un artista plástico llamado Omar Lotito, fallecido hace diez años. Familiares y amigues sostuvieron la tradición artística del lugar y funcionó como bar, taller de danza, presentaciones y proyecciones hasta que la pandemia paralizó todos los espacios dedicados a la cultura. El espacio ofrece en su web una recorrida virtual e interactiva en la que con ayuda del mouse se pueden disfrutar las obras de Lotito colgadas en las paredes de la casa, sus frascos con pinceles distribuidos en los estantes y observar el patio que combina el verde con el cemento.

Foto: Martina Perosa

En la puerta del Taller de Omar, se dio lectura al texto de creación grupal que finaliza con estos interrogantes: “¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo sostener nuestros espacios sin el apoyo necesario? ¿Cómo vamos a volver a estar juntes? Necesitamos imaginar un futuro. Uno nuevo, uno distinto. ¿Sabías que acá hay un espacio para imaginar un futuro?”.

Foto: Martina Perosa

Desde la terraza, una chica lee ante un micrófono de pie y cierra con: “Somos el amor, la fuerza más poderosa que existe”. Luego se abre la puerta del Taller y aparece un cuerpo enfundado en un mameluco blanco al que no se le ve la cabeza. El cuerpo transporta un objeto entre sus manos: una tablet en la que se ve un rostro que comienza a hablar: “Cerca de esta imagen hay un cuerpo. Es mi cuerpo. Cerca mío está mi cuerpo. Atrás mío hay un teatro. Una sala de teatro, pero está vacía”. El texto continúa, y se refiere también a la necesidad de tapar agujeros con imágenes, a confundir imágenes con cuerpos, a traspasar lo virtual e ir más allá de las pantallas, en un tiempo en el que como nunca antes las yemas de nuestros dedos se deslizan por superficies lisas e inertes.

Finaliza la primera posta y les presentes aplauden.

Foto: Mateo Rodríguez Egaña

La segunda posta es en Villa Crespo, en MOVAQ – Aquelarre en movimiento, un espacio de encuentro y artes escénicas coordinado por Lía Mazza, Julieta Rodriguez Grumberg, Laura Peña Nuñez y Analía Slonimsky, que abrió sus puertas pocos días antes de declararse la cuarentena obligatoria. El portón negro está cerrado y aparece pegada la frase característica de estas acciones: “Acá hay un lugar para imaginar un futuro”. 

Foto: Martina Perosa

Se da lectura al texto, aunque esta vez es leído a viva voz porque detrás del portón comienzan a sonar una batería y una guitarra eléctrica. Termina el texto, el portón se abre y en el extremo del largo pasillo con piso de adoquines aparecen cuatro bailarinas vestidas de azul, con barbijo y máscaras protectoras. Una de ellas lanza agua con una hidrolavadora, el líquido estalla como cascada y se convierte en bruma. Detrás de ella, las cuatro avanzan y se mueven al ritmo cada vez más vibrante de la música. Al llegar a la vereda, la hidrolavadora queda a un costado y las chicas arengan con sus brazos a les presentes para que también agiten sus cuerpos. Algunes bailan, saltan o se contornean. La explosión de sonido desató el movimiento. Los autos pasan y  tocan bocina, las bicicletas se detienen y algunes vecines se acercan con curiosidad. Finaliza una nueva posta callejera.

La performance poética y la irrupción sonora.

El arte que mueve y conmueve. La uniformidad de la pantalla, la textura de la piel.

Una acción colectiva imprescindible para una época que arde.

  • Foto: Martina Perosa

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