Las empresas de consumo masivo esperan un 2026 peor que este año

Las empresas de consumo masivo esperan un 2026 peor que este año

 

Los líderes de las principales empresas de consumo masivo presentes en la conferencia de la Unión Industrial Argentina coincidieron en un punto inquietante: no ven un repunte del consumo el año próximo. «Espero un 2026 peor que este», afirmó a LPO el CEO de una reconocida marca de panificados. 

Lo alarmante es que el punto de partida es desde el fondo del mar. Según fuentes oficiales el consumo masivo en Argentina está 10 puntos porcentuales por debajo del nivel que tenía en 2023. En el gobierno se trata de un dato que preocupa muchísimo. «Si el consumo no levanta vamos a estar complicados en el 2027», afirmó a LPO un importante funcionario libertario.

Los resultados de las compañías de alimentos no mienten. Arcor, la multinacional argentina del grupo Pagani, reportó ganancias netas por $97.772 millones en el último balance, frente a los $378.245 millones del mismo período en 2024. 

 ¿Y si Milei tiene razón en pisar el dólar?

Molinos Río de la Plata acumuló una pérdida neta de $37.403 millones en el periodo enero septiembre de 2025, tras haber arrojado en 2024 un resultado positivo de $54.184 millones y en 2023 de $81.533.  

Tambien Mastellone, dueña de La Serenísima, quedó en números rojos: en los primeros nueve meses de 2025 informó pérdidas por algo más de $20.000 millones, cuando en igual lapso de 2024 había tenido ganancias por $66.985 millones.

El crédito te puede reactivar algo de bienes durables, pero tampoco tanto por el nivel de endeudamiento de las familias. Pero el crédito nunca va a consumo masivo.

El salto al rojo parece ser una bisagra. Ante la expectativa del gobierno de que el crédito podría motorizar un rebote del consumo, el CEO consultado fue categórico: «Eso te puede reactivar algo de bienes durables, porque alguien puede endeudarse para comprarse un equipo, pero tampoco tanto por el nivel de endeudamiento que ya acumulan las familias. Y aun con margen de financiamiento, el crédito nunca va a consumo masivo».  

Respecto a la apertura importadora, el empresario lo bajó al llano: «Tiene poca incidencia en la góndola y tampoco son mucho mas baratos», afirmó.  

Este empresario explicó que en Argentina todos los alimentos están atados al dólar: o porque derivan de commodities o por el componente importado, insumo necesario de la cadena de producción. Y agregó: «Además, en todos los países del mundo los productores venden más caro en el mercado interno que en sus exportaciones porque afuera competís con otros países». Para pensarlo. 

Ese «atado al dólar» también explica por qué el sector de consumo masivo es el que más resiste una devaluación. «El dólar subió más de un 20 % en el año, pero como no hay margen para trasladarlo a precios, porque no se vende nada, el aumento del costo lo absorbió el eslabón de la fabricación, cediendo, al límite, el margen de rentabilidad que ya no queda. Ese eslabón no resiste más, igual que los salarios», reconoció. 

Según un informe de informe del Centro de Educación, Servicios y Asesoramiento al Consumidor (CESyAC) una familia necesitó, en septiembre, $ 87.288 diarios para solventar sus gastos esenciales: $ 23.878 para adquirir productos de consumo masivo y $ 63.409 para contratar los servicios básicos del hogar. Si se lo compara con el salario mínimo, vital y móvil (SMVM) vigente, ese monto $ 322.200 alcanza para cubrir los gastos de tres días y medio.  

 

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  • Un duelo sin nombre

     

    Todo lo que vivimos a partir del 26 de febrero de 2025 se inscribe en la lógica de una tragedia en dos tiempos. De un fatal bioshock primero y de una búsqueda de explicaciones después.

    ¿Cómo entender la decisión del suicidio de nuestra hija Margarita, de 22 años?

    Nada de lo que nos pueda pasar de ahora en más a su papá y a mí va a reparar el efecto devastador de lo que comenzó ese miércoles con aquella llamada, cuando el policía Alvarenga nos informó que durante la madrugada Margarita había sido encontrada muerta. Siete horas después ya habíamos atravesado los 900 kilómetros que separan Carmen de Patagones, de donde somos, de la comisaría 37 de Palermo. Entonces, nuestra desesperación por saber quedó suspendida ante la urgencia de las actuaciones policiales y los trámites de la morgue. Recién tres días después nos permitieron retirar el cuerpo para su sepultura.

    Ella

    Margarita era ilustradora, conocida en las redes sociales desde 2017 como Bachatota y antes como Bechita Suaj.

    Cuando dijo por primera vez que quería ser artista todavía usaba chupete. Ahora los libros y cuadernos que quedan en su habitación muestran la evolución de sus técnicas para dibujar, primero a mano, con tableta después. Seres humanos, caballos, personajes de series. En su placard siguen sus trajes de cosplay, los recuerdos de convenciones y figuras de animé, la colección de remeras. Conservan su olor.

    A medida que Margarita crecía fuimos conociendo la naturaleza de las plataformas y comunidades digitales, con gustos parecidos de series, mangas y animés. Se divertía. Vendía ilustraciones a pedido. Colaboraba en streamings. Jugaba en línea. Enseñaba y aprendía técnicas de dibujo. Tenía seguidores. Hacía amigos.

    La experiencia en Doomverse, Discord, Reddit, Youtube, Twitch, Facebook y Twitter tuvo su antecedente en DeviantArt. Ahí ejercía una subjetividad alternativa a nuestras percepciones de padres analógicos y agigantaba su personalidad temeraria y su humor corrosivo.

    Su identidad online — con más de cuatro mil seguidores — convivía en sincro con una carrera universitaria en la Universidad de Palermo (iniciada en la virtualidad de la pandemia) y con su vida familiar de pueblo patagónico.

    En ese presente de realizadora, ilustradora y streamer, en mayo de 2024 la alcanzó su primera cancelación o funa, como decimos en la Patagonia. La segunda, en diciembre. El hostigamiento continuó: casi al final del verano, el 25 de febrero del 2025, Marginada, ansiosa y sin tiempo de duda, Margarita decidió su final.

    A semanas del suicidio me senté a leer las casi doscientas páginas del expediente judicial, que incluye el puntilloso informe de su autopsia. Esa lectura de detalles me permitió salir de la parálisis y darle un marco racional, poner en palabras lo que el horror nos sustrajo a Gabriel, su papá, y a mí. El expediente fue derivado a la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N° 37. En junio nos permitió tomar vista de la libreta donde Margarita explica en modo de despedida su decisión.

    En veintitrés micropáginas de una libretita, mi hija expresa con letra y sintaxis prolija un marco ético y estético antes de decidir arrojarse de una terraza. Afirma que no es un asesinato ni un accidente, sino un acto deliberado. Presumo que ese mismo día, en medio de un solsticio de energía, quiso explicar, sobre todo a sus amigos de las redes, el hartazgo que la invadía por ser víctima de acusaciones y hostigamiento. Señala sus malas juntas con decepción.

    En la libreta, no tanto mi preciosa Margarita sino Bachatota, expresa que lo perdió todo. Que se siente sola. Se culpa a sí misma. Da nombres. Al leer, me pregunto si este fue un factor determinante en su incapacidad para soportar su conciencia. 

    Sus interacciones de las redes sociales indican que Bachatota fue acusada de encubrir a Brany, una amiga señalada de pedofilia, y de mantener cercanía con un usuario llamado Hogo, acusado de abuso y de haber provocado el suicidio de una chica trans. Aunque no lo acusa directamente de su decisión, hace una declaración significativa sobre Jerry, el streamer con quien colaboraba a través de ilustraciones: “si el Jerry me hubiera tratado bien (…) no lo odien”. Esta afirmación, hecha después de una lista de personas importantes para ella, sugiere que el trato de Jerry (que primero la defendió de acusaciones pero luego se desvinculó de ella) contribuyó a su estado emocional, a su desilusión.

    Pide también que reembolsen las comisiones pagadas por las ilustraciones que no completó y que la policía investigue en sus redes sociales el acoso que padeció. Hasta la fecha los oficiales de justicia realizaron pericias parciales de la computadora y teléfono, y no parece haber otro tipo de actuaciones.

    En aquella visita de junio, cuando aportamos un testigo que padeció acoso extremo del mismo grupo de odiadores, en la Fiscalía nos dejaron entrever lo difícil que es probar la instigación al suicidio a través del acoso y el hostigamiento en las redes sociales.

    La funa

    La funa es un artificio de las comunidades de las redes para cancelar la reputación de alguien. Proviene de fünan que en mapudungun, la lengua mapuche, significa podrido o echado a perder, algo o alguien que queda abandonado de todos, sufriendo deterioro, sin derechos y sin dignidad. El mecanismo nace como práctica social en Chile, cuando se crea la Comisión Funa iniciada por Acción, Verdad y Justicia (H.I.J.O.S.-Chile) para denunciar públicamente a torturadores, asesinos y cómplices de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet. Ese “escrache”, como  protesta social, fue adoptado también por los familiares argentinos. Pero aquella idea de funa no tiene nada que ver con esta turba digital que publica injurias y calumnias que, como verdades absolutas, marginan sin que la víctima tenga derecho a la defensa. 

    Nueve de cada diez jóvenes fueron víctimas de mensajes de odio en redes, según UNICEF Argentina. En la campaña ElSilencioSeSienteHate busca empoderar a las y los testigos de hateo, lograr que se involucren, conozcan los impactos de estas situaciones en la salud mental y dar herramientas para intervenir y generar conciencia entre pares.

    En la vida paralela de las plataformas, el odio es casi una forma de interactuar. Los contenidos ofensivos tienen nula moderación y llevan al insulto, a la cancelación, al acoso y a la exposición de información privada como prácticas de “castigo” por comportamientos “cuestionables” o por expresar opiniones críticas. No hay tiempo apacible y de acuerdos. Se trata de la remasterización del señor de las moscas donde la libertad subvierte en maldad de anónimos. Su reputación asciende si logran desacreditar a otras personas o al menos causarles daño para alejarlas.

    El empleo de este mecanismo en redes sociales tiene severas implicaciones a partir del ejercicio del “derecho” de una horda que decide hacer justicia por cuenta y riesgo. Instigar al suicidio de una persona se relata como un logro alcanzado. O se cuestiona como externalidad del tipo: “se te fue la mano”. La velocidad de las interacciones entre funados y funantes se mide en likes y comentarios, en wikipedias colaborativas tendenciosas, videos explicativos que con aparente intención de racionalidad justifican una vocación delictiva al vulnerar el derecho a la dignidad de las personas con impacto directo en la psiquis, en su reputación y en la vida misma.

    Con estos hostigamientos, Margarita quedó expuesta al escrutinio de los grupos y comunidades con opiniones divididas. Fue atacada y amenazada. Estresada, ansiosa, revivió en diciembre la situación traumática de mayo. En el medio rindió finales, viajamos, vino a Patagones, se juntó con amigos reales, cocinó mucho, leyó, pintó.

    A través de hilos de Twitter, el usuario Alan, que se trataría de un adolescente, arrogándose con otros participantes un rol de juez la acusa de cometer delitos sin haber verificado la existencia (o falta) de pruebas y justificaciones, a pesar de que la dinámica general se presenta como un conflicto marcado por hostilidad y contradicciones.

    Este estado de intolerancia perpetua, de beligerancia en aumento que se agita con denuncias cruzadas, información, dibujos o capturas de chats, se propaga exponencialmente con hordas que si antes simpatizaban ahora odian hasta destruir.

    Previo al sepelio, nuestra Universidad publicó en sus redes sociales un sensible obituario para acompañarnos a Gabriel y a mí. Inmediatamente, ese posteo se llenó de mensajes de acoso y burlas de parte de nicknames que, suponemos, son los que hostigaron a nuestra hija. Una estrategia de la comisión de estos delitos es la velocidad con la que se eliminan datos para sortear las eventuales acusaciones por compartir información falsa o mitigar el daño de las consecuencias perjudiciales. Sin embargo, a veces no suele ser suficiente ni tan rápido el autobaneo para rectificar la situación.

    En su última obra, finalizada en la noche del 25 de febrero, Margarita expresó con símbolos los efectos del odio, los dos bandos o personajes duales que ocultan mensajes a otros pero intercambian información entre ellos. Aunque heridos, sostienen el cuerpo de la pequeña presa muerta, atravesada por las flechas de ambos en el centro y, abajo, la margarita caída.

    La OMS declara que el suicidio en sus distintas formas representa un problema de salud global, ya que se encuentra entre las diez principales causas de mortalidad general y entre las tres primeras causas de muerte en adolescentes y adultos jóvenes. Provoca una tragedia para individuos, familias y comunidades. La cifra es alarmante: por año, se suicidan 800 mil personas.

    Mientras que en países como Gran Bretaña, Japón, Holanda y Alemania hay políticas activas sobre la prevención del suicidio y hasta Ministerios de Soledad, en Argentina — donde es la principal causa de muerte en jóvenes de entre 15 y 24 años — , los recortes presupuestarios en áreas del Estado afectan directamente la implementación de la Ley 27.130 de Prevención del Suicidio y las estrategias de abordaje, como la línea 0800 y los programas de prevención y atención.

    Nosotros sin Margarita

    La muerte de una hija, el mayor de los traumas, no tiene una forma propia de ser nombrada: esto nos arrincona mucho más hacia la soledad de la experiencia, la ansiedad y la tristeza.

    A su papá y a mí nos queda mirar el mundo como lo hacía Margarita: de una forma valiente, desprejuiciada, curiosa. Hablamos de ella, la percibimos en el aire, en el gato del cementerio, en la música y en sus zapatillas, que ahora uso.

    Sin nada que perder, confiamos en los rituales necesarios para honrar su vida, su memoria, su dignidad. Vamos semanalmente a terapia, tomamos medicación, nadamos. Reconocemos la mirada evitativa, la conspiración del silencio de amigos y compañeros de trabajo que no quieren incomodarnos, no saben qué decir. Delphine Horvilleur, una de las tres rabinas de Francia y autora de Vivir con nuestros muertos, explica que no hay maldad en eso,  que es el efecto secundario del afecto humano mejor compartido: el miedo. Experta en duelos, Horvilleur escribe que los finales brutales pueden reducir toda la existencia, “mejor decir todo lo que fue y podría haber sido, mucho antes de decir lo que ya no será”.

    En nuestro duelo dedicamos tiempo a la investigación académica, es el trabajo que nos gusta y al que le agregamos valor.

    El peligro de la brutalidad de la tragedia por la muerte de una hija es que se confisque el relato de nuestras vidas, plena de ella misma y que excede su desenlace.

    En hebreo, shakul es la palabra para nombrar la pérdida del hijo, y es una referencia vegetal de la rama vendimiada amputada de su fruto. Aunque no tenga sentido, se emparenta con el esfuerzo de la RAE por instituir huérfilo como la condición de los padres sin sus brotes.

    Nos cuesta aceptar que en su querida vida tenía el compromiso de la misión de dejar atrás el universo, de haber sentido y dicho la última palabra, de haber realizado su último propósito sin nada pendiente.

    Pienso en la libreta y me imagino la despedida de puño y letra, como dice el expediente. ¿Habrá sentido paz después de tanta ansiedad generada por la funa? Pienso en el propósito de su vida, si creyó que llegaba nada, como dice Borges, o que no, que sencillamente no pudo con eso.

    Después del shock

    Sus padres, después del shock, tratamos de vivir en una existencia descolocada que incluye análisis, charla con el rabino Diego Elman sobre la importancia de los rituales, bendición en un templo evangélico, zoom con papás duelantes de la Red Empesares. Aunque en parte seguimos atascados en el misterio, en una niebla mental, como conscientes en un mal sueño, hay algo, muy pequeño, un milímetro del trámite del trauma que se movió: por eso puedo escribir este testimonio.

    Como en El salto de papá, de Martín Sivak, la explicación posiblemente se escurra y precise de una caja de herramientas instintiva y propia, con pistas y culpas, sobre la decisión de nuestra amada hija, hoy con otro tipo de presencia.

    Ofelia Fernández tiene casi la misma edad que mi Marga. En el documental “¿Qué le pasa a nuestra generación? Cómo ser feliz” ensaya que, desde 2010, con la instalación de la cultura de like de Facebook y el Iphone 4 con cámara frontal para selfies, la distancia entre lo que los padres suponíamos riesgoso y lo que la virtualidad proponía a los niños y jóvenes fue en aumento. Porque no se sabía, “y se tuvo que llegar a este extremo para corregir esta miopía”, dice Ofelia. Explora el fenómeno social y tecnológico de una generación que se siente atrapada, rota, ansiosa en/por las redes sociales como parte de un modelo de negocios amasijante del tiempo y la información, con externalidades de altas tasas de depresión instigadas por la vida digital.

    Menos mal que tenemos memoria del crecimiento de Margarita. De cuando se hizo grande, distinta. De la pandemia configurante de rituales de pertenencia híbridos que mellaron a las juventudes y a la vida universitaria. Entonces, las redes sociales se enseñorearon con discursos de odio y hostigamientos como los que recibió mi Marga. Su identidad fue arrebatada por el mal de época de una soledad de hiperconectados.

    Como fondo de pantalla de su monitor, Gabriel tiene un dibujo que Margarita le hizo en enero: una nena con un corazón y un TKM. “Ya que no me dejás verlos, haceme un dibujo”, le había dicho.

    En estos nueve meses de duelo nos contactaron algunos de sus amigos digitales y reales. Sus compañeros de la universidad, que supieron por las redes sobre lo sucedido, compartieron fotos de reuniones donde se la ve divertida, en comunidad. Algunas universidades argentinas postpandemia comenzaron a incorporar las problemáticas de salud mental como parte de sus políticas de bienestar estudiantil.

    ¿Cómo no supimos leer lo que le pasaba a Margarita? No espiarla, no invadirla, era respetar y afianzar su confianza de espíritu libre. Ella no vio dónde se estaba metiendo y nosotros menos todavía. «Ahora vas a duelar», te dice gente que no está en el asunto. Al caer, Margarita paró el reloj de todos los que la amamos. No podemos abrazarla, mirarla dormir, ni reirnos con ella. La congoja nos asalta varias veces al día y así, angustiados, esperamos los avances en la causa judicial.

    Pensar en el futuro parece catastrófico. Las nuevas generaciones necesitan una intervención multifacética  y una reorientación de la realidad. Y a los padres duelantes nos adviene el servicio, esa dimensión religiosa que expresa la voluntad de lograr un mejor vivir para los que quedan, incluyéndonos: en esa intersección me quiero quedar. La paz, un anhelo. Quizá se concrete en bendecir la vida de la hija que como ser humano transitó un valle de sombras, en agradecer su memoria y legado. El amor es más fuerte que la muerte. Ahora, horriblemente, lo sé.

    La entrada Un duelo sin nombre se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Teoría libertaria del delito

     

    En la Argentina libertaria el fraude dejó de ser una excepción para convertirse en una estética del poder. En este mundo invertido, el dinero del Estado es sucio y el del privado, aun el más opaco, se vuelve limpio. “La corrupción es inherente a la existencia del Estado”, repite Javier Milei. Si esa premisa se acepta, cada estafa o comisión deja de ser una falla para transformarse en coherencia. El presidente no se defiende de las acusaciones: se desentiende. Lo suyo es la ignorancia deliberada. La decisión de no saber para no ser responsable. 

    Karina Milei, su hermana y su persona de máxima confianza, no administra una oficina, administra el acceso al poder desde la Secretaría General de la Presidencia. Todo pasa por ella: las audiencias, los favores y los pagos. Ex libertarios, empresarios y lobbistas lo admiten en voz baja. “Todo pasa por Karina”, repiten. Componen una red de favores, contactos y tarifas donde la frontera entre lo público y lo privado se disuelve bajo la lógica del acceso. En la república libertaria, si el Estado es el ladrón, violar sus reglas es justicia.

    Los resultados de las elecciones de medio término, entre fuertes denuncias y con investigaciones en curso, confirmaron que la corrupción ya no es un obstáculo para el poder sino parte de su gramática. La sociedad no la ignora. La asume como un precio más del orden que Milei promete. 

    En la Argentina libertaria el fraude dejó de ser una excepción para convertirse en una estética del poder.

    La corrupción de la administración libertaria no nace de afuera ni de sus adversarios sino de adentro. Surge de sus propias tensiones, de la pelea entre facciones, de la necesidad de financiarse y de controlar el acceso al poder. Cada caso no revela un exceso sino un método. Así se reparte la lealtad, así se castiga la desobediencia y se reconfigura el mapa interno.

    Más que una sucesión de escándalos, la corrupción configura una estructura de poder. No es un accidente ni un exceso sino su forma de funcionamiento. Cada filtración, cada causa, cada denuncia, no destruye ni amenaza al mileísmo; más bien, lo reordena.

    En este escenario vuelve a aparecer la familia Menem, para ocupar esta vez engranajes secundarios del poder que supo practicar la corrupción como extensión del mando centralizado de Carlos Saúl. Pero aquella lógica de los noventa orbitaba alrededor del ejercicio del poder político. El esquema libertario, en cambio, parece responder a otro fin: no fortalecer al gobierno ni blindar al presidente, sino sostener el experimento Milei. Un experimento que necesita financiarse. 

    La pregunta de fondo es si esta metodología no funciona, en realidad, como un sistema de recaudación alternativo para cubrir aquello que el propio presidente no puede: la agenda, los viajes, las campañas, los gastos de un mandatario sin partido, sin estructura territorial, sin financiamiento orgánico y con socios políticos y económicos más poderosos que él.

    En síntesis: ¿la corrupción en la era libertaria sirve al poder o sostiene la supervivencia económica del propio Milei?

    Criptobros

    El primer gran negocio revelado del modelo fue $LIBRA, la criptomoneda lanzada por el propio presidente. Cuarenta mil pequeños inversores perdieron sus ahorros cuando la moneda cayó un 89 por ciento en pocas horas. Los desarrolladores extranjeros que habían accedido a reuniones en Casa Rosada afirmaron haber pagado sobornos para hacerlo. “Le mando plata a su hermana y él firma lo que yo digo”, contó Hayden Mark Davis, uno de los principales desarrolladores de $LIBRA.  

    En el mismo sentido, Charles Hoskinson, fundador de la blockchain Cardano, denunció públicamente que en el evento Tech Forum —donde se habría gestado la gran estafa— le pidieron dinero para reunirse con Milei. A cambio, le prometían “cosas maravillosas”. En un video, Hoskinson contó que rechazó pagar porque eso violaría la ley anticorrupción de Estados Unidos. Desde entonces, no lo volvieron a contactar.

    Hace pocas horas se conoció el informe final de la Comisión Investigadora sobre $Libra. Traza un cuadro gravísimo: propone evaluar a Javier Milei por mal desempeño, documenta vínculos económicos entre los operadores del activo y concluye que el Presidente se excedió en sus funciones al promocionar $LIBRA y el “Viva La Libertad Project”. El documento sostiene que accedió a un número de contrato no público que sólo podía provenir de los involucrados. 

    ¿La sociedad ignora la corrupción de Milei? No. La asume como un precio más del orden que el presidente promete. 

    La Comisión también ubicó a Karina Milei como quien autorizó los ingresos a Casa Rosada de los partícipes y describió incumplimientos de deberes en funcionarios clave. El impacto económico fue enorme: 114.410 billeteras (el 80%) perdieron dinero por un total de 87 millones de dólares, mientras sólo 36 —vinculadas a operadores— ganaron más de un millón cada una. Además, el informe muestra un patrón: antes de $LIBRA, Milei ya había promocionado $KIP, CoinX y Vulcano, siempre sin consulta técnica ni mecanismos de control, lo que revela un modus operandi.

    Cuando estalló el escándalo cripto, Milei no negó el vínculo, lo redefinió. “No hay corrupción si no hay fondos públicos”. En su jerga, donde no interviene el Estado, no hay delito. La víctima ya no era el pueblo sino una minoría ingenua que creyó en el mercado.

    Días después en una entrevista Milei hizo una confesión perfecta: “La lección más interesante de esto es que no puede ser tan fácil llegar a mí”. Desde entonces explicó que levantaría “murallas”. Muros para dificultar o encarecer el acceso a su agenda y su despacho. Sin saberlo, había descrito la forma más precisa de su poder: un sistema de intermediarios.

    Narcos 

    Pero los vínculos entre la política y los negocios turbios no terminaron ahí. El caso Espert–Machado amplió esa frontera. El exdiputado y excandidato libertario en Buenos Aires, José Luis Espert, fue acusado de haber recibido financiamiento de Federico “Fred” Machado, empresario argentino radicado en Miami, procesado en EE.UU. por narcotráfico y lavado. Documentos judiciales del Bank of America demostraron una transferencia de 200 mil dólares a su nombre. Espert alegó que se trataba de una “consultoría económica” para una minera guatemalteca, pero en la casa de Machado apareció un contrato por un millón de dólares firmado quince días antes del lanzamiento de la campaña presidencial de Espert en 2019. Aunque la falta comenzó fuera del área del gobierno se reveló y ocultó dentro de ella. Penal. Justo antes de la campaña de 2025, estaba claro que la misma estructura financiera que lavaba dinero del narco se usaba para financiar la política libertaria.

    Las reacciones dentro del oficialismo fueron contradictorias. Milei respaldó a Espert hasta aceptarle la renuncia a su candidatura. “No lo eché ni lo hubiera echado”, dijo. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, había advertido que el escándalo podía arrastrar al presidente. “Hay que salvar a Milei”, aseguró. El entonces jefe de Gabinete, Guillermo Francos, admitió que las denuncias “no son un tema menor” y pidió a Espert una “respuesta clara y contundente”. Días después, él mismo sería el renunciado.

    Fiel a su lógica, el mandatario no vio corrupción sino otra conspiración. “El único que puede generar riqueza en el mundo entero es el empresario, no el político. El político no sabe cómo crearla ni tiene los incentivos adecuados para hacerlo”, repitió. En su pensamiento, por fuera del aparato estatal, el mercado no distingue entre dinero limpio o sucio. Ni siquiera si viene del narcotráfico.

    Retornos

    Los audios filtrados de Diego Spagnuolo, ex director de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) y abogado personal del presidente, revelaron un circuito de retornos de hasta el 8% en compras de medicamentos y logística sanitaria. “Javi, vos sabés que tu hermana está choreando”, se lo escucha decir. Cuando el caso se conoció, el mandatario minimizó el impacto. “Están molestos porque les estamos afanando los choreos”, explicó. Y quien roba a un ladrón…

    Según reveló Franco Picardi, el fiscal federal que investiga la causa, la ANDIS se “constituyó” como una agencia en la cual “existió un esquema estructurado y sostenido de direccionamientos de contrataciones públicas” y en consecuencia “de defraudación al erario nacional” en perjuicio de las personas con discapacidad. 

    Hay gobiernos que prometen castigar a los evasores y otros que aprenden a admirarlos. Milei eligió la segunda opción.

    La ANDIS se encontraba “completamente a disposición del sector empresarial y no a disposición de quienes en verdad debería: las personas con discapacidad y especiales vulnerabilidades”. Sólo en un año la agencia desvió 43 mil millones de pesos mediante una maniobra donde se simulaban competencias, sobrefacturaciones, compras direccionadas y sobreprecios. Para que la operatoria funcionara los actores se distribuían en tres niveles. Por un lado, los funcionarios que controlaban la ANDIS (Spagnuolo y Daniel María Garbellini, ex Director Nacional de Acceso a los Servicios de Salud), por otro operadores para-estatales que impartían órdenes dentro del organismo, pero sin ser parte del mismo (Pablo Atchabahaian y Miguel Ángel Calvete, como “jefes”) y por último, los empresarios beneficiarios vinculados a las cuatro droguerías favorecidas. 

    Después de las elecciones de medio término se conoció por primera vez el hilo que une al 3% que debían pagar cuatro droguerías por los contratos en la ANDIS con el detenido por narcotráfico y lavado, Fred Machado. Picardi develó que parte del dinero de la ANDIS terminaba en una empresa de vuelos privados Baires Fly SA, cuya firma está vinculada a Sergio Mastropietro, empresario aeronáutico y socio de Machado. La compañía recibía millones de pesos de las droguerías favorecidas por el gobierno mediante una operación gestionada entre Calvete y Mastropietro. La evidencia muestra que Calvete y Spagnuolo mantenían al menos, una relación comercial con Mastropietro. Y que la necesidad de establecer vínculos con esta empresa aeronáutica no sólo teje la hipótesis de lavado de dinero sino también la de buscar “medios y conexiones necesarias para abandonar el país con facilidad en cualquier momento”.  

    Este miércoles, Spagnuolo ingresó a Comodoro Py junto a su abogado, Mauricio D’Alessandro, para ser indagado como presunto responsable del circuito de direccionamiento, sobreprecios y desvío de fondos en la compra de medicamentos e insumos de alto costo dentro de la ANDIS. Tras la lectura de la imputación por fraude al Estado, se negó a declarar y a responder preguntas.

    Según la fiscalía, en la agencia funcionó bajo su conducción una “organización delictiva” dedicada al direccionamiento de proveedores con fuertes sobreprecios. Ante el juez Sebastián Casanello y el fiscal Picardi, Spagnuolo hizo un breve descargo oral, negó haber recibido coimas y sostuvo su inocencia.

    D’Alessandro adelantó que volverá a presentarse cuando termine de leer el expediente, que hasta la semana pasada estuvo bajo secreto de sumario. Las indagatorias —iniciadas el martes con la declaración de Calvete— se apoyan en la información extraída del celular de su principal subalterno, Daniel Garbellini.

    Héroes del colchón

    En el gobierno libertario, las coimas no contradicen su lógica sino que son parte de su realización. La concentración, la discrecionalidad y la caja chica no son anomalías sino engranajes de un Estado que se desentiende de sí mismo. 

    Hay gobiernos que prometen castigar a los evasores y otros que aprenden a admirarlos. Milei eligió la segunda opción. En su plan económico el Presidente explicó que no le importa “de dónde la gente sacó los dólares” y que quienes los escondieron del Estado “no son delincuentes” sino “personas que lograron escapar de los liberticidas”.

    Los grandes evasores equiparados a quienes guardan los dólares bajo el colchón son “el fruto de quienes supieron eludir el impuesto inflacionario” y deberían ser considerados “héroes” por haber escapado de las garras del Estado ladrón. Un canuto de verdes o Panamá Papers, da igual. En esta narrativa, la evasión es mérito; la desigualdad, un efecto natural; y la trampa, una forma de eficiencia. El héroe libertario no paga impuestos ni pide disculpas. Se refugia en su colchón custodiando el símbolo de una libertad que se mide en billetes y exculpa a todos por igual.

    La teoría

    La corrupción confirma y constituye el modelo libertario. Si, como Milei cree, el Estado es corrupto por definición —porque regula, redistribuye, interfiere—, entonces corromperlo es coherente con su naturaleza. La teoría libertaria del delito parte de un axioma según el cual el único crimen posible es el del Estado. Todo lo demás —evasión, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito— no son delitos sino actos de defensa frente a lo público que estorba.

    En esta doctrina, la culpabilidad se evapora. No hay dolo ni ignorancia deliberada del presidente sino víctimas culpables de ingenuidad. El dinero sucio se vuelve legal y el dinero del Estado, sospechoso. Esa inversión moral organiza el sistema. 

    La teoría libertaria del delito parte de un axioma según el cual el único crimen posible es el del Estado. Todo lo demás son actos de defensa frente a lo público que estorba.

    En La Libertad Avanza, los enemigos no están afuera sino adentro y la forma de disputa es la operación. Las acusaciones cruzadas, los audios filtrados y las causas judiciales funcionan como ajustes de cuentas dentro de una misma familia política. Cuando un escándalo se vuelve incontrolable, la estrategia se repite: desplazar la responsabilidad, culpar al kirchnerismo y construir un enemigo externo que mantenga la cohesión del propio espacio. Pero detrás de cada operación hay una pulseada por la caja, por el relato o por la cercanía con el Presidente.

    La corrupción no rompe su política sino que la reconfigura. La Casa Rosada se convierte en una fábrica de favores. El empresario que paga por acceder al poder, en inversor. El funcionario que cobra por abrir la puerta, en emprendedor. La hermana y El Jefe del presidente, en gerenta.

    La coima se disfraza de contrato, el tráfico de influencias se vuelve lobby y la estafa virtual, un canje de tweets. La ignorancia deliberada reemplaza la culpa porque basta no sentirse culpable para dejar de serlo.Así se cierra una teoría libertaria del delito, una doctrina donde el culpable es el Estado, los traficantes son inocentes y la recaudación se disuelve en la libertad. Milei no inventó la corrupción, pero logró algo más profundo: la convirtió en un principio de gobierno.

    La entrada Teoría libertaria del delito se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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