Científicos de todo el mundo, incluida la Argentina, retomaron la investigación con psicodélicos para tratar trastornos como la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático. Según las evidencias, no generan adicción y su uso es seguro en condiciones adecuadas.

A principios de los años 60, Timothy Leary, psicólogo y referente de la contracultura lisérgica en Estados Unidos, atravesó una experiencia en Cuernavaca, cerca de la Ciudad de México. Allí, una curandera le ofreció algunos “hongos mágicos” ricos en psilocibina y desde entonces una puerta se abrió en la conciencia de Leary. El psiconauta dejó una de sus frases más célebres: “Aprendí más sobre la mente, el cerebro y sus estructuras en cuatro horas, de lo que había descubierto en los 15 años anteriores como psicólogo”.

El uso de sustancias psicodélicas para alterar la conciencia no es algo moderno y debemos remontarnos miles de años atrás para encontrar los primeros rastros. Las comunidades ancestrales de la selva amazónica, América del Norte o la India solían consumir distintos elementos para atravesar experiencias místicas y religiosas. Los psicodélicos también reciben el nombre de “enteógenos” (generadores de lo divino), por estar relacionados con la búsqueda de un “poder superior”.

Entre los más conocidos están la dietilamida de ácido lisérgico (LSD), la psilocibina (compuesto activo de los hongos “mágicos”), el DMT o dimetiltriptamina (ingrediente en la ayahuasca) y la mescalina (se extrae del peyote). La mayoría ejerce su influencia en el sistema serotoninérgico y son capaces de generar distorsiones en la percepción, en las dimensiones espacio-temporales y cambios en el estado anímico. Otro de los efectos interesantes es el llamado “sentimiento oceánico”, una suerte de conexión con una fuerza universal, que está acompañada por una destrucción del aspecto individual de la conciencia, la disolución del sentido del Yo.

EXPLOSIÓN LISÉRGICA

Estas sustancias están prohibidas y su uso penado en gran parte del mundo, pero no siempre fue de esta manera. Durante las décadas del 50 y 60 hubo miles de estudios terapéuticos relacionados con los psicodélicos, y hasta llegaron a realizarse seis congresos internacionales sobre estas terapias. La investigación en la psicología y en la psiquiatría no convencional avanzó muchísimo por su potencial uso en trastornos como depresión, ansiedad o estrés postraumático.

Esa explosión lisérgica que atravesaron la ciencia y la medicina fue gracias a un “despiste” del químico Albert Hoffman años antes. En 1938, el científico suizo, que trabajaba en la compañía farmacéutica Sandoz, se dedicaba al estudio de los compuestos químicos de un hongo psicodélico llamado “cornezuelo” o “ergot”. Hoffman separó uno de sus compuestos derivados por creerlo inservible, sin saber que se trataba de la dietilamida de ácido lisérgico (LSD-25). Lejos de abandonar el compuesto, lo volvió a sintetizar en 1943 para desentrañar sus propiedades psicodélicas. Al parecer, el suizo absorbió la sustancia por accidente a través de su piel y quedó realmente sorprendido por su potencial. Registró las sensaciones de la experiencia como un “estado de ensueño” caracterizado por “una imaginación extremadamente estimulada”.

Desde ese momento, y a través de los laboratorios de Sandoz, Hoffman se encargó de enviar dosis de LSD a aquellos que estuviesen interesados en probar su uso terapéutico.

En la Argentina, el primer estudio con psicodélicos se realizó en 1957, liderado por la psicoterapeuta Luisa Rebeca Gambier de Álvarez de Toledo, entre otros profesionales de la Asociación Psicoanalítica Argentina. El experimento utilizó psicodélicos como coadyuvantes de la sesión psicoanalítica y fue el puntapié para que se realizaran investigaciones durante los siguientes 15 años.

“Nunca fue una medicación per se. En la terapia anual habitual de un paciente, hacíamos una o dos sesiones prolongadas con mescalina, psilocibina o LSD”, cuenta Julio Loschi, uno de los terapeutas que investigó los psicodélicos en los años 60. Para dar una idea de la relevancia que tenían en la medicina de aquella época, explica que trabajaban con más de 600 pacientes divididos en treinta grupos de análisis. “Antes de su prohibición empezó a tener el estigma de ser una ‘droga’. Desde allí la mala prensa llevó a que los pacientes tampoco quisieran acceder a los tratamientos.”

En 1970, la Ley de Sustancias Controladas impuesta en Estados Unidos por el gobierno de Richard Nixon incluyó a la mayoría de los psicodélicos en la lista de las drogas más peligrosas. Desde ese momento, y en sintonía con la “guerra contra las drogas”, fueron consideradas dañinas y sin potencial terapéutico, por lo que se frenó el avance en la investigación durante varias décadas.

A INVESTIGAR OTRA VEZ

El neurólogo Ain Stolkiner, que forma parte de una investigación con psicodélicos, afirma que en los últimos veinte años comenzaron a reaparecer publicaciones realizadas desde prestigiosas instituciones como la Universidad de John Hopkins, de Estados Unidos, y el Imperial College de Londres. “Hicieron estudios clínicos para depresión, ansiedad y desorden de estrés post traumático, con psicodélicos clásicos como psilocibina, y encontraron que eran drogas muy seguras y con beneficios muy superiores a los tratamientos estándares.” Para Stolkiner, ver estas sustancias como “drogas duras, adictivas y de abuso” fue producto de una campaña de desinformación que ya empieza a quedar lejos en el tiempo.

Lo cierto es que hoy, cincuenta años después, la evidencia científica refuta las condiciones de prohibición en las que se encuentran estas sustancias. “Son drogas que no son particularmente riesgosas tomando los recaudos adecuados. Su perfil de seguridad es bueno, y son menos peligrosas para el usuario y la sociedad que el clonazepam”, sostiene Enzo Tagliazucchi, neurólogo e investigador del Conicet. A favor de los psicodélicos puede decirse que no producen adicciones, no tienen potencial para generar sobredosis y las contraindicaciones posibles pueden ocurrir sólo en el caso de que la persona tenga una preexistencia en problemas de salud mental.

De todas maneras, según Tagliazucchi, es necesario generar nuevas evidencias debido a las inconsistencias de los estudios ya existentes. Por ejemplo, uno de los factores que no se tuvo en cuenta en los estudios realizados durante el siglo pasado fue el control del efecto placebo, es decir, que una persona recibía una sustancia sabiendo qué era y también que lo iba a hacer para intentar resolver un problema. Ahí aparecía la posibilidad de que ocurriera una sugestión y que ante una posible mejora del paciente no se pudiera distinguir si era producto de los efectos del fármaco o de la misma sugestión.

“Hoy se hacen estudios que intentan controlar el entorno experimental en el que los pacientes reciben las sustancias, la calidad y las dosis”, agrega el director del Laboratorio de Neurociencia Cognitiva Computacional (Cocuco). Tagliazucchi y su equipo realizaron un estudio con DMT que aún no fue publicado, del cual anticipó que se analizó la experiencia subjetiva de un grupo de personas, así como el perfil psicológico relacionado a la experiencia llevada a cabo en un entorno natural y confortable. Si bien en los últimos tiempos se avanzó muchísimo, para Tagliazucchi la evidencia todavía no está a un nivel para estandarizar el uso de los psicodélicos. “No los vamos a ver pronto en el mercado porque juntar la evidencia necesaria es un proceso muy largo y recién empezamos.”

Deja un comentario