El tiempo violentado

 

Desde hace dos años vivimos con un ruido persistente. Es el bajo continuo de una casa en demolición. Un crujido que viene de estructuras que creíamos sólidas y que ahora se desmoronan. Junto al estruendo del Estado atacado hay otro sonido más sutil pero constante: el del tiempo violentado. El pasado se convierte en arma, el futuro es secuestrado, y el presente se vuelve eterno e inmutable. Es un fenómeno global, pero en Argentina toma forma concreta en el gobierno de Javier Milei. Desde que asumió en 2023, el presidente de la motosierra y sus acólitos han hecho de los historiadores y de su disciplina un blanco preferencial de sus ataques. Buscan instalar una Historia plana y maniquea mediante la “denuncia” de supuestas manipulaciones y tergiversaciones previas del pasado.

La reemplazan con una puesta en escena de símbolos imperiales romanos, con imágenes y retóricas de evidentes reminiscencias fascistas, como se pudo ver en los estandartes de las agrupaciones de las “Fuerzas del Cielo” y en la misma escenografía del reciente acto de cierre de campaña en Rosario de La Libertad Avanza. Reviven el “Día de la Raza” para blanquear su racismo elitista y homenajean a represores como si fueran héroes, como hizo recientemente la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, durante un acto de la Policía Federal: en un solo movimiento, reinstaló la figura de Ramón Falcón, represor y asesino de obreros a comienzos del siglo XX, y la de Alberto Villar, uno de los organizadores de la Triple A y seguramente responsable del asesinato de muchos compañeros de militancia de cuando la ministra era una revolucionaria montonera en los setenta. Son operaciones banales, pero para nada ingenuas. Abrevan en el pasado para hacer una cuidadosa selección de momentos de la historia en los que se reconocen y anclan su relato fundacional. Momentos en los que se emocionan y con los que se encandilan, lo que les permite correr argumentalmente —sin demasiada precisión— la frontera del “comienzo de la decadencia argentina”.

Reviven el “Día de la Raza” para blanquear su racismo elitista y homenajean a represores como si fueran héroes.

Frente a este embate, la pregunta no es solo cómo defendernos, sino cómo recuperar el potencial político de pensar un sentido para la Historia mientras todo parece derrumbarse. ¿Para qué sirve? La respuesta no puede ser un lamento. Tiene que ser una trinchera. Giuliano da Empoli, en su libro La era de los depredadores, describe un mundo donde los señores de la tecnología ya no necesitan ni a la “casta” política ni al Estado. Tampoco a la Historia ni a la democracia. No es que no usen el pasado, sino que, además de maleable, lo vuelven algo volátil. Los sectores dominantes apuestan por memorias difusas que les permiten reescribir la Historia y reactivar las pasiones antidemocráticas del siglo XX. Los gurúes tecnológicos hacen de su ignorancia histórica una estrategia de marketing. En ese cruce entre la nostalgia distópica y la amnesia digital, pensar históricamente se vuelve un acto de resistencia. No como un mero refugio, sino como una forma de recuperar su condición de herramienta política. Preguntarse por el pasado es, en el fondo, preguntarse por el futuro. ¿Qué sociedad queremos? ¿Cómo la construiremos? ¿Qué utopías imaginaron otros antes que nosotros? ¿Cuáles son las nuestras?

Para responder, necesitamos afilar nuestras herramientas conceptuales y convertirlas en gestos de insubordinación. Investigar, enseñar y escribir Historia implica la práctica de un anacronismo consciente. En la disonancia, en lo incomprensible y exótico, anuda la pregunta por la realidad en la que vivimos, y cómo enfrentarla. Anacronismo que no es para juzgar el pasado con los ojos del presente (lo que sería un error analítico), o tomarlo sin más como brújula (lo que sería un endiosamiento), sino para traer al presente discusiones y proyectos aún inconclusos y ver qué formas tienen hoy nuestros propios sueños. El anacronismo no es un error metodológico. Es una estrategia para mostrar que el pasado es un territorio en disputa. Una tierra viva, hecha de capas de luchas y conflictos que, a veces, tiembla. Y cuando la hacemos temblar, desde nuestro pequeño lugar, tratamos de revalidar la idea de que tenemos que pensar en los usos que le damos al pasado. No se trata de traer sin más, nostálgicamente, las luchas del pasado, los nombres respetados y queridos, sino el gesto rebelde, el principio básico de la indignación, que movió a las mayorías populares a lo largo de la historia.

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En primer lugar, la crítica histórica debe ser anticlimática. Debe oponerse al clímax vacío del “momento histórico” agonal en el que nos quieren hacer creer que vivimos, y a la promesa de un destino manifiesto que, “esta vez sí”, alcanzaremos, obviamente si aceptamos “la única solución posible”: ser de derechas, ser como ellos. Consideran, como expresó en un reciente tuit Agustín Laje, uno de los propagandistas cercanos a Milei, que están ganando la “batalla cultural”: “Qué lindo que se ha puesto todo (…) Pensar que, hace dos décadas, cuando iba al colegio, decir que no eran 30.000 te costaba una sanción; el Che era un santo laico que estampaba camisetas; Néstor y Cristina encabezaban una revolución ‘nacional y popular’ (…) y decir que uno era de derecha, en cualquier rincón, era tabú (…) «Veinte años después nos cagamos en las mentiras del setentismo, y afirmar que no fueron 30 mil se convirtió en un lugar común; ya nadie usa las remeras del Che: el socialismo revolucionario ya no está de moda (…) La agenda woke está en crisis, y la juventud occidental empieza a girar rápidamente a la derecha”. 

No son buenos tiempos para pensar a la Historia y al pasado como lo que son: conceptualizaciones densas, la acumulación de procesos sociales, con sus flujos y reflujos. Al achatar el tiempo, intentan quitarle a la Historia su razón de ser: no se puede aplicar la crítica a algo que cambia todo el tiempo o es plano.

El pasado está allí para avisar que quizás se apresuren en cantar victoria. Más allá de esa provocadora fanfarronada, la historia en sus distintas formas puede mostrar que la experiencia humana es lenta, compleja, llena de idas y vueltas, pactos oscuros y victorias pírricas. No hay fechas fundacionales puras, sino procesos largos donde lo nuevo convive con lo viejo, donde las revoluciones terminan administrando lo que juraron destruir. En esa complejidad está su fuerza: desactiva los relatos épicos y simplificadores. Si los poderosos la banalizan y la convierten en cotillón, nosotros, los estigmatizados, no podemos darnos ese lujo. Frente a la voluntad monolítica del nazismo, hubo quienes resistieron. Frente al discurso estigmatizador contra los sindicatos, por ejemplo, es en la historia donde encontramos tanto ejemplos de dignidad, como la certeza de que cada vez que los más débiles se dividieron, los poderosos avanzaron sobre ellos. Puede decirse que son cuestiones de sentido común, pero en un momento en que alguien puede afirmar algo y contradecirse en minutos, balbucear explicaciones insuficientes para salir indemne de una denuncia por corrupción, no está de más recuperar una idea: frente a tantas certezas y verdades tajantes, frente a tanta fragmentación condenatoria (“mandriles”, “comunistas”, “kukas”, wokes”), la mera duda y la argumentación son anticlimáticas y, en el mediano plazo, poderosas. ¿Cuántos de quienes abrazan “las ideas de la libertad” sabrán que se la deben, en gran medida, al enorme sacrificio de “los comunistas” que resistieron en la Europa ocupada o fueron parte del Ejército Rojo?

No son buenos tiempos para pensar a la Historia y al pasado como lo que son: conceptualizaciones densas, la acumulación de procesos sociales, con sus flujos y reflujos. Al achatar el tiempo, intentan quitarle a la Historia su razón de ser: no se puede aplicar la crítica a algo que cambia todo el tiempo o es plano. En segundo lugar, y en un presente perpetuo, debemos aprender a ser anaeróbicos, a vivir como si existiera el tiempo histórico, cuando la realidad y la política en las redes lo niegan. Todo es instantáneo: tanto que pasado, presente y futuro son lo mismo. En consecuencia, debemos ser como bacterias que sobreviven sin oxígeno en ambientes hostiles, necesitamos mantener viva la conciencia del tiempo. Separar pasado, presente y futuro en un contexto que los mezcla y los niega. Esto es tan vital como respirar, y sin esa división en tres tiempos, no hay experiencia histórica ni política posibles. ¿Hacia donde proyectar, si las líneas del presente y el futuro se superponen hasta ser la misma?

En tercer lugar, y sobre todo, debemos ser anamnésicos. Recordar no como un acto de nostalgia, sino como exploración de lo humano. Ver cómo otros enfrentaron sus circunstancias y construyeron caminos hacia los futuros que imaginaron. La anamnesis no es solamente el “rescate del olvido”, sino que es un prolijo trabajo de selección de temas y preguntas orientados por una mirada política. Hay una tarea en recuperar palabras que la ultraderecha reaccionaria se ha apropiado hasta vaciarlas de significado: “libertad”, la más notoria de ellas. Pero ¿qué es un proyecto político sino un pensamiento apoyado en una tradición de lucha y de ideas, adaptadas a su tiempo? 

La anamnesis nos da la posibilidad de encontrar en el pasado señales de que nada es permanente, de que todo orden puede cambiar. Sobre todo, pensar históricamente no es visitar un santuario, sino prepararse para una batalla. Exhumamos para interrogar, no solo para venerar. La lucha contra la desmemoria es también contra el olvido de las ideas que movilizaron a otras personas antes que a nosotros. Olvido que, gradualmente, llevará a que no nos reconozcamos capaces de construir nuestros propios proyectos; que podemos elaborar nuestro plan de acción en función de un futuro.

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Hace poco, ante las denuncias del gobierno sobre “adoctrinamiento” en escuelas, circulaba en broma la idea de que, si tan eficaz hubiera sido ese trabajo de propaganda, los libertarios no habrían ganado las elecciones. En ese chiste subyace una idea tan limitada como la de los libertarios sobre el uso político de la historia. Les ha parecido a muchos que con instalar ciertas fechas, recuperar algunos lugares para la memoria, era suficiente. Y eso fue un gran error que llevó a una ritualización excluyente. De allí que los simpatizantes de LLA se sientan excluidos y ahora simplemente piensen en reemplazar el clavo que sacan con otro (obviamente, verdadero). El ejercicio de la memoria histórica es algo vivo, el pasado no es una religión. A los luchadores se los recuerda luchando. A los seres humanos, por su imaginación, su razón, su capacidad de distinguir lo correcto de lo incorrecto. Por sus posicionamientos éticos, construidos a partir de una imaginación de sociedad. Por sus proyectos comunitarios. Porque un ser humano, antes que nada, es alguien a quien no le da todo lo mismo. Y por eso decide. Decide, por ejemplo, decir que no. El acto más profundo de resistencia.

Sin aislarnos, debemos abstraernos. Bajar de la rueda, practicar cierto analfabetismo digital, volver a la carne y el hueso. Nos arrastraron a un campo de juego donde podemos perder todo lo que nos hace humanos. Frente a la virtualización de la existencia y la distorsión digital del tiempo, la memoria se ancla en lo corpóreo.

La batalla también es en los cuerpos. Sin aislarnos, debemos abstraernos. Bajar de la rueda, practicar cierto analfabetismo digital, volver a la carne y el hueso. Nos arrastraron a un campo de juego donde podemos perder todo lo que nos hace humanos. Frente a la virtualización de la existencia y la distorsión digital del tiempo, la memoria se ancla en lo corpóreo. Es el hueso que no se disuelve, la herida que cicatriza pero no desaparece, el abrazo que perdura. La Historia no se escribe solo en papeles; se inscribe en los cuerpos. En el cansancio del maestro que siembra en el aula. En los gestos cotidianos que tejen comunidad. Volver a la carne y el hueso es resistir el desarraigo. Es recordar que la patria es un territorio compartido por seres que sienten, aman, luchan y construyen.

La batalla por la memoria se libra en dos frentes inseparables: la reflexión serena y la acción urgente. Y sucede en bibliotecas, universidades y aulas, allí donde se examinan fuentes y se practica la anamnesis contra el olvido programado. Un telegrama, una factura, una minuta pueden revelar la mecánica de decisiones que cambiaron vidas. Este trabajo silencioso, riguroso, es la base de toda afirmación creíble. Y es el que hoy se subestima.

Debemos “embarrarnos”. Porque la batalla en redes es la manifestación actual de la batalla en las calles. En plazas, asambleas, aulas como ágoras, donde la Historia se socializa, se discute, se convierte en herramienta para leer el presente e imaginar futuros. Abandonar cualquiera de estos frentes es claudicar. La investigación sin anclaje en lo cotidiano está al borde de la erudición estéril, de lógica endogámica. A lo sumo, preserva, pero no construye. La calle sin archivo es presente efímero, manipulable, sin profundidad. Nuestra tarea es conectar ambos territorios. La calle da sentido al archivo; el archivo da profundidad a la calle.

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Recuerdo a mis estudiantes del Colegio Nacional en 2021, en plena pandemia, escribiéndose cartas para leer cuando terminaran su quinto año. Sin saberlo, realizaron una acción profundamente histórica. Le hablaban al futuro; inscribieron su presente en una línea de tiempo que proyectaban hacia adelante. Afirmaron, recién salidos de la pandemia, que habría un “después”. Que el tiempo seguiría. Hoy, al abrir esos sobres, imagino algunas de las preguntas que les surgieron. ¿Dónde estaba entonces? ¿Qué recorrí desde aquel adolescente encerrado? ¿Siguen vivos mis deseos? ¿Qué quiero construir ahora? Ese diálogo entre lo que fuimos, somos y queremos ser es el núcleo de la conciencia histórica. Pero para poder entablarlo, necesitamos que la experiencia del tiempo vuelva a ser multidimensional.

Una de mis alumnas, al terminar de leer, me dijo: “Abracé a quien era entonces”. No es solo una metáfora. Es prueba de que el tiempo no es una línea recta, sino un diálogo permanente. Ese abrazo a través del tiempo es lo que hacemos cuando enfrentamos críticamente el pasado colectivo. Es negar esta realidad plana que nos quieren imponer como única.

En un presente que busca clausurar el porvenir, vendernos consumo y resignación, afirmar que el futuro existe —y que podemos moldearlo— es revolucionario. La Historia no mira solo hacia atrás. Es un bucle, un eco que viaja en todas las direcciones. Interpretamos el pasado para habitar críticamente el presente y abrir la posibilidad de un futuro distinto.

Más allá del sueldo mezquino, más allá de la derrota coyuntural de los valores que defendemos, el oficio de la Historia es sostener ese espacio de posibilidad. Ese lugar donde un pibe, en una escuela fría o en una casa humilde, pueda no solo imaginar su futuro, sino empezar a construirlo. Y lo hace preguntándose por su lugar en el tiempo, por lo que vino antes, por lo que puede venir después.

Nuestra derrota más profunda no sería aceptar un relato histórico falso. Sería renunciar a la capacidad de imaginar y luchar por los futuros posibles que están ahí, como semillas dormidas en las lecciones del pasado. Porque en el teatro de lo político, la crítica al adversario se ha vuelto un ritual cómodo: un exorcismo que nos absuelve de toda culpa. Nos reunimos para denunciar al otro, ese espejo deformado de nuestros propios errores, y en esa condena encontramos una identidad rápida, sin esfuerzo. Pero esa práctica, tan común, es en realidad una forma de evasión. Al poner todo el error en el enemigo, evitamos mirarnos a nosotros mismos. La energía que debería ir a la introspección se gasta en fabricar monstruos externos. Y aunque eso genera el calor efímero de la indignación, nos deja vacíos, atrapados en un presente sin salida.

Nuestra derrota más profunda no sería aceptar un relato histórico falso. Sería renunciar a la capacidad de imaginar y luchar por los futuros posibles que están ahí, como semillas dormidas en las lecciones del pasado.

La autocrítica, en cambio, es incómoda. Nos obliga a sacarnos la armadura de la lucha partidaria y mirar de frente nuestros errores, nuestras complicidades, nuestras oportunidades perdidas. Duele, porque rompe la narrativa heroica que nos contamos. Señalar al otro nos confirma en nuestra virtud; mirarnos al espejo nos enfrenta a nuestra fragilidad. Esta reticencia no es ingenua: es la defensa de un aparato ideológico que teme más a la disolución interna que a los ataques externos. Prefiere la solidez de un relato incuestionable a la riqueza inestable de la revisión.

El verdadero desafío no es solo superar esa comodidad de criticar al otro. Es redirigir esa energía hacia la imaginación del futuro. Porque si nos obsesionamos con el enemigo, nos volvemos reactivos. Definimos nuestro horizonte en oposición, nunca en afirmación. Si logramos reducir esa lógica de espejos, liberaremos una energía que puede alimentar algo mucho más difícil y más valioso: la imaginación. No como evasión utópica, sino como construcción política concreta. Diseñar instituciones, vínculos sociales, sentidos comunes para un porvenir que aún no existe.

Ahí es donde la autocrítica se vuelve fértil. Limpia el terreno y nos permite construir, con humildad y audacia, sobre cimientos verdaderos. En este presente que quiere borrar las huellas y cerrar los caminos, la Historia —con sus herramientas críticas y su capacidad de recordar— no es un lujo académico. Es el terreno donde se libra la batalla más importante: la batalla por la posibilidad misma de un mañana.

Y en ese abrazo a través del tiempo, en esa obstinación por la memoria, en ese cuestionamiento vital sobre nuestra trayectoria en el mundo, está la esperanza que nos impide rendirnos.

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    Mientras esperan ser convocados por el peronismo para negociar el presupuesto 2026 que Axel Kicillof envió a la Legislatura, el PRO en el Senado trabaja en el armado de un bloque junto al radicalismo para próximo año.

    En La Plata descuentan que el intendente de Junín, Pablo Petrecca, se sumará al bloque amarillo. Petrecca rechazó ser parte del acuerdo entre el PRO y La Libertad Avanza y encabezó la lista de la alianza Somos Buenos Aires en la Cuarta Sección. Para que se sume al bloque le ofrecen nada menos que presidir esa bancada que podría llegar a unos ocho senadores.

    Por el PRO quedan en sus bancas con dos años más de mandato, Marcelo Leguizamón, Juan Rico Zini, Jorge Schiavone y Alex Campbell. Leguizamón pasaría a ocupar una de las vicepresidencias. En tanto, no está claro si Campbell seguirá en las filas del PRO o si saltará finalmente a los libertarios. Todo indica que pasará a formar parte de las filas de Sebastián Pareja.

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    Científicos descubren en Turquía una civilización desconocida anterior a Mesopotamia

     

    Un hallazgo arqueológico en Anatolia reescribe la historia de los orígenes humanos: excavaciones en Boncuklu Tarla revelaron una civilización organizada, con templos, viviendas y complejas estructuras sociales, miles de años antes que Sumeria.

    Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable

    La historia de las civilizaciones humanas acaba de recibir un golpe de realidad. Un grupo de investigadores internacionales publicó en la revista Science Advances un estudio que sitúa en el corazón de la actual Turquía restos urbanos y religiosos de más de 11.000 años de antigüedad, lo que convertiría a esta comunidad en una de las más antiguas y complejas jamás descubiertas.

    Lejos de las arenas de Egipto o de las ruinas de Mesopotamia, la región de Boncuklu Tarla, en el sureste de Anatolia, empieza a revelar los rastros de una sociedad que floreció en los albores del Neolítico. Los arqueólogos hallaron templos comunales, viviendas rectangulares de piedra, entierros rituales y objetos ornamentales que dan cuenta de una vida social sorprendentemente desarrollada.


    Antes de los reyes y los ejércitos

    Lo más impactante del estudio es que esta cultura parece haber precedido a la aparición de las jerarquías, los ejércitos y los monarcas. Según los investigadores, Boncuklu Tarla habría sido una comunidad igualitaria, cooperativa y ritualista, donde el trabajo colectivo y la espiritualidad compartida funcionaban como cemento social.

    Lejos de la imagen del “hombre primitivo” cazador y nómada, los hallazgos muestran una planificación urbana temprana y una simbología religiosa sofisticada, con templos circulares y tallas que recuerdan a las de Göbekli Tepe, aunque aún más antiguas.


    Un eslabón perdido entre el nomadismo y la civilización

    El estudio, liderado por la arqueóloga Dicle Gülcan de la Universidad de Mardin Artuklu, plantea que Boncuklu Tarla podría ser el eslabón intermedio entre las aldeas agrícolas y las primeras ciudades-Estado. Las dataciones por carbono sitúan sus principales estructuras entre el 9500 y el 8800 a.C., justo cuando la humanidad comenzaba a domesticar cereales y animales.

    Los arqueólogos hallaron cientos de cuentas de piedra, herramientas pulidas y restos de pigmentos utilizados posiblemente para pinturas rituales o corporales. También se detectaron enterramientos bajo los pisos de las viviendas, una costumbre extendida en comunidades donde los lazos familiares y espirituales eran centrales.


    Una civilización sin guerra

    Uno de los datos más reveladores del hallazgo es la ausencia total de armas o fortificaciones. Ni lanzas, ni muros defensivos, ni señales de conflictos masivos. En cambio, abundan los utensilios agrícolas y los objetos decorativos, lo que sugiere una economía basada en la cooperación y el intercambio, no en la conquista.

    Los especialistas destacan que, durante milenios, la historia fue escrita por las civilizaciones guerreras que dominaron el relato. Este descubrimiento abre una ventana a un pasado diferente: una humanidad que supo organizarse sin violencia ni dominio de clase.


    Reescribiendo los orígenes

    El hallazgo desafía el paradigma clásico según el cual la civilización nació en Mesopotamia hace unos 6.000 años. Boncuklu Tarla, según las pruebas de laboratorio, podría duplicar esa antigüedad, desplazando el origen del urbanismo y la religión organizada a los primeros milenios del Holoceno.

    La publicación en Science Advances no deja dudas: las estructuras excavadas muestran niveles avanzados de ingeniería, arte y simbolismo, incompatibles con las sociedades “primitivas” descritas por la historiografía tradicional.


    El misterio continúa bajo la arena

    El equipo de arqueólogos turcos y europeos apenas ha excavado un 15% del sitio, por lo que se espera que nuevas campañas revelen templos adicionales y posibles áreas de producción. Mientras tanto, el descubrimiento invita a repensar la historia como una sucesión no lineal de avances y retrocesos, donde la civilización puede haber brotado —y desaparecido— muchas veces antes de lo que imaginamos.

    Boncuklu Tarla no sólo es una joya arqueológica: es una advertencia. Hubo pueblos que aprendieron a vivir en comunidad, en equilibrio con su entorno, sin templos de poder ni guerras por el oro. Quizás la verdadera civilización no se perdió: simplemente está esperando ser redescubierta.

     

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    Sobre la designación y la no designación de Martín Betancour como responsable del área de cultura en Villa Regina. El intendente reginense Marcelo Orazi confirmó mediante un posteo en redes que Martin Betancour no iba a asumir el cargo de Secretario de Cultura de la ciudad, luego de corroborar la sentencia firma del Ministerio de…

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  • La deuda de las empresas mantiene al dólar estable pero crece la inquietud por los vencimientos

     

    En el mercado están convencidos que la estabilidad del dólar se explica por la lluvia de deuda privada que está inyectando divisas. Un paraguas momentáneo. El problema es que el gobierno no está aprovechando la coyuntura para sumar reservas. Desde el 27 de octubre el Tesoro sumó apenas USD 200 millones. Un vuelto frente a los USD 20 mil millones de vencimientos que deberá enfrentar el año que viene.

    Desde las elecciones a esta parte, las principales empresas argentinas tomaron deuda por más de USD 3.000 millones. Es la cifra más alta en años. Las provincias se subieron rápido a esa ola: CABA salió este martes con una colocación de USD 600 millones, a menos del 8% de interés, una tasa incluso mejor que la que consiguen varias firmas del sector energético.  

    Los especialistas coinciden en el diagnóstico. Esa liquidez externa, «dólares importados», como definió un operador, mantiene al mercado cambiario bajo control. La estabilidad de este miércoles lo confirma. El Dólar oficial se mantuvo sin variación en la zona de los $1430, mismo nivel que se refleja en la cotización blue. Los dólares financieros también se mantuvieron estables, el MEP se operó en $1.440 y el CCL a $1.471. 

    Caputo reconoció que no tiene los dólares para pagar los vencimientos y dijo que podía usar el swap con China

    En paralelo, la discusión por las reservas se mantiene encendida. No es un debate académico: para los acreedores, el nivel de reservas es la garantía del próximo cobro. Argentina enfrenta pagos por USD 6.000 millones en solo dos meses y las reservas líquidas siguen con un rojo de USD 11 mil millones, la misma cifra que dejó Massa. 

    El tema dominó parte del Simposio Internacional de Economía que organizó Amigos de la Universidad de Tel Aviv. En ese encuentro, el economista Miguel Kiguel le hizo un planteo directo al presidente del Banco Central, Santiago Bausili.

    «No queremos un cuarto episodio de corrida cambiaria porque sería traumático. Para evitar problemas, probablemente haga falta un plan de acumulación de reservas. Confiar solo en que Trump nos mire lindo no alcanza», afirmó Kiguel lanzó delante de empresarios y banqueros. 

    No queremos un cuarto episodio de corrida cambiaria porque sería traumático. Para evitar problemas, probablemente haga falta un plan de acumulación de reservas. Confiar solo en que Trump nos mire lindo no alcanza.

    A su turno, Santiago Bausili recogió el guante y devolvió una respuesta en la enrevesada retórica del caputismo.»Si el Tesoro recupera acceso al mercado, el Banco Central dejará de proveer reservas para los pagos. La remonetización se reflejará en mayor stock de reservas. No debemos forzar ese ritmo. Algunos quieren acumular por la cuenta corriente, pero Argentina es una de las economías más cerradas del mundo. Con la estructura productiva actual, la acumulación sostenible no se dará con un tipo de cambio artificialmente alto y una economía deprimida», afirmó. 

    Pero para el mercado, la incógnita sigue siendo la misma que impulsó la corrida antes de las elecciones: ¿con qué dólares se van a afrontar los vencimientos? El ministro Luis Caputo ofreció varias alternativas. Habló del swap del Tesoro, del swap chino, e incluso de un préstamo sindicado de bancos globales. Ninguno está cerrado. Todos están en conversación. Y cada uno exige condiciones distintas. 

    «Lejos de ser algo que nosotros subestimamos, para nosotros es una prioridad, pero hoy por hoy está separado lo que es acumulación de reservas de lo que es el pago de nuestras deudas», explicó el Ministro y amplió «hoy estamos en una situación que cambió, se abrieron varias avenidas desde lo financiero. No solo tenemos el swap chino y el apoyo de Estados Unidos, sino que ahora también estamos hablando con bancos». 

    Lejos de ser algo que nosotros subestimamos, para nosotros es una prioridad, pero hoy por hoy está separado lo que es acumulación de reservas de lo que es el pago de nuestras deudas.

    Pero la preocupación crece. Acaso por eso, el Gobierno intenta enviar señales, aunque sean pequeñas. Este martes el Tesoro compró 40 millones de dólares. Es un monto modesto de cara a los vencimientos, pero en el discurso oficial opera con cierta contradicción con los dichos de Caputo y Bausili. Parece un gesto sin convicción.

    Lo concreto es que desde el lunes 27 de octubre hasta el pasado viernes 14 de noviembre, el Tesoro sólo compró USD 201 millones, según estimó la consultora Analytica. Un cálculo similar hizo Eco Go, que estimó las compras en USD 260 millones.

    Por eso, la sombra de los vencimientos sigue ahí. 

     

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