Por Adrián Machado


Despedimos al mejor de todos.

“Yo, Ennio
Morricone, estoy muerto. Lo anuncio a todos los amigos que siempre han estado
cerca de mí y también a aquellos que están un poco lejos, a los que saludo con
gran afecto. Es imposible nombrarlos a todos. Pero un recuerdo especial es para
Peppuccio y Roberta, amigos fraternales muy presentes en los últimos años de
nuestra vida. Solo hay una razón que me impulsa a saludar así a todos y a
celebrar un funeral de forma privada: no quiero molestar. Saludo con mucho
afecto a Inés, Laura, Sara, Enzo y Norbert, por haber compartido conmigo y mi
familia gran parte de mi vida. Quiero recordar con amor a mis hermanas Adriana,
María, Franca y a sus seres queridos y hacerles saber cuánto los he amado. Un
saludo pleno, intenso y profundo a mis hijos Marco, Alessandra, Andrea,
Giovanni, mi nuera Mónica y a mis nietos Francesca, Valentina, Francesco y
Luca. Espero que comprendan cuánto los he amado. Por último, María pero no
última. A ella le renuevo el extraordinario amor que nos mantuvo unidos y que
lamento abandonar. A ella la despedida más dolorosa”.

Con esa carta póstuma se despidió Ennio Morricone de sus seres queridos. El lunes el mundo se hizo eco de la muerte de uno de los más grandes compositores de música y directores de orquesta de los últimos 50 años, cuya obra será eternamente sinónimo de la melodía del séptimo arte: lo realizado con la trilogía del dólar –“Por un puñado de dólares”, “Por unos dólares más” y “El bueno, el malo y el feo”- modificó radicalmente la relación entre la imagen y el sonido en el cine.

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Clint Eastwood y Sergio Leone fueron fundamentales en la carrera cinematográfica de Morricone: el compositor trabajó en 6 de los 7 films de su compañero de escuela: A los tres ya mencionados -rodados del 64´al 66´- se le agregan: “Érase una vez en el oeste” -1968-, “Los héroes de Mesa Verde” -1971- y esa maravilla llamada “Érase una vez en América” -1984-, completando con éstas otra trilogía: la del tiempo. Por su parte, el actor fue lanzado al estrellato luego de aquellos films de spaghetti western.

Si, Ennio
Morricone y el director de cine Sergio Leone fueron compañeros de escuela: “El
apellido Leone no me resultaba nuevo, pero, en cuanto lo vi en la puerta de casa,
algo en mi memoria se activó inmediatamente. Noté enseguida un movimiento en su
labio inferior que me recordaba algo: aquel hombre se parecía a un chiquillo
que había conocido en tercero de primaria.

Yo le pregunté: ‘Pero ¿tú eres Leone, el de mi colegio?’

Y él: ‘¿Y tú Morricone, el que iba conmigo al viale Trastevere?’

Como para no creérselo.

Cogí la vieja fotografía del colegio y ahí estábamos los dos. Fue increíble que nos encontráramos después de treinta años”, de esa manera rememoró el encuentro ante el compositor, escritor y discípulo Alessandro de Rosa.

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Sobre la intención de Leone de adaptar el western clásico también se ha referido su amigo: “No sé si en 1964 ya tenía esa idea, pero enseguida pude vislumbrar en él una gran ambición: la de reescribir el western enlazándolo tanto con el modelo estadounidense como con la commedia dell’arte italiana, apartándose de ambos lo suficiente como para que fuesen reconocibles pero también nuevos, innovadores, pero una cosa era decirlo y otra, hacerlo”.

El 23 de diciembre de 1966, en el Supercinema de Roma, se estrena “El bueno, el malo y el feo”, el último perdigón de la trilogía del dólar. La película empieza con el célebre aullido del coyote sobre los créditos de Iginio Lardani…y el creador reveló el porqué de la inclusión de dicho chillido: “los relatos de Leone me sugirieron la idea de incluir el aullido del coyote para evocar la violencia animal del Salvaje Oeste, pero ¿cómo podría lograrla?

Pensé que, si
sobreponía dos voces roncas masculinas, una que cantaba A y otra E de una
manera exagerada, entre el sforzato y el falsete, conseguiría acercarme
a ello.

Fui a la sala de
grabación, hablé con los cantantes, grabamos añadiendo un ligero retumbe y el
efecto funcionó”.

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Su asociación con Leone, su producción, atravesó el mundo conquistando audiencias intergeneracionales y policlasistas. Morricone considera que el éxito tiene un factor determinante: “creo que es por la sonoridad, esa sonoridad que buscan los grupos de rock: un timbre sonoro con el que identificarse, un sonido. Por otro lado, pienso que mucho se debe al carácter cantable de las líneas melódicas y a la armonía: siempre son sucesiones de acordes muy sencillos. Además, estoy convencido de que las películas de Sergio han hablado a muchas generaciones precisamente porque era un director de cine innovador que daba tiempo para que la música se escuchara. Habida cuenta de cuánto lo siguen imitando todavía hoy, no creo que se precisen más comentarios”.

Es pertinente destacar un último aspecto de la relación entre estas dos figuras, en la extensa conversación que citamos -ubicada dentro del maravilloso libro “En busca de aquel sonido”-, el director orquestal hace referencia a que el cine de Sergio Leone siempre fue menospreciado por la crítica: “Había mucha miopía y muy fuertes divisiones ideológicas en todos los terrenos: Hasta que llegó su hora -Érase una vez en el Oeste- se estrenó en 1968. A pesar de la gran aceptación del público, las películas de Sergio Leone seguían siendo consideradas de serie B. La crítica las desestimaba y las descubrió solo mucho más tarde, especialmente después de Érase una vez en América -1984-. Decían: ‘¿Acaso Leone se ha vuelto loco con todos esos primeros planos?’. Lo atacaban con aspereza”. Sobre ésta última obra reflexiona: “la considero la obra maestra de Sergio, me pregunto dónde habría llegado si hubiese tenido la posibilidad de rodar más películas. Hacía años que Leone me contaba esa historia y comencé a elaborar los temas tomándome el tiempo necesario. A pesar de que hubo muchos guionistas, todo estaba claro en su mente. Fue un proyecto muy trabajado, Sergio no dejó nada al azar. Se ocupó de todo, desde los primeros timbrazos atípicos de teléfonos que suenan al principio de la película”.

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Ennio Morricone nació y murió en la capital italiana, su historial apabulla: autor de más de 500 obras para cine y TV, 27 discos de oro y siete de platino, 6 nominaciones para el Oscar, con dos triunfos -uno a la trayectoria, ese atajo que toma Hollywood para enmendar sus deudas-. Fue nominado por: Días de gloria, de Terrence Malick, en 1979; La Misión, de Roland Joffé, en 1987; Los intocables, de Brian De Palma, en 1988; Bugsy, de Barry Levinson, en 1992; Malena, de Giuseppe Tornatore, en 2001; y Los 8 más odiados, de Quentin Tarantino, en 2016 -finalmente ganó la estatuilla por este film-.

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Leone no fue el único grande del cine italiano con el que colaboró Morricone, ya que habría que destacar también a Bernardo Bertolucci -Antes de la revolución, Novecento, La Luna-, Pier Paolo Pasolini -Teorema, El Decamerón, Las mil y una noches-, Gillo Pontecorvo -La batalla de Argel-, Marco Bellocchio -I pugni in tasca-, Mauro Bolognini -Libera, amor mío, Maridos y amantes-, Sergio Corbucci -El gran silencio-, Giuliano Montaldo -Sacco y Vanzetti, Giordano Bruno-, Elio Petri -La clase obrera va al paraíso, Todo modo-, Luigi Comencini -La mujer del domingo-, Liliana Cavani -El amigo americano- y Dario Argento -El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas-. Su amigo Tornatore -con quien trabajó también en Cinema Paradiso, La desconocida, Fabricante de estrellas y Una pura formalidad- le dedicó el documental The Glance of Music, en reconocimiento a su obra. Pero no fue el único.

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Además de otros trabajos audiovisuales sobre su obra, muchos colegas lo admiraban: Metallica siempre comienza sus shows tras los acordes de The Ecstasy Of Gold, de “El bueno, el malo y el feo”, Bruce Springsteen siempre lo calificó como un genio. Morricone también fue arreglador de numerosos artistas populares, de Rita Pavone a Luigi Tenco, pasando por Mina y Domenico Modugno. Como dato curioso de su palmarés, compuso la marcha del Mundial 1978 de Argentina.

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Quentin Tarantino, que le rindió homenaje en Kill Bill -2003- y Bastardos sin gloria -2009-, le dio la oportunidad de ganar un Oscar, después de haber estado nominado en cinco oportunidades. Fue con el soundtrack de Los ocho más odiados -2016-. Sobre el director de Jackie Brown, el compositor se expresaba en consecuencia: “Siempre lo he considerado un gran director de cine. Tarantino devora el cine. Para mí, no todas son iguales; por ejemplo, Django desencadenado no es una de mis preferidas: aborda la historia de los negros esclavizados en Norteamérica de forma original, como siempre hace Tarantino, pero cuando la sangre se pone a manar de esa manera, ya no me gusta. Para mí es una película de ‘terror’ (…) La anterior, Malditos bastardos -2009-, está muy bien hecha, para mi gusto. Hay la misma gran violencia, marca de fábrica del director, pero está administrada de otra manera. Los diálogos son extraordinarios, la interpretación, fantástica. Malditos bastardos es una película excepcional”.

También fue convocado por numerosos realizadores extranjeros, como los citados Brian De Palma -Pecados de guerra, Misión a Marte-, Terrence Malick y Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar -¡Atame!-, Roman Polanski -Búsqueda frenética-, John Carpenter -El enigma de otro mundo-, Oliver Stone -U-Turn: Camino sin retorno-, Wolfgang Petersen -En la línea de fuego-, Edward Dmytryk -El factor humano-, así como para la exitosa saga de La jaula de las locas.

Apasionado del ajedrez, “a veces, precisamente, lo imprevisible. Un movimiento que sale de la rutina es, en efecto, más difícil de prever”, eso es lo que lo entusiasmaba del juego. Ha practicado la clásica disciplina junto a directores amigos: “Con Terrence Malick he jugado unas cuantas partidas y he de reconocer que es mucho mejor que yo. Con Egisto Macchi, las partidas eran mucho más disputadas. Aldo Clementi era un rival muy difícil: creo que de diez partidas, él me habrá ganado al menos seis”. Tal era la ligazón con el ajedrez que lo llevó a desafiar al gran maestro Boris Spaski: “Creo que fue en el mejor momento de mi carrera de ajedrecista, acabamos en tablas. Aquella partida fue estupenda, en opinión de algunos que la presenciaron”.

El amor de Morricone por el ajedrez era de una magnitud tal que confesó haber pensado dedicarse de manera profesional, así como a la medicina: “Si no hubiese sido compositor, me habría gustado ser ajedrecista, pero de alto nivel, un aspirante al título mundial. Entonces sí habría valido la pena dejar la música y la composición. Pero no fue posible. Como tampoco pude cumplir mi ambición infantil de hacerme médico”.

La afición por la música se dio de manera mucho más silvestre, no fue una vocación: “De niño, como te decía, tenía dos ambiciones: primero quería ser médico y, más tarde, ajedrecista. En ambos casos, me habría gustado destacar en mi terreno. Pero mi padre, Mario, trompista de profesión, no pensaba como yo. Un día me puso la trompeta en las manos y me dijo: ‘Os he criado a vosotros, que sois mi familia, con este instrumento. Tú harás lo mismo con la tuya’”.

La trillada frase “una vida de película” si se aplica a Ennio Morricone, pues su participación en la industria cinematográfica se remonta a principios de los años 60’: “La primera película cuya banda sonora firmé enteramente fue El federal, de Luciano Salce, de 1961, con Ugo Tognazzi y una Stefania Sandrelli jovencísima, de apenas quince años. El acercamiento a la gran pantalla fue gradual, después de años repartido entre la radio, la televisión y la discografía, trabajando como ayudante de muchos compositores conocidos en aquella época”.

Mucho para alguien que en un principio no consideró seriamente llegar a ser un compositor célebre de bandas sonoras cinematográficas.

Además de la inigualable relación con su esposa, hay otra relación de suma importancia que ha transitado casi toda su vida: la del compositor y el director de cine. La considera de máxima importancia: “ese es el eslabón más delicado de la cadena. Y el más importante. El director es el dueño de la obra para la que trabajo y confrontar ideas durante el proceso creativo suele estimularme mucho, me brinda otros puntos de vista, me obliga a hallar otras soluciones. Cuando, al revés, en fase de producción falta esa confrontación y hay demasiada tranquilidad, me siento un poco ‘abandonado’ y a veces siento que no he dado lo mejor de mí. Un buen diálogo ayuda siempre, porque optimiza puntos de vista semejantes y aproxima ideas o enfoques en principio alejados”.

Nos quedará siempre su obra, para rememorarla desde múltiples ángulos. Para el final dejamos la banda de sonido de un film que no integró el acervo western de la carrera de Morricone: Il Clan Dei Siciliani, una película magnífica, protagonizada por Alain Delon, Jean Gabin y Lino Ventura, cuyo tema insignia es menester escucharlo en loop a muy alto volumen. ♣♣♣

#PA.

Viernes 10 de julio de 2020.

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