El hombre que le da nombre al Instituto orgullo nacional, tan atacado por el neoliberalismo, que lo sobrevivió gracias a sus científicos y a todo su personal, se llamaba Carlos Malbrán. Como suele ocurrir con nuestros grandes médicos –y estamos hablando de un país pródigo en eminencias en la materia–, su nombre suena sólo a hospital, como Muñiz, Rawson, Pirovano o Argerich, pero nadie se encarga de contarnos quiénes fueron esas personas de carne y hueso que son homenajeadas nominalmente.

Malbrán era catamarqueño, más precisamente de Andalgalá, donde nació en 1862, el año en que Mitre asumía la presidencia y comenzaba la llamada “organización nacional”. Llegó a Buenos Aires y cuando cumplió 20 años ingresó a la Facultad de Medicina y se doctoró cinco años más tarde con una tesis sobre el cólera, una enfermedad frecuente en aquellos tiempos de pésimas condiciones sanitarias, a pesar de las mejoras que comenzaron a implementarse, lenta y portuariamente, desde la peste de fiebre amarilla de 1871 que sobrevino después de una gran epidemia de cólera que asoló al país y a la región entre 1868 y 1869.

Malbrán comenzó a trabajar en hospitales desde su época de estudiante y se interesó particularmente en los trabajos de Louis Pasteur sobre las infecciones de origen bacteriano. Los dio a conocer desde sus escritos, en sus clases en la facultad y entre sus discípulos en los centros de salud.

En 1888, fue enviado a Europa por el gobierno argentino a especializarse en su materia y pudo capacitarse en los principales centros de investigación de Alemania y participar en simposios y congresos.

Cuando volvió a Buenos Aires, comenzó su paso por la gestión pública en áreas vinculadas con la salud, como la inspección de Higiene de la Capital, sin abandonar su tarea académica, ahora como director del Instituto de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina.

Tras colaborar en Paraguay en la lucha contra la peste bubónica, la misma de la pandemia que había asolado a Europa entre 1437 y 1451, volvió a viajar al Viejo Continente, esta vez para estudiar con el futuro premio nobel de Medicina Emil Adolf von BehringAprovechó el viaje para escribir notas como corresponsal del diario La Nación. Volvió entusiasmado con el avance de su especialidad en Europa y fundó aquí la cátedra de Bacteriología, que dirigió hasta 1920.

Para 1900, la fama de Malbrán en nuestro país y en el mundo de la medicina era muy notable. En enero de aquel año, nuestra revista Caras y Caretas se ocupó de él mencionándolo como uno de los médicos más importantes de la región.

Su lucha por lograr que el gobierno nacional destinara fondos y recursos para la construcción de un hospital para pacientes afectados por enfermedades infecciosas dio su fruto en 1902.

Consiguió terrenos en Barracas y comenzó la tarea de edificar un instituto de microbiología que hoy lleva su nombre. Sin abandonar sus tareas académicas y médicas, y tras ser nombrado miembro de la Academia Nacional de Medicina, se hizo tiempo para la política y en 1910 fue electo senador por su provincia. Su tarea legislativa se centró en impulsar leyes vinculadas con la salud pública, que no siempre encontraron el debido eco ni la aprobación en el marco de aquella Argentina manejada por los conservadores.

Para entonces, Malbrán era uno de los científicos más reconocidos en el país y en el exterior, convocado para decenas de congresos y asesorías médicas en Europa y América latina. El 10 de julio 1916, tras 14 años de idas y venidas burocráticas, finalmente, después de tanta lucha, se pudo dar el gusto de inaugurar el Instituto que hoy lo honra.

Dejando una obra enorme, partió de este mundo el 1º de agosto de 1940. Sus colegas del Instituto que lleva su nombre lo honran cada día, silenciosamente, en medio del menosprecio de los de siempre, “los partidarios de sí mismos”, como los llamaba Belgrano, la indiferencia de otros y la admiración de quienes reconocemos en ellos, en los trabajadores de los servicios de salud de todos los niveles, a los héroes de estos tiempos.

Fuente: carasycaretas.org.ar

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