Si Mark Chapman no se hubiera cruzado en su camino aquel 8 de diciembre, hace cuarenta años, hoy Lennon estaría soplando ochenta velitas. Cómo habrían seguido su carrera y su vida, no podemos saberlo. Pero vale recordar el enorme legado que dejó.

¿Tendría el perfil de un Bono o estaría más cerca del temperamento chúcaro de un Bob Dylan? ¿Sería pura corrección política o un ermitaño del bussines? ¿Hubiera aceptado una oferta millonaria para una reunión de Los Beatles? ¿Sería calvo? Mark Chapman volvió contrafáctica cualquier especulación y hoy, a 80 años de su nacimiento, John Lennon es póster, remera, documental, recuerdo, bandera y, sobre todo, un centenar de canciones perfectas que describieron, y en el mismo gesto modificaron, su tiempo.

Es sus breves 40 años cosechó tanta fama como malentendidos: que era hijo de la clase obrera, que nunca superó la muerte de su madre, Julia, y que Yoko de alguna manera –la manera freudiana– ocupó ese lugar, que era el más rockero de todos, que desde la declaración de que Los Beatles eran más famosos que Cristo hasta los bed in ante la prensa era un maestro también del marketing, que era un gay reprimido, que escribió himnos como “Woman is the Nigger of the World” pero que fue un hombre violento…

Existen decenas de libros biográficos, contradictorios entre sí. Cada abordaje representa, finalmente, una mirada política. Existen muchas formas de hundirse en una vida intensa que, además, fue la de uno de los artistas más trascendentes de siglo XX. Haciendo equilibrio entre los contenidos dispares de esos libros, digamos que John Lennon construyó su obra artística con el motor del rencor y el resentimiento de una infancia compleja. No les temió a sus contradicciones y supo montarse a una egomanía que seguramente tapaba sus inseguridades. Se ha movido entre la música más elemental y clásica –como el rock and roll– y la pretensión vanguardista; entre la sencillez pueblerina y el mohín megalómano; entre la extroversión y la timidez; entre la aspereza incorruptible –con su padre, por ejemplo– y la ternura.

Uno de los libros menos frecuentados acerca del hombre cotidiano es el que escribió su hermana, Julia Baird. En John, mi hermano, lo desmitifica: cero clase obrera, cero infancia triste, más allá de la tragedia de la muerte temprana de la madre, atropellada por un auto. Julia Baird nos dice que antes que nada John fue desde muy pequeño un genio que sabía lo que quería, que dibujaba y hacía música, y que el rock and roll fue apenas una plataforma de despegue. Habría descollado en cualquier época.

De todos modos, haber nacido en 1940 y crecido en la posguerra, en un puerto como Liverpool –con su tráfico de información–, fue determinante. “Cuando yo tenía 5 años, mi madre me decía que la felicidad era la clave de la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande. Yo respondí: ‘Feliz’. Me dijeron que yo no entendía la pregunta y yo les respondí: ‘Ustedes no entienden la vida’”. La frase de John es una de las tantas que lo hicieron famoso, también, como hábil declarante. La capacidad para sintetizar pensamientos brillan en muchas de las canciones, desde la candidez utópica de “All you Need is Love”o “Imagine”hasta el nihilismo de “God”o la virulencia desmadrada contra Paul de “How do you Sleep?”.Líricamente, supo procesar la revolución de contenidos que encarnó Bob Dylan a comienzos de los 60 y que le rebanó al rock esa tendencia de escribir sobre temas baladíes, como la de salir a pasear con “mi chica” un sábado por la noche o esperar al cartero por una carta de amor que nunca llega. Lennon fue, lejos, el mejor discípulo poético de Dylan.

A los 80 años es imposible saber cómo hubiera envejecido, pero sí resulta natural volver a confirmar la avidez del mercado del entretenimiento por los números redondos. Hoy se lanza Gimme Some Truth, un compilado de 36 temas solistas con “audio en alta definición 24-96, sonido inmersivo, 5.1 surround y mezclas en el sistema Dolby Atmos”. Con producción de Yoko y Sean Ono Lennon comprende una edición de lujo de dos CD, con un Blu-ray de audio y un libro de 124 páginas que relata la historia detrás de esas 36 canciones a través de testimonios de John y Yoko, junto con fotos inéditas. Además de Gimme Some Truth, el menú se completa en otros formatos: un CD, dos LP, un CD doble o cuatro LP y versiones digitales para descarga y streaming. Y hay más: dos de las ediciones (la de lujo y el LP cuádruple) incluyen calcomanías, pósters y la réplica de la carta que John le escribió a la reina de Inglaterra en 1969 al devolver la Medalla del Orden del Imperio Británico. La justificación en puño y letra de Lennon decía: “En protesta contra la implicación de Gran Bretaña en el asunto Nigeria-Biafra, en contra de la presencia de Norteamérica en Vietnam y porque sacaron ‘Cold Turkey’ de las listas…” El texto –y su disparatada mezcla de contenidos– es hoy un manuscrito para el atesosramiento de fetichistas

Como el Che, como Evita, como Gardel, John Lennon fue condenado a la juventud eterna. Permanece en los corazones solitarios de millones de personas que encontraron en él belleza, provocación e inteligencia. Ahí está su obra, una catedral de la cultura pop. El mundo es más tolerable con esas canciones y, en estos tiempos de incertudimbre y paranoia global, acaso un bálsamo que nos obliga a repensar el abismo entre la utopía de aquellos años y la distopía actual.

Fuente: carasycaretas.org.ar

Deja un comentario