Por Florencia Guerrero


Tres décadas después, habla Ada Morales,
la mujer a la que los hijos del poder catamarqueño mataron a María Soledad, su
hija de 17 años. Fiestas negras, el sorpresivo estruendo del silencio y cómo
viven hoy los culpables de la mutilación del primer femicidio mediático que
conmovió al país.

Catedral Basílica Santuario de la Virgen del Valle
es fría, casi lo único fresco que uno encuentra en un recorrido estival en la
pequeña capital catamarqueña. Repleta de santos, salpicados como opción por si
hay mucha cola para la atracción central, en la casa de Dios ubicada
estratégicamente frente a la plaza principal, la que se destaca es la patrona.
A ella se accede por la sacristía, subiendo algunas escaleras. Una vez arriba,
uno la encuentra: Una imagen de 42 centímetros —de pie a cabeza—, que se
completa con una peana de tres escalones, más un pedestal de madera de
algarrobo negro torneado y dorado, en su base puede leerse: “Nuestra Señora de
la Limpia y Pura Concepción”.

Dueña de la fe de casi toda la región, las
procesiones en su honor —que se realizan el 8 de diciembre—, son las más
multitudinarias en el Norte, y por eso, bajo la tercera Presidencia de Juan
Domingo Perón la Virgen fue declarada Patrona Nacional del Turismo, en 1974.
Desde entonces nada generó tanto fervor popular, hasta 1990.

Fue un femicidio, aunque técnicamente no y por eso
las condenas parecieron pobres. El crimen de María Soledad Morales no
solo despertó hace tres décadas a una sociedad que vivía de siesta frente a la
impunidad del poder, sino que además desnudó la punta del ovillo de una Justicia
patriarcal, para la que las mujeres eran —y en muchos casos todavía somos—
objetos de uso, prescindibles.

A pocos kilómetros de la hermosa ciudad de
Catamarca, aquel 10 de septiembre de 1990 pasadas las 9.30 de la mañana
aparecía tirado en un zanjón de Parque Daza el cuerpo de “Sole”, como le decían
sus compañeras en el colegio Del Carmen. Violada y desfigurada —tenía la
mandíbula fracturada, quemaduras de cigarrillo, le faltaba cuero cabelludo, las
orejas y un ojo—. Fue su papá, Elías, quién tuvo la difícil tarea de
reconocer aquel cuerpo, que como único rastro de la adolescente exponía una
pequeña cicatriz en su muñeca. Esa imagen lo acompañó hasta la muerte, en 2016.

“La gran mayoría de los jueces que investigaron el
caso tuvieron precio. Aquí en el país no hay Justicia y eso se tiene que
terminar”, dijo en 2006 a la prensa el hombre que mantenía junto a Ada
su esposa una familia con siete hijos. “Mi dolor nunca va a terminar. Todavía
seguimos llorando la muerte de Sole y no habrá nada que pueda parar nuestras
lágrimas”, confió aquella vez, después de dar su cara contra la pared de la
injusticia, siempre la misma.

Aquel crimen de los hijos del poder de tan colorida
como silenciosa provincia, que catorce años después de la condena estaban
libres, cambió el mapa político en el que reinaba cómoda y tranquila la familia
Saadi. El por entonces el gobernador Ramón Saadi, trató de tapar el sol
con su poder encubriendo a varios mencionados vinculados a su gobierno, pero
terminó enchastrado por el escandaloso entramado de intereses políticos
vinculados a clanes familiares en una provincia que se manejaba como feudo y
relegado. La democracia le daría otras satisfacciones al justicialista
“traicionado” por el presidente Carlos Menem: fue diputado y senador.

Solo dos tercios de sus condenas cumplieron el hijo
del exdiputado Ángel Luque, Guillermo (49) y el ex novio de la
adolescente Luis Tula (51), imputados por el crimen. Fue gracias a los
rumores que se hicieron cada vez más fuertes, que Luque terminó detenido, como
autor material, su padre extremó el uso de sus influencias, pero el caso
desbordó la impunidad, aunque el 12 de abril de 2010 la jueza catamarqueña Alicia
Cabanillas
le otorgó la libertad condicional.

***

Del asco a la (in)justicia

“Quedaron muchos a la orilla del camino. No los
detuvieron, pero tampoco jamás se los investigó, los condenados fueron para que
yo me conformara. Era gente tan poderosa, que nos hizo mucho daño”, le dice a Ada
Rizzardo de Morales
a #PuenteAereo, desde su casa de Valle Viejo.
Allí la mujer que ahora tiene 71 años compartió con Elías la crianza de sus
siete hijos. Allí también lloró la pérdida de su hija y le rogó a la virgen del
Valle que le diera lo que el poder político y judicial se empeñaban en negarle.

Los Morales sufrieron, durante los años que
demoraron los dos juicios, varias campañas de difamación. Los medios locales
se empeñaban en socavar su llegada a la sociedad catamarqueña, afirmando que
buscaban plata, aludiendo a la “moral” de Sole y estigmatizándolos
. Ada
recuerda ese tiempo como en extremo doloroso, y también el rol que su marido
tuvo: “Hubo cosas de las que me enteré en el juicio, él me cuidaba. Era más
callado que yo, pero fue mi sostén y fue él quien tuvo que hacerse cargo de ver
a mi nena mutilada”, recuerda desde el otro lado de la línea, con una tonada
cantada que por momentos le esconde la voz. Una paradoja, ella que si no
hubiera hablado, nada hubiera conseguido. Aunque no quedó conforme, “hubo
gente que quedó afuera, que fue protegida
”.

—¿Quiénes?

Mire, yo le voy a
contar algo: no tengo abogado, falleció el único en el que tuvo toda mi
confianza y me he quedado sola. En esta provincia, chica, todos se conocen, son
familiares o amigos, cualquier cosa que yo diga, será en mi contra.

—Pero en las crónicas de la época se
apuntaba a otros “hijos del poder”, además de Luque. Llegaron a decir que el
hijo de Miguel Ángel Ferreyra, jefe de la policía, habría participado…

Y no se investigó nada
de lo que se decía. La policía respondió al poder político, nadie hizo lo que
tenían que hacer. Mi hija fue lavada por orden de Ferreyra, su hijo fue
nombrado entre los que habrían participado en esa fiesta mortal. Todos ellos
subestimaron a mi familia y al pueblo catamarqueño, nunca pensaron que la gente
iba a acompañarnos pidiendo justicia.

Ferreyra hijo falleció en 2013 a los 42 años en
Buenos Aires, víctima de un linfoma. Era contador. “Después —dice la madre de
la víctima—, toda esa gente rehízo su vida, formó su familia. Mis hijos y yo
hemos sufrido el tener que cruzarlos por la ciudad. Me dejaron las manos
vacías, sin mi hija y sin justicia”.

De los juzgados, Tula —con un crecimiento
patrimonial y de influencias impensado, tras recibirse como abogado estando
preso—, el año pasado volvió a ser denunciado por violencia de género por su
exesposa, con quien tiene dos hijos de 8 y 4 años. La mujer llegó a hablar de
amenazas a su hijo mayor. Luque, más pelado y sin los dividendos de su padre —que
murió sin su cargo—, se dedica a alquilar departamentos por internet, para uso
turístico.

“Agradezco a la gente que caminó con nosotros, sin
eso, sin las compañeras de mi hija, sin Peloni, esto no hubiera pasado. También
agradezco a mi compañero, que sufrió en silencio todo. Él llevó a Sole a ese
baile donde elegían a la reina y después fue solo a reconocerla”, recuerda
Ada. 

Luego de un fallido primer juicio oral rodeado de
escándalo, un segundo tribunal se hizo cargo del debate que en febrero de 1998
concluyó con las únicas condenas. Sin las penas que existen hoy en casos de
femicidio, la Justicia catamarqueña condenó a 9 años a Tula y a Guillermo Luque
a 21 años de prisión. “Tula es abogado, el merecía la misma condena que Luque
porque fue el entregador y sin embargo camina tranquilo por las calles. Ellos
apelaron las condenas, ocho miembros de la Corte Suprema de Nación las
ratificaron”, dice Morales.

Y aunque la Virgen del Valle no parece haberle dado
mucho, si les dio a la monja Marta Peloni, mentora de las marchas del
silencio para pedir justicia, que cruzaron la pequeña ciudad y se metió por las
callecitas principales hasta el Palacio de Justicia: “Siempre esperé que los
dos cumplan las condenas y eso no pasó. Yo lo vi a Tula cuando comenzó a salir
por trabajo. A ninguna madre le deseo que tenga que encontrarse con el asesino
de su hija”, escupe la mujer que fue símbolo de las madres del dolor, cuando la
organización tampoco existía. Entonces, Ada se dedica unos minutos para
recordar a Soledad, con el pelo largo, con los jean y la polera negra que usó
aquella noche para ir a bailar con sus amigas, dos días antes de cumplir años:
“Le habíamos dado permiso para que se quedara a dormir en la casa de su
compañera Marisa, después del baile en Le Feu Rouge, trato de no pensar
en eso”.

***

La vida después

Antes del crimen de su hija, Ada era una ama de casa
y Elías empleado público. “No salía a ningún lado, elegí dejar los estudios
para criar a los chicos. No me metía con nadie, siempre en mi familia”, se
describe la mujer que terminó siendo reconocida internacionalmente. Pero nada
fue tan simple. A la lentitud y connivencia judicial, hay que sumar la amenaza
permanente que sufrió su familia.

“La policía nos seguía a nosotros en vez de buscar a
los asesinos, nosotros buscábamos pistas paralelamente, porque vimos que ellos
no hacían gran cosa, pero debíamos reunirnos casi en forma clandestina, pero
solo llegamos a conclusiones que sirvieron para marcar a los culpables. Pudimos
saber hasta qué policía tiró el cuerpo en donde fue encontrado”. De eso, la Justicia
no avanzó en nada. De hecho, después muchos policías fueron extrañamente
ascendidos, apuntados por participar en la cadena de encubrimientos, por eso la
familia de la víctima pedía el juicio Morales II, algo que nunca llegó.

Hubo testigos que llegaron a afirmar que lo que le
sucedió a María Soledad no fue un hecho aislado, sino una práctica habitual con
chicas de clase baja de Catamarca. De hecho, se habló de un lugar, la
confitería Clivus entre otras, donde la clase política iba a “divertirse”
sin límites. Silencio de radio.

A diferencia de eso, 30 años después del asesinato
de María Soledad, en las calles catamarqueñas todavía se escucha el eco los
pasos resonando en las calles de adoquines, empujando a la familia. También
resuena el estrepitoso golpe, la caída de un feudalismo que llevaba en el
gobierno casi cincuenta años.

Fue la gente, pero también el rol de los medios
nacionales —que se instalaron en la provincia por meses—, los que marcaron el
pulso del caso.

Y esos pasos, esas caídas, fueron más fuertes que las que se oían los 8 de diciembre. Mucho más estridentes que los villancicos en una de las provincias más religiosas del país, y mucho más duraderos: tres décadas pasaron y ese silencio multitudinario sigue pidiendo justicia para una niña que hoy tendría 48 años y a la que le aplastó la vida un grupo de hijos del poder, que hace años vive sin culpa y cargo. Esa mamá, que la pervive, también lo merece. ♣♣♣

#PA.

Domingo 30 de agosto de 2020.

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