La libertad siempre tuvo precio, y en algunas decisiones fue muy alto. Pero en la vida hay dos relatos, el de les que sueñan con la libertad y el de quienes viven para hacerla una pesadilla. La intolerancia es el cerco más violento que circunda la soberanía de los cuerpos.

El gozo, la elección identitaria, la corporalidad no hegemónica, siempre están a merced de los prejuicios y de la moral, que no escapa a los dogmas religiosos. Para quienes agitaron sus alas, el costo fue doloroso, porque en una sociedad falocéntrica siempre el castigo a quien rompe las normas es cruel.

Así se persiguió mediante los edictos, se encarceló sin justificación, se violó y torturó en nombre de las “buenas costumbres”, es decir, se aplicó toda la maquinaria del Estado para reprimir la libertad de los “inmorales”, y cuando todo eso no fue suficiente, se humilló. Pero es difícil para quien saboreó los placeres de ser liberto volver a la cárcel del decoro.

Se era objeto de burlas, ¡como si estas no dolieran! Se mofaba el macho, y su prole, de la maricona que no escondía sus plumas, y en los años 80 y 90, la hacía víctima de sus chistes en cuanto programa de cómicos hubiera.

A las lesbianas se las caracterizaba como un fruto temido, porque podrían atentar contra la virtud de las niñas, como si el lobo no estuviera oculto entre ellos. La marimacho les provocaba tanto rechazo como curiosidad, pero no era un sano interés, sino morbo. En los barrios populares, el estigma estaba más presente y el maltrato era algo común.

Pero si de costos hablamos, las que más sufrieron por su elección identitaria fueron las travestis y las trans. El haber abdicado al privilegio de ser “hombre” fue un cachetazo al orgullo masculino, y claro, no pasarían sin tener su penitencia, una de las más crueles. El colectivo trans travesti tiene como expectativa de vida los 35 años. No tiene acceso a ninguno de los derechos que el resto de los mortales (al menos de forma temporal) tienen en sus vidas.

Lo que une a todas estas identidades es la libertad de elección y el disfrute pleno de sus cuerpos, el reconocimiento de sus olores y la abundancia con que exudan goce y sexualidad. Demasiada libertad avergüenza al carcelero. Es el goce lo que insulta, es la libertad lo que ofende.

Que un chico bese a otro no es leído por los antiderechos como una expresión de amor, sino todo lo contrario, es la acción de alguien que intenta violentar el orden establecido por ellos, el impuesto por una sociedad patriarcal que sólo reconoce el derecho basado en la heteronorma.

RECONOCIMIENTO DE DERECHOS

El quiebre se produce el 15 de julio de 2010 con la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, cuando el Estado argentino reconoce la libre decisión de unir dos vidas sin importar la elección sexual y le da un marco legal. No fue fácil llegar a ese reconocimiento de igualdad. La resistencia fue atroz, desde el pronunciamiento a una guerra santa del entonces cardenal Jorge Bergoglio hasta la tortura discursiva de comunicadores que llegaron a plantear la existencia de un plan siniestro para adoptar niños y después violarlos. Pero nada de todo lo vaticinado sucedió. Se podría haber evitado tanto dolor.

En un Estado machista, tan sólo pensar que las mujeres pueden gozar es suficiente para sonrojar al más ferviente devoto de la sociedad rural. La mujer es madre y encarna ese ser angelado e impoluto cuya abnegación está por encima de todo, y su sufrimiento la enaltece: a mayor martirio, más santa será.

Pero el feminismo se rebela contra esa postura medieval, interpela, opina y decide sobre su cuerpo. Cuestiona los mandatos ancestrales, se libera de la maternidad no deseada. Ya no quiere ser madre si no lo elige, pero también su libertad de decidir (para esta sociedad donde los únicos privilegiados son los varones) va a estar cuestionada.

Quien renuncia al mandato divino es una hereje, una asesina. Las niñas ricas cuidan su virtud en clínicas bien pagas, donde su moral no es cuestionada, y luego de unos días vuelven a ser inmaculadas, mientras las pobres en algún caso logran interrumpirlo o terminan con su vida por acceder a métodos cruentos y sépticos. O, de ser afortunadas, reciben los sermones de curas y médicos que, amparados en la objeción de conciencia, se niegan a practicarles un aborto en un hospital público. La libertad también se mide según el poder adquisitivo.

Parecería que al gozo siempre hay que ocultarlo. El gozo y la libertad son un derecho, pero si es para unos pocos, entonces (por ahora) es una dispensa, y es ahí donde la importancia del Estado cobra nuevamente centralidad, porque viene a intervenir donde no hay justicia.

La interrupción voluntaria del embarazo es una opción. Pero también la libertad de decidir es una cuestión de clase social. Quienes habitan los barrios populares no siempre conocen el derecho a decidir, ni sobre sus cuerpos, ni sobre sus vidas. El yugo moral, y la imposición de las clases dominantes, está presente escribiendo el orden en sus vidas, como castigo.

La presencia de los dogmas religiosos, sumada al machismo reinante en el feudo en que se convierten algunas familias, hacen imposible que una joven tenga soberanía sobre su cuerpo y decida interrumpir voluntariamente un embarazo; o que una piba trans ejerza el libre derecho a la autopercepción, sin antes recibir un sopapo como bienvenida al nuevo orden que comienza en su vida.

Los antiderechos, como los conocemos en el último tiempo, tienen una larga historia, y mucho de ella está escrito en nuestra piel. Es tiempo de sanar y de comenzar nuevos capítulos, en los que los cuerpos sean libres, nuestro color no sea estigma, nuestra elección sexual no sea una deshonra y nuestra elección identitaria no sea una condena. Si la libertad es para pocos, es un privilegio. Construyamos una Nación donde el único privilegio sea ser feliz.

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