El gobierno consiguió la aprobación de la reforma laboral en Diputados y vuelve al Senado para su sanción

El gobierno consiguió la aprobación de la reforma laboral en Diputados y vuelve al Senado para su sanción

 

El gobierno logró después de la medianoche la aprobación de la reforma laboral en la Cámara de Diputados por 135 votos contra 115, luego de conseguir el apoyo de los gobernadores Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil y Gustavo Sáenz, además de los bloques aliados del PRO, la UCR y las bancadas más pequeñas. 

De hecho, los catamarqueños Fernanda Ávila, Sebastián Nóblega y Fernando Monguillot se dieron el lujo de votar en contra de la norma porque el oficialismo estaba sobrado en número, gracias a los tres salteños, los cuatro misioneros, los dos tucumanos que se pronunciaron a favor -el tercero, Javier Noguera, no estuvo para la votación- y los tres cordobeses que se ausentaron. Incluso, Martín Llaryora pudo instrumentar no solo el faltazo de Juan Schiaretti, Alejandra Torres e Ignacio García Aresca sino también el reparto para que Carlos Gutiérrez vote como los libertarios y Juan Brugge con el lote opositor.

Durante la votación en particular, el Título I se aprobó también por una holgada mayoría y sin la incorporación del artículo Galperín que reclamaba el PRO, mientras que el Título II, correspondiente al FAL, salió por 130 voluntades por la afirmativa, 117 por la negativa y las abstenciones de Lourdes Arrieta, Karina Banfi y el rionegrino Sergio Capozzi.

Al momento de someterse a consideración el Título III, volvió a suscitarse un intenso debate por el traspaso de fuero laboral a la órbita de la Ciudad de Buenos Aires. No obstante, el bloque de LLA reunió 135 votos positivos, la oposición alcanzó 110 negativos y hubo cinco abstenciones, correspondientes a los radicales Martín Lousteau, Mariela Coletta, Jorge Rizzotti y María Inés Zigarán, junto a los lilitos Maximiliano Ferraro y Mónica Frade.

Pichetto destrozó el FAL: «es un fondo creado para el negocio financiero del ministro Caputo»

Uno de los aliados que votó a favor tanto en general como en particular le dijo a LPO que el gobernador de su provincia fundamentó sus instrucciones para que respalde la ley con argumentos temerarios. «No te pares adelante del auto que viene a 200 kilómetros por hora, dejalo pasar y que choque solo», habría sido el resumen.

La lectura de ese cacique provincial es que «lamentablemente hay que dejar que los libertarios avancen». «El argentino vota bien cuando le va mal y vota mal cuando le va bien», presumió ante su mano derecha en el Congreso.

Tal como anticipó LPO, la ausencia de los diputados cordobeses Schiaretti, Torres y García Aresca restó fuerzas a una oposición que se desgranó irremediablemente, pese a que Llaryora había comprometido su apoyo a la CGT, pero tampoco asistieron el riojano Sergio Casas y el fueguino Agustín Tita por Fuerza Patria.

Vancsik, Herrera Ahuad, Giudici, Vega y Fernández.

Aunque en la última reunión de bloque de la bancada peronista se evaluaron acciones que impidieran o entorpecieran el avance de la sesión de este jueves, el despliegue de los legisladores liderados por Germán Martínez no pudo superar siquiera la voluntad mayoritaria de los libertarios y sus aliados para imponer su propio plan de labor. Al inicio de la tarde, Paula Penacca, Agustín Rossi, Cecilia Moreau, Carlos Castagneto, Lorena Pokoik y Germán Martínez llegaron a piquetearle el estrado a Martín Menem, que sorteó el sitio con la serenidad de contar con los votos suficientes.

Jaldo, Jalil y Sáenz le dieron a Menem el quórum para tratar la reforma laboral

En medio del desorden, la santafecina Florencia Carignano aprovechó la batahola contra el titular de la Cámara Baja para arrancarle los cables a los micrófonos y los módem de los taquígrafos.

Por su parte, el exsecretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, llevó hasta las narices del riojano una cadena, para resumir el significado de la ley en discusión con la metáfora de la esclavitud.

Diputados kirchneristas rodean a Menem.

La tensión parecía inmanejable pero, con astucia, Menem concedió a Hugo Yasky la oportunidad de realizar un homenaje a Beto Pianelli, el reconocido dirigente gremial del sindicato del subte que falleció el pasado 29 de enero, y el alboroto se diluyó.

Si bien la jornada continuó casi sin zozobra, a excepción de los cruces entre los kirchneristas y los peronistas que dieron quórum, el peronista rionegrino Marcelo Mango sacó de la galera a las 21:18 una moción para que regrese a la comisión el proyecto de ley y se revise su constitucionalidad. Mango aprovechó que el recinto estaba semivacío, porque los libertarios se habían ido a cenar, y Luis Petri, al mando de la sesión, se apuró a mensajear en el grupito de WhatsApp a sus colegas de bloque para que retornen.

Menem y los suyos llegaron con los justo para superar la cantidad de votos del peronismo, que pretendía dinamitar la sesión con la vuelta a comisión. Mango había argumentado que había «un vicio de nulidad absoluta por el artículo 52 de la Constitución», que establece que por los aspectos tributarios del proyecto correspondía su ingreso por la Cámara de Diputados.

El peronista rionegrino Marcelo Mango sacó de la galera una moción para que regrese a la comisión el proyecto de ley y se revise su constitucionalidad. Aprovechó que el recinto estaba semivacío, porque los libertarios se habían ido a cenar, y Luis Petri, al mando de la sesión, se apuró a mensajear en el grupito de WhatsApp a sus colegas de bloque para que retornen.

Sin embargo, el secretario parlamentario, Adrián Pagán, dijo que la moción no podía hacerse porque requería quórum, con 129 legisladores sentados a sus bancas, y desde el peronismo contestaron entonces que la sesión debía declararse caída. La exradical macrista Silvana Giudici pidió la palabra para darle tiempo a la tropa oficialista para llegar a sus bancas, hasta que Menem habilitó la votación de la moción de Mango y consideró que el resultado arrojó un rechazo a mano alzada.

La propia Giudici planteó una moción de orden para que se vote en media hora el proyecto de ley en general y, aunque su iniciativa prevaleció, retiró su propuesta después de una reunión con todos los presidentes de bloque. La oposición se había quedado sin recursos para frenar la reforma.

 

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • Funcionamiento de la Escuela de Arte en el marco de las restricciones

    La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina informa que, en el marco de las medidas sanitarias, la Escuela de Arte lleva adelante el dictado de talleres en forma virtual en la medida que las características de los mismos lo permiten. Además, de acuerdo a lo manifestado por el coordinador de la Escuela…

    Difunde esta nota
  • DECRETO DE EMERGENCIA, EL PERMITIDO DE LA DIETA

    El gobierno nacional declaró la emergencia económica, productiva, financiera y social, por un año, a la cadena de producción de peras y manzanas de las provincias de Río Negro, Neuquén, Mendoza, San Juan y La Pampa, según el decreto 1125/2017 publicado en el Boletín Oficial. El decreto faculta al presidente Mauricio Macri a instrumentar regímenes…

    Difunde esta nota
  • Una fiesta de puertas abiertas

     

    Tum, tum, tum. ¡Ya llega el murgóóóón / que de Boedo es! Tum, tum, tum. ¡Así trae el fervoooor que ya sabés! Tum, tum, tum. ¡Se vienen a luciiiir los murgueros acá! ¡Alentándote a voooos, mirá el murgón! ¡Muy buenas noches! Ya está desfilando el centro murga Ilusiones de una noche, del barrio de Boedo. Rojo, negro, blanco y turquesa son los colores que llevamos en el corazón. ¡Fuerte el aplauso para ellos!

    Las mascotas adelante, las fantasías detrás, murgueras y murgueros tiran los pasos prohibidos, las patadas en el aire, el cuerpo que parece caer pero se levanta, rebota, brilla. Tum, tum, tum. ¡Boedo! Los bombos y redoblantes completan el ingreso de este centenar de personas —esta familia— que lleva casi todo un año ensayando, igual que tantas otras, en una plaza de Buenos Aires.

    “Suenen bombos y platillos
    Hagan el barrio vibrar
    Canten todos con más fuerza
    Ya comienza el carnaval”

    El cielo encapotado de un septiembre que no entibia. Algunos pocos vecinos alrededor del anfiteatro. Parece mentira la promesa de un verano y de su fiesta en la calle. Y aunque todavía son pocos, ahí están: no más de quince chicas y chicos que bailan al compás de la percusión. Recuerdo haber estado alguna vez en un corso cuando era chico, en los ya lejanos años ochenta. Es una imagen borrosa y triste, como casi todo en la infancia. La murga me empezó a gustar de grande. Escucho la percusión y enseguida sigo el ritmo. Los veo bailar y sonrío; me encantaría moverme así, pero por el momento agradezco tener algo que me alegre. Por eso no entiendo que tanta gente no lo disfrute. Algunos hasta parece que la odiaran. Yo me mudé hace poco al barrio y uno de los motivos fue su identidad. Así que apenas escuché los bombos corrí a la plaza. Pregunté quién era el responsable de Ilusiones de una noche. Quería saber cómo es una murga más allá de los prejuicios que circulan en medios y en redes sociales, de la queja de los vecinos “por el ruido” y de las denuncias de violencia y aprovechamiento político. Qué tipo de gente la habita. Por qué nos gusta tanto a muchos y a otros les molesta tanto.

    “Siempre fui murguero
    de un barrio de tango
    y entre conventillos
    aprendí a bailar”

    Gastón “el Tonga” Vassallo tiene cuarenta y un años y es el director general de la asociación civil Ilusiones de una noche, que ya supera las dos décadas de vida. “Vomitar arte”, dice sentado en lo alto del anfiteatro de la plaza Mariano Boedo, atento a cada detalle, y aclara que usa esa palabra por la “virulencia” de haber transitado la juventud en los noventa. Me cuenta que estaba vivo cuando mataron a Walter Bulacio y recuerda cuando lo agarraron entre cuatro policías y le pegaron. “Esto es una expresión artística, pero es también una revancha de lo que nos pasa como pueblo”. Mientras a nuestro alrededor los murgueros y las murgueras se bambolean con sus pasos, es fácil imaginar la bronca contenida que hubo detrás de esa alegría.

    En los orígenes de la murga porteña, igual que en los del tango, están los esclavos negros. Los arrancaban de países distintos, de tribus distintas, de idiomas que no servían para hablar entre ellos. El baile era su manera de comunicarse. En cuanto podían liberarse del trabajo de sol a sol, invertían roles: se ponían al revés los trajes de los patrones, ubicaban galera y bastón y bailaban para burlarse del amo. “Y todavía hay gente que hoy, en 2026, nos dice negros de mierda”, reflexiona el Tonga, que además de director de una murga está camino a recibirse de licenciado en Higiene y Seguridad en el Trabajo. Lo cierto es que en Boedo la convivencia es bastante pacífica, aunque más de una vez algunos vecinos hicieron denuncias por ruidos molestos. Los patrulleros llegan, pero no tardan en irse al comprobar que todo está en regla. En otros barrios, sí: hace poco hubo un enfrentamiento con una murga de San Cristóbal. Acusaciones cruzadas, insultos, golpes. Alguna vez, también, volaron huevos desde los balcones.

    “La calle empedrada
    y el ritmo de un bombo
    que con su platillo
    me puso a soñar”

    “Antes se llamaba murga al grupo de chicos de un barrio que salíamos disfrazados por las calles a ganarnos el mango —explica Enrique ‘Marciano’ Ausmeque, que a sus casi ochenta años ostenta el diploma de ser uno de los dos sobrevivientes de los fundadores de Los Cometas de Boedo, nacida en 1959—. El bombo lo hacíamos con una lata de galletitas Canale y los platillos, con dos tapas de cacerolas —cuenta, sentado en el living de su casa, este hijo de carpintero que trabajó toda su vida arreglando persianas—. Salíamos a las tres de la tarde por los bares del barrio. Los muchachos nos llamaban a las mesas para que nos acercáramos a cantarles canciones picantes. Después nos íbamos al subte, vagón por vagón, pasando la gorra. De a poco fuimos creciendo hasta que nos invitaron a participar de los corsos”. Entre los años cincuenta y sesenta, los carnavales en la ciudad eran multitudinarios, el público se disfrazaba, las murgas eran larguísimas. “En el mejor momento llegamos a ser más de trescientas personas —recuerda Marciano, sin pena y con nostalgia—. En el público eran miles, los corsos ocupaban diez cuadras. Pero cuando llegaron los militares cambió todo”.

    “Yo llevo murga en el alma
    la rebeldía también
    si canto con entusiasmo
    los corsos saben por qué”

    “Existe ese prejuicio de que el murguero es un negro cabeza que no estudia ni trabaja —dice Stella ‘la Peque’ Cabañas, de veintiocho años y una personalidad fuerte que asoma enseguida—, pero hay gente con título, gente sin trabajo, gente que gana fortunas y otros que no tienen para comer. Las puertas están abiertas. Lo que buscamos es que sea un círculo de contención”. La Peque es directora de percusión y directora general junto con el Tonga. Además, enfermera y empleada de un call center. Entró porque le insistieron las amigas. Primero, por edad, fue premurguera. Después se enganchó con la percusión. Algo poco usual: por lo general, los percusionistas son hombres. “Como directora, me fijo que todos tengan su bombo, que puedan tocar, que aprendan su ritmo —dice en su casa, rodeada de apliques con los que decorará su vestuario y el de sus compañeros—. Pero además acompaño, escucho, sé qué les pasa a los demás. Si alguien no aparece por mucho tiempo, se lo busca. Si hay un problema entre dos integrantes, se intercede. Sería algo así como la tía copada”.

    “Señores, hoy criticamos
    con toda sinceridad
    por eso quieren prohibirnos
    nuestras calles y carnaval”

    El tiempo pasa rápido entre un domingo de ensayo y el siguiente. El clima más benévolo de octubre invita a sumarse, pero para noviembre la murga ya es casi el doble de grande. Esta plaza —que supo ser una antigua estación de tranvías y fue espacio verde gracias a la lucha de los vecinos— y tantas otras en la ciudad empiezan a llenarse. Yo bajo con mi mate. Es la primera vez que vivo en un barrio con una historia tan rica —el tango, la literatura, el arte pintado en las calles— y pienso disfrutarlo. Hay otras siete murgas en Boedo, pero esta es la nuestra. Mamás y papás de las “mascotas” —los chicos entre cinco y doce años— hacen lo mismo que yo mientras sus hijos se divierten tirando pasos.

    Nuevos integrantes de la familia hacen su entrada: Pablo Tozzo, que se ocupa de escribir las canciones que acompañan esta crónica. Tiene sesenta años, trabaja como chofer y se enamoró de la murga a los nueve, cuando bailaba en Los Viciosos de Villa Martelli. Hablamos por videollamada después de un ensayo. “Cuando volvió la democracia —dice Pablo, que además hizo cursos de quiropraxia y es el encargado de acomodar los huesos de sus compañeros—, cortábamos la calle por nuestra cuenta y salíamos, pero teníamos que correr cada vez que venía la policía”. Le pregunto por qué hay tanta resistencia en algunos sectores. “Lo que molesta es que el pueblo tenga algo de donde servirse sin tener que poner un peso”, responde con seguridad, aunque agrega que también hay cuestiones políticas en el medio.

    “Señores, los jubilados
    seremos todos un día
    hoy te vetan un aumento
    y mañana la comida”

    La entrada de la murga al corso se divide en partes: saludo, presentación, despedida. La más esperada es la crítica, el momento en que el pueblo canta contra el poder. Una forma colorida de reclamar y rebelarse. Sin embargo, los límites existen. “Si le llego a sentir olor a porro a alguno, lo bajo en cualquier lado”, asegura Marciano, con una convicción que inspira respeto. Dice que mucha gente cree que los murgueros son todos “negros borrachos”, pero que en carnaval compra mil trescientos litros de agua mineral para llevar en los micros. “Entonces, ¿qué hago? —pregunta y se responde él mismo—: dejo salir la murga y a mitad de camino me subo al primer micro. Me voy al tambor donde está el agua, a ver si no le echaron otra cosa. Si está todo bien, bajo en el siguiente semáforo y me subo al otro micro. Hay chicos en la murga. Están mis nietos. No voy a permitir desde ningún punto de vista que pasen esas cosas”.

    “Siempre fui murguero
    de un barrio de tango
    y entre conventillos
    aprendí a bailar”

    La familia es clave en este mundo de bailes alborotados y golpes de bombo. Ezequiel Cuomo es hincha de San Lorenzo (por eso prefiero hablar con él) y tiene diecinueve años. Toca el bombo, pero además es guitarrista de una banda que mezcla el heavy metal con el thrash. Su madre, sus dos tías y su abuela también fueron murgueras. La abuela le enseñó a coser su propio traje. Ezequiel también arregla sombreros funyi para otros murgueros. “Para entender a un murguero tenés que ser amigo o familiar de un amigo —dice sentado bajo un jacarandá—. Si tuviste un mal día y no encontrás una salida, venís acá y estás en familia. Eso no quiere decir que no giren cosas, pero la mayoría de las veces son cosas lindas”.

    “Yo no entiendo a la gente —nos interrumpe una señora que nos escuchó hablar, debe andar por los setenta años, vive ‘justo enfrente de la plaza’ y lleva un caniche toy a cuestas—. Acá tienen un espectáculo gratis, una actividad para que los chicos hagan sin estar pegados al celular. Es ideal para toda la familia, pero en lugar de disfrutarlo, se quejan del ruido”. Se sorprende, y a mí me pone contento saber que tengo una vecina que piensa igual que yo.

    “La calle empedrada
    y el ritmo de un bombo
    que con su platillo
    me puso a soñar”

    Solo diez de aquellas primeras murgas porteñas sobrevivieron a la dictadura. La perseverancia de muchos vecinos y vecinas de la gran familia murguera mantuvo este pedazo de identidad de Buenos Aires de pie. En 1997, la Legislatura declaró al carnaval porteño Patrimonio Cultural de la Ciudad. En 2011 se restituyeron los feriados que habían sacado los militares. Hoy, más de cien de estos centros y agrupaciones participan de las actividades que organiza el gobierno de la ciudad. También hay una buena cantidad que funcionan por fuera del circuito oficial. ¿Y hay plata oficial?, le pregunto al Tonga, porque es lo que escuché que se hablaba en televisión por estos días, por el enfrentamiento entre una murga de San Cristóbal con un grupo de vecinos. “Hacer una salida cuesta alrededor de doscientos cincuenta mil pesos por micro. El presupuesto que asigna la ciudad por murga para todas sus presentaciones es de un millón ciento setenta mil pesos que recibiremos el próximo julio. O sea: como mucho, pagamos cuatro micros y lo cobramos seis meses después. Por eso la mayor parte la financiamos nosotros mismos con rifas o eventos a lo largo del año. También ponemos plata los directores”. Le pregunto si hay murgas bancadas por la política. Me dice que no es el caso de la mayoría, pero que “hay de todo, como hay de todo siempre”, y se levanta para sumarse a tocar el bombo.

    “Yo soy un murguero reo
    Boedo es donde nacimos
    lugar de los carnavales
    bombo y platillo son mis latidos”

    La de mi plaza es una murga joven, pero ya tiene su historia. Mariano “Marianito” Domínguez es uno de los fundadores. Aunque hoy es encargado de un edificio en Villa Crespo, nació y se crió en el barrio. Se acercó al mundo de la murga en un taller que daban en el colegio. Los Cometas de Boedo eran su inspiración; fue parte de La Gloriosa hasta que, junto con su hermano y un par de amigos, le dieron forma a Ilusiones de una noche. Aunque está alejado de la murga porque, dice, “para estar hay que estar”, algún que otro domingo viene a ver cómo va todo. Marianito pertenece a la misma generación que el Tonga y habla desde la madurez de haber tenido veinte años en una época difícil. “Durante mucho tiempo hubo rivalidades y peleas. Acá también se traían los problemas del fútbol. Nosotros no podíamos ir a Parque Patricios. Después nos dimos cuenta de que estábamos todos defendiendo nuestro arte, ¿cómo nos íbamos a pelear?” Le pregunto por qué cree que tanta gente siente rechazo por lo que hacen. “Hay mucha desinformación —dice sentado en un banco desde donde alcanzo a ver el balcón de mi casa—, mucho prejuicio y mucha gente que tiene dos pesos más que vos y pasa por acá y te mira de reojo. Pero todos vivimos en el mismo barrio, así que tan diferentes no debemos ser”. Y deja una frase: “El carnaval son las vacaciones de los pobres”, mientras el sol cae y los redoblantes serpentean en el aire.

    “¿Cómo aguantás el ruido?”, me pregunta un vecino que me cruzo en el ascensor un domingo cualquiera. Le respondo que no me molesta, que son nada más que dos horas de ensayo por semana y que, al contrario, me gusta. El hombre, de unos sesenta años, perfume intenso y camisa abierta por el calor, me dice que él ya no sabe qué hacer, que no lo dejan dormir, que están todo el día dale que dale con el bombo. Le repito que son nada más que dos horas, de seis de la tarde a ocho, que tienen autorización de la ciudad y que el horario se respeta siempre. Le recuerdo que cuando se organizan encuentros de zumba en la plaza hacen más ruido y nadie se queja. Se baja del ascensor sin saludarme.

    “Hoy me puse la levita
    vos me pediste que baile
    el corazón late fuerte
    y ahora no hay quien lo pare
    Llegamos hoy desfilando
    y desfilando nos vamos
    Que suenen fuerte los bombos
    y el murgón ya se está yendo”

    Febrero en Buenos Aires. Mercedes Tozzo, Mechi, la hija de Pablo, revolea piernas, salta, baja la mano al suelo. “¡Boedo!”, grita con sus compañeras desde la columna de las murgueras. Tiene treinta y un años, cuatro hijos y está casada con un bombista de otra de las murgas del barrio. Llegó por herencia familiar: se emociona al acordarse cuando eran chicos y su papá los hacía saltar la valla a ella y a su hermano para que se sumaran a bailar. “La murga es mi lugar en el mundo, mi lugar de paz —dice, y los ojos se le llenan de lágrimas—. Ese sonido del bombo con platillo y redoblantes me lleva a cuando tenía cuatro o cinco años y con mi viejo jugábamos con espuma y bombuchas”. Para Mechi, “hay mucho odio y la resistencia viene por el desconocimiento de los orígenes de las murgas, nuestra historia y la posibilidad de expresar al menos un mínimo de esa sensación de sentirse libres”.

    “Señora, nos retiramos
    y hay más cosas para contar
    les pido todos las griten
    a la hora de votar”

    La primera noche de carnaval en Boedo deja atrás sus ecos de rebeldía, sus colores, su desfile de circo urbano. Al igual que otras tantas murgas, Ilusiones de una noche acaba de sacar a relucir seis meses de ensayo, pasos, golpes, patadas, letras contra los políticos que nos empobrecen. Murgueras y murgueros se suben exhaustos y satisfechos a los micros. Gastón, la Peque, Pablo, Mechi, Ezequiel y otros artistas que forman parte de la familia murguera dejarán caer ese cuerpo que tantas veces amagó con desarmarse frente a grandes y chicos, entre la espuma y la brisa del verano. Parten rumbo a la próxima presentación, en otro barrio porteño. Camino de regreso a casa, me alejo lo suficiente como para mezclarme otra vez con esa ciudad que le da la espalda a sus murgas. Probablemente el odio tenga que ver con ese asco que una parte de la sociedad le tiene a su propio espejo. Pero vuelvo a acordarme de manera difusa de aquel corso cuando era chico; quizás para muchos la infancia también sea un recuerdo ya demasiado borroso, y eso los pone tristes. Así como debían sentirse los esclavos de la Buenos Aires del siglo XIX. Una tristeza alegre que también es un baile de libertad. Esa palabra que en estos tiempos nos resuena tan contradictoria como necesaria.

    La entrada Una fiesta de puertas abiertas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota
  • ‘Inodoro Pereyra, el renegau’, una imperdible obra teatral

    La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina invita a la presentación de la pieza ‘Inodoro Pereyra, el renegau’ a cargo del Teatro de la Comedia de la Fundación Cultural Patagonia. La cita es el sábado 17 de abril a las 21 horas en el Galpón de las Artes. La entrada es al…

    Difunde esta nota
  • Se puso en marcha el ‘Curso de educación vial en mi barrio’

    En el SUM ‘Eva Unaiche’ de barrio Nuevo, la Dirección de Tránsito de la Municipalidad de Villa Regina puso en marcha este jueves el ‘Curso de educación vial en mi barrio’ con el objetivo de acercar a los vecinos la realización de los trámites para obtener ‘Mi primer licencia’ y la Renovación de licencia de…

    Difunde esta nota
  • Efecto Monotributo: Se derrumba la acción de Mercado Libre, por la fuga de Mercado Pago

     

    Mercado Libre crece pero la acción se derrumba. No es contradicción es el síntoma de algo más grande: el choque entre una empresa que funciona como termómetro del capitalismo digital regional y los cambios regulatorio domésticos que pegan directo en su negocio. 

    Mercado Libre presentó un balance sólido. En el cuarto trimestre de 2025 reportó ingresos por USD 8.760 millones, con un crecimiento interanual cercano al 45%. El volumen bruto de ventas alcanzó USD 19.9 mil millones y Mercado Pago procesó USD 83.7 mil millones en transacciones. 

    Pero el impacto en Mercado Pago de la recategorización del monotributo que considera ingresos a los fondos depositados ene sa billetera virtual no es el único problema. Wall Street miró otra cosa. El margen operativo de Mercado Libre quedó levemente por debajo de lo esperado y la ganancia por acción decepcionó. 

    El peronismo va contra la ola de recategorizaciones a monotributistas que ejecutó Arca con datos de billeteras virtuales

    La acción perdió entre 8% y 10% tras la presentación del balance y suma una caída del 18% en lo que va del mes. Un castigo clásico del mercado financiero cuando las inversiones futuras pesan más que la rentabilidad inmediata. 

    La caída abrió una discusión intensa entre operadores. Analistas coincidieron en que el mercado penalizó a la empresa aún cuando los ingresos superaron estimaciones. El punto más repetido fue que Mercado Libre está invirtiendo agresivamente para consolidar su posición dominante. Bajó el umbral de envíos gratis en Brasil para generar hábito de compra, expande el crédito aunque hoy reduzca márgenes y profundiza su red logística propia, que ya entrega la enorme mayoría de los paquetes sin intermediarios. 

    Mercado Libre hoy es una empresa mucho más grande y rentable que hace algunos años, pero el mercado todavía no la mide como una blue chip tradicional. En Estados Unidos compañías consolidadas no sufren esas oscilaciones sin un shock real detrás.

    Lo concreto es que la compañía crece a tasas cercanas al 40-50% anual desde hace cinco años, mientras la acción vale prácticamente lo mismo que tiempo atrás. El negocio avanza más rápido que su valuación. 

    «Mercado Libre hoy es una empresa mucho más grande y rentable que hace algunos años, pero el mercado todavía no la mide como una blue chip tradicional. En Estados Unidos compañías consolidadas no sufren esas oscilaciones sin un shock real detrás», apuntó el experto Javier Timerman. 

    En Argentina, la volatilidad es parte del paisaje. Y ahí aparece la segunda parte de la historia. Mientras el mercado discutía márgenes, el Gobierno avanzó con la recategorización compulsiva del monotributo mediante el cruce de datos de billeteras virtuales. La medida ya es conocida: ARCA comenzó a usar la información de billeteras virtuales para detectar ingresos y subir automáticamente de categoría a contribuyentes. 

    El impacto pegó directo en Mercado Libre. En las últimas horas empezaron a multiplicarse comercios que dejaron de aceptar Mercado Pago. Carteles pegados en vidrieras, avisos improvisados, explicaciones simples: «si cobro por billetera me recategorizan». 

    Para muchos pequeños negocios, el QR pasó de ser una solución financiera a un riesgo fiscal. «No es contra Mercado Libre. Es contra el sistema. Si cobro digital quedo expuesto», afirmó a LPO uno de los comerciantes que dio de baja Mercado Pago. 

    La escena revela un efecto inesperado de la política económica. La plataforma que empujó la bancarización masiva empieza a encontrar resistencia en su propio ecosistema. 

    El mercado castigó la acción por los costos de crecer. La regulación local empezó a castigar el uso. Y así, en una misma semana, el caso Mercado Libre dejó de ser solo una historia bursátil para convertirse en algo más político: la tensión entre la economía digital que intenta expandirse y un Estado que termina afectando al principal símbolo del nuevo capitalismo argentino. 

     

    Difunde esta nota