Cuando entró al Congreso, aquel 25 de mayo de 2003, jurando no dejar en la puerta sus convicciones, quizá sin saberlo, Néstor Kirchner cerraba uno de los períodos políticos más angustiantes de la historia argentina. Su triunfo frente a Carlos Menem clausuró el período neoliberal que el propio riojano había iniciado catorce años atrás y que desencadenó la crisis de 2001. De hecho, el patagónico fue el sexto presidente de la Argentina elegido en apenas cuatro años. De apellido impronunciable y desconocido para la mayoría de los argentinos, preferían decirle “pingüino’”. Cargaba con el karma de haber llegado al Gobierno con apenas el 22 por ciento de los votos y de ser el ahijado político del presidente saliente, Eduardo Duhalde, que lo esperaba dentro del recinto para colocarle la banda presidencial. En la plaza, una discreta militancia aguardaba para celebrar el regreso del peronismo al poder después de mucho tiempo. Incluso, muchos habían sido opositores a Menem o habían convivido a disgusto dentro del peronismo, por lo que no se sentían parte del poder desde el retorno de la democracia. Kirchner decía representar los ideales setentistas y había elegido el 25 de mayo para recordar la asunción de Héctor Cámpora hacía ya 30 años, cuando él era apenas un militante de la Juventud Universitaria Peronista. “Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”, dijo en su discurso apenas le colocaron la banda presidencial.

PRIMERAS MEDIDAS

De entrada nomás, rompió todos los moldes de la política tradicional. Y los protocolos. En el camino hacia la Casa Rosada se abalanzó sobre la gente, y una cámara fotográfica le dejó una cicatriz que fue la marca de una nueva mística. Necesitaba posicionarse como líder de una Argentina que aún no estaba convencida de dejar atrás aquello de “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Y supo cómo construirlo. Al discurso apasionado y militante le sumó una serie de medidas de gobierno que rompieron fuertemente con el pasado. Desde un principio, se declaró contrario al neoliberalismo, atacó con virulencia a Menem y se proclamó a favor del desarrollo productivo con incentivo del consumo masivo para generar justicia social. Empezó centrándose en el único poder que aún no había caído en desgracia: la Corte Suprema. El 4 de junio de 2003, habló en cadena nacional y le exigió al Congreso que se ponga a la altura de las circunstancias para acabar con la mayoría automática menemista que tantas injusticias acarreaba y que jamás encarceló a ningún banquero por la crisis de 2001. El 27, renunció el presidente de la Corte, Julio Nazareno. Luego, Adolfo Vázquez y Guillermo López. El 3 de diciembre destituyeron a Eduardo Moliné O’Connor. Entre las acusaciones a todos ellos estaba la causa en la que habían protegido y sobreseído al empresario condenado como contrabandista Mauricio Macri. Mientras, creó una nueva forma de designación de cortesanos que limitaba sus poderes y los dejaba en manos del Senado de la Nación.

La política de derechos humanos fue en la misma dirección de búsqueda de reparo de Justicia. Y también fue intempestiva a la hora de despertar a una política adormecida por las leyes de impunidad del menemismo. El 8 de agosto de 2003, el Gobierno adhirió a la resolución de la ONU de imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad. El 20, sus legisladores votaron en el Congreso la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El 25 de septiembre se derogó la “territorialidad” de las causas de lesa humanidad, colaborando con los juicios que el juez Baltasar Garzón llevaba adelante en España. El 24 de marzo de 2004, al cumplirse 28 años del golpe militar, fue un día trascendente en la lucha por justicia. Por la mañana, Kirchner ordenó al jefe del Ejército, Roberto Bendini, que retirara los retratos de los ex dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone del Patio de Honor del Colegio Militar. Por la tarde, en la ex Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ex ESMA) formalizó la creación del Museo de la Memoria. “Vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades”, dijo Néstor Kirchner en el atril ubicado en el escenario frente a representantes de los organismos de DD.HH. Y agregó: “Hablemos claro: no es rencor ni odio lo que nos guía. Me guía la justicia y la lucha contra la impunidad. Los que hicieron este hecho tenebroso y macabro como fue la ESMA tienen un solo nombre: son asesinos”. Un año después, el presidente pidió a la Corte la nulidad de las leyes de impunidad, que se dictaminará dos meses después. Por entonces, los juicios por Memoria, Verdad y Justicia se consolidaron en todo el país. Como parte de esa política, en junio de 2004, después de una brutal represión frente a la Legislatura porteña, estableció que los integrantes de las fuerzas de seguridad no utilizarían más armas de fuego.

Cuando Kirchner asumió, la economía argentina estaba en una de las peores crisis de nuestra historia. “Tenemos que salir del infierno”, solía repetir en sus discursos. Tenía la deuda externa defaulteada y con los peores índices que se recuerde: la pobreza afectaba al 50 por ciento de la población, la desocupación llegaba al 20 por ciento y casi el 40 por ciento de la población económicamente activa tenía problemas de trabajo. Pero Kirchner se sentía cómodo en la materia. Ya desde sus tiempos de universitario en La Plata era un estudioso del tema. Fervoroso defensor de las ideas keynesianas, solía recorrer los pasillos de la Facultad de Derecho con el libro Cinco años después, de Antonio Cafiero, bajo el brazo, en el que se defendían las ideas económicas del primer gobierno de Juan Perón. Con sus compañeros de la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN), el 20 de octubre de 1970, participó del escrache al dirigente liberal Álvaro Alsogaray en Económicas, que impidió que diera su charla “Evolución de la economía: perspectivas”. Desde sus tiempos de gobernador, tenía la costumbre de llevar consigo una libretita en la que solía anotar los principales datos de la economía. Ya como presidente, esa libretita se transformó en una carpeta repleta de papeles sueltos en los que anotaba, por ejemplo, lo que había que pagar de intereses de la deuda, o el último acuerdo con el FMI, o los superávits gemelos (fiscal y comercial). También, apenas recibido y retornado a Santa Cruz en 1976, supo trabajar como querellante de incobrables, entre otros para la financiera Finsud, con la que hizo grandes negocios en los juicios hipotecarios de la tristemente célebre circular 1.050 del Banco Central, con la cual consiguió una veintena de propiedades comprando deudas hipotecarias o haciendo ofertas en remates. Los números eran lo suyo.

El primer tema al que se abocó fue la reestructuración de la deuda. Apenas cuatro meses después de asumir, firmó un acuerdo con el FMI. En marzo de 2004 fue claro respecto de sus lineamientos sobre el tema: “No pagaremos deuda a costa del hambre y la exclusión de millones de argentinos, generando más pobreza y conflictividad social”. Aunque en privado era aún más específico: “Los muertos no pagan”. A principios de 2005, Kirchner, con Roberto Lavagna como ministro de Economía y Alberto Fernández como jefe de Gabinete, logró lo que parecía imposible. Redujo el endeudamiento de 191.254 millones de dólares a 125.283 e implicó una quita del 66 por ciento de la deuda por reestructurar, que estaba en default desde la crisis de 2001. El canje logró una aceptación del 76,07 por ciento. El 3 de enero de 2006, el presidente Kirchner canceló en un solo pago la deuda que la Argentina mantenía con el FMI por más de 9.800 millones de dólares. Estos acuerdos, aunque beneficiosos, cerraron todo financiamiento externo, por lo que el Gobierno recurrió a su aliado Venezuela para obtener bonos soberanos por valor de más de seis mil millones de dólares pagando tasas mayores a las del mercado internacional, aunque ganando en soberanía económica.

A partir de este reacomodamiento, los números de la economía comenzaron a mejorar. Por primera vez en más de cien años, la Argentina tenía superávits gemelos y el famoso crecimiento a tasas chinas (la Argentina y China eran los únicos países que crecían al ocho por ciento anual). Fueron mejorando todas las variables económicas y sociales. Se generaron cinco millones de puestos de trabajo, y la desocupación y la pobreza se redujeron a la mitad. Esto también trajo mejoras en los presupuestos de Salud y Educación y la edificación de escuelas y hospitales en todo el país. También en la construcción de viviendas. La oposición prefería hablar de “viento de cola” y atribuir estas mejoras al valor de referencia de la exportación de soja, que pasó a ser nuestra principal entrada de dólares.

LA TRANSVERSALIDAD

En lo político, Kirchner prefería mostrarse como un hombre progresista. Incluso por sobre su identidad peronista. Era raro escuchar la “Marcha peronista” en sus actos y movilizaciones, y apostó todo su capital a lo que se llamó la transversalidad, motorizada por la incorporación de una parte importante de dirigentes de la Unión Cívica Radical, que pasaron a ser llamados radicales K. Muchos sectores de centroizquierda, entre los que se encontraba el jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra, y el ex vicepresidente de la Alianza, Carlos “Chacho” Álvarez, se sumaron a la propuesta. Néstor Kirchner necesitaba sacarse el peso de haber sido el delfín del ultraperonista Duhalde. El momento llegó justo para las elecciones de octubre de 2005 en la provincia de Buenos Aires. Allí, Kirchner decidió romper lanzas y llevar como candidata a su esposa, Cristina Fernández, para enfrentar a la esposa de Duhalde, Hilda “Chiche” González de Duhalde. De hecho, Cristina se mostraba como una mujer moderna y luchaba por tener un juego propio en la política, mientras que su contrincante solía repetir: “A mí no me molesta ser la mujer de Duhalde”. El resultado de la elección fue contundente y Cristina le sacó 20 puntos de ventaja a Chiche. Pero también demostró que el peronismo podía llegar a sacar el 72 por ciento de los votos en esa provincia. Nacía el kirchnerismo.

Algo similar ocurría a nivel regional. Una serie de gobiernos de centroizquierda se sucedió a lo largo de Latinoamérica, y Kirchner decidió jugar allí un papel preponderante. Lula en Brasil, Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay, Fidel Castro en Cuba, el Frente Amplio en Uruguay y la Concertación Democrática en Chile conformaron lo que se conoció como la ola progresista, que tuvo quizá su punto de apogeo cuando se unieron para enfrentar la política de los estadounidenses para la región. El 4 y 5 de noviembre de 2005, se realizó en Mar del Plata la IV Cumbre de las Américas, en la que los yanquis pretendían consolidar su proyecto de tratado de libre comercio, más conocido como ALCA. Los presidentes latinoamericanos se plantaron duro frente a George W. Bush y además participaron de la Contracumbre de los Pueblos, realizada en el Estadio Mundialista, que contó con Diego Maradona como uno de sus oradores. “No al ALCA” fue la consigna. “ALCA al carajo”, la sintetizó el líder venezolano Hugo Chávez. Bush tuvo que volver a EE.UU. con las manos vacías.

Néstor estaba llegando al final de su mandato en 2007 y su popularidad era tanta que el kirchnerismo había pensado una jugada para perpetuarse en el poder. A él lo sucedería Cristina Fernández, y así sucesivamente hasta el final de los tiempos. En la oposición empezaron a hablar del doble comando. Pero 2007 no fue un año sin complejidades. A los conflictos que se arrastraban con Uruguay por la pastera Botnia se sumaban las denuncias de corrupción, como el caso Skanska. Además, tras la destitución del jefe de Gobierno porteño por la tragedia de Cromañón, en junio Kirchner perdió un aliado con el triunfo de Mauricio Macri. En el mismo mes, la brigada antiexplosivos de la Policía Federal encontró, durante un recorrido de rutina, una bolsa en el baño privado de la ministra de Economía, Felisa Miceli. Dentro había 241 mil dólares en distintas monedas. La campaña electoral no podía ser más complicada. El 4 de agosto, un empresario venezolano, Guido Antonini Wilson, llegó al país con una maleta con 790.550 dólares que no había declarado a su llegada y que fueron decomisados. El caso tuvo una amplia repercusión mediática porque coincidió con la campaña electoral y la presentación del referéndum por parte del presidente Hugo Chávez para cambiar la constitución de su país. Así y todo, los números le eran favorables a Cristina Fernández. La dupla política parecía imbatible.

UNA HISTORIA DE AMOR POLÍTICO

Néstor Kirchner y Cristina Fernández se conocieron el 21 de septiembre de 1974, en La Plata. Su relación tuvo la impronta de ambos desde el primer minuto. Cuenta la historia que Néstor y su amigo Omar Busqueta habían ido al Parque Pereyra Iraola a disfrutar del Día de la Primavera. Por la tarde, con todos los festejos encima, decidieron pasar por la casa de Ofelia “Pipa” Cédola, la novia de Omar, que estaba estudiando con una amiga. Al llegar, la encontraron triste. Había fallecido su abuela y le pidió a Omar que la acompañara al velatorio. Lupín se quedó con Cristina, la amiga de Pipa. Néstor quería seguir los festejos, pero Cristina estaba estudiando. Lupín siguió con su actuación bromista de borrachín en juerga y Cristina empezó a reír. Seis meses después se casaron por civil, en un encuentro íntimo en la casa de los Fernández. Desde entonces, se acompañaron en el ostracismo que significó dejar la militancia por sus críticas al militarismo montonero y en los estudios. Cuando se produjo el golpe militar querían irse de La Plata porque sus amigos (entre ellos, un compañero de pensión) no paraban de caer. Cristina le pedía escapar a Río Gallegos, y Lupín le decía que primero tenía que recibirse de abogado para poder progresar. “Cuando te maten, el título no te va a servir para nada”, le respondía Cristina. A mediados de 1976, y con el título bajo el brazo, los Kirchner dejaron el calor de la militancia y la represión esperando que el frío gélido de la Patagonia aplacara los ánimos. Sólo volvieron a la ciudad de las diagonales para tener a su hija Florencia y para que Cristina diera libre las tres materias que le faltaban para recibirse. En Río Gallegos trabajaron como “exitosos abogados” hasta que las primeras luces del retorno democrático los reencontró con la política y fundaron, en 1982, el Ateneo Juan Domingo Perón. Néstor fue presidente de la Caja de Previsión Social de Santa Cruz (entre fines de 1983 y julio de 1984), intendente de Río Gallegos (1987-1991), gobernador de Santa Cruz (1991-1999), constituyente (1994) y fundador de la línea interna La Corriente (1996) hasta llegar a la presidencia, en 2003. Cristina seguiría una carrera similar de diputada provincial, nacional, senadora nacional, constituyente y estaba por cumplir su sueño de ser presidenta de todos y todas. En las elecciones del 28 de octubre de 2007, Cristina Fernández consiguió el 44,9 por ciento de los votos, sacándole más de 20 puntos de ventaja a su rival Elisa Carrió.

El gobierno de Cristina fue mucho más complicado de lo que el kirchnerismo suponía. Apenas asumida, estallaría la crisis por la resolución 125, que la enfrentó con lo que se definió como “el campo”. El 8 de marzo, en un acto en Tres de Febrero, Néstor Kirchner también rompía filas con el Grupo Clarín: “¿Qué te pasa? ¿Estás nervioso?”. Así se llegaría a las elecciones de 2009, en las que la oposición, además, logró un principio de unidad entre Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá, que conformaron Unión-Pro y lograron, en la provincia de Buenos Aires, imponerse ante el propio Néstor Kirchner por algo más de dos puntos. Tras este revés, Kirchner renunció a la jefatura del Partido Justicialista pero asumió como diputado nacional. Su actuación más importante como tal fue su rol clave para la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, en julio de 2010.

Ese año no había arrancado bien para Kirchner. En febrero, tuvo una sorpresiva internación en el Sanatorio de los Arcos en la que lo sometieron a una operación de la arteria carótida derecha. El 11 de septiembre tuvo una segunda operación. El 14 de septiembre, la Juventud Peronista hizo un importante acto en su homenaje en el Luna Park. La multitud desbordó el estadio y cuatro mil personas lo siguieron desde las calles adyacentes. Pero ese día, Néstor Kirchner no pudo hacer uso de la palabra porque estaba convaleciente de su reciente operación.

El 20 de octubre, una patota ferroviaria asesinó al militante Mariano Ferreyra, del Partido Obrero. Era un crimen intolerable para los cánones morales y políticos del kirchnerismo. “La bala que mató a Mariano Ferreyra rozó el corazón de mi padre”, dijo tiempo después Máximo Kirchner. Lo cierto es que Kirchner estaba muy preocupado por que se conociera la verdad y porque se castigara a los responsables, aunque tuvieran relación con su propio espacio político. Las sospechas recayeron sobre José Pedraza.

El domingo 24 de octubre se despertó contento porque los diarios reflejaban una importante recuperación de la imagen del kirchnerismo en las encuestas, pero seguía preocupado porque los medios sospechaban que el kirchnerismo podría encubrir a los responsables del crimen de Ferreyra.

El 27 de octubre era feriado por la realización del Censo Nacional. Néstor Kirchner se despertó en su casa de El Calafate a las 7 de la mañana. Media hora después tuvo un paro cardiorrespiratorio, y a las 9.15 falleció de “muerte súbita”.

Es increíble cómo una vida dedicada a la militancia y la pasión política, a marcar historia en la vida argentina, tuviera un final tan inesperado. Es una orfandad difícil de describir. Son esos momentos de la historia en los que todos recordamos dónde estábamos, qué hacíamos. Son instantes conmocionantes. Y el pueblo lo sintió así. A puro sentimiento se volcó a las calles. Desde la noche del 27, una multitud comenzó a hacer una fila interminable para poder entrar a ver el cajón que reposaba en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada. Recién a la mañana siguiente se abrieron las puertas. La lluvia incrementó la mística. El silencio atroz, el llanto desbordado, los rostros angustiados de los militantes completaron cuadras y cuadras. Pero ellos estuvieron estoicos por más de 12 horas para dar el saludo final a su líder. El Gobierno decretó tres días de luto, pero eso qué importaba. No había forma de decretar ese dolor que se sentía. La gente pasaba y miraba el féretro con todo tipo de reacciones. Algunos gritaron “Viva Néstor” o “Fuerza, Cristina”. Un joven tenor que cantó el “Ave María” emocionó a todos. Cristina, visiblemente sensibilizada, se acercó a saludarlo, en una de las raras ocasiones en que abandonó el costado del féretro. Al día siguiente, a las 10 de la mañana, debía ser el traslado del cuerpo, pero se demoró unas horas por la incesante cantidad de gente que llegaba a despedirlo.

El entierro se realizó en Río Gallegos, y el traslado del cuerpo hasta el aeropuerto Jorge Newbery fue impactante. Bajo la lluvia, simpatizantes con banderas argentinas palmeaban el coche fúnebre que avanzó lentamente por largo rato resguardado por agentes de la Policía Federal, hasta la avenida 9 de Julio, donde fue escoltado por motociclistas y tomó mayor velocidad. Al pasar por el puente Salguero, los vecinos de la Villa 31 le expresaron su amor. En Río Gallegos otra multitud esperó la llegada del cuerpo al lado de la ruta y en las inmediaciones del cementerio municipal, portando flores y carteles. El recorrido de siete kilómetros duró cerca de tres horas. La gente insistía en acercarse al cortejo, pero la policía lo impedía, hasta que Cristina indicó a los oficiales que permitieran que se acercaran. Finalmente, Néstor Kirchner reposó en su tierra. En medio del desierto patagónico, tal vez hiciera falta tanto viento gélido para aplacar tanta pasión.

Fuente: carasycaretas.org.ar

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