Por Julieta Grosso y Mercedes Ezquiaga


Con un nuevo libro en ciernes que se publicará en los próximos días con el título de Las epidemias políticas, el filósofo alemán Peter Sloterdijk asegura que en las sociedades modernas “las aberraciones morales y políticas empiezan casi siempre con descuidos lingüísticos”, y advierte sobre “la casi perfecta sincronicidad de la pandemia microbiana con la informativa”.

En una entrevista, el autor de obras como Esferas y Normas para el parque humano plantea que la sociedad no está “en condiciones mirar más allá de la pandemia” y vaticina que, aunque “muchos esperan con ansias la vuelta a la cotidiana frivolidad del modo de vida consumista”, la crisis actual “llevará con el tiempo a una transformación de la conciencia colectiva dentro del individualismo”.

Cuando un fenómeno o cataclismo quiebra la certidumbre a escala global, la onda expansiva no demora en llegar al lenguaje y se transforma en dispositivo de lectura. El impulso es pensar que la pandemia actual ha facilitado entonces la metáfora de la epidemia que Sloterdijk despliega en uno de los artículos que da nombre a su nuevo texto, pero el filósofo -que alguna vez se ha definido como un inmunólogo teórico- hace tiempo que suele apelar a la narrativa virológica para describir el funcionamiento de la política y los medios de comunicación.

El pensador, uno de los más destacados de la actualidad -no solo por la originalidad de su pensamiento sino también por su tendencia a la incorrección política- acusa recibo de una formación heterodoxa que incluye a Nietzsche, Lacan, Valéry y hasta al gurú Osho -de quien destaca “su capacidad de provocación espiritual”-, y redunda en una obra tan innovadora como erudita, siempre proclive a la ironía. Se declara como apolítico pero su invocación a Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger -ambos asociados con el nazismo- le han valido algunas críticas.

En Las epidemias políticas, que Ediciones Godot lanzará en los próximos días, el autor de Crítica de la razón cínica define a los medios como “portadores de infecciones” y sostiene que solo de manera superficial la democracia aloja el intercambio de argumentos: en el fondo -plantea el filósofo- se da un enfrentamiento constante “entre epidemias, estrategias y vacunas” y lo que se pretende presentar como información no es más que un entramado de “emoción, envenenamiento y destrucción del juicio público”.

El libro que se publica ahora está integrado por cinco ensayos en los que el filósofo nacido hace 73 años en Karlsruhe alerta sobre la tendencia a la extinción de los matices que da lugar a los discursos de odio y se refiere a los “aberraciones morales y políticas” que se inician con nuevos giros linguísticos como el llamado Brexit: “Si uno entiende el populismo como una forma de agresión a través de la simplificación, es evidente cómo la abreviatura absurda ‘Brexit’ le abrió las puertas a esa tendencia”, enuncia.

En un diálogo que comenzó por teléfono y migró al email cuando el pensador detectó que el inglés obturaba su fluidez y prefirió responder por escrito en alemán, Sloterdijk deplegó planteos e ideas.

***

Al mismo tiempo que esta pandemia puso de relieve algo que ya estaba sucediendo -la visión del “otro” como una amenaza- también generó una suerte de empatía, en tanto pudimos percibir a ese “otro” en angustia y confinado, igual que nosotros. ¿Esta última perspectiva podría generar algún impacto en los discursos de odio que han tenido lugar en las redes sociales y en la política?

–El hecho de que las personas a menudo tiendan a ver al otro como una fuente de peligro no es consecuencia de la actual pandemia de coronavirus ni es un invento del racismo pseudobiológico del siglo XIX. Claude Lévy-Strauss señaló hace ya mucho tiempo que una dosis de xenofobia forma parte de la antigua herencia de la especie homo sapiens. En efecto, durante cientos de miles de años fuimos criaturas de grupos pequeños; la convivencia con personas extrañas en conjuntos más grandes, en pueblos, en naciones, en imperios, hubo que aprenderla más tarde y no sin esfuerzo. Y en ninguna parte el aprendizaje ha sido del todo exitoso, como puede verse a la luz de fenómenos como la criminalidad, la antisocialidad o la erosión familiar.

Antes prosperaba una idea de familia expandida. Por supuesto que expandir la metáfora familiar constituye una sugestiva maniobra semántica, pero al hacerlo se olvida que la familia también es el lugar de los clásicos crímenes pasionales y el origen de las guerras civiles.

Además, históricamente la xenofobia no ha sido un mero prejuicio sino que expresa una experiencia atávica de personas con otras personas. Todas las altas civilizaciones tienen como antecedente la extensión de la caza de animales a la caza de humanos. Pero así como no toda cacería animal termina en degüello, no toda cacería humana proyectaba matar a los prisioneros.

La fobia a los extraños ha devenido no pocas veces en un sistema vicioso de hostilidad hacia los débiles y los fugitivos, al tiempo que dispositivos afectivos más antiguos (pánicos existenciales, tabúes alimentarios, masculinismos, códigos de honor) se han vuelto disfuncionales en el mundo moderno.

En “Las epidemias políticas” dice que los medios de comunicación modernos son portadores de infecciones y que la democracia es la aparición de la epidemiología. ¿Cómo actúan en el campo social estos conceptos extrapolados del universo científico?

–La experiencia de la libertad es contagiosa. En esa observación se basa la posibilidad de la democracia. Es la forma de vida en la que personas no libres se dejan contagiar voluntariamente por la libertad para deponer las costumbres de sumisión. Desde esta perspectiva existe un viejo vínculo íntimo entre lo político y lo epidémico.

Esto trae al mundo la contradicción fundamental de la civilización política moderna, esa contradicción existente entre la retórica de los valores universales y la persistencia del abismo que separa brutalmente las formas de vida sobreprivilegiadas de las subprivilegiadas.

Ahora bien, casi nada es tan contagioso como el entusiasmo por las ideas universalistas. Cuando el universalismo fracasa, surge la crítica; cuando la crítica fracasa, surge furioso el resentimiento masivo; cuando la decepción no conduce a la resignación sino que se expresa de manera ofensiva, surgen epidemias de ira. Esas epidemias transmitidas por los medios de comunicación son realidades psicosociales. Pero el uso de términos como “infección” y “epidemia” no es puramente metafórico. El descubrimiento de la transmisión de enfermedades y afectos es mucho más antiguo que el de los microbios.

–¿Y cómo opera eso en el contexto de esta pandemia?

–En la actualidad se agrega algo que nunca antes se había visto de esta manera: la casi perfecta sincronicidad de la pandemia microbiana con la informativa. Es toda una novedad con la que deberemos lidiar de aquí en adelante. Pone de manifiesto que la globalización realmente existe y que los bienes, las personas, los microbios y la información viajan casi a la misma velocidad.

–En este escenario hemos descubierto que la preservación individual no es la solución ¿Esto generará un nuevo contrato social o, como en otros ciclos de la historia, la vuelta a la normalidad repondrá los pactos existentes?

–Todavía no estamos en condiciones de mirar más allá de la pandemia actual. La esperanza puesta en las vacunas es plausible pero no nos da una respuesta a la pregunta de cómo será la vida “después”. Muchos esperan con ansias la vuelta a la “normalidad”, es decir, a sus preocupaciones primarias, a la cotidiana frivolidad del modo de vida consumista. Pero creo que esta crisis llevará con el tiempo a una transformación de la conciencia colectiva dentro del individualismo. Cada vez más entenderemos que la inmunidad no es un asunto privado. Lo mismo que la seguridad.

En Europa, la Ilustración comenzó con la afirmación de que el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo. Sobran razones para dudar de la veracidad de esta tesis. Las inmunidades y seguridades definitivamente tampoco están entre las cosas mejor repartidas del mundo. Con más razón hay que velar por su mejor distribución; y por una nueva conciencia de discreción humana y distanciamiento no aristocrático. Esta preocupación de largo aliento constituye la verdadera definición de democracia. ♣♣♣

#PA. Télam.

Miércoles 26 de agosto de 2020.

Deja un comentario