No hay maneras correctas de ser feministas y mucho menos de vivir. Pero hace un tiempo venimos sintiendo que hay modos de crear pasajes entre eso que leemos y que nos hace pensar, y la construcción de espacios concretos desde donde experimentar. Pensando en el oficio de escribir, tan en solitario, buscamos construir escrituras colectivas a partir de experimentaciones individuales, y, quizás, no tanto.  Escribimos juntas, pensamos juntas, nos sostenemos y atravesamos.

Nos lanzamos a dejarnos afectar y crear juntas, aunque los cuerpos que son tocados son de un varón. Claro, pasa que aunque tengamos en mente experimentar con otras mujeres, todavía no pasó esa erótica, y los cuerpos se nos mueven con varones. Somos nosotras quienes tenemos ganas de vivir de manera libre y conquistando nuevos campos. Y nos gustan los varones. Así que, es con ellos con quienes intentamos experimentar en este pequeño campo de los garches y los encuentros. 

Sabemos que la tenemos adentro. Nosotras sabemos que somos hijas sanas del patriarcado pero tenemos ganas de tirarlo abajo (en nosotras y en el mundo). A los varones les pasan muchas cosas pero en general son distintas: es lógico, tienen las de ganar y nadie quiere perder eso. Entendemos que muchas veces no se juega una abierta negativa a renunciar a privilegios. Sencillamente hay un no dejarse afectar por las preguntas e inquietudes que nos mueven a nosotras porque no lo necesitan. 

Quizás empezar a desarmar por ahí. 

Cuando nos lanzamos a estas experimentaciones contemplamos que podemos rasparnos, que pueden desencadenar movimientos en otras relaciones, que se puede poner todo patas arriba. Pero no definimos de entrada qué implica. Nosotras no tenemos resuelto/definido/cerrado qué lugar irá ocupando esa relación. Muchas veces parece que ellos sí. Querer, gustar, desear a otros además de la pareja y permitirse esa experiencia sin sentir que se pone en jaque el vínculo amoroso que nos aloja, es para nosotras un campo de experimentación abierto. 

De la administración de los afectos y su gestión en la masculinidad ¿Asunto nuestro?

¿Se puede experimentar o mantener abierto el panorama de un encuentro si le otre ya sabe hasta dónde se va a dejar afectar? A veces hemos sentido que sí y otras veces que no. De a ratos se vuelve nítido que el no dejarse tocar de estos varones por preguntas que nos hacemos nos someten a repetir narrativas que queremos desarmar. Aunque lo hagamos diferente, le otre lo lee según la novela predeterminada. 

¿Es posible que gestos amorosos sean leídos por fuera del rol asignado de demandantes, minas que se confunden con los alcances de un garche, un tironeo a la peor de las conyugalidades? ¿Con cuánto trabajo de la palabra tenemos que dar cuenta de nuestra posición para que el otro nos lea? ¿Será que es posible? Este trabajo lo hacemos cotidianamente con las parejas que tenemos y requiere tironeo y explicitación constante. 

Nosotras sabemos tener el cuerpo incómodo, es constitutivo de “ser mujeres”. La cotidiana marcada por múltiples contradicciones y vulnerabilidades diferenciadas. Entendemos que al dejarnos afectar por algunas preguntas esas incomodidades se vuelven potentes. Sabemos de la potencia de la incomodidad como trampolín para la inventiva de nuevos modos. No nos resulta liviano o fácil estar incómodas pero intentamos hacer con eso, afectivamente y con otrxs. Y vivimos un poco así. Pensamos que con los tipos es distinto, la incomodidad los aturde o se les vuelve amenazante. A la incomodidad afectiva, se la sacan de encima (que es bien distinto a tirarla afuera). 

¿Será que han aprendido a administrar los afectos? ¿Será que afectarse implicaría poner en riesgo todo su ser? 

¿De qué nos sirve saber sobre esto? ¿Tendremos que aprender algo de este modo o es necesario tenerlo en cuenta para saber cómo se configuran esos campos de poder, esos campos afectivos? ¿Será necesario para tener un saber sobre el juego como decía Bourdieu? 

Nos inclinamos más por estas últimas opciones. Saber, no para volvernos más masculinas en el sentido de andar desafectadas por la vida. Sabemos que estar dispuestas, sensibles a los encuentros es la única forma de abrir el juego (y la vida) a ese saber del cuerpo del que habla Suely, abriendo mundos y posibilidades que nos encuentra cada vez, con eso que vamos queriendo, pudiendo, a(r)mando. 

Por otro lado, aprendemos con el feminismo que el saber potencia, nos muestra más peligrosas, no tenemos que tenerle miedo a eso. El saber nos permite avanzar (actuando/sabiendo) sobre el mundo de un modo en el que tradicionalmente han hecho los hombres, con el riesgo de ser arrogantes, con el riesgo de no contemplar las situaciones, con el riesgo de desconocer a le otre. Sí, es un riesgo y tenemos que tenerlo presente pero también, entender que es parte de la marea, que los cambios no son siempre límpidos, que esas brutalidades también forman parte. Por suerte tenemos de nuestro lado la sensibilidad, los poros bien abiertos y la falta de miedo en relación al perder. Esta marea verde, no es sin esto.   

Así nos metemos al encuentro con le otre. Teniendo la arrogancia de creer que sabemos hasta dónde y cómo seremos afectadas y creyendo que sabemos más de lo que le pasa a le otre que la persona misma. Tensión que nos va a acompañar en la experimentación de manera constante.

Intentamos poner en jaque la gestión afectiva y emocional que hacemos tan automáticamente, como performativa de nuestro género. Hace rato decidimos que no queremos vivir indicando y volviendo inteligible para los tipos qué hacer con sus afectos. Es mucho esfuerzo e implica al mismo tiempo, subestimar al otro en tanto sujetx capaz de vérselas con lo que le pasa. Hay grises, claro. A veces es palpable la inquietud y el querer hacer algunos movimientos pero no saber por donde. Allí estaremos para a(r)mar con le otre. Pero a la desafectación masiva y torpeza clara le intentamos correr el cuerpo. De nuevo: una cosa es tirarla afuera intentando armar jugada y otra distinta es sacarse las cosas de encima. 

Bancar la parada

 ¿Es posible que un hombre escuche estas otras propuestas vinculares si caemos en el lugar de “las amantes”?

 Decimos amantes y resuena distinto. Para el varón es vínculo no visibilizado, requiere menos trabajo, se puede ser torpe con más liviandad, es un vínculo asociado al placer. Para nosotras también se asocia al placer, pero sobretodo ganas de conquistar otras amorosidades. Multiplicar sus intensidades y sensibilidades. El asunto es que esto lo hacemos en casi todos los campos relacionales: nos cuestionamos lo que se hizo carne en torno a ser amiga, ser hermana, ser hija, ser madre, ser pareja, ser chonga. Nos preguntamos todo porque queremos destituir una jerarquía afectiva que nos deja siempre en una vulnerabilidad diferenciada en relación a los varones. 

Para nosotras decir: “esta relación podría ser distinta” es más cotidiano desde hace un tiempo. Implica desmarcarse cada vez del lugar previsto por ser mujer. Cada vez que aparezca la frase “no podría tolerar que estés con otra persona”, responder: “yo no voy a ir en contra de mi deseo” y bancar la parada. Cada vez que surja la pregunta “¿no te parece que es disociado estar conmigo y tener deseo de tener une hijx?”, responder: “no” y bancar la parada. Ante el interrogante “¿por qué me decís que nos vamos a separar en algún momento?”, responder: “porque no es posible imaginar que vamos a elegirnos para siempre” y bancar la parada. Cada vez que tengamos ganas de manifestar: “estoy enamorada. Puedo decírtelo sin que eso sea único, absoluto y determinante”, recibir: “yo no puedo amar a dos personas al mismo tiempo” y bancar la parada. Cada vez que veamos algo que nos molesta o nos duele, como las imágenes de felicidad en redes y lo performativo del “amor oficial” poder decirlo y bancar la parada. 

Entendemos que nosotras también la tenemos adentro, pero lo decimos, nos dejamos afectar, y decimos. No como reclamo ni demanda si no como evidencia de involucramiento y afectación.

Así. Todo el tiempo así. Aún con la duda de que le otre puede no dejarse tocar por nada. Aún entendiendo que si le otrx me corre el cuerpo desde la desafectación o la torpeza esos movimientos los hacemos por nosotras. Por la conquista de nuevas narrativas con otros nudos y otros finales. 

Empezar de cero y armarse vidas radicalmente distintas: fantasía que se cayó cerca de los treinta

Las discusiones que se juegan convocando a la poliamorosidad nos parecen potentes y vibrantes. De todas maneras, estamos muy ciertas en que no queremos que nos digan nunca más cómo vivir. Y además ya tenemos algunas cosas armadas que queremos cuidar. Sabemos y/o aprendimos con el tiempo, que se trata de jugarse todo en lo micro, de abrir espacios nuevos que nos permitan sumar en libertades. 

Es una decisión la creación de mundos privados propios que no sean sentidos como secretos de una doble vida. Claro, hay mundos privados que serían aniquilados de ser expuestos. Hay que cuidar lo que se arma y es ahí donde se despliega la inmensa cantidad de estrategias, las micropolíticas. 

Otra herencia. Somos obstinadas. Y así, obstinadas, armamos micropolíticas, en alianza con algunas pocas, germinando pequeños espacios, armando mundos que se escapan de las reglas, de los ojos vigilantes, de los entes administradores de la vida, a oscuras del propio capital.

Armamos situaciones que no se registran, que no tienen valor de cambio, que no “valen” nada (en el sentido ampliamente capitalista) porque son esas estrategias que no valen nada justamente las que nos posibilitan sostenernos en rebeldía.

 Aparecen las amigas que saben y nos prestan la casa, las que nos sostienen cuando aparece la culpa, las que nos llaman cuando estamos por entrar en la narrativa de lo conocido, las que nos convocan y mandan tips para sexting, etc. Complicidades amorales que nos mantienen en estas fugas que vamos inventando. Nos decimos: “No pasa de este año que cojo con una piba”, “Vamos a salir de reventón juntas”, “Veremos qué otras cosas inventamos” y ahí vamos. Va mucho más allá de “estos tipos”. Es por nosotras y por sentirnos cabalmente vivas. 

¿Inscribir en torno a qué? ¿Se creerá que me estoy comiendo un viaje? Mundos privados como posibilidades

Nos hace ruido la noción de responsabilidad afectiva, nos cuesta pensar que habría un modo de eso y entendemos que lo más potente sería que la pregunta ética por el cuidado de los vínculos sea cada vez y en cada relación. Aparece una tensión permanente en estos vínculos en torno a eso. Si digo que lo quiero y que lo cuido ¿se creerá que me estoy comiendo un viaje? Nos pasan cosas en la vida, situaciones que la ponen en jaque y una da por sentado que lxs amigxs van a aparecer y acompañar. ¿Y con estos vínculos? 

¿Qué potencia tiene este modo de armar con otro sin inscribir? Si no se inscribe, ¿se olvida? Si no se inscribe, ¿no se siente? Si no se inscribe, ¿le podemos dar delete con un solo click? 

La pregunta nos parece que estaría mejor formulada si pudiéramos pensar a dónde se inscribe más que si se inscribe o no. Parecería que si no es “una historia oficial” o su revés “una doble vida o una historia de amantes” no podría existir. Hay algo de esto principalmente en los tipos. Como si las definiciones les sacaran la papa caliente de la mano y ahí, recién ahí, podrían empezar a ver qué les pasa con esa experiencia. Como si dijesen: “dentro de estos marcos, bajo estas condiciones, ahí sí puedo ver que onda”. Si “estoy o no estoy” recien ahí abrir un poco el campo para la experimentación.

Nos parece de una potencia inmensa, la idea de la intimidad y de mundos privados como posibilidades. Saber de esos mundos (crear esos mundos) sin que se lean como “verdades” que dejan por fuera a lo “real” o sin que lo “real”  se jerarquice sobre esos otros mundos, otros afectos. ¿Con cuánta osadía nos animamos a nombrar “verdades” en nombre de otrxs? Poder habitar los amores entendiendo que podemos conocer a le otre desconociendo sus otros mundos privados nos parece encantador y potente. Poder desarmar la idea de que amar es ser “transparente” y que ser transparente es que le otre sepa “todo” de mí.

Amar sabiendo que le otre tiene otros mundos y no son un asunto mío en la medida que no me haga parte. Amar sabiendo que le otre guarda espacios secretos para sí. Amar sabiendo que esa opacidad es la evidencia de que cada quien es un universo y celebrarlo.

Poder corrernos de la jerarquización de los afectos. Del dominio, del saber de le otre. Que estar con otrx no implique absolutizarlx. Lo absoluto nos caga la cabeza. Por momentos se nos olvida que componemos con detalles, con eso que nos roza del otre, con un gesto, con una lectura, con un modo, una risa.

Dar lugar a esas pequeñas conexiones, a lo diminuto, a eso sutil, al encuentro fugaz. No cómo sienten (generalmente) algunos tipos que de tan fugaz, de tan poco definible, casi que ni toca, casi que ni pasa. Conectar con lo sensible, lo pequeño y con esas fuerzas indómitas y desobedientes que por suerte siempre están, siempre irrumpen en la vida. En algún punto es eso lo que hace cuerpo, lo que vibra en una sintonía más vital y lo que abre a modos de hacer-pensar y decir, más próximos y por qué no, un poco menos claros.

Colectivo LTA 

La Tiramos Afuera

La Tiramos Afuera desde el pensamiento colectivo clandestino, no somos unx, no somos alguien.Somos la fuerza de un impulso, de un encuentro entre varixs, una experimentación colectiva para crear(nos) otras vidas en la que intentamos ponerle palabras a las sensaciones/intuiciones.

Nos presentamos como un intento de escapar a los guiones, de pensar otras maneras de actuar, de sentir y de ser. 

LTA, La Tiramos Afuera, nos lanzamos al mundo porque creemos que es posible construir otras maneras de vivir. 

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