Por Lucía Sabini Fraga

Entrevista publicada el lunes 11 de mayo de 2020


Vivió en México, en Cuba y estudió medicina en Venezuela. Ahora, trabaja en un centro comunitario de salud mental de Santiago de Chile. También forma parte de una de las brigadas que socorren a los heridos de la primera línea en las protestas de la Plaza Dignidad. En una entrevista exclusiva con #PuenteAereo, Pablo Sepúlveda Allende habla de su abuelo, del partido socialista y del gobierno de Sebastián Piñera.

Pablo Sepúlveda Allende tiene un tono de voz tranquilo y pausado, acento chileno con un dejo del Caribe, y aunque dice firme lo que piensa, no desespera. Junto a su hermana Carmen, son hijos de la primogénita de Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido por las urnas. Salvador tuvo tres hijas y 6 nietos, dos por cada una: casi matemático.

Con 42 años, Pablo regresó en febrero a su Chile natal, luego de vivir once años en Venezuela donde estudió medicina en el área de psiquiatría. En Santiago, donde trabaja como médico en el Centro Comunitario de Salud Mental (COSAM) que depende del sistema público, es testigo directo del drama que azota a Chile por el brote del coronavirus, uno de los países más afectados de la región. Pero también sigue muy de cerca los eventos que sacuden a las tierras bolivarianas: el último –poco difundido por los medios argentinos– retrata una nueva intromisión al territorio caribeño a manos de mercenarios estadounidenses a través de las costas de Chuao, una de las playas más paradisíacas y la cuna del cacao venezolano. 

Su compromiso también es para con las tierras donde pisa: el lunes 27 de abril fue detenido por los Carabineros, tras acudir con una brigada de salud a la movilización que se llevaba a cabo ese día en el centro de la ciudad, para atender a los heridos. Su desconfianza hacia el Partido Socialista (el mismo al que perteneció Allende y en donde actualmente militan una de sus tías y otros miembros de la familia) y el recuerdo de su abuelo. 

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–Actualmente estás en Chile, pero viviste alrededor de once años en Venezuela, ¿cómo ves la situación actual del país caribeño respecto a las últimas acciones militares y los intentos de derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro?

–Creo que todos estos eventos se suman a una escalada que ha habido principalmente desde que asumió Nicolás Maduro, que con (Hugo) Chávez también había, pero era otra correlación de fuerzas, otra situación. La arremetida más fuerte ha venido después de la muerte del comandante Chávez, y yo no dudaría que parte de esa estrategia fue justamente que Chávez muriera: tuvo cáncer, pero sabemos –la ciencia sabe– que los canceres son perfectamente inoculables. Sobre todo, por el peso que tenía a nivel latinoamericano y mundial; tal vez el enemigo más formidable para la política norteamericana era el comandante Chávez. Y esta escalada llega ahora al punto de intentar una invasión mercenaria: ya desde hace meses, desde el año pasado, se está denunciando que hay contratistas, empresas de ejércitos mercenarios que están en Colombia, cerca de la frontera entrenando, y pareciera que esta fue su primera incursión de manera directa. Vemos que fue uno de los fracasos más, debido a toda la organización social que hay en Venezuela y a la cohesión entre las Fuerzas Armadas y el pueblo a través de las milicias, que hace que estos intentos de invasión hayan sido rápidamente detectados y reducidos. Las Fuerzas Armadas en Venezuela en general están alineadas a la Constitución y no van a traicionar el mandato que tienen. Cuestión que también intentaron mucho durante el año pasado: quebrar a las Fuerza Armadas, que traicionaran algunos altos mandos, que dieran un golpe de Estado, todas cosas que también fracasaron; entonces lo que les queda es justamente la invasión. Creo que no tiene futuro eso, a menos que sea una invasión directa con todo el poderío militar que tiene EEUU; pero en la situación que se encuentra ahora producto de la pandemia y la correlación de fuerzas que hay a nivel geopolítico mundial, tampoco lo veo como algo muy viable. La situación interna en EE.UU. por la pandemia es catastrófica, y creo que es muy difícil alguna acción si no controlan primero ese tema. 

–Hace años que en Venezuela se vienen dando distintas acciones, que incluyen movilizaciones, protestas y mucho desgaste social, ¿como ves el escenario general del país en términos sociales y económicos?

–El punto más débil de Venezuela ha sido el tema económico. Desde la primera gran bajada del petróleo en el 2014, que fue de 100 dólares (durante los últimos años de Chávez mantuvo ese precio) a 20 dólares por barril en un momento. Se dio el inicio de la crisis económica que se profundizó y se prolongó principalmente debido al bloqueo, que es lo que más ha impedido una recuperación económica. Ese es el punto más complejo del manejo del gobierno venezolano, aunque igual el pueblo ha resistido la situación económica que viene así desde el 2015 principalmente. Los años más duros fueron 2016/2017 y de ahí viene una especie de recuperación económica, pero más bien de una organización social que hace que se pueda garantizar la distribución de alimentos y otras cuestiones básicas, obviamente con el apoyo del gobierno. Eso ha hecho que la pandemia, cuando llega a Venezuela, ya se encuentra con un país que tiene una experiencia en situaciones de escasez o de crisis y una organización que ha respondido para poder enfrentarla mejor. Por ejemplo, con la pandemia Venezuela decreta rápidamente la cuarentena total desde el principio, pero ya tiene un sistema de distribución de alimentos que es el CLAP. También se instauró la detección rápida para la gente que puede llegar a ser asintomática a través de una plataforma -PATRIA-, al que están inscriptos alrededor de 18/19 millones de venezolanos y venezolanas, donde muchos de esos millones hicieron un cuestionario químico, epidemiológico, para ver si tenían síntomas y si reportaban que sí, se les ha ido a ver a la casa. Todas esas medidas han facilitado la respuesta a esta situación de pandemia; ahora bien, igual la crisis económica sigue fuerte por el tema del petróleo. Volvió a bajar el precio –que ahora está en los mínimos históricos– y está una de las grandes tareas que tiene Venezuela desde siempre, que Chávez también lo planteó, que es cambiar el modelo productivo; pasar de un modelo rentista petrolero –que es lo que ha sido históricamente– a otro modelo de producción económico distinto, comunitario. Y que ahora en tiempos de crisis es más urgente porque el precio del petróleo no da; aunque también hay otros recursos naturales como el oro por ejemplo, que tiene gran valor, que ha subido y la da una espalda. El apoyo de China, de Rusia también han sido claves (en la pandemia como anteriormente) tanto en lo económico, como diplomático y político. Yo veo con esperanzas que Venezuela salga bien de la crisis de la pandemia, y en lo económico si bien seguirá esta situación de crisis, no se cuanto más se pueda agravar de lo que ya estuvo en algunos momentos, porque hay una organización social y política que tiene ya mucha más capacidad de respuesta. 

–Hubo muchas personas que durante estos años se fueron o migraron de Venezuela, cuando justamente se acrecentó esta crisis económica que señalas; ¿cuánto impactó eso socialmente en el país? ¿Es un tema preocupante puertas adentro de Venezuela?

–Si, la verdad que sí, porque mucha de la migración, particularmente los primeros años de la crisis, fue de profesionales: por ejemplo personal de salud, sobre todo médicos y especialistas, son miles y miles los que se han ido. Aquí en Chile hay miles de doctores y doctoras venezolanos, gente que se formó allá en universidades públicas y que por cuestiones mismas de la crisis perdieron mucho del poder adquisitivo que podrían haber tenido en otros momentos, y prefirieron irse. Así con otras carreras: la fuga de profesionales ha sido bastante grande en Venezuela y eso es preocupante. No sé el número de cuantos han regresado, pero también hay mucha gente que se ha ido y que ha querido volver, ya desde antes de la pandemia, pero ahora mucho más. Han estado regresando de Colombia, Ecuador, Perú, Chile; anteayer mismo salió un vuelo desde aquí con casi 200 personas que todas habían perdido el trabajo. Y lo digo porque fui parte del equipo que los entrevistamos y les tomamos las pruebas de test rápidos para el COVID-19 antes de que se fueran al aeropuerto: cuando les preguntaba decían que habían perdido su trabajo, o que las condiciones no eran buenas, que Chile es muy caro, o que querían volver. 

–Saltando un poco a la realidad de donde estás ahora, ¿cómo evalúas las medidas que tomó el gobierno de Sebastián Piñera respecto al coronavirus en Chile? 

–Creo que han sido bastante fallidas a pesar de que es difícil juzgar bien, porque hay mucho manejo de las cifras, mucha suspicacia y demanda de que los datos oficiales los tienen guardados; o sea dan una cifra, pero a veces la realidad no concuerda. Tú sabes que hay dos grandes estrategias para enfrentar la pandemia, en términos generales, la china y la koreana. La estrategia china ha planteado de inmediato una cuarentena total de todas las ciudades y todos los lugares donde había infección. Las ciudades están cerradas y en cuarentena, pero en un país como China donde también tienen una organización, una capacidad de garantizar las condiciones materiales para que se cumplan esas cuarentenas. Y la estrategia koreana es que no se pare nada, que no haya cuarentena, y no se frene la economía que es lo que más buscan hacer los países más capitalistas; ese es el resultado que vemos en Europa y Estados Unidos, por ejemplo. No parar la actividad general y hacer testeos masivos para detectar los casos, e irlos controlando poniéndolos en cuarentena o aislándolos. Chile quiso emular al modelo koreano, y la estrategia fue la del testeo –de hecho, Chile es uno de los países que más testeos hace–, con un modelo que llaman de cuarentenas selectivas o flexibles. Que es un poco absurda la medida porque por ejemplo en Santiago, no ponen en cuarentena a toda la ciudad sino que agarran a un municipio donde ven muchos casos y lo ponen en cuarentena, y después otro, y así: van como apagando fuegos. Pero el virus no respeta el límite de una calle con otra, que son las fronteras que hay entre los municipios, e incluso había municipios que tenían media cuarentena: en un territorio sí y en otro no. Una medida que fue muy cuestionada por ser absurda, y que ahora recién vemos fue totalmente fallida. Los casos se triplicaron: el promedio de casos positivos de hace dos semanas era de 500 por día y ahora está en 1500, y ayer fueron 1300. Y fue de golpe, porque eso era una bomba que estaba ahí. Ahora Santiago tiene el 84% de todos los casos de Chile, porque justamente acá –que es por donde entró la pandemia– nunca quisieron decretar la cuarentena total por razones económicas; para que la gente, el pueblo trabajador, siga trabajando, siga manteniendo el sistema, el modelo y la economía. Más bien, las riquezas del modelo de acumulación, porque al final las riquezas se las apropian muy pocos. Y ahora están poniendo en cuarentena a todas las comunas, pero no es un cierre total, y dudo mucho que a esta altura tenga un gran efecto. De hecho, en marzo era una demanda social, también de los colegios profesionales de salud, del colegio médico y de enfermeros que pedían la cuarentena; y no hicieron caso y aquí tenemos pues las consecuencias. Chile ahorita es el cuarto país de Sudamérica con mayor tasa de mortalidad, por debajo de Perú, Brasil y Ecuador. Pero aquí se habla de otra cosa; entregaron otros datos y para que la gente volviera a trabajar, empezaron a utilizar un discurso triunfalista, que le llaman “la nueva normalidad” o “el retorno seguro”; que se echó para atrás cuando salió esta explosión de casos nuevos. Lo que sí se espera es que se venga muy feo: todo el personal de salud cree eso porque recién va a empezar el invierno, donde normalmente se satura el sistema por casos de enfermedades respiratorias, de Influenza, del virus sincicial. De hecho, ya está alrededor de un 80% del sistema copado, de las camas críticas y de los ventiladores, y el gobierno lo que hace es tratar corriendo de comprar más camas y más ventiladores, pero todo el mundo está en esa carrera. Eso sucede por no prevenir, porque la cuarentena es una forma de prevenir más contagios o de enlentecerlos y poder entonces que el sistema de salud vaya recibiendo. Pero si no se detiene, el contagio se dispara, colapsa el sistema y empieza a crecer la mortalidad. Todavía no ha sucedido eso, pero todo indica que lo hará porque ya hay entre 430-450 personas por COVID en camas UCI (unidad de cuidado intensivo); y por ejemplo Argentina, con más del doble de población, no llega a 200 personas en UCI. No se ve muy bueno el panorama para Chile en ese sentido.

–Más allá del Coronavirus, Chile venía de un proceso previo de crisis, movilización y agitación social y de mucho descontento que obviamente de algún modo se frenó con esta cuarentena y el estado de excepción que decretó el gobierno. ¿Cómo crees que se va a desarrollar el proceso chileno de protesta cuando efectivamente el gobierno imponga esto de “volver a la normalidad”?

–Todo ese descontento está latente, no se acabó por el tema de la pandemia. Si bien desmovilizó la calle como tal, las razones del estallido y de la revuelta siguen presentes y aún más, ya que se agudizan las necesidades que se reclamaban, las demandas, que son mucho más urgentes ahora. Entre las cuales está un sistema de salud digno, público, mejor que el actual, y revertir la privatización continua que hay. De hecho, el lunes pasado fue la primera movilización que se convocó desde algunas organizaciones porque nos mandan a trabajar –Sebastián Piñera llamó a todo el personal de la administración pública a que vuelva a sus puestos– y los sindicatos de la Administración Pública dijeron que no, que eso era poner en riesgo la salud de los trabajadores y sus familiares. Pero estuvo esa directiva y pensamos entonces también podemos ir a las calles, a las manifestaciones: si nos mandan a trabajar así abultados en el metro, en el trasporte público, a oficinas cerradas, sin las condiciones sanitarias; al final en la calle, tomando cierta distancia, tenemos menos riesgo de contagio. Lo del lunes no fue nada masivo porque efectivamente la gente sabe que hay riesgo de contagio y se quiere cuidar, pero las medidas económicas que ha tomado el gobierno en general han sido tan favorables a las elites que provocan demasiado descontento. Hay casos muy claros: anteayer estaba el tema de la Ministra de Trabajo que es accionista de uno de los grandes consorcios económicos que despidieron a sus trabajadores, les suspendieron sus sueldos y su relación laboral, acogiéndose a la ley. No están recibiendo su sueldo como tal, sino que están recibiendo el seguro de cesantía pero que progresivamente es cada vez más bajo. Una de estas grandes empresas millonarias, distribuyó las ganancias –sus utilidades– que eran alrededor de 19.000 millones de pesos chilenos, una cifra enorme que se reparte entre los accionistas, y entre ellas está la Ministra de Trabajo. Entonces: deja que despidan a no sé cuántos miles de trabajadores –creo que cerca de 3000– pero se reparten las utilidades millonarias. La forma que ha respondido socialmente o económicamente el gobierno para ayudar al pueblo ha sido muy ineficaz, porque para que sean buenas medidas y el pueblo pueda hacer su cuarentena y su cuidado en la casa, se tiene que garantizar lo mínimo: que es que no te corten la luz, el agua o el gas. Cosa que aquí si no pagas te lo cortan, porque no pagar es afectar a la propiedad privada y en la constitución de Pinochet, la propiedad privada está más consagrada que la vida misma. Eso, las deudas del banco, las deudas hipotecarias, todos esos pagos que en otros países se han parado por la crisis, aquí no. 

–En relación a eso que señalas de la Constitución, ¿cuál crees vos que va a ser el alcance de la crisis social que estalló en octubre pasado? ¿Qué resultados puede traer, como ves ese panorama más a futuro?

–Está el tema del plebiscito que iba a ser en abril pero que por todo este tema se aplazó a octubre, y ya el gobierno y la derecha quieren aplazarlos nuevamente; de hecho, esta crisis les vino como anillo al dedo porque desmovilizó y cambió el foco de atención. Pero creo que se va a dar; será la presión social la que logre una buena Constitución y que para el 2021, que hay elecciones presidenciales, haya alternativas. No se ve un panorama muy claro en la izquierda en torno a candidaturas; las hay, pero faltaría ver las alianzas que todavía no se vislumbran. Yo creo que se podría llegar a una segunda vuelta si hay una unidad de los sectores bien de izquierda y tendría que haber –para pasar a una segunda vuelta- alianzas con algunos sectores de centro derecha. Obviamente los movimientos sociales también tienen que participar en las elecciones para que un candidato o candidata bueno pueda llegar al poder. Lo primero es la Constitución: que se logre una buena Asamblea Constituyente, que está también muy amarrado porque el gobierno lo que propuso no es realmente una Asamblea Constituyente, sino una convención constitucional, con una serie de limitantes para que los que sean electos sean prácticamente los mismos de los partidos políticos. Es decir, lo arreglaron como para que prácticamente sea una elección parlamentaria, donde tienen mucha más ventaja y preferencia, los candidatos que pertenecen a partidos políticos, los cuales en su mayoría están muy desprestigiados y no tienen una militancia importante. 

–Justamente, dentro del esquema de partidos y expresiones políticas de Chile, ¿existe hoy en día un espacio que tenga el arraigo socialista o sea heredero de las ideas de Salvador Allende? ¿Es el mismo partido Socialista el de aquel momento que el actual?

–Bueno, no. Del Partido Socialista de Allende no queda prácticamente nada, en términos de principios e ideales. El Partido Socialista actual chileno desde que terminó la dictadura se alineó para que se mantenga el modelo que dejó la dictadura, fue un acuerdo político de salida. Ya hemos tenido dos presidencias socialistas –por decirlo así– de Bachelet, y realmente no cambió mucho la cosa. Porque no está en su agenda el transformar el modelo económico neoliberal, más que para hacerle algunas cuestiones sociales, pero nada estructural. De los partidos, los hay más pequeños pero no dejan de ser importantes en su representación e historia. Por ejemplo, el Partido Comunista de Chile, creo que sigue siendo consecuente a los principios e ideales y de hecho tiene cierta representación en el Congreso, en alcaldías, e incluso uno de los “candidateables” o presidenciables es Daniel Jadue, que viene del Partido Comunista y es una de las figuras principales de la izquierda y una de las cartas para jugar ahí. Están además del PC, el Partido Igualdad, el Partido Progresista, u otros partidos más pequeños, y también todo ese mundo social que tiene muy poca identificación justamente con los partidos. El que más puede tener esa base social o cercanía con movimientos sociales es el Partido Comunista, o el Partido Igualdad, que nace de un movimiento social. 

-Vos sos hijo de la primera hija de Salvador Allende; pero debido al golpe que sufrió Chile tampoco has podido conocer a tu abuelo. ¿Cuál es el recuerdo que familiarmente construiste de su persona y su figura? ¿Qué cosas rescatas y sentís como parte de su legado en tu forma de ver el mundo?

–Esas preguntas siempre son difíciles (risas)… En lo familiar me hablaron poco de él, mi mamá quizás por bloqueos, por el dolor. Pero sí he construido una imagen de la personalidad de él; que era una persona muy alegre, que le encantaba la vida, muy amigable y bromista. Yo más bien me cree una idea de él no como abuelo, sino como Allende, el personaje político. Nunca digo “mi abuelo Allende” porque no lo conocí; en cambio con mi abuela, la que era su esposa –Hortensia–, a ella la conozco de niño (falleció en el 2009) y esa sí era mi abuelita. Y con la figura de Allende en lo político, no seguí sus pasos sino más bien el legado político-ético que deja: que es que hay que cambiar las cosas tal como están. Donde hay injusticia hay que tratar de poner el grano de arena, contribuir a que haya esos cambios, esa lucha. En ese sentido la política sí me ha interesado siempre, no sé si será por la sangre o no, pero desde adolescente era algo que me atravesaba, el debate político, lo que pasa en el acontecer. Y también haber vivido en Cuba, haber vivido el exilio en México, o haber vivido en Venezuela. Y Chile claro; siempre lo que pasaba en Chile era vivido con mucho malestar por cómo se ha dado la cosa, después de estos 30 años de neoliberalismo, de injusticia y de como la derecha, los torturadores y asesinos –en definitiva, los que acabaron y aplastaron uno de los proyectos políticos más hermosos y prometedores– están ahí, en el poder en este momento, además.  ♣♣♣

#PA.

Lunes 11 de mayo de 2020.

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