Néstor me lo dijo: “Te van a perseguir a vos y a tus hijos”. No fue altisonante. Estaba serio y cuando le pregunté: “¿Por qué decís eso?”, enseguida cambió de conversación. Fue en El Calafate. Lo que no puedo recordar es si fue durante la última semana que estuvimos juntos y que me había resfriado muy fuerte, o en el viaje anterior. Sí recuerdo perfectamente lo del resfrío, porque ese lunes 25 de octubre del 2010 había vuelto enferma de Río Negro, de que ese lunes 25 de octubre del 2010 había vuelto enferma de Río Negro, de visitar el centro tecnológico de Pilcaniyeu. Tenía dolor de garganta y anginas, y no me quedó más remedio que cancelar mi visita programada para inaugurar la fábrica de BGH, en Tierra del Fuego. No me sentía nada bien y cuando se lo dije a Néstor, me dijo: “¡Ah, bueno! Ahora lo único que falta es que te mueras y nos dejes a Cobos de presidente”. “¡Mirá querido, a Cobos lo pusiste vos…! Así que a mí no me jodas”, le contesté enojada. Me miró y se rió. En nuestros códigos de discusión esa era su manera de darme la razón. Aún no sabíamos lo que nos iba a pasar. No puedo dejar de pensar en aquel momento en que, de alguna manera, supo que ya no nos iba a poder proteger más. Él no se vio en esa fotografía de persecución, sencillamente porque no debía sentirse bien y no sólo no lo decía, sino que, además, lo ocultaba. No le encuentro ninguna otra explicación. Siempre quiso transmitir sensación de fuerza, de voluntad e invulnerabilidad. Era su manera de ser. Cuando años más tarde le conté a Máximo el augurio de Néstor, me miró y me dijo: “¿Y vos qué creías? ¿Que lo de las AFJP, las retenciones, YPF, paritarias libres y los juicios de lesa humanidad eran gratis? ¡Ay, Cristina…!”. Máximo no me dice mamá, a diferencia de Florencia que sólo usa mi nombre cuando me llama la atención porque está enojada o no está de acuerdo con algo. Es curioso. Sólo alguien que tuviera la intención de transformarnos en monstruos podría suponer que el amor que nos teníamos con Néstor era porque yo tenía una dependencia emocional y política de él. ¿Es un método de destrucción política planificada, o simplemente lo que los psicólogos llaman proyección de las vivencias o miserias de aquellos que las dicen o las escriben? Jamás se me ocurriría decir que el amor es una “enfermedad” o un simple cálculo de conveniencia. Nos cuidábamos como se cuidan mutuamente los que se quieren de verdad; siento que mi vida comenzó verdaderamente cuando empecé a salir con él (…).

Cuando nos enojábamos éramos terribles los dos. Nunca me puse a pensar qué era lo que más amaba de él. Lo quería así como era. Algunas cosas me irritaban. A él le gustaba hacer bromas, pero no que se las hicieran. Pero en verdad, me gustaba todo. Extraño todo. Extraño no tener a nadie con quien hablar, que no podamos discutir las cosas, que no podamos viajar. Extraño ir a comer con él afuera de casa; lo hacíamos regularmente. A él le encantaba, disfrutaba mucho estar conmigo, comer juntos, hablar. Extraño eso: el estar juntos. Siempre nos esperamos. Durante mucho tiempo me tocó esperarlo a él, cuando volvía de la gobernación o de la Rosada, porque obviamente la tarea de legislar ni de cerca se le parece a la de un gobernador o la de un presidente. Las únicas veces que le tocó esperarme fue cuando era presidenta. Cuando Néstor era gobernador y yo legisladora nacional me iba los lunes a última hora y volvía a Santa Cruz los jueves en el primer vuelo, dejaba mis cosas en la residencia, me cruzaba a casa de gobierno y me instalaba de nuevo en la oficina que siempre tuve al lado de su despacho. El amor es eso, tener ganas de estar con el otro. Para escucharlo, para hablar o para lo que sea. A mí me encantaba estar con él y a él conmigo. Siempre me decía: “De lo único que nunca me aburrí fue de vos”.

Este texto es parte del capítulo “Néstor y yo y nuestros hijos también”, del libro Sinceramente (Sudamericana, 2019), de Cristina Fernández de Kirchner.

Fuente: carasycaretas.org.ar

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