Por Adrián Machado


Segunda entrega del análisis de “La Silicolonización del Mundo” de Eric Sadin.

La semana pasada analizamos la primera parte de la obra en la que el filósofo francés analiza el devenir de Silicon Valley, su origen, evolución y exportación global. En esta entrega exploraremos la “visión del mundo” siliconiana, la “industria de la vida” y la singularidad como eje social.

Hacer del mundo un lugar mejor está en el núcleo de la visión global que promueve el pensamiento siliconiano: tecnologías, mundo y bien van de la mano. Wilhem Dilthey explicitaba este concepto a mediados del siglo XIX, lo llamaba Weltanschauung: “una representación colectiva de numerosos fenómenos que forman, de modo más o menos perceptible, el marco general de la vida común”.

El espíritu de
Silicon Valley está imbuido de una exaltación de la técnica, se estima que ha
alcanzado una sofisticación que de alguna manera ha modificado su forma: no es
la técnica de la revolución industrial ni la que conocimos en el siglo XX. La
liviandad de los dispositivos y la reactividad algorítmica predominan; “el poder
y la evanescencia de lo computacional responden a la vitalidad orgánica de las sociedades
al mismo tiempo que son garantes de un mundo mejor organizado y pacificado”, afirma
Sadin.

El autor explica
que dicha mentalidad proviene de una doble genealogía histórica: una tradición
específicamente estadounidense que está basada en un protestantismo vernáculo
que “ha glorificado la iniciativa individual en nombre de la amplitud de la
construcción del proyecto de la nación”. Y, por otro lado, se origina en la
tradición histórica europea del siglo XVIII con la Enciclopedia de
Diderot y d´Alembert “que desbrozan con minucia la estructura de los objetos
técnicos, cuyas virtudes civilizadoras debían ser enseñadas a la mayor cantidad
posible de personas”. Además, es pertinente mencionar que todo el imaginario
del American way of life y de la sociedad de consumo occidental se
inspira, a partir de los años 50, en la potencia de la técnica.

El optimismo que emana de Silicon Valley pretende dar por clausurado un periodo de desencantamiento que se expandió a través de la guerra fría y la amenaza nuclear. El objetivo fue y es volver a recuperar ese “optimismo tecnológico” y la perfectibilidad indefinida del hombre, piedra basal del credo estadounidense. En esta última definición Sadin recupera a su coterráneo Alexis de Tocqueville.

“La visión de mundo siliconiana representa el clímax del positivismo que sostiene la racionalidad tecnocientífica como el vector privilegiado del perfeccionamiento de la organización de las sociedades y de las condiciones de vida. Pero le hace franquear un umbral atribuyéndole una posición omnipotente”. Esta nueva versión capitalista, que Sadin denomina tecnoliberalismo, se diferencia del capitalismo clásico porque en la versión californiana es garante de una moral que asegura la consumación próxima de una vida ideal. El contraste se encuentra en esa cuestión -en el capitalismo clásico la organización de las prácticas colectivas se encuentra alejada de la esfera moral-.

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Sadin considera a la inteligencia artificial como el “superyó del siglo XXI”. Señala que está dotada de una triple facultad:

  1. Puede interpretar situaciones de todo tipo: a comienzos de los años 90 del siglo pasado de manera sencilla,
  2. en la década siguiente ocurrió un salto cualitativo con el surgimiento del data mining, “que refiere a la capacidad adquirida por ciertos programas para capturar, a altas velocidades, correlaciones entre series de hechos que dejan en evidencia fenómenos que hasta ese momento no eran inmediatamente perceptibles al ojo humano”.
  3. La tercera facultad de la inteligencia artificial es la autonomía decisional, “la capacidad de emprender acciones sin validación humana previa”, que está ligada a la capacidad de “autoaprender” de los sistemas, es decir el “machine learning”.

La vida ha sido
colonizada en distintos campos por la inteligencia artificial, incluidos los
aspectos más cotidianos, como todos los asistentes virtuales con los que
habitualmente convivimos cotidianamente en nuestros smartphones. La
interacción mejora la prestación debido al deep learning. El escritor
galo establece que “se ha producido un malicioso y masivo ‘traspaso de poder’
desde la razón humana hacia sistemas encargados de iluminar con sus ‘luces’
fragmentos cada vez más amplios de nuestras existencias”.

El objetivo de la “visión siliconiana” del mundo es inaugurar una nueva y definitiva secuencia de la historia, liberar a la humanidad de sus males mediante la organización algorítmica de la vida. Se retomaría la perspectiva cibernética de mitad del siglo pasado: esta idea “neocibernética” se inscribe en lo que Sadin denomina como “tecnolibertarismo”, que “difiere del libertarismo histórico que defendía prioritariamente el derecho absoluto a la libertad de las personas y a sustraerse a toda autoridad”. La ontología tecnolibertaria consiste en “descalificar la acción humana en beneficio de un ‘ser computacional’ que se juzga superior”.

La impersonalidad, asepsia y eficacia de los sistemas algorítmicos “materializan de modo imperceptible las intenciones de quienes los conciben o de sus patrocinadores, induciendo un poder de acción y asimétrico de algunas personas sobre la vida de otras personas. Esto también es el Espíritu de Silicon Valley: organizar el mundo en función de intereses propios, al mismo tiempo que se hace creer que nunca hemos conocido un periodo histórico tan ‘cool’, ‘colaborativo’ y ‘creativo’”.

En el texto se
advierte sobre un totalitarismo digital suave y la idea de gubernamentalidad en
el sentido utilizado por Foucault: la capacidad de las personas para intervenir
en el marco de acción de otras personas. “En los hechos, lo que se produce es
una organización específica de la información en vistas a ejercer un poder de
influencia sobre nuestros usos -duración de las consultas, emisiones de posteos,
actos de compra-, que, en última instancia, son incumbencia de cada cual”.

El juicio
subjetivo es deslegitimado frente al management algorítmico que “tiende
a la máxima eficacia en todo momento, y esto sucede a través de parámetros que
no son objeto de ninguna publicidad, y que generalmente son definidos por
consultores y gabinetes externos”. La opacidad está plenamente instituida y
sostenida por el tecnolibertarismo.

“La mayor paradoja de nuestro tiempo pretende que este soft-totalitarismo sea celebrado por todos los actores denominados ‘progresistas’ o liberales, puesto que relanza el ideal de progreso pero bajo una versión de ahora en más ‘igualitaria’, y que permite a cualquiera contribuir gracias a la propia creatividad, u obtener beneficios bajo la forma de aplicaciones a un costo casi nulo, ‘aumentando’ la vida”, finaliza así este bloque de su argumentación Eric Sadin.

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La industria de la
vida

En 2015, Google
creó Alphabet, agrupando de esta manera al motor de búsqueda con todos
los demás departamentos de la empresa. Esta sociedad, al igual que otras en la
economía de datos, no intenta reproducir los esquemas característicos de
conglomerados como General Electric, que históricamente se basaban en la
multiplicación de actividades comerciales e industriales sin relación directa
entre ellas. Se apunta a algo totalmente distinto: “capitalizar las menores
manifestaciones de la vida, haciendo emerger una economía adosada a los flujos
ininterrumpidos de la vida y del mundo: una ‘industria de la vida’”.

Como la vida no se detiene, brota una fuente inagotable de riqueza. El capitalismo industrial tenía como objetivo producir la mayor cantidad de bienes posibles y venderlos en breves lapsos de tiempo, gracias al crédito y la publicidad. La limitación existente de la sociedad de consumo era la cantidad de actividades humanas que no podían ser objeto de la mercantilización. A partir de la década de 1980 el liberalismo buscó eliminar esas restricciones, ampliando su radio de acción. Aunque no consiguió eliminarlas del todo.

“El tecnolibertarismo anula ese vacío, suprimiendo todo espacio vacante y haciendo realidad el sueño último del capitalismo histórico: lanzarse al asalto de la vida, de toda la vida”. Esta industria se basa en una adecuación robotizada entre oferta y demanda, se intenta derribar un gran obstáculo: la decisión de compra busca ser sustituida por la “automatización personalizada de la gestión de nuestras necesidades”. El producto va hacia el consumidor, invirtiendo el orden tradicional, se infiltra en su existencia. La idea de “hacer del mundo un lugar mejor” es llevada cabo por la inteligencia artificial y su “cuidado” de nosotros.

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La empresa start-up
es la nueva versión, popular, del mito del garaje. Este tipo de empresa es el
paradigma del consenso ideológico social-liberal de nuestra época. No surge de
cualquier idea, sino de un tipo particular que responde al postulado según el
cual “la vida cotidiana está hecha de gran cantidad de falencias”.

A diferencia de la compañía tradicional, la start-up puede empezar con casi nada y beneficiarse prontamente de una infraestructura logística favorable para su desarrollo -esa es la función de las “incubadoras”, por ejemplo-. El riesgo no lo asume el emprendedor, sino el capital de riesgo, por lo que un valor de la empresa clásica como el compromiso es relegado tras la impulsividad y la espontaneidad. Importa más la idea que seguirá que la actual -9 de cada 10 start-up fracasan, además se crean pocos empleos y, en su mayoría, son precarizados-. El ritmo vital de esta etapa del capitalismo es frenético.

Las normas y la jerarquización en la división del trabajo se mantienen, pese a lo que se transmite: “la vida cotidiana de una empresa start-up está menos emparentada con el cliché de una continua garden party que agrupa jóvenes que ´sueñan con hacer del mundo un lugar mejor’, que con una versión contemporánea de Tiempos Modernos, en la que vemos una gran cantidad de individuos pegados a sus pantallas, apurados en todo momento y que sueñan con una súbita alza de la cotización de sus stock-points”.

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“A diferencia de
veinte años atrás la disrupción no remite solamente a acontecimientos
tecnológicos y económicos que producen efectos más o menos limitados a su
esfera directa de influencia, sino que, de modo más amplio, señala
acontecimientos que se extienden a escala de toda la sociedad”, la disrupción,
expone Sadin, da testimonio de una forma pasiva de la innovación, se conforma
con “beneficiarse con aquello que está al alcance de la mano y aplicarlo en
teoría a cualquier campo”.

La innovación moderna buscaba superar los límites fijándose como objetivo final producir una originalidad radical, si resultara exitosa podría ejercer fascinación -el iPhone, en 2007, por ejemplo-. La innovación disruptiva, en cambio, no intenta superar límite alguno, sino que se somete al límite tecnológico y lo explota de manera casi mecánica. Ese conformismo “reviste la apariencia engañosa de una novedad”.

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Los “emprendedores
visionarios” son los señores del sistema neofeudal que impera en el
tecnolibertarismo: son personajes que han integrado perfectamente el espíritu
de la época y han concebido métodos de gestión altamente sofisticados
destinados a ofrecer el mayor despliegue posible a la industria de la vida.
Este sistema se divide en cuatro tipos de castas:

  1. King Coders: individuos que dominan, con un nivel de
    excelencia, las matemáticas y las ciencias de la programación, así como la
    concepción de algoritmos complejos.
  2. Oficios de la economía de los datos como departamentos
    de investigación y desarrollo, diseño, marketing, relaciones públicas, recursos
    humanos, servicios financieros y los programadores -núcleo de la actividad-.
  3. El lumpenproletariado actual: trabajadores de las
    empresas fabricantes de hardware, asiáticas en su mayoría.
  4. Participantes de la economía de plataformas:
    prestatarios, choferes de VTC, locadores de inmuebles, individuos que se
    suponen independientes.

La fuerza
siliconiana radica en lograr una síntesis inédita entre ideologías – en
su versión soft- históricamente irreconciliables: “Es una suerte de proyecto
político y social sazonado con un toque de utopía y realizable gracias a la
implicación concreta y activa de todos los espíritus optimistas y revoltosos
del mundo”.

Para conquistar la tierra entera el espíritu del valle necesita de instituciones que diseminen su evangelio.

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Psicopatología

La neurosis del tiempo real es lo que sucede en el modelo de Silicon Valley. El tiempo real, en su origen, denomina la disposición técnica que consiste en proceder a dar órdenes en una computadora percibiendo los resultados casi en el momento que esos procesos están teniendo lugar. Este tiempo, el real, se confunde a menudo con el directo, aunque tienen poca relación; “el directo ha denominado una disposición técnica, pero de otro tipo: garantiza la retransmisión de acontecimientos -por medio de las ondas, bajo la forma de sonidos o de imágenes- en el momento mismo en que tienen lugar”.

Mientras que el tiempo real hoy no se relaciona solo con el medio limitado que es una computadora, sino que remite también a la facultad de captura de un número de fenómenos de lo real en el momento mismo en que están ocurriendo. Difiere del directo en el hecho que “supone instalar un dispositivo de registro en un lugar preciso y por una duración circunscripta, por ejemplo, en un estadio en ocasión de un partido de fútbol”.

Actualmente
coexisten dos tiempos “reales”, que se ejercen en dos modalidades distintas: el
“vivido” por los sistemas, que tratan datos transmitidos por los sensores y
que, “en función de los resultados y de los algoritmos que los estructuran,
actúan en retroalimentación de modo autónomo”. Luego está el tiempo real
directamente explotado por las personas en ciertas entidades, este tiempo lo
experimentamos cuando utilizamos ciertas aplicaciones, como las del tráfico,
por ejemplo.

El tiempo real desvanece la distancia entre los cuerpos y apunta a la dominación absoluta sobre el curso de las cosas, hemos superado el umbral de las “sociedades de control”, estamos bajo un control de nuevo tipo, expone Sadin, “más pregnante y que no se alimenta solamente de archivos -antiguos o recientes-, sino del estado de lo real en el instante en que se concibe”. La vida se vuelve transparente en tiempo presente de manera permanente.

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Acción y reacción

“La acepción usual de la locura como ‘reverso’ de la razón es más inadecuada que nunca. Hay formas de locura que se expresan en la ambición de erigir un sistema de verdad que se supone absoluto e indiscutible. No es la primera vez en la historia que la racionalidad llevada a su extremo limita con la locura”.

“Vivimos en un
momento singular de la historia de la humanidad que se caracteriza por una
extrema potencia técnica, pero en el mismo movimiento sentimos, en parte por
esta causa, constantes ausencias ante nosotros mismos”. Este nuevo malestar de
la cultura, al contrario de aquel identificado por Freud, que era irresoluble a
riesgo de desmoronar todas las estructuras de la sociedad, puede ser tratado.

Al final del libro, el autor expone un manifiesto para no solo oponerse a este nuevo giro civilizatorio, el objetivo es mayor a simplemente conservar la antigua civilización occidental. Y depende de nosotros. “La irresponsabilidad sería mirar a otro lado”, afirma.

“Tenemos que
frustrar este proyecto de cultura que pretende instaurar una organización cada
vez mas robotizada de la vida, y volver a apoderarnos de nuestro derecho
natural a ejercer nuestra libertad de juicio y nuestro libre poder de decisión.
Con sobriedad, pero con firme convicción, podemos denominar a esto una política
de nosotros mismos saludable e imperiosa”.

La organización
algorítmica de la sociedad, la mercantilización integral de la vida, la
prescindencia respecto de la decisión humana, nunca antes se vio algo como
esto. El modelo siliconiano es promovido desde el sector político, desde casi
todo el espectro ideológico partidario. El lobby es feroz y ofrece soluciones
prefabricadas a los responsables estatales. La civilización siliconiana,
embrionaria, pretende arrasar con su predecesora, de la cual emerge.

La erradicación de
lo sensible representa uno de los objetivos principales del programa
siliconiano, dado que cuenta con encerrar la experiencia humana dentro de los
dispositivos que concibe. Celebrar lo sensible no se refiere a clichés como
pasear o vivir en el bosque, hacer senderismo en las montañas, es atender al
propio medio, a los demás, a uno mismo, sabiendo que ciertas dimensiones se nos
escaparían si estuviéramos sometidos a un registro limitado de la percepción.

La proclama de Sadin finaliza de esta manera: “Debemos obrar contra el fatalismo, los egoísmos y el cinismo, y por el advenimiento de un nuevo humanismo”. ♣♣♣

#PA.

Domingo 19 de julio de 2020.

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