Hablar de infectología en la Argentina es hablar de la salud pública, de virus y de contextos, de los higienistas, de los sanitaristas: una historia de virtudes pero también de luchas y resistencias de sectores conservadores, cuyos apellidos suelen ser los mismos desde hace cientos de años.

Las epidemias no sólo dejan muertos. También traen cambios profundos, tanto sociales como urbanos, y dejan al descubierto carencias y deficiencias. Lo sabe la ciudad de Buenos Aires, que con la fiebre amarilla –producida en gran parte por la desmovilización de las tropas que habían ido a la guerra contra el Paraguay– pasó a mirar al norte, y la frontera social y económica que subraya la avenida Rivadavia nunca se cerró. En 1871 esa epidemia colocó a Buenos Aires como uno de los mayores focos registrados de fiebre amarilla urbana: 14 mil muertos sobre 180 mil habitantes. A ella se sumaron las epidemias de cólera entre 1867 y 1895, producto del crecimiento poblacional acelerado dado por la inmigración europea y la actividad comercial concentrada en el puerto, que dejaron expuesto el necesario y urgente saneamiento urbano.

Tanta demanda de cuerpos tuvo el Cementerio del Sur por la fiebre amarilla que cerró, y le dio paso al de la Chacarita. Enfrente de donde funcionó el Cementerio del Sur se encuentra, casi como un homenaje a esa tragedia, el hospital Muñiz: el centro de salud de enfermedades infecciosas por antonomasia, que hoy cuenta con 126 años. Le debe su nombre a Francisco Javier Muñiz, que vivía tranquilo en su quinta de Luján cuando se desató la epidemia en Buenos Aires. Viajó, trató pacientes, investigó, se infectó y murió por fiebre amarilla, no relacionada aún en ese momento al mosquito aedes aegypti.

El actual jefe del servicio de Medicina Tropical y Medicina del Viajero del Muñiz, Tomás Orduna, rescata la figura de aquel médico, antecesor de la actual infectología, y de otra personalidad de esos orígenes, cuando todo era nada: Salvador Mazza. “Fue fundamental hasta su fallecimiento en los años 40. El gran redescubridor de la enfermedad de Chagas y, a su vez, el generador de los estudios de patologías regionales argentinas. Junto a su equipo analizaron desde la brucelosis hasta la malaria o parasitosis intestinales”.

UN ESTADO PRESENTE

En el último tramo del siglo XIX, el área sanitaria (al igual que la educativa) estaba en gran parte manejada por la Iglesia. Con eje en Buenos Aires, surgió por aquellos años la corriente higienista, que adhería a su homónima francesa. Advertían que las ciudades y núcleos urbanos, en la forma caótica y precaria en la que se desarrollaban, se convertían en potenciales peligros debido a la multiplicación de enfermedades, por lo cual era necesario generar instituciones públicas laicas que dieran respuesta al nuevo escenario. Emilio Coni, José María Ramos Mejía, Ignacio Pirovano y Ricardo Gutiérrez fueron algunos nombres destacados.

“Resulta relevante la figura de Guillermo Rawson, autor del conocido Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires”, aporta la historiadora Laura Sacchetti. Y acota que la hege monía de los higienistas “se vio cuestionada ante los brotes de epidemias que no pudieron ser controladas, como ocurrió con la peste bubónica en 1899. Los intereses económicos presionaron de tal manera para levantar la cuarentena impuesta por el Departamento Nacional de Higiene que su director, Eduardo Wilde, tuvo que renunciar luego de haber cedido ante los comerciantes internacionales, negando la existencia de la peste en Rosario. Lo reemplazaría Carlos Malbrán”.

La tensión “salud versus economía” volvió a verse con la gripe española: cuarentena, cierre de espacios públicos, suspensión de clases y oficios religiosos. Difundieron remedios que decían ser la cura, como la quinina, y marchas con antorchas pidiendo que volvieran “las libertades de los ciudadanos”. Sólo faltaban el Obelisco y Clarín para ser un calco de la pandemia de 2020.

NUEVO ESTATUS

Fue con Juan Domingo Perón que la salud consiguió por primera vez el estatus de Secretaría, en 1946, bajo la figura determinante de Ramón Carrillo. A la par, la Fundación Eva Perón absorbía a la Sociedad de Beneficencia y promovía la profesionalización de áreas como la enfermería. “Acá comienzan hitos en la conformación de la salud pública nacional. Carrillo abona por una medicina preventiva y curativa, y continúa con la transformación de Secretaría en Ministerio”, explica Adriana Álvarez, doctora en Historia y docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata. “Los hospitales pasan a ser lugares de excelencia. Cuando asume, en algunas localidades había dos maternidades y ningún hospital. La racionalización que impulsa Carrillo es una distribución equitativa de la cobertura hospitalaria, consolidada por un Estado fuerte que deja de ser filantrópico”.

“Durante su gestión se duplicó el número de camas de internación, se realizaron campañas nacionales de vacunación, consultas médicas con alcance hasta las zonas más remotas; se creó Emesta, fábrica nacional de medicamentos”, enumera Sacchetti. También avanzaron en la salud rural, la atención primaria a la salud y, sobre todo, en las enfermedades endémicas. En 1947 lanzaron el Plan 47, encabezado por el doctor Carlos Alvarado, a cargo del Programa de Paludismo de la Nación hasta 1954, luego titular del área de malaria a nivel mundial y creador de la figura del agente sanitario, replicada en todos los continentes. En 1947, el paludismo constituía la enfermedad infecciosa de mayor incidencia, con más de 250 mil casos por año. Al terminar 1949, eran menos de dos mil pacientes. El éxito del Plan 47 se basó en dos ejes: continuidad temporal y contigüidad geográfica.

Entender las epidemias es también comprender los contextos. Carrillo siempre relacionó la salud con lo social. En la apertura de la 2ª Conferencia de Epidemiología y Endemias, el 6 de octubre de 1947, declaraba sobre las enfermedades infecciosas que “si aún siguen imperando en algunos aspectos se debe pura y exclusivamente a la despreocupación de los gobiernos por las cosas que atañen directamente a la vida y a la salud del pueblo”.

Con el golpe del 55, Salud dejó de ser Ministerio. Sólo dos veces ocurrió eso en la historia. La segunda fue con Mauricio Macri. De las últimas décadas, Orduna destaca la labor de Pedro Cahn en el Fernández y de Jorge Benetucci en el Muñiz, “que se hicieron cargo de abordar y dar contención al inicio de la epidemia de VIH”. Y la investigadora Rosa Liascovich menciona a Eduardo Castilla, pionero en el campo de los defectos congénitos en niños, clave para bajar la mortalidad infantil.

“La historia de la infectología se remonta a la historia de la Argentina misma, y el valor de los infectólogos nunca pudo ser más alto que ahora”, resalta Omar Sued, presidente de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI), y acota otros nombres paradigmáticos del área en las últimas décadas: el doctor Remo Bergoglio, en Córdoba, y Daniel Stamboulian, “que trajo la infectología moderna, antibióticos y vacunas”.

La ciencia también está atravesada por paradojas del destino. La angiotensina, proteína clave para estudiar el accionar del SARS-CoV-2 en las células, fue descubierta en la Argentina en la década del 30 por un científico que murió muy joven en el primer accidente aéreo de Austral. Era Eduardo Braun Menéndez, el abuelo de Marcos Peña, uno de los líderes del gobierno que, casi cien años después, desfinanció a la ciencia nacional, con un ajuste del 40 por ciento de su presupuesto.

Fuente: carasycaretas.org.ar

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