Aunque nunca no lo quiso, por más que jamás lo buscó, la vida de Adolfo Rubinstein siempre estuvo atravesada por la política. Su abuelo, médico, fue concejal del socialismo entrerriano y dirigió el primer centro sanitario del pueblo. Su padre, abogado, se desempeñó como asesor de Raúl Alfonsín, flamante presidente de la reapertura democrática en 1983. Pero él no, él estaba para otra cosa. Prefería el guardapolvo y el estetoscopio antes que la corbata y el saco; le atraían los libros y su trabajo en el Hospital Italiano, institución en la que pasó más de 20 años. 

Sin embargo, se ve que el árbol genealógico tenía las raíces bastante gruesas porque sin muchos antecedentes en la gestión pública, en 2017, se convirtió en titular de la cartera de Salud a nivel nacional. Allí, este médico de familia –Doctor en Medicina (UBA), Investigador del Conicet y profesor visitante en Harvard– experimentó dos de los años más intensos de toda su vida. Se pronunció a favor del proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y fomentó la ampliación de otros derechos, como la cobertura integral del tratamiento hormonal. Aunque también, por supuesto, saboreó de las malas. Su ministerio fue degradado a secretaría y sus detractores lo responsabilizaron de una fuerte reducción presupuestaria que condujo a la falta de vacunas del calendario obligatorio. En este diálogo en profundidad, Rubinstein exhibe sus luces y sus sombras: evalúa su paso por el Ministerio de Salud, cuenta por qué renunció en 2019 y responde si le hubiese gustado seguir en el cargo para hoy pilotear la pandemia. 

—Tu familia vino de Rusia. Tu abuelo fue un emblemático concejal socialista en Entre Ríos.

Mi familia vino de Rusia en 1890 más o menos. Gauchos que viajaron tras escapar de los pogromos (linchamientos) gracias a los subsidios del Barón Hirsch, un banquero y filántropo alemán que impulsó las colonias judías en América. Compró tierras en Entre Ríos y los Rubinstein fueron, entre tantos otros, uno de los grupos que arribó a Argentina. Debo confesar que nunca tuve demasiado contacto con la religión ni con las tradiciones, pero el año pasado me invitaron a visitar el lugar en el que se habían criado mis antepasados. Me enteré, por ejemplo, de que se entregaban créditos muy baratos para la compra de maquinaria agrícola y herramientas. Mi abuelo Adolfo falleció antes de que yo naciera, se recibió como médico obstetra en Buenos Aires y, al regresar, fue el primer director del hospital del pueblo. Me sorprendió saber estas cosas porque no sabía nada, mi viejo no me había dicho. Fue movilizante.

—Don Adolfo introdujo el vaso de leche en las escuelas. 

Eso sí me lo contó mi viejo, le producía orgullo. Toda mi familia proviene de las entrañas del socialismo, mi papá fue dirigente hasta que en 1983 se desplazó hacia el alfonsinismo; fue asesor del presidente. De hecho, fue el creador de la corriente radical-socialista y a mí me tocaba, de bastante chico, ser el representante de la juventud. Éramos diez gatos locos los que acompañábamos como parte de una movida increíble a nivel nacional con el retorno a la democracia. Por mi parte, nunca estuve en la política o en la militancia más allá de eso chiquito que te acabo de contar. Toda mi concentración, mi foco, lo puse en la medicina y en la salud pública. 

—Si era asesor de la presidencia, seguro recordás alguna anécdota de tu viejo y Raúl Alfonsín…

Hay una anécdota que no me la olvido más. Alfonsín había venido a mi casa cuando se creó la corriente radical-socialista en 1982, previo a las elecciones internas del partido de las que participó él y Fernando De la Rúa. Lo conocí y quedé maravillado, un verdadero líder, algo increíble ese tipo, llegaba y cortaba el aire; mi viejo nos presentó, cinco minutos de diálogo cordial y ahí quedó todo. Yo era un pibe, muerto de miedo. Luego de unos meses, en un comité radical en el que había muchísima gente, esperaba en uno de los pasillos a que se presentará Alfonsín en el salón principal. Me acuerdo patente que se paró donde yo estaba, se estacionó ahí un segundo y me saludó: ‘¿Cómo le va mi doctor?’. Casi muero de tanto que se me infló el pecho; nunca entendí cómo se acordó, con tanta gente que veía y visitaba todo el tiempo. Después lo crucé bastante en el Hospital Italiano, donde hice la carrera médica. 

—¿Iba a atenderse?

El director era Enrique Beveraggi, más tarde su ministro de Salud. El Italiano era “el hospital radical”; siempre que tenía un problema se atendía allí el presidente. Y nosotros, los más jóvenes, nos escapábamos para verlo y para tratar de cruzar una palabra. Pero esos fueron mis contactos con la política, el resto del tiempo lo destiné a estudiar. 

—Se nota porque tenés un CV increíble. No te detuviste un segundo. ¿Qué tipo de médico sos?

Soy médico de familia, de atención primaria, de esos que se ubican en la primera línea de combate; un puente entre la medicina y la salud pública. Intento encarnar el concepto tradicional del médico de cabecera que resuelve los problemas frecuentes y deriva hacia otros especialistas si es que las necesidades son más bien específicas y complejas. Me gusta ser el médico de confianza, el que además del conocimiento sobre lo técnico, también se destaca por las habilidades comunicacionales. 

—Muchos médicos no hablan con sus pacientes, ni siquiera los miran cuando ingresan a las consultas. 

Pasa mucho eso, sobre todo con los especialistas y su formación técnica que les impide tener presentes otros aspectos más humanos. No advierten las necesidades, aquello que los pacientes demandan, sus miedos, el modo en que se dicen las cosas que se dicen. El médico de familia se define como un especialista en las personas y no tanto en órganos o sistemas específicos. Me parece que es una buena manera de entender la diferencia. Cuando comencé a formarme lo hice en medicina interna, luego pasé a medicina familiar y con el tiempo creé ese servicio en el Italiano. Fui jefe durante 20 años y hoy es un polo muy fuerte de atención primaria-académica en Argentina y en la región. En 2010 renuncié y a partir de ahí me dediqué de lleno al Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS), en el que fui director general. Más tarde llegué al Ministerio. 

—Siempre es interesante conocer cómo se producen esos contactos. Algo similar que cuando a un jugador le avisan que irá al próximo mundial de fútbol: ¿quién te convocó para ser ministro? 

Nunca imaginé que me tocaría. Fue medio de casualidad: era el médico de cabecera de Jesús Rodríguez, economista y político, desde 2016 al frente de la Auditoría General de la Nación. Es un dirigente radical de fuste, un histórico del alfonsinismo, un pensador muy pero muy importante. Nos empezamos a hacer amigos y, en principio, me llamó a participar de unas reuniones cuando Ricardo Alfonsín, en 2011, fue como candidato a la presidencia. Asistí un tiempito a unas reuniones y me fui; la verdad es que no me llamó demasiado la atención. A principios de 2014, comenzó a surgir Ernesto Sanz como precandidato radical en Cambiemos y me gustó mucho. Sin quererlo me convertí en el referente de salud de su equipo, aunque para ser justos, tampoco era una figura protagónica ni mucho menos. Estaba ahí, simplemente. 

—Pero ganó Macri, siguió como candidato de Cambiemos y, más tarde, triunfó en las elecciones generales. 

Claro, después ganó Macri y seguí con mi vida. Estuve en algunos encuentros de la Fundación Pensar del PRO, tuve una charla con Miguel Brown que quería ver qué pasaba conmigo; si me interesaría, en un futuro, formar parte del gobierno. Me acuerdo que era fines de 2015 y le agradecí mucho pero le advertí que si me convocaban en esa fecha no estaría dispuesto a agarrar ningún cargo. 

—¿Por qué? 

Soy fanático de River y ese año, con mi hijo y unos amigos, nos íbamos a Japón a jugar con el Barcelona. Impostergable. Fue un viaje realmente increíble. 

—Ahora puedo entender por qué Macri no te llamó para ser su ministro de Salud desde el comienzo…

No, eso no influyó. Jorge Lemus –que asumió en 2015– ya estaba en carpeta trabajando con el espacio desde hacía mucho antes. En 2017 tuvo problemas de gestión, se lo acusaba de que el área estaba un poco paralizada. A principios de ese año me convocaron para ser secretario de Promoción de la Salud, Prevención y Control de Riesgo, una suerte de viceministro. Fue mi primer desembarco en el sector público, así que tuve que aprender mucho en poco tiempo. Como la gestión de Lemus estaba desgastada, en octubre asumí al frente de la cartera. Fueron dos años, aunque parecieron más. Se te hace largo cuando estás ahí. A mí me dio mucha visibilidad la participación en el debate por la Ley de la Interrupción Voluntaria del Embarazo. 

—Estabas a favor cuando el presidente estaba en contra, ¿te generó algún problema alguna vez?

Siempre digo lo mismo y nadie me cree. 

—Yo te creo. Contame.

Nunca me presionaron. En mayo de 2018 Macri bajó una línea muy clara para sus funcionarios: la discusión en torno a la IVE era un asunto de creencias y opiniones personales. De hecho una mitad del gabinete era verde y la otra celeste. Fue un tema que, afortunadamente, se pudo debatir como nunca antes. Un tabú que se quebró. 

—Incluiste muchos datos en tu presentación.

Traté de mostrar el material basándome en la mejor evidencia científica disponible. Creo que mi contribución fue introducir el tema de la salud pública en todo esto; intenté justificar mi argumento a partir de un enfoque que para muchos era novedoso. Es cierto que es un tema de ampliación de derechos de las mujeres a decidir libremente sobre sus cuerpos pero no había que soslayar un problema que incorpora muertes, mutilaciones, internaciones y problemas psicosociales. Me preocupé por cuantificar. Para decirlo de una vez: entiendo perfectamente que haya un debate alrededor de las creencias, religiones y todo eso pero… ¡las mujeres se internan y se mueren por esto!

—Seguro, eso quedó claro. Por otro lado, mediante la Resolución 3459/2019, dispusiste la cobertura integral del tratamiento hormonal. Una medida muy interesante…

Me re putearon, por supuesto. Lo único que hice en ese caso fue cumplir con la ley vigente. Todos se hacían los distraídos, igual que ocurrió con el protocolo para la atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal del embarazo (en las condiciones exceptuadas por el código penal, casos de aborto no punible). Sólo quise formalizar jurídicamente una situación que ya estaba estipulada hacía un siglo, un protocolo de actuación médica para que cada provincia dejara de hacer lo que quisiera. Era una competencia del Ministerio de Salud, pero Macri lo derogó y presenté mi renuncia indeclinable. El presidente fue mal asesorado por la presión de los grupos celestes y religiosos. 

—¿Cómo evalúas tu paso por el Ministerio? La degradación del espacio a Secretaría, la reducción del presupuesto y la falta de algunas vacunas son algunas de las cosas que sucedieron cuando estuviste al frente. 

La degradación del Ministerio fue una decisión horrible. Así lo expresé en su momento, fue una acción realizada de una manera extremadamente irreflexiva. Ahí también presenté la renuncia pero me pidieron que me quede; Argentina comenzaba una caída libre irreversible y era jodido abandonar el barco en ese momento. Me aseguraron que, aunque ya no había Ministerio, podría desarrollar las mismas estrategias y las políticas que había planificado. De cualquier manera, hoy a nadie se le ocurriría tremenda decisión con todo lo que está pasando con la pandemia. El presupuesto de Salud no disminuyó; en verdad, lo que hubo fue redistribución de partidas. 

—¿Por ejemplo?

Un programa entero como “Incluir Salud” salió de nuestra órbita y pasó a otra (aproximadamente abarcaba un 20% del presupuesto total); de la misma manera que la entrega de leche fue a Desarrollo Social. Luego, respecto de las vacunas, la única con la que hubo problemas fue con la del meningococo. Se llevaba, habitualmente, el 30% del presupuesto del calendario de vacunación en el país; con lo cual, es una de las más caras entre las 20 existentes. Argentina es una de las pocas naciones en el planeta que la incluyó. En septiembre de 2018, con una devaluación por encima del 100%, decidimos posponer las dos dosis de refuerzo (son cuatro en total) a los 11 años. Pensamos que se trataba de una decisión correcta porque los pibes de esa edad no configuraban un grupo de riesgo frente a una enfermedad como la meningitis invasiva. 

—¿Y la del sarampión? En Argentina volvió a haber casos tras 20 años…

El sarampión es una pandemia, hay medio millón de casos en el mundo. Europa y EE.UU. lo habían erradicado en los ‘80 y los ‘90 y hoy lo vuelven a enfrentar miles de pacientes. Tanto la relajación en los hábitos de vacunación como los movimientos antivacunas influyen en esto. En Argentina tenemos una tasa de vacunación que, en este momento, alcanza el 92%; no es ideal pero es muy buena. En Brasil hay 30 mil casos; no es correcto decir que el virus se vincula con el abandono del Estado o del Ministerio de Salud. Es un conflicto estructural, de escala mundial. 

—Estudiaste epidemiología clínica, no puedo evitar consultarte sobre el coronavirus. ¿Te hubiese gustado ser ministro en este momento?

¿Te doy la respuesta políticamente correcta o la otra?

—La otra, claro. 

Es un momento dificilísimo. A mí me tocó el brote de hantavirus que, comparado con esto, es nada. Y, pese a todo, quiero decirte que la pasamos mal. Parte del sur confinado, con transmisión interhumana y un 30% de mortalidad; por ello, el riesgo de que se esparciera era alto. Aislamos a un pueblo, le pedimos ayuda a la policía para controlar que se respetara el aislamiento obligatorio. Muchas de las cosas que hoy vemos pero a pequeña escala. Representa un enorme desafío estar al frente de la cartera sanitaria en la actualidad. Para mí el sistema de salud argentino, con sus luces y sombras, es mucho mejor de lo que el relato cuenta. Ofrece una cobertura muy amplia; es bastante robusto comparado con los países de la región. Esta pandemia puede tener un efecto positivo al revalorizar el campo. El mensaje para la política es claro: ¡no jodan con la salud! 

—Podría ser un buen cierre, pero dame una más: ¿qué te queda pendiente en tu vida?

¡No me mates, que todavía tengo muchas cosas por hacer!

—Me refiero a lo profesional… Insisto, algunas cosas habrás resignado por dedicarle tanto a la profesión.  

Siempre se dejan cosas de lado pero no soy un fanático del laburo. Nunca lo fui. Hago deporte, salgo a correr, me entreno, vacaciono en sitios en los que puedo hacer trekking con mi esposa. Tengo mellizos ya adultos pero en algún momento fueron más chicos y hubo que cuidarlos. Leo muchísimo, hace un tiempo me había agarrado una especie de adicción por la astrofísica y leía divulgación. También me divierte aprender sobre la Roma clásica; repasé bastante la obra de Yuval Harari. Me encanta aprender, ¡soy curioso! ¿Está mal?

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