Por Adrián Machado


Con la excusa del cumpleaños número 60 de Maradona, reseñamos y recomendamos el excelente documental de Asif Kapadia, que lleva como título precisamente el nombre del ex número 10 de la selección argentina. El film repasa su estancia napolitana, donde alcanzó el mismo status que el patrono de la ciudad, San Genaro, para luego hundirse en todo tipo de problemas.

Maradona cumple 60 años; Diego; Armando; Pelusa; El pibe de oro; El diez, tuvo tantas vidas como sobrenombres. Es un personaje trágico, inconmensurable e inabarcable. No entra en un relato, sin importar el formato elegido -texto, audio o video-, pretender lograr una obra totalizante de la vida de Maradona es una tarea que tiene como destino el fracaso. Así lo entendió el director londinense Asif Kapadia, entre cuyos antecedentes se encuentran dos notables documentales sobre otras estrellas fulgurantes: Amy Winehouse y Ayrton Senna, que eligió enfocarse en los años en que Maradona vivió en Nápoles.

El acierto del documental es la enorme cantidad de material de archivo que exhibe, mucho ya antes visto, pero una cantidad considerable es inédito: el director tuvo acceso a más de 500 horas de grabaciones que habían sido encargadas por el primer representante de Maradona, Jorge Cyterszpiler, para una frustrada película. El metraje se extiende desde 1981 hasta 1987 y estaba dividido en dos partes; la que había pertenecido al fallido proyecto y una serie de filmaciones caseras hechas por la propia Claudia Villafañe, en las que se pueden observar, por ejemplo, a unas pequeñísimas Dalma y Giannina jugando con su padre en Nápoles y Buenos Aires.

El formato de la película estrenada en 2019 no es el de “cabezas parlantes”, las voces de las entrevistas grabadas específicamente para el documental son siempre en off: periodistas e investigadores argentinos y extranjeros, el propio Maradona, su hermana María -una novedad, ya que ha tenido un bajísimo perfil toda su vida-, su ex esposa Claudia Villafañe y el preparador físico, amigo y consejero, Fernando Signorini. Los 130 minutos de duración se centran prácticamente en las casi siete temporadas en que Diego jugó en el Napoli, solamente la breve introducción que repasa sus inicios como futbolista y una pequeña coda que narra sus intentos de desintoxicación no pertenecen a su etapa napolitana.

La cercanía producida por la utilización del archivo en la narración atrae al espectador, nos introducimos en un pequeño auto que traslada a Maradona hacia la presentación de su nuevo club, luego de un tormentoso paso por el Barcelona español. Allí, recibido por más de 85.000 tifosi, tuvo su primer acercamiento a una organización omnipresente en la ciudad y el país por aquel entonces -aunque la situación no ha dado un vuelco rotundo-: la Camorra. La pregunta que rodeaba al club y a Nápoles era como un equipo y una ciudad pobre habían podido adquirir al jugador más caro del mundo.

La primera consulta de la conferencia de prensa en la presentación de Diego Armando Maradona como nuevo jugador del Napoli fue si creía que su fichaje estaba financiado por la mafia napolitana. El presidente de la institución, el peculiar Corrado Ferlaino -hombre fuerte del Napoli por más de 30 años-, cortó bruscamente el tema y echó al periodista. Prontamente el jugador se transformó en un fetiche de un grupo mafioso en particular, el clan liderado por Carmine Giuliano: Maradona debía estar disponible para cualquier evento en que se lo requiriera -inauguraciones de boliches, cumpleaños, casamientos o bautismos-, sin importar día y hora, a cambio obtenía un rolex de oro y provisión de cocaína -adicción que arrastraba desde la época de Barcelona-.

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El ex jugador de Boca Juniors no llegaba con el cartel de indiscutido, su paso por el Barcelona había dejado más dudas que certezas; entre enfermedad y lesiones estuvo mucho tiempo sin jugar y finalmente se fue del club blaugrana luego de una épica batalla campal contra el Athletic de Bilbao en la final de la Copa del Rey de 1984. Más allá de la enorme inversión realizada por el club italiano y las esperanzas depositadas en el jugador surgido de Argentinos Juniors, Maradona no tuvo un trato de estrella al principio -además, el negocio del fútbol distaba mucho de ser lo que es hoy-. Así lo rememora el protagonista en el documental: “Pedí una casa y me dieron un departamento. Pedí una Ferrari y me dieron un Fiat”.

Un equipo cuyo máximo objetivo era la permanencia dentro de la máxima categoría y que no tenía un palmarés extenso -solamente dos Copas Italia hasta el arribo de Maradona- suponía un enorme desafío para el argentino. El campeonato italiano por aquel entonces era el mejor del mundo, el más competitivo y el que concentraba la mayor cantidad de figuras, por lo que el número diez tuvo que modificar su estilo de juego: “El futbol es el arte del engaño y en Italia tuve que cambiar mi forma de jugar, acelerar y pensar aún más rápido”.

El fútbol como juego no predomina dentro del hilo narrativo documental, pero lo atractivo es el nivel de detalle que se puede percibir en fragmentos que no son los habituales cuando se recuerda la actividad futbolística de Maradona: encuentros de la Serie A italiana de la década del ochenta -a la que miles de argentinos seguían los domingos por la mañana a través del viejo Canal Nueve de Alejandro Romay-.

Luego de una primera temporada floja en cuanto a resultados deportivos, en la siguiente el Napoli alcanzó el podio con Maradona como uno de los goleadores del torneo. El racismo partía, y aun lo hace, al país. Cuando los napolitanos jugaban en Turín o Milán recibían canticos y banderas con mensajes racistas y discriminativos: “bañense sucios”, “son la escoria de Italia”, “son africanos”, “tienen cólera”. Diego se hermanó con los fieles hinchas napolitanos.

Antes de conseguir el primer título liguero en la historia del club, Maradona realizó su obra cumbre en el mundial de México y acto seguido le daría la gloria máxima al equipo del sur de Italia. Los festejos duraron dos meses, Kapadia retrata un inolvidable episodio; la enorme caravana celebratoria pasó frente al cementerio de la ciudad y alguien había colgado en la puerta de entrada una bandera con una leyenda que pasó a la historia: “No saben lo que se perdieron”.

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“Cuando estoy en la cancha se va la vida, los problemas, se va todo”, fuera de la cancha la situación era otra. Noches interminables, excesos varios e infidelidades numerosas. Las jornadas nocturnas iban del domingo posterior al partido hasta el miércoles, para el jueves volver a “limpiarse” en vistas al próximo encuentro. En ese momento ya estaba plenamente instalada la divergencia entre “Diego” y “Maradona”, la coraza que había construido el chico salido de la villa para sobrevivir en una jungla de fama, exigencias, medios y desmesura. Diego es el chico de Fiorito que soñaba con jugar un mundial, mientras que Maradona no se podía permitir ninguna flaqueza. Así lo grafica Signorini, recordando un diálogo con su amigo: “con Diego voy hasta el fin del mundo, pero con Maradona no doy un paso”, a lo que recibió por respuesta: “si, pero si no fuera por Maradona seguiría en Fiorito”. Otra anécdota que retrata el estado de situación en aquel momento la brinda el mismo preparador físico al narrar que en un análisis de sangre de rutina un enfermero robó la muestra de Maradona y la colocó junto a la sangre del patrono de la ciudad, San Genaro. “Era un semidios”, dice Signorini.

El relato es el clásico de ascenso, apogeo y caída, pero Kapadia no enfatiza en cuestiones sensacionalistas ni ejerce un ciego fanatismo, lo que dota de verosimilitud al film. Por ejemplo, el episodio con Cristiana Sinagra es tratado de manera íntegra. Sinagra era una joven que trabó cierta amistad con María Maradona y tuvo un hijo que el futbolista no reconoció por casi 20 años.

Tras obtener la Copa de la UEFA en 1989, Maradona le pide a Ferlaino que lo venda. Asfixiado por el ambiente que se creó a su alrededor y por sus propios problemas, deseaba irse a una liga de menor exigencia. El presidente del Napoli no le concedió la petición. 1990 es un año bisagra en la relación de Diego con Italia y los napolitanos. El Napoli vuelve a ser campeón nacional ese año por segunda vez en su historia y Maradona eleva aún más su condición de ídolo -si eso fuera acaso posible-. Acto seguido se disputó el Mundial en ese país.

Fue en ese evento que se produjo el quiebre en la relación con los italianos en general y con parte de la ciudadanía napolitana en particular. En el marco de un campeonato bastante gris, Argentina e Italia chocaron por semifinales en…Nápoles. Previo al encuentro Diego aprovechó para caldear los ánimos: “Pienso que el público dará todo su apoyo a los Azzurri. Pero no entiendo lo que está pasando. Después de tanto racismo, sólo ahora se apuran a recordar que Nápoles forma parte de Italia. Durante 364 días del año se habla de ‘siniestrados’, de ‘terroni’, de apestados, todos ataques infames. Ahora se pide ayuda a esta gente, se descubre que es la mejor del mundo. Ahora, después de haber cacheteado a los napolitanos de todas las maneras posibles, algunos les dicen que son italianos, que lo único importante es que gane Italia, por su orgullo nacional. Es increíble, absurdo, ofensivo. De cualquier manera, no creo que yo vaya a partir el corazón de mis tifosi. Por otra parte, es un problema que no debo resolver yo”, fue parte de la declaración que brindó al Corriere dello Sport antes del partido. Finalmente, Argentina eliminó a Italia por penales -el diez convirtió el suyo- y clasificó a la final contra Alemania Federal.

La vendetta se había puesto en marcha, en el encuentro definitorio el público estaba totalmente volcado hacia los germanos; no por una antipatía hacia los argentinos sino por su encono con Maradona. Uno de los tantos momentos imborrables en la vida del capitán argentino fue el silbido del himno nacional por parte de todo el estadio: “Hijos de puta, hijos de puta”, les espetó. La historia es conocida, la copa del mundo quedó en manos de los teutones, aunque la tirria con el jugador del Napoli no disminuyó.

Pasó a ser la persona más odiada del país y, por lo tanto, se cayeron todas las protecciones: la mediática; los medios del presidente del Milan, Silvio Berlusconi, expusieron su vida privada de manera brutal; fue acusado e imputado por tenencia de drogas con fines de comercialización -lo grabaron hablando con prostitutas y dealers-. Corría febrero de 1991, un mes más tarde cayó otra protección: dio positivo en un control antidoping. La sanción fue ejemplar y lo dejó fuera de la escena futbolística mundial por más de un año: “le arruinaron la vida, sin poder jugar al futbol solo tenía una cosa para hacer”, recuerda Claudia Villafañe en el film, haciendo referencia a la profundización de la adicción de quien fuera su marido.

“Cuando llegué al Napoli me fueron a recibir 85.000 personas, cuando me fui, me fui solo”, se lo escucha decir a Maradona sobre el final de la película. Diego siguió jugando; Sevilla, Newell´s, Boca, Selección Argentina. Pero ya no fue el mismo.

El film de Asif Kapadia sintetiza un momento de esplendor, furia, magia y desmoronamiento de una persona que trascendió ampliamente al fútbol. Los créditos finales encierran una mezcla de angustia y tristeza por la condensación de tantas situaciones vividas por una sola persona en tan poco tiempo. ♣♣♣

#PA.

Viernes 30 de octubre de 2020.



Fuente: Puente Aereo

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