Por Javier Castro Bugarín

Miles de kilómetros separan Buenos Aires de las bases
científicas argentinas de Carlini y Belgrano II en la Antártida. Allí la vida
no es en absoluto sencilla: en la Belgrano II, por ejemplo, el mercurio se
desploma hasta los 60 grados Centígrados bajo cero en invierno y sus habitantes
pasan cuatro meses al año en total oscuridad, unas circunstancias que, pese a
todo, resultan ideales para la investigación espacial.

¿Cómo es esto posible? Existen algunos lugares en la Tierra
cuyas condiciones extremas son muy similares a las que un astronauta se
encontraría en el espacio exterior, ya sea por su climatología, su terreno o
sus particularidades biológicas, unos emplazamientos que se conocen como
“análogos espaciales”.

Por el momento, ni la Belgrano II ni la Carlini son
consideradas como análogas espaciales, pero sus condiciones de aislamiento
extremo han llevado a un grupo de científicos de varios países, entre ellos Argentina,
a probar en estas bases desde finales del año pasado el ‘Tempus Pro’, un
dispositivo de telemedicina que podría ser empleado por los futuros
exploradores espaciales en sus travesías por el cosmos.

“Es un dispositivo que se encuentra ya disponible en el
mercado, pero el interés era probarlo en una condición extrema antes de ser
llevado a las condiciones reales del espacio”, explica a Efe Daniel Vigo,
uno de los científicos participantes gracias a su trabajo como investigador
independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de
Argentina (Conicet) y de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Además de la participación de instituciones argentinas como
el Conicet, el Instituto Antártico Argentino, el Comando Conjunto Antártico y
las universidades de la UCA y la Nacional de Quilmes, en el proyecto con el
‘Tempus Pro’ también está presente la Agencia Espacial Europea, a través del
científico Víctor Demaría Pesce.

***

El proyecto global: cronobiología del aislamiento antártico

Para explicar el alcance de esta investigación, primero hay
que remontarse a 2014, cuando Vigo y otros científicos comenzaron un proyecto
conocido como “Cronobiología del Aislamiento Antártico: la utilización de
la Base Belgrano II como análogo espacial”.

El propio nombre da pistas sobre la naturaleza de este
experimento, que consiste en estudiar los efectos que tendría un año de
aislamiento extremo sobre los ritmos biológicos del ser humano.

“Lo que se simula, en particular, en la Antártida, son
las condiciones de aislamiento y confinamiento extremas. Tal vez sea el lugar
más aislado de la Tierra donde hay algún tipo de asentamiento humano”,
asevera Vigo, aclarando que allí no se simulan “ni la falta de gravedad,
ni la exposición a radiaciones propias del espacio”.

En ese sentido, el investigador del Conicet señala que los
sujetos que pasan un año en la Antártida conviven con los conocidos como
“fotoperiodos extremos”, derivados de estar expuestos durante cuatro
meses a iluminación completa y otros cuatro meses a oscuridad total, que
terminan por “desincronizar” los ritmos biológicos de esas personas.

Otra de las particularidades de la Belgrano II es su
meteorología extrema: construida sobre un suelo de rocas y situada a -77 grados
de latitud, a unos 1.300 kilómetros del Polo Sur, allí el frío es tan intenso
que sus habitantes pasan buena parte del año resguardados.

“En invierno, las salidas que hacen son bastante
limitadas, con lo cual están más bien confinados dentro de la estación. Eso es
lo que para nosotros es de interés, el confinamiento al que se ven
sometidos”, argumenta Vigo.

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El dispositivo en cuestión: ‘tempus pro’

A raíz de esas investigaciones en la Belgrano II, Daniel
Vigo y el resto de investigadores entablaron contacto con uno de los científicos
de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés), Víctor Demaría
Pesce, con quien comentaron la posibilidad de “vincular” la actividad
científica en la base con los intereses de la ESA.

De ese ánimo colaborativo surgió el proyecto con el ‘Tempus
Pro’, un dispositivo de telemedicina diseñado en Reino Unido que ya había sido
utilizado por la ESA en 2017 tras el regreso del astronauta francés Thomas
Pesquet de la Estación Espacial Internacional.

Pero, ¿qué hace especial a este objeto de forma cuadrada,
provisto de una pantalla, botones y varios cables?

En palabras de Vigo, el ‘Tempus Pro’ funciona a través de
una conexión por satélites y en él se monitorean los signos vitales del
paciente, pudiendo hacer distintas pruebas médicas, como ecografías o
intubaciones, mientras los datos se envían en tiempo real a un médico situado
en otro lugar, que puede ser tan lejano como otro planeta.

“Es un dispositivo de telemedicina muy sofisticado, que
permite operar también a usuarios inexpertos, no sólo a médicos encargados de
una expedición”, cuenta el científico del Conicet.

Con el ‘Tempus Pro’ también se puede conectar un
desfibrilador en caso de paro cardiorrespiratorio, convirtiéndolo en un
dispositivo ideal para supervisar la salud de los astronautas en futuras
misiones a la Luna o Marte.

***

El lugar: las bases argentinas en la Antártida

Tras varios meses de preparativos, Daniel Vigo y Víctor
Demaría Pesce viajaron a la Antártida en 2019 para implantar allí el ‘Tempus
Pro’, que desde entonces se utiliza en las bases de Belgrano II y Carlini.

En estos asentamientos, los científicos recrean los
escenarios médicos que podrían encontrarse los astronautas en el espacio:
fracturas, problemas respiratorios o cardiorrespiratorios y los protocolos
médicos a seguir en estas situaciones, con conexión en tiempo real entre los
médicos de las bases y otros ubicados en Buenos Aires.

Ahora bien, ¿por qué irse hasta la Antártida para probar
este dispositivo, en lugar de hacerlo en la capital argentina? Pues porque las
tripulaciones de la Antártida llevan meses expuestas a condiciones de
confinamiento y aislamiento extremas, al igual que estarían los astronautas en
sus viajes espaciales, y eso cambia enormemente sus capacidades.

“No es lo mismo una persona que tal vez esté en un
sector urbano, con todas las comodidades, que la dotación antártica, que ya
estuvo seis meses expuesta a condiciones adversas. Eso es justamente lo que se
pretende evaluar”, argumenta Vigo, quien califica de “exitosas”
las pruebas realizadas hasta el momento.

Aunque no se trata de un proyecto exento de desafíos, puesto
que tres ministerios argentinos y varias instituciones internacionales están
involucradas en esta investigación, haciendo de la coordinación el mayor reto
para los científicos.

Fuera de esos detalles, con todo, la colaboración “fue
máxima” y el proyecto está saliendo adelante sin mayores problemas, salvo
por las dificultades económicas y sanitarias derivadas de la pandemia,
puntualiza Vigo.

***

El objetivo final: reconocer el trabajo argentino en la Antártida

De hecho, todo este trabajo conjunto con el ‘Tempus Pro’
supone un “primer escalón” en la relación con la ESA, favorecida por
la cercanía entre el país suramericano y la Antártida, la cual “facilita
mucho la logística”.

“Este es el primer año del proyecto con la Agencia
Europea y no tenemos previsto que finalice. En la medida en que seamos
exitosos, esperamos que sea una colaboración de largo aliento”, confiesa
el investigador del Conicet.

De forma simultánea, otro objetivo sobrevuela las
aspiraciones de los científicos argentinos en el continente helado: el
reconocimiento de su actividad científica en las bases Belgrano II y Carlini
como “parte de la actividad que se realiza en análogos espaciales a nivel
mundial”.

“La Belgrano II es una de las no tantas bases que,
estando relativamente cerca del polo, al mismo tiempo está al nivel del mar,
con lo cual posiciona la base muy favorablemente para hacer control y
comparación de los estudios que se llevan adelante en las bases que están a
mayor altura”, estima Daniel Vigo.

En definitiva, reconocer la importancia de unos asentamientos antárticos que quizá sean claves en la preparación del ser humano para explorar otros mundos, una posibilidad cada vez más próxima en el tiempo. ♣♣♣

#PA.

Viernes 28 de agosto de 2020.

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