Lo que solíamos hacer  era sabido, en cierto modo era rutina. Cada uno, seguramente debía tener sus rituales. Llegar temprano, hacerse un mate o un café, prender luces, subir persianas, esperar que vayan llegando. Hacer alguna llamada rápida, releer la agenda, buscar algún libro en la biblioteca o en la pila para rever algún concepto. Regar las plantas, despejar el escritorio.

La irrupción de la pandemia y la obligatoriedad del aislamiento dejo una parte del hacer sabido como en suspenso. No quieto ni inmóvil, pero nos obligó a quedarnos en casa. Mudar el trabajo a casa.

Los objetos, los libros, los juegos y juguetes, tantas de nuestras cosas;  quedaron en el consultorio o en los lugares en dónde atendíamos. Trajimos a casa cierta incomodidad, muchas preguntas, pocas certezas, el desafío de dar continuidad.

Mudarse a la teleasistencia fue una opción, la que nos quedó para continuar nuestro trabajo. 

En las mudanzas, como suele ocurrirnos llevamos con nosotros muchas cosas, otras las dejamos, algunas las transformamos renovándolas. Este movimiento (sea elegido, sea forzado), nos impone revisar bagajes, encontrarnos con cosas que creíamos perdidas, desprendernos, soltar.

Migrar a lo virtual, a lo telefónico para seguir haciendo clínica. Pasar de los cuerpos presentes vinculándose, del acompañar y jugar con todo el cuerpo con otros cuerpos. Para encontrarnos en voces y escuchas, en gestos, esbozos de cuerpos. En búsquedas de  puntos de vista, de ángulos para ampliar los escuetos espacios que a modo de ventanitas, enmarcan  nuestros torsos y rostros. Inventando jugares.

 Encontrar algo, a modo de pista de lo que antes se había construido junto con el otro (un juguete, un cuento, recuerdos de experiencias, algunos gestos o sus ensayos, haceres, decires compartidos) para asirnos de hilos conductores que pudiesen enlazar algo de lo que teníamos con lo presente.  Sin desmentidas, ni omnipotencias. Para hacer continuo algo de lo que se interrumpió con el impacto: la paradoja de mudarnos para quedarnos.

Mudar  también el ropaje, en cierta forma quedar desnudos, algo expuestos. Abrir un poco nuestras intimidades, intentando no intimidar (ni intimidarnos). No sin incomodarnos pero teniendo  la posibilidad de reinventar lo existente. Haciendo clínica. 

Conmoviendo la clínica, co-moviendo la clínica.

En el impasse del pasaje surgen algunas reflexiones. Se asoman.

Ventana sobre la Clínica

Hacer clínica es hacer recorridos. Caminos al andar, a veces desandándolos. Ir paso a paso, pasos cortos, saltos, giros. Pasos firmes, tambaleantes. Pasos detenidos o perdidos. Otros andares. Para entrar, llegar, estar, detenerse, avanzar.  Inventar y reinventarnos. 

Abriendo el/al juego, haciendo juego.  Jugares.  Salir o entrar a buscarlo. Intentando juego cuando no hay.

Poner a jugar teorías y prácticas. Conceptos e invenciones. Una praxis jugada. Invitar a jugar, jugarnos jugando. Armar y amar juegos. 

Hacer clínica es pensar qué se juega en este jugar. Pensar lo que se juega en este lugar. Dar lugar a lo que está en juego en este pensar.

Mutar, migrar,  la “mirada clínica” de un “ojo clínico” que es herencia de la medicina por una “escucha clínica”. Que nunca será una sola porque sería sorda.

 Escucha que se dona en cada encuentro, para y con cada uno. No es un escuchar a secas, genérico. Es más parecido a una construcción, un posicionamiento, una presencia. Escucha amplia para que quepan palabras, frases, silencios, musicalidades, narraciones, gestos, movimientos, miradas. Contactos y expresividades diversas. Permeable para que algo se cuele. Inquieta para que algo resuene. 

La clínica se está emparentada a lo artesanal como oposición a lo productivo, reproductivo y maquínico. En ella quienes hacen están implicados, creando.  Creación autoral que permite revelar y rebelar a los sujetos de la creación. Conjurar a lo inédito, alojarlo. 

Se hace hilando, atando, tensando, soltando, desanudando, hilvanando. Emparchando, dando puntadas, a veces sin hilo. Cortando o simplemente sosteniéndolo. Desenmarañando, intentando asir la punta del ovillo, encontrar  el ovillo, ovillar.

 A veces superponer, anteponer o posponer. Componer.

Donar tiempo, hacerlo, encontrarlo, respetarlo, inventarlo.

Encuadrar, hacer espacios. Ampliando o acotando. Perimetrarlo, andamiarlo, defenderlo, habitarlo, co-habitarlo. 

Espaciar, especiar, esparcir. 

La clínica es hacer territorio, al andarlo. Un territorio que toma cuerpo y cuerpos, que los implica, los vincula. A veces recorriendo las periferias. Otras haciendo en los bordes. 

Un tiempo-espacio que no es cerrado ni abierto, ni afuera ni adentro. Que puede plegarse, replegarse o expandirse.

Hacer clínica es intentar coincidir en un tiempo y un espacio ¿una cita? Se arma  a medida, probando con el otro (dando sabor-saber), andamiando, sosteniendo.  Espacio-tiempo a  veces efímero, endeble. Siempre indeleble. A veces ¿vacío? Siempre vital. 

 Lo que llamamos “entre”. Para intentar poner allí cosas,  las de cada una, las conjuntas. Las suyas, las mías, las nuestras ¿Esperanzas? ¿Posibilidad?

Es estar disponibles, dispuestos. Hacer apuestas siempre, por otros, con otros, a otros. No de las de “todo o nada” sino las de “algo siempre”.

Es compromiso ético, estético, político.

Montar escenarios para convocar escenas. Buscar llaves, fabricarlas si hace falta. Tener y tender un manojo de llaves de mano a mano.

Poner cuerpo, donar cuerpo. Como sostén, espejo, contenido y continente. 

Poner palabras, prestarlas, des-atraparlas, alojarlas, inventarlas, esperarlas, buscarlas, transformarlas, multiplicarlas, tallarlas. Darles voz, ponerlas a jugar, intuirlas.

Hacer clínica es  delimitar y desarmar limitaciones (de etiquetas limitantes), hacer borde, bordar. 

Movernos y conmovernos. Demarcar y dejar marca.

Despojar de etiquetas a quien alojamos, re nombrarlo. Llamarlo por su nombre, porque allí atisba el deseo. Pelar ropajes que acotan, que son más que cubierta, un estigma. Que encierran y cierran al sentido. Que visten con sufrimiento, desamparos. 

Vislumbrar lo singular, sacarlo de penumbras. Volver a mirar, intentar miradas. Ser espejo que devuelva un reflejo, un destello de que, lo que vemos en el otro nos interesa, nos pregunta, nos llama.

Hacer clínica es donar y dar sentidos, construirlos, enlazarlos. Es contar con otro, con otros. Hacer saber que se cuenta con nosotros, que contamos juntos.

Es cada vez, esta vez,  otras veces. Había, hay y habrá muchas veces.

Hacer clínica es hacer memoria, buscar sus marcas, sus rostros y nombres. Trabajar con la historia y sus historias. Con las que están vivas y las perdidas.  Convocar al sujeto a conversar con las historias, apropiárselas. Escuchar la historia de cada uno construida de las historias con otros. Los de antes, los de ahora.

Es mover las aguas estancadas, cruzar las aguas, beberlas. Hacer embalses, salir y llegar a puertos. Encontrar puertos de partida y de llegada. Seguir navegando.

Es crear y crear-nos, creando. Hacer clínica es un haciendo *. 

* El gerundio es, en diversas lenguas, una de las formas no finitas del verbo, es decir, una forma verbal que no se define por rasgos tales como el tiempo, ni el modo, ni el número, ni la persona. Acción que ocurriendo acontece.

Cuidar afectos y efectos, haciendo clínica.

Como quien renueva los votos de una vieja querencia y ahueca las manos para avivar la llama que allí anidaba, continuamos haciendo clínica. Cuidamos esperanzados que el fuego no se consuma, que no cese.  Que crezca, mantenga su luz, irradie calor, que invite a quedarse. Volvemos  a apasionarnos. Asomamos a nuevas ventanas, transitamos otros paisajes, inventando tiempos-espacios, registrando como cartógrafos lo que vamos construyendo. Conjuramos encuentros. Creamos, compartimos.  Hacemos y seguimos rastros, rostros, restos. Descubrimos que podemos seguir en juego, jugando con otros. Concertando citas.

Son tiempos de hacer redes, de conversar, de sostenernos con otras y otros. Con viejas y nuevas preguntas. De continuar enlazando sentidos, abriendo (a) sentidos, sintiendo. Los hacedores de clínica estuvimos inquietos pero  nunca solos.

En algún momento volveremos a los lugares conocidos. Serán volveres, singulares, más allá de protocolos compartidos. Serán desafío y refugio, lugar de acogida donde alojaremos nuestras pequeñas intervenciones escuchantes

Para seguir haciendo clínica creativamente. Clínica habitada. Confiados porque haciéndola estaremos cuidando afectos y efectos.

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