Por Penélope Canónico

26 años bajo un grito de justicia. Miradas
que ya no están. Preguntas sin contestar. El horror del accionar terrorista. 85
víctimas fatales y más de 300 personas heridas. Se reivindica el valor de la
memoria y se renueva el pedido por la verdad. Una cruda resolución de la Cámara
Federal ordenó profundizar las pistas sobre el atentado que aún están
pendientes para juzgar a los autores, ciudadanos y funcionarios iraníes e integrantes
de la organización Hezbollah.

Atravesada por la pandemia, la conmemoración
central por un nuevo aniversario del ataque terrorista perpetrado el 18 de
julio de 1994 se desarrolló en formato virtual y por adelantado. Un día antes
de la fecha para dar cumplimiento a Shabat, el día sagrado de descanso para el
judaísmo. Pero, no se modificó la fuerza en la denuncia de la impunidad que
reviste la causa.

***

El reclamo es tan real como siempre

Nuevas rutas para ahondar en un espacio de
reflexión. Diálogos artísticos e intergeneracionales ofrecen un contrapeso a la
tragedia que desató el coche bomba que explotó en Pasteur 633 hace más de un
cuarto de siglo. Convocado por AMIA para brindar un mensaje que destaque la
importancia de la unión y el respeto en la diversidad, el actor Ricardo
Darín
interpretó el monólogo final de El gran Dictador. La
producción audiovisual lleva el nombre de Detengamos el odio (www.youtube.com/amiaonline).

Yo lo recuerdo, no estaba ahí, me lo
contaron, para no olvidar. El cantante y guitarrista Mateo Sujatovich,
compuso la canción No se borra para rendirles homenaje a las víctimas.
“El recuerdo es una herramienta de construcción de futuro”, destaca el
artista. La voz de León Gieco se traduce en una presencia que emociona
por su compromiso con los principios de Verdad y Justicia.

Un ejercicio de la memoria desde la pintura
que propaga el reclamo por el esclarecimiento de lo que sucedió. Así puede
definirse el proyecto que realizó Marcos Acosta en el marco de una serie
de iniciativas artísticas para conmemorar los 26 años del atentado terrorista
contra la sede de la entidad. El resultado puede verse en la muestra digital Re
Memoria – Retratos de vida
. Como si se entrara en la sala de un museo, la
exposición se puede recorrer de manera virtual para contemplar cada una de las
85 acuarelas exhibidas que representan a cada una de las personas asesinadas.

Volver sobre una imagen y traerla al presente
con pinceladas que reescriben los rostros fue la acción que hilvanó el proceso
creativo. “Ante el paso del tiempo, pintar a partir de una foto se transformó
en una metáfora del hecho de volver a recordar. Acosta estuvo siete meses
dedicado a restaurar, rescatar y visibilizar a las víctimas fatales, gracias a
las fotos que nos dieron y nos confiaron sus familiares”. asegura Elio
Kapszuk
, director del área de Arte y Producción de AMIA, y curador.

***

Testigos directos del horror

Sobrevivientes. Marcas de dolor y esperanza.
Sus vidas cambiaron y se cruzaron para siempre después del ataque terrorista.
La masacre se produjo un 18 de julio de 1994 a las 9.53 de la mañana en el
barrio de Once. Una explosión seguida de silencio y testimonios.

El arte como refugio. “Busco mostrar la
belleza de la herida. La belleza no solo es lo lindo, sino también el dolor y
la tristeza”.

Mirta Satz tenía 36 años cuando ocurrió el
atentado. Se desempeñaba como jefa en tesorería y estaba sola en la oficina del
segundo piso que compartía con sus cuatro colaboradores, ubicada a escasos
metros del punto exacto en el que el inmueble empezaba a partirse y
derrumbarse. “No recuerdo un ruido terrible. Debe ser una negación mía por el
shock. Estallaron los cristales de la ventana. Los materiales se iban moviendo
y cayendo al compás de un sonido como el de una serpiente cascabel.  Fue un pequeño instante en el que todo se iba
deshaciendo”, le confiesa a #PuenteAereo.

Se desmoronaban pisos y paredes. Gritos
desgarradores entre medio de los escombros. Desde el fondo, según le contaron
otros sobrevivientes, el intendente del piso gritó: “¡Cuerpo a tierra!
¡Todos debajo de los escritorios!”. Pero ella no lo escuchó. Si hubiese
acatado la advertencia, habría muerto. Pudo reaccionar a tiempo. “Logré escapar
y encontrarme con un grupo de 15 personas en una especie de pasillo donde
podíamos estar parados. Encerrados y al borde de la asfixia, comenzamos la
epopeya de poder trepar hasta lo más alto”, rememora. Entre los escombros, una
madre amantaba a una beba. Esa niña, nadie sabe cómo ni por qué, terminó en los
brazos de Mirta.

Subieron a la terraza. Panorama apocalíptico.
Todos los edificios de enfrente caídos como castillos de naipe. Volaban
helicópteros. Mirta solo pensaba en comunicarse con su familia para decirles
que estaba a salvo. Lograron escapar por oficinas de Uriburu con la sensación
latente de que habría más explosiones. En la huida, apareció la mamá de la beba
(hoy, es una mujer de 26 años que vive en Israel).

Su marido recorrió el escenario de la
explosión. “En las imágenes de TV lo veo buscándome viva con desesperación,
pero hoy ya no está (falleció en 2006). Ironías de la vida. Lo revivo mirándolo
en secuencias congeladas”, relata con un hilo de voz mientras evoca el momento
del reencuentro. “Fue como en las películas: chocarnos corriendo de frente para
darnos un abrazo eterno”, describe.

—¿Cómo fue el día después?

—Terrible. De ahí en adelante comenzó un
calvario. Estaba muy enojada, sentía una mezcla de bronca con tristeza. No
podía entender que mis compañeros no tuvieran vida. Ir al velorio de cada uno
fue desgarrador. Me sentí culpable por haber sobrevivido. Mi cuerpo se
convirtió en un escenario donde se batallaban preguntas sin respuestas.
Colaboré durante un año en el proceso de reconstrucción de la asociación hasta
que presenté mi retiro voluntario. En ese momento, explotó una bomba interna en
mí. Renunciaba a la seguridad y estabilidad de un empleo. Me tiraba al vacío.
Pero no me importaba porque yo ya había transitado el paso hacia la muerte.

—¿Qué representó tu paso por AMIA?

—Me permitió tener independencia económica a
los 17 años para poder comprarme todos los libros que quisiera. Acompañó mi
crecimiento, enseñó a relacionarme y me otorgó un sentido de pertenencia dentro
de un grupo laboral. Fue un gran aprendizaje.

—¿Cómo sobrellevaste el dolor?

Mis valores se dieron vuelta. Se cayó una
pared y pude levantar otra basada en el amor. ¿Cómo sobrevivir después de
sobrevivir?, me cuestioné durante años. Las certezas las encontré en el arte.
Cicatricé mis heridas refugiándome en mis pasiones: el dibujo, la pintura, la
escritura, la composición de canciones y el tango. Convertí mi casa de Parque
Patricios en un centro cultural. La Legislatura declaró de interés cultural el
mural que con azulejos cortados y de forma colectiva hicimos en el frente. Lo
llamamos La sonrisa de Gardel. Internamente, fue una reconstrucción, una forma
de unirme a otras manos con las que pudiera levantar una nueva pared.

Coleccionista de palabras. La expresión
japonesa Ikigai (aquello por lo que vale la pena vivir) se materializó como un
sendero de luz en su cuerpo. Dedicó su obra plástica a entender el horror.
Mantiene la esperanza de tener esperanza. También, la sensación de caminar
sobre algo que se cae. Pero, sus pasos nunca se detuvieron.

“…El ascensor cae a una gran velocidad, se
escucha un ruido de piedras y silencio absoluto…me voy a relajar, voy a morir
en paz, y me dejé llevar tranquilo, relajado…”.

Alejandro Mirochnik trabajaba en el
departamento de prensa de la DAIA. A las 9.53 AM estaba en el quinto piso de la
sede central de la AMIA. Recuerda que aquella mañana fue a su oficina, saludó a
sus compañeros y buscó los diarios, pero con la sensación de que algo sería
distinto.

“No escuché el estallido, solo el ruido del
ascensor que se desprendió. Mi cara quedó cubierta de polvo y mi pierna derecha
doblada. Estuve varias horas encerrado hasta que un bombero consiguió
rescatarme entre medio de los escombros. Tuve la suerte de salir a tiempo
porque media hora después se desplomó la estructura donde yo estaba”, le cuenta
a #PuenteAereo.

Helicópteros sobrevolando el escenario,
topadoras, gritos desgarradores. Después, una camilla, cuello ortopédico, rumbo
al hospital. Los médicos debatieron si amputar o no la pierna quebrada de
Alejandro. “Siempre fui atleta. Participaba de triatlones. Pedí que esperaran
porque estaba seguro de que con voluntad podría recuperarla”, relata con un
suave tono de voz.

Con un calzado especial, logró cumplir el
sueño de correr un iroman en tiempo récord. El 9 de julio cumplió 58 años que
celebró junto a su pareja, Marcela, en Traslasierra, Córdoba adonde se mudaron
un 28 de diciembre de 2019. “Estamos viviendo una vida de ensueño”, describe.

—¿Cómo fue el día después?

Angustiante. Sentí una tristeza enorme por
haber sido testigo. Me costaba entender lo que había pasado. Encontramos sin
vida a mi tío, que trabajaba como mozo, dos días después del ataque. Como
estaba familiarizado con recortes de periódicos, hacía un seguimiento de los
atentados que se venían dando en Medio Oriente. En marzo de 1992, hubo un aviso
importante en la embajada Israel. Recuerdo que estaba caminando por las playas
de Mar del Plata con mis padres cuando escuché por la radio la noticia de que
habían destruido la embajada. No olvido el terror y miedo impregnado en le
rostro de mi mamá.

—¿Cómo sobrellevaste el dolor?

Me hice adulto en muy poquito tiempo y tuve
que aprender a manejarme solo. Después del atentado, nació un nuevo Alejandro
con más fuerza. El otro, murió en 1994. El deporte me salvó la vida y permitió
conocer casi toda la Argentina. Era un tipo sano, pero alguien se encargó de
suicidar mi pierna. Me especialicé como profesor de Educación Física especial y
aprendí mucho de mis alumnos para sobrellevar el día a día. Fueron los mejores
psicólogos. Les enseñaba atletismo y ellos, a vivir. Tengo mucha entereza
física y mental. Mi lema es seguir luchando y apostando a la vida.

—¿Tenés esperanza de que haya justicia?

Ya no la espero. Si viene, será bienvenida.
La justicia me la está dando Dios con los años de vida. Justicia hice con mi
tío en recordarlo en cada uno de los actos.

En Alejandro convergen la dualidad de una tristeza que no se va a ir jamás con la alegría de estar vivo y celebrar las pequeñas cosas, como tomar un mate junto a su pareja en medio de la naturaleza. ♣♣♣

#PA.

Sábado 18 de julio 2020.

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