“¿Por qué los dirigentes o tomadores de decisiones financieras -como los del Banco Central- acusan a la gente que va a cambiar moneda a la calle Florida de malvivientes?”, me decía ayer Juan. Juan es un “cuevero” de la City porteña, no debe tener más de 40 años. Reacciona ante las declaraciones del presidente del Banco Central, Miguel Pesce, quien luego de anunciar nuevas medidas restrictivas para comprar dólares, vinculó a las cuevas y a la cotización blue con el tráfico de drogas y de armas. Además, enfatizó el carácter delictivo del mercado paralelo del dólar y de los agentes intervinientes. “Nadie quita que en este mercado haya dinero de ese lugar, del narcotráfico, de las armas. Pero no somos eso. Existimos porque hay toda una economía informal que no tiene condiciones para ir al sector formal. Existimos por la falta de confianza de la sociedad en el sistema financiero argentino.”

Como señalan Juan y el presidente del Central, la existencia y las actividades de las cuevas se conectan, en algún punto, con actividades y dineros ilícitos (homicidios y ajustes de cuentas, paraísos fiscales offshore y otras dimensiones estructurales de la criminalidad global). Lo demuestran investigaciones como las de PROCELAC que conectan recursos de ciertas cuevas con la recirculación y el lavado de dinero proveniente del crimen.  

Sigamos con las declaraciones del funcionario del Central. ¿Es sólo “romantización” reconocer que las cuevas son más que eso en el mercado local? ¿Por qué existen? ¿Su perdurabilidad en las últimas décadas se explica sólo por los mercados criminalizados? ¿qué son, qué hace y con quiénes trabajan esa multiplicidad de agentes que, tanto en el mercado como en el lenguaje popular, denominamos cuevas? 

Más que un mercado ilegal de cambios

Lejos de ser un oscuro fenómeno marginal, las cuevas tienen un lugar importante en los repertorios financieros de algunos agentes económicos de nuestra sociedad, que van mucho más allá de los “traficantes” de las declaraciones de Pesce. Exceden también a los grandes especuladores sobre el precio de la divisa norteamericana y a los operadores de las mesas de dinero que se localizan en instituciones del mercado local -como bancos o sociedades de Bolsa- y determinan la cotización mayorista del blue.

Tienen ese lugar protagónico porque dentro de una cueva como la de Juan – que funciona tras la fachada de una agencia de turismo en una galería del microcentro– circulan pequeños ahorristas que guardan los billetes en sus casas y evitan pasar por el banco. También quienes aprovechan mes a mes la brecha entre cotizaciones para “hacer puré” con los 200 dólares que compran en el mercado oficial. O quienes perciben sus ingresos o manejan sus cuentas en la informalidad total o parcial y no pueden acceder al mercado de cambios para hacerse de dólares (entre los que se destacan los perfiles de altos ingresos que subdeclaran al fisco, pero donde pueden incluirse también a los trabajadores migrantes que requieren dólares para enviar a sus familias en el exterior o las PyMEs que buscan atesorar dólares). A ellos debemos agregar, antes del cierre de las fronteras a causa de la pandemia del coronavirus, los cientos de turistas que circulaban diariamente por calle Florida o San Martín en busca de una mejor cotización para sus billetes (y que Juan hacía llegar hasta su cueva a través de alguno de sus arbolitos). Es decir, personas que difícilmente serían definidas como “delincuentes” por las autoridades, compran y venden, más o menos frecuentemente, dólares en las cuevas. 

Muchas cuevas se parecen a la de Juan. Están ubicadas tras la fachada de algún local comercial: desde estructuras dentro agencias de turismo, agencias extrabancarias de cobro de servicio o agencias de envío de dinero a otras más improvisadas en las clásicas joyerías y numismáticas, inmobiliarias, comercios de indumentaria, de regalería o de tecnología, solariums, maxi-quioscos o simples locales con vidrios esmerilados o ploteados que ofrecen cambio de divisas y oro. Todas estas cuevas, con sus diferencias, se dedican al cambio minorista. Aunque no exclusivamente, una parte importante de su clientela está compuesta por compradores o vendedores de divisas que realizan transacciones por montos pequeños (menores a 500 dólares) y de modo ocasional. Es decir: cuevas para el chiquitaje.  

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Estas cuevas proliferan en los períodos de controles de cambios (como ocurrió entre 2011-2015 y luego a partir de 2019). Cuando la brecha entre el dólar oficial y el dólar paralelo crece, su presencia trasciende esas coyunturas específicas, como lo muestra la historia de Juan. A mediados de la década de 2000, empezó a trabajar como delivery para el negocio de un familiar. Los clientes eran otras cuevas, corredores, mesas y clientes. Desde fines de los años 90, este familiar tenía una oficina en la zona de Lavalle y Florida en la que primero cambiaba informalmente lunch tickets (quienes cobraban parte de su salario en tickets, los llevaban para hacerse de pesos a cambio de un descuento). Luego, tras la salida de la Convertibilidad, sumó el cambio de dólares. Hacia fines del 2011, en uno de los tantos recorridos diarios por las calles de la City, Juan entró a una galería, encontró un local vacío que le pareció ideal para el negocio y decidió alquilarlo.

Para enero de 2012, la cueva ya estaba en funcionamiento y desde entonces trabaja sin parar. 

Para entender su existencia hay que considerar que muchas otras cuevas son propiamente financieras y no sólo agentes cambiarios: ofrecen a sus clientes más que dólares blue. Porque no todo es el cambio ilegal: descuentan (cambian) cheques, otorgan créditos, hacen transferencias desde/hacia el exterior, todo de modo informal –o para decirlo en términos de la viralización de la foto de un ticket no válido como factura en un restaurant: “100% barrani” –. Estos negocios ponen en circulación pesos y dólares ganados y/o atesorados fuera de la economía formal. Lo más frecuente es que se localicen en oficinas dentro de edificios con seguridad privada del microcentro o barrios residenciales de clase-media alta, donde los clientes llegan por recomendación personal. La mayoría, son parte de una estructura financiera formal: financieras, agencias de seguros, cooperativas o mutuales de crédito y ahorro. Muchas se conforman como sociedades de servicios financieros, aunque no todas las financieras (cooperativas, mutuales o agencias de seguros) sean cuevas.

Todo eso las convierte en una banca de hecho para una cantidad significativa de pequeñas y medianas empresas y comercios cuya actividad transcurre entre la doble contabilidad (de la formalidad y la informalidad), las dificultades para acceder al mercado de créditos bancarios y los malabares financieros para resistir con cheques a 90 o 120 días en contextos de alta inflación y fuerte inestabilidad en el valor de la moneda. A comienzos de los 2000 las cuevas aprovecharon la escasez de pesos circulantes y la multiplicación de Letras o Bonos emitidos por el Estado Nacional (como los Lecop) y el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires (los Patacones) para descontar esos documentos (o antes los lunch tickets del familiar de Juan). Hoy los cheques tienen un protagonismo singular: individuos, empresas y comercios que reciben cheques por pago de servicios o mercaderías que no fueron facturados y no pueden depositarlos en una cuenta bancaria (en algunos casos, tampoco tienen una) o descontarlos en una institución financiera a un costo más bajo.

Cristian es uno de los socios de una financiera que funciona en el microcentro desde 2015. 

“¿Por qué la gente va a una financiera?”, le pregunto a Cristian, que maneja uno de estos negocios desde 2015. “Por el servicio que das”, me cuenta.”Está la gente a la que no le gusta ir al banco y prefiere que vos le hagas el depósito, le compres los cheques, le lleves la plata a la casa o lo que sea. Después está la gente que trabaja en la economía informal, recibe un cheque pero no tiene una cuenta donde depositarlo. Entre nuestros clientes también tenemos PyMEs y empresas que financieramente andan mal, no llegan a fin de mes pero saben que en 30 días van a cobrar una factura.” 

El mundo de las cuevas permite entender, en parte, cómo funciona el día a día de la vida financiera de una economía como la argentina. En nuestro país, más del 30% de la actividad tiene lugar en la economía informal, y esto empuja al dinero efectivo a circular fuera del sistema financiero tradicional. Acá, gran parte de la población no tiene cuenta bancaria o bien prefiere atesorar su dinero en cajas de seguridad o “debajo del colchón”. También están los agentes económicos como las PyMES que necesitan financiamiento pero no llegan con los requisitos que exigen los bancos para brindarles un crédito. 

La metáfora del desarmadero

La permanencia de las cuevas tiene entonces variadas y complejas razones. Algunas de las más relevantes podrían englobarse en el hecho de que, ante los ojos de buena parte de la sociedad, las cuevas y los desarmaderos no son homologables como en las declaraciones de Pesce. El director del Banco Central sostuvo que ir a una cueva “es lo mismo que ir a comprar o vender cosas en un desarmadero de autos”. 

Comparemos los mercados: al igual que los desarmaderos, las cuevas son parte de una red de actores y de prácticas en las que lo legal, lo informal y lo ilegal se articulan como una suerte de continuum. Es imposible pensar en el mercado paralelo del dólar sin pensar en las financieras, los bancos, las casas de cambio… y la lista sigue. Ni las cuevas ni los desarmaderos existen en oposición o en un “más allá” de la economía ni de la sociedad formales. Como todo mercado ilegal o informal, la vida cotidiana de las cuevas, especialmente en la City, también depende de la tolerancia y los acuerdos en el terreno con las fuerzas policiales, que recibe dinero de cueveros o arbolitos para que les permitan trabajar. Como otros mercados ilegales en tiempos de crisis, también “emplean” desocupados, trabajadores precarizados o jubilados que buscan un ingreso extra, como arbolitos o simples coleros (cuando las regulaciones hacen esto posible).

Las diferencias no son menos significativas. A pesar de la informalidad y/o ilegalidad de las transacciones que realizan, las cuevas gozan, a diferencia de los desarmaderos, de una amplia legitimidad (y visibilidad) social. Esa legitimidad se vincula al lugar que el propio dólar ocupa en la economía y en la sociedad argentinas, un lugar cuya larga historia reconstruyeron Mariana Luzzi y Ariel Wilkis (2019). El dólar se convirtió en el protagonista de los repertorios de los grandes agentes económicos que fugan capitales o timbean en el mercado, pero también en la reserva de valor del ahorrista promedio y en un dispositivo central para interpretar lo que pasa en nuestra vida económica y política. 

Las cuevas proporcionan algo socialmente valioso que todos queremos comprar y, en ciertas coyunturas, devienen incluso el único lugar donde conseguirlo. Por lo que los cueveros, más que transgresores de la moral social, paradójicamente parecen transgredir las normas para reafirmar ciertos valores de la sociedad contradiciendo los del Estado. 

El sociólogo norteamericano Howard Becker estudió las prácticas socialmente consideradas como desviadas, y reconoció que no todos los actores sociales involucrados en prácticas ilegales son etiquetados como “delincuentes” por la comunidad en la que viven. Esto es significativo a la hora de reflexionar sobre los ilegalismos de los sectores medios-altos a los que suelen pertenecer los cueveros. Del mismo modo, no todos los mercados informales o ilegales son considerados ilegítimos en el conjunto social: para los cueveros, para muchos de sus clientes y otros miembros de la sociedad, las transacciones en las cuevas pueden ser ilegales u informales pero no ilegítimas ni inmorales. 

Las cuevas construyen también su legitimidad en torno al concepto de servicio. Esto es clave para comprender la importancia que las instituciones financieras no bancarias -muchas de ellas informales y sin regulación de autoridades centrales-, tienen en la forma en que diversos grupos sociales enfrentan y resuelven su vida financiera. Como destacó la especialista norteamericana Lisa Servon en su análisis sobre el funcionamiento de los agentes financieros extra-bancarios en Estados Unidos, muchos individuos se encuentran excluidos de las grandes instituciones financieras y otros eligen permanecer fuera de ellas. 

Aunque es indispensable para entender su función económica y social, el servicio de las cuevas no sólo se trata de eludir la contabilidad del Estado. Muchos de sus clientes fijos buscan también la flexibilidad o ausencia de requisitos burocráticos, la consideración de las necesidades de liquidez del cliente, tiempos más rápidos para las transacciones y hasta el trato personalizado. 

Observar con mayor rigurosidad empírica y menor carga valorativa lo que acontece en las cuevas puede permitirnos comprender los distintos motivos por los que individuos o empresas participan de ese circuito, entender su persistencia a lo largo del tiempo y pensar estrategias e instrumentos financieros adecuados. Cuando en octubre de 2019 el gobierno de Macri estableció el límite mensual de 200 dólares, me encontraba haciendo trabajo de campo en la cueva de Juan. Un cliente entró para comprar unos pocos dólares y le dijo: “¡Al final volvieron!”. Juan le respondió: “Nosotros nunca nos fuimos”.

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