Lospennato se rebela contra Mauricio Macri y asumirá en la Legislatura

Lospennato se rebela contra Mauricio Macri y asumirá en la Legislatura

 

 Silvia Lospennato se rebeló contra Mauricio Macri y dejaría su banca en el Congreso para asumir en la Legislatura.

Mauricio Macri pretendía que siguiera hasta 2027 como una forma de meterle presión a Javier Milei y ser uno de los árbitros en las discusiones parlamentarias. El líder del PRO quería mantener una tropa lo más numerosa posible, pero no sucedió exactamente lo contrario. Con la renuncia los libertarios sumarán otra banca.

Lospennato asumirá en el parlamento porteño en contra de la voluntad del ex presidente. La maniobra si tuvo la bendición de Jorge Macri.

LPO había publicado que Lospennato no juraría su banca: entre el martes y el miércoles los legisladores electos se presentaron en la Legislatura para completar los trámites previos a su asunción.

Con el apoyo de los libertarios, el larretismo y la UCR, Macri consiguió el presupuesto 2026

Lospennato y Hernán Lombardi fueron los únicos en ausentarse, pero sus casos son distintos: el todavía ministro de Desarrollo Económico pretende seguir en funciones ejecutivas. Lospennato reprogramó su cita y pasará por el parlamento porteño en las próximas horas.

Las novedades son positivas para Waldo Wolff, que asumirá el 10 de diciembre y malas para Daniel Angelici, que no podrá sumar otra banca en el parlamento porteño. De todas formas, el Tano gana cada vez más influencia en el poder legislativo.

Por los pasillos de la Legislatura fuentes oficialistas dijeron que Lospennato buscaría pelearle la jefatura de bloque a Darío Nieto.

«Hacer eso sería ir a fondo contra Macri. Daro es un tipo que casi se come un celular por Mauricio. Esa no la veo, es mucho», dijeron en el PRO. Al parecer, el ex secretario privado de Macri seguiría al frente de la bancada oficialista.

 

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  • «Esto fue una masacre»: Historias en carne viva de familiares de víctimas del fentanilo ante diputados nacionales en Rosario

     

    «Mi mamá entró caminando al Hospital Italiano Centro de Rosario. Salió a los 36 días en un féretro. En el medio sufrimos incertidumbre, falta de explicaciones y un indecible destrato de parte de la institución donde estuvo», dice Ivana Esteban. Su madre, Rosa Campos, es una de las 25 personas que en Rosario, quedó acreditado, murió por la administración de una ampolla de fentanilo contaminado en el laboratorio Ramallo de HLB Pharma.

    Con enorme emotividad y al mismo tiempo gran carga política, testimonios como éste se repitieron durante tres horas este lunes desde mediodía, cuando se reunió la comisión investigadora de las muertes por fentanilo de la Cámara de Diputados en Rosario, la ciudad que con 49 víctimas fatales registra la mayor cantidad de muertes en el país por la contaminación de dos partidas del laboratorio, que tiene a sus principales directivos presos, el principal el dueño de la compañía, Ariel García Furfaro. En todo el país hasta ahora hay contabilizadas 124 muertes por esta crisis sanitaria.

     Por el fentanilo adulterado procesaron y embargaron a García Furfaro por un billón de pesos 

    Muchos familiares lograron correrse de la afectación personal para pedir respuestas institucionales. Lo hizo Ivana Esteban al cerrar su intervención. «Hablamos de muertes pero no estamos usando la terminología correcta. Esto fue una masacre. Si el fentanilo hubiera sido controlado no habría pasado esto. Han destruido jefes de hogar. Necesitamos al Estado ayudando a las familias como cuando hay una inundación. 

    La gente damnificada no sabe a quien contactar. Esto es una emergencia sanitaria y estamos hablando como si fueran hechos aislados», dijo. «Cambiemos la historia. Seamos un país serio. La salud es lo más importante y el valor supremo. Agradezco que estemos acá. Pero no esperen que los salgamos a buscar. Vengan ustedes a nosotros», les dijo a los diputados presentes.

    La sesión fue un muestrario de personas quebrantadas no solo por la desaparición física de sus seres queridos, sino por la lejanía o el maltrato que casi sin excepción atribuyeron a los centros de salud privados donde las víctimas estuvieron internadas, en más del 90 por ciento de los casos a partir de cuadros no graves.

    Desde la comisión que preside la socialista Mónica Fein, ex intendente de Rosario, dijeron que todavía está pendiente identificar lotes de las partidas contaminadas. Victoria Tolosa Paz (Unión por la Patria) repasó que el fentanilo adulterado fue adquirido por 51 efectores sanitarios públicos o privados en cinco distritos: Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, Formosa y ciudad de Buenos Aires.

    Poder completar el mapa de víctimas de Rosario, dijo Tolosa, va a llevar un tiempo tal como señaló en su resolución el juez federal Ernesto Kreplak a cargo de la causa. Reseñó que en Santa Fe compraron partidas contaminadas 22 centros de salud. Los que tuvieron víctimas fatales en Rosario fueron el Hospital Italiano sede sur con cinco, el Hospital Italiano sede centro con 14, el Sanatorio Parque con once, el Sanatorio de Niños con dos, el Instituto Cardiovascular Rosario (ICR) con cuatro, el Sanatorio Laprida con cinco, el Hospital Municipal Clemente Alvarez (HECA) con ocho.

    Familiares y legisladores subrayaron que lo que se busca es generar mecanismos de trazabilidad y control de medicamentos inyectables, frente a las omisiones de Anmat y de otros organismos de regulación en niveles nacionales y provinciales.

    Los diputados nacionales Mayoraz, Ansaloni y Carignano.

    Los testimonios de quienes tienen víctimas fueron muy concretos en cuanto a la soledad y el desconcierto por el que pasaron cuando sus familiares pasaban por cuadros súbitamente graves frente a la sintomatología de poca complejidad que había motivado las consultas. Fue muy marcada la crítica para el trato desdeñoso o agraviante del personal médico del Hospital Italiano y del Grupo Oroño (que nuclea a los sanatorios Parque, de Niños e ICR). También dijeron que era marcado el menosprecio cuando al Italiano llegaban pacientes derivados por PAMI e imploraron a los legisladores que se ocuparan de modo especial ante esto.

    Javkin reforzó su denuncia contra los dueños del laboratorio del fentanilo por vínculos con narcos

    Ivana Esteban contó que llevó al Italiano a su madre, que tenía un cuadro controlado de diabetes y tenía una enfermedad cardíaca, el 1º de marzo. «Mi mamá era afiliada a Pami. Supuestamente estaba unas horas y nos íbamos porque ella estaba bien. La intubaron supuestamente por una bacteria». Dijo que la impresionó a lo largo de los días la cantidad de decesos en la terapia intensiva.

    «Veíamos todo el tiempo que salía gente muerta. Supuestamente lo causaba una bacteria que no tenía nombre. Decíamos revisen algo porque se está mueriendo gente. Tuvimos un enorme destrato. Los partes médicos eran muy hostiles con los médicos poniéndose a salvo. Nos trataban como una mercancía. Como si estuviéramos ahí pidiendo limosna», dijo.

    En un momento la diputada Vilma Ripoll intervino cuando se reiteraban las objeciones al trato inhumano que los familiares, decían estos, recibieron en el Hospital Italiano que tiene 19 muertos contabilizados hasta ahora en Rosario.

    «Quiero decirles a los familiares que el dueño del Italiano de Rosario es el Grupo Tita de Rafaela. Y el dueño del Grupo es Carlos Tita que es un peso pesado muy vinculado a (Ricardo) Lorenzetti de la Corte Suprema. Así que no va a ser una pelea fácil porque esto tiene cobertura», sostuvo la legisladora del MST.

    Los testimonios fueron duros y movilizantes. Lo que sigue es una síntesis. Los damnificados pidieron acompañamiento a los legisladores y remarcaron que se sentían conformes con el trabajo del juez Kreplak y la cercanía que mantuvo con ellos.

    Claudia Alejandra Pérez: «Gracias por venir a escucharnos. No vengo a hacer sentir cómodo a nadie. Ahora escuchamos que son todos víctimas. Las víctimas son los que están bajo tres metros de tierra. Abuelos, padres, niños. Nosotros también somos víctimas porque nos destruyeron. El 31 de marzo lo llevé a mi esposo al Centro de Emergencias Rosario por una emergencia intestinal. Para el cirujano fue una urgencia. Salió delicado e intubado. A los días se decidió una segunda operación. Ahí comenzó el desmejoramiento de mi marido. Le cambiaron la medicación y las sondas. La terapia del Sanatorio Parque tiene lo último y parece una nave espacial. ¿Pero se puede tener la última tecnología y no investigar esta bacteria? A mi marido me lo dieron envuelto en una sábana. El 90 por ciento tendría que haber vuelto a casa porque no entraban por enfermedades graves. Pero no volvieron. Sigo esperando que el señor Villavicencio (apellido del fundador del Grupo Oroño) me explique qué pasó porque se le moría gente en sus tres sanatorios. ¿Por qué compraron medicamentos a mitad de precio a un laboratorio que tenía más de cien denuncias? Los testimonios de terapia en las víctimas eran calcados. Personas que estaban bien y de golpe se morían. Cuando sigan los allanamientos en sanatorios van a ver que 124 muertes no es nada. Quiero repudiar la falta de humanidad y de empatía que tuvieron con nosotros. Los empleados del laboratorio trabajaron con desidia. Los diálogos que están en la causa no se pueden creer. Hay mamás que no van a ver nunca graduarse a sus chiquitos. Mi esposo no va a saber nunca que le digan abuelo o llevarla al altar algún día. Nos destrozaron. No tienen idea lo solos que nos dejaron. En mi caso el dueño del Sanatorio Parque. En otros el del Hospital Italiano».

    Mario Lugones, el ministro de Salud.

    Ana María Carranza: «Mi nena Ana Belén fue internada porque tenía neumonía en un solo pulmón. Estuvo mal atendida en la guardia. Me dijeron que se despertaba «si la ves bien te la llevas». Pero la llevaron después a terapia. Convulsiones febriles, no le paraba la fiebre, hasta siete antibióticos juntos. Desde el 2 de abril estuvo 40 días en terapia. Todos los días moría gente como moscas. Pregunté qué iba a pasar con mi hija. Me dijo «esto es terapia, la gente que está acá se muere». La iban a pasar a piso. La misma médica me informó que tuvo un paro cardiorrespiratorio y había fallecido. Los enfermeros hacen lo que pueden. A nivel médico todo pésimo. Una nena sana. Una persona que estaba bien. Me la entregaron muerta».

    Estefanía Ferrari: El factor común a todos los familiares es la falta de humanidad en el Hospital Italiano Centro de Rosario. No deben pasar estas cosas en la sociedad. Esto fue una masacre. Y encima la falta de humanidad que tuvieron los profesionales. Yo entré con mi papá caminando para una cirugía programada y me lo devolvieron con un acta de defunción. Tenemos que recibir un trato digno. Además del maltrato hubo problemas de infraestructura serio. Olor nauseabundo en la sala UTI y hormigas coloradas en la cama de pacientes intubados. Mi papá, Luis Ferrari, muere el 1º de junio y pedimos la historia clínica. Se broncoaspiró mientras yo le daba de comer. A esos ojos pidiéndome auxilio no los voy a olvidar más. La falta de ayuda fue dolorosa e indignante. No puede pasar nunca más esto».

    En la audiencia estuvieron los diputados nacionales Pablo Yedlin, Germán Martínez, Cristian Castillo, Carlos Castagneto, Eduardo Toniolli, Nicolás Mayoraz, Eduardo Valdez, Florencia Carignano, Esteban Paulon y las mencionadas Fein y Ripoll. Se acercaron también diputados provinciales santafesinos y concejales de Rosario.

    «Esto fue un hecho delictivo. Hubo un grupo de personas que se organizaron para envenenar. Una droga que debían fabricar que vulnerando todos los controles llegó a los familiares de ustedes. Descubrimos que la ley de trazabilidad opioides e inyectables no tenía la obligación de identificar la ampolla que se le aplicaba a cada paciente. Esto es lo que tenemos que cambiar», dijo Silvina Giudice, del PRO.

     

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  • Buscando a mi hijo

     

    Este texto fue publicado originalmente por revista Piauí y editado en español por Anfibia

    El hedor acre de la muerte, mezclado con el rocío, impregnaba el aire de la Plaza São Lucas, donde termina el barrio de Penha y comienzan las favelas del complejo del mismo nombre, en la Zona Norte de Río. Ya eran pasadas las doce y media de la noche. Frente al supermercado Inter, se había formado un círculo de unas doscientas personas, entre obreros, estudiantes, jubilados y personas vinculadas de alguna manera al narcotráfico. Ante ellos yacían veinticinco cadáveres alineados, todos hombres, todos identificados por los vecinos como residentes de la zona. 

    Jóvenes encapuchados y cautelosos se reunían en las esquinas, mientras las mujeres se repartían el tiempo entre brindar apoyo emocional y buscar personas desaparecidas. Algunos niños pasaban por allí, siempre acompañados de al menos un adolescente que parecía demasiado maduro para su edad. Manchas de sangre se mezclaban con envases de plástico desechados de la única tienda abierta. 

    —Quería descansar, pero no podía quedarme aquí ahora, ¿verdad? — comentó la vendedora a su compañera.

    Delgados, gordos, morenos, negros, blancos, tatuados, viejos, jóvenes: los cuerpos se multiplicaban a medida que una camioneta negra los traía de distintos puntos de la favela. Los cargaba un grupo de vecinos liderados por Erivelton Vidal Correia, presidente de la Asociación Comunitaria del Parque Proletário da Penha. Con guantes quirúrgicos, alineaban los cuerpos uno al lado del otro, cabeza con cabeza, sobre una gran lona negra y azul, en una imagen que luego acaparó los titulares.

    —¡Espacio, espacio, espacio! —, gritaba Correia cuando los que pasaban por allí interrumpían el trabajo.

    Una hora antes, había enviado una camioneta con siete cadáveres al Hospital Estatal Getúlio Vargas, que recibía a todos los muertos a tiros confirmados por la policía. Oficialmente, hasta ese momento, se contabilizaban 64 muertes causadas por el operativo contra el Comando Vermelho, que había comenzado la mañana del día anterior, 28 de octubre. Mientras avanzaba la noche, la cifra aumentó rápidamente: los vecinos encontraron cadáveres por todos lados, la mayoría tirados en el bosque. En la madrugada del miércoles 29, ya habían localizado al menos 32 cuerpos que, hasta entonces, no habían sido contabilizados oficialmente.

    Una mujer de 61 años se detuvo junto al reportero y dijo: 

    —¿Esto es Irak? He vivido aquí desde que nací. Nunca había visto nada igual—.

    Otro residente, de 27 años, coincidió con ella: 

    —En 27 años aquí, nunca había visto nada igual— y escuchó: —Yo digo lo mismo, y llevo aquí más del doble de tu edad—. 

    Los vecinos encontraron cadáveres por todos lados, la mayoría tirados en el bosque. En la madrugada del miércoles 29, ya habían localizado al menos 32 cuerpos que, hasta entonces, no habían sido contabilizados oficialmente.

    Hubo risas compartidas; escenas que nos recordaban que también había algo de cotidianidad en el ambiente, de residentes tan desconcertados como acostumbrados a la violencia (incluida la violencia estatal) en el Complejo de Penha. Sin embargo, nada podía eclipsar el sonido del llanto de mujeres que habían perdido hijos, seres queridos, amigos, hermanos, sobrinos y sobrinas. Cada unos veinte minutos se podía oír a alguna de ellas reconocer a alguien que había desaparecido desde el inicio de la operación a las tres de la madrugada del día anterior. “Mi…”, el vocativo que alude al vínculo afectivo cambia, pero la frase no.

    A las cuatro de la tarde, la masacre ya era un hecho visible en la prensa de Río de Janeiro y nacional, aunque no se la nombraba así. La cifra oficial de muertos variaba. Alrededor de esa hora, miles de grupos de residentes de favelas, barrios acomodados, suburbios, y otros del área metropolitana de Río de Janeiro empezaron a difundir mensajes similares: “El Comando Vermelho informa del toque de queda, nadie debe salir de sus casas, porque habrá muerte y caos”. En respuesta, los negocios de la Zona Sur, la Zona Norte, la Zona Oeste, la Zona Suroeste, la Baixada Fluminense y Niterói cerraron. Como consecuencia, independientemente de la línea, todos los vagones del metro se llenaron. 

    En las estaciones, los pasajeros comentaban una enigmática advertencia que circulaba en redes sociales: “Buena suerte en la Central de Brasil”. Los rumores de asaltos y peleas sembraron el terror en los celulares de quienes intentaban regresar a casa, sin volver a salir en todo el día. Las noticias de robos y caos en trenes y autobuses provocaron miedo e ira.

    Un rato antes, lejos de allí, alrededor de las 4 de la tarde, un hombre moreno de unos 70 años, esperando el metro de Botafogo, en la Zona Sur, a Nova América/Del Castilho, en la Zona Norte, a veces consolaba y a veces minimizaba el dolor de un familiar por teléfono. “No seas así… Llorar tampoco sirve de nada. Ahora tienes que aceptarlo. Tú elegiste esta vida…”. Tras colgar, negó con la cabeza y le comentó a la persona que tenía al lado: ‘Mi sobrino está escondido ahí arriba con Doca, es su guardaespaldas… Quería esta vida fácil’”. Edgard Alves Andrade, alias Doca, es uno de los narcotraficantes más influyentes del Comando Vermelho, jefe del Complejo Penha y señalado como uno de los objetivos del operativo, aunque hasta el momento no hay noticias de su captura. 

    Las estaciones cercanas a los complejos ocupados por las fuerzas de seguridad pública resonaron con ráfagas de disparos durante todo el día. El reportero se detuvo en la estación Inhaúma de la línea 2 del metro, frente a Alemão, y presenció el estruendo de los disparos que aceleró el paso de los residentes y puso a prueba la paciencia de los conductores de Uber en la Avenida Pastor Martin Luther King Jr. 

    —¡Hay disparos, apúrense! — se quejó el conductor que nos recogía.

    A partir de las seis de la tarde, no había ni un alma en las inmediaciones de Penha, desde las calles paralelas a las vías del tren hasta las que atraviesa el BRT (Autobús de Tránsito Rápido), pasando por las avenidas y callejones que atraviesan la arteria principal del Complejo. Los pocos que prefirieron esperar a que se calmaran las aguas en lugar de usar el transporte público desbordado o pagar precios exorbitantes por un servicio de transporte compartido, se desplazaron a pie. La ruta estaba flanqueada por tiendas cerradas tras rejas metálicas y pocos coches, salvo los ocho vehículos policiales que abarrotaban las veredas frente al Hospital Estatal Getúlio Vargas. Agentes uniformados y de camuflaje observaban en silencio la llegada de los familiares de las víctimas, generalmente bastante confundidos, sin saber adónde habían ido sus seres queridos, si estaban presos, heridos, vivos o muertos.

    Eran aproximadamente las tres de la madrugada del día 28 cuando estallaron los fuegos artificiales. Algunos vecinos explicaron que los fuegos artificiales «buenos» son aquellos que se lanzan en una sola ráfaga, anunciando un baile, un cumpleaños o una fecha conmemorativa; los que anuncian malas noticias, como una redada policial o el ataque de una facción rival, suelen ser una secuencia de cohetes con pausas. 

    Una joven pelirroja con ojeras, que trabaja en un comercio, suele levantarse entre las 5 y las 6 de la mañana para preparar a su hija pequeña, de 7 años, para las clases que empiezan a las 7:30. Sin embargo, el martes por la mañana abrió los ojos justo cuando empezaron los fuegos artificiales. Como vive en un callejón de la calle 14, en el complejo Penha, tuvo la suerte de que su casa no fuera alcanzada por los primeros disparos, pero la desgracia de no poder ver con sus propios ojos lo que ocurría.

    Su amiga de 18 años, vecina del piso de arriba, recuerda haber intentado dormirse alrededor de las 2:30 de la madrugada, tras una noche de fiesta en casa de un vecino, pero despertó a las 4:30 de la madrugada al oír disparos. Madre de una niña de dos meses fruto de una relación problemática, se había despertado preocupada por la bebé, pero volvió a dormirse. Al despertar, se dio cuenta de que el conflicto no había terminado. 

    Relatan que el tiroteo fue intenso entre las cuatro y las siete de la mañana, con una breve pausa que recuerdan de media hora. Uno de ellos dice que el vecindario salió corriendo a la calle en cuanto terminó el tiroteo por un instante. Apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que los disparos dispersaran al grupo. 

    —Entonces nos sorprendió un disparo, todos corrimos a casa… Oí voces quejándose detrás de mi ventana. Oí la voz de un hombre quejándose terriblemente. Luego, inmediatamente después, oí tres disparos — relata la mujer, sobre una de las primeras señales de muerte que notó en las cercanías, en este caso en las paredes del vecino de la calle paralela.

    Relatan que el tiroteo fue intenso entre las cuatro y las siete de la mañana, con una breve pausa que recuerdan de media hora. Uno de ellos dice que el vecindario salió corriendo a la calle en cuanto terminó el tiroteo por un instante.

    Después de eso, el silbido de los disparos no cesó hasta cerca de las dos de la tarde, casi siete horas después. Mientras tanto, los grupos de WhatsApp inundaban a los vecinos con imágenes de los muertos, los prisioneros y rumores sobre quiénes podrían haber desaparecido. La madrina comenzó a sentir la angustia de no conseguir respuestas del padre de su hija. Su angustia se agravó por la de la niñera, quien no había tenido noticias de su ahijado desde las seis de la tarde del día anterior. Según rumores de conocidos, podía estar vivo y preso, o muerto. Juntas, aprovecharon el poco tiempo que tenían y recorrieron las calles del complejo buscándolos. Hospitales, bares, cualquier lugar podía ser algo, pero nada. La primera tuvo la suerte de recibir un mensaje tranquilizador de su exmarido alrededor de las cuatro de la tarde. La segunda continuó buscando a su ahijado; eran las siete de la noche y aún no había noticias suyas.

    Ella dice que el chico de 17 años es un fiestero y un mujeriego. Su madre lo abandonó a los 13 y dejó la escuela casi al mismo tiempo. A los 16, su padre se fue sin decir nada y se encontró abandonado en casa de su abuela. 

    —Sé que está vivo porque las malas noticias corren como la pólvora, y hasta ahora no hemos tenido noticias suyas — dijo su madrina. Ahora que su abuela también ha tenido que irse indefinidamente a Pará, su estado natal, el chico tenía poco a lo que aferrarse. Delgado, con el pelo teñido del rojo del cantante Oruam, del que es fan, y con ansias por el estilo de vida descrito en las letras de «Poze do Rodo» (N de la e. Ella dice que quiere crimen y yo soy un criminal/ Ella es de la Zona Sur y yo soy de Rodo/ Ella dice que me ama, pero no me engaña /¿Qué vagabundo nato no se enamora?), se convirtió en un enigma para su madrina. No estaba ni en el Hospital Getúlio Vargas ni en el Hospital Salgado Filho, también en la Zona Norte.

    De regreso del aeropuerto Salgado Filho al aeropuerto Getúlio Vargas, a la entrada de la calle Euclides Farías, en medio del crepúsculo entre los árboles, el Uber que compartía con el reportero fue detenido a más de 15 metros por un grupo de policías del Batallón Especial de Patrulla y Control de Multitudes de la PMERJ (Policía Militar de Río de Janeiro). Tres motocicletas. Seis hombres. Dos rifles apuntando al conductor y al asiento del copiloto, donde iba uno de nosotros. La tensión era palpable. Un taxi incluso amenazó con adelantarse, pero un grito lo detuvo. 

    —Sí, entonces avanzas y dispara— bromeó el conductor, nervioso.

    Con un gesto de la mano, el policía, completamente encapuchado, dejó pasar los autos uno a uno. Una vez que la tensión disminuyó y regresaron a Getúlio Vargas, los dos se dieron cuenta de que poco podían hacer salvo buscarlo en el bosque.

    Tres motocicletas. Seis hombres. Dos rifles apuntando al conductor y al asiento del copiloto, donde iba uno de nosotros. La tensión era palpable.

    —Miren, miren mi casa: sangre. Tengo miedo porque no sé cómo es esto. Estoy encerrada en casa con mis hijos. Miren. Miren esto. Miren… lo destruyeron todo, todo—. Este audio acompaña un video de una vecina de Penha cuya pared de la cocina fue derribada por policías que, según los vecinos, querían rescatar a uno de los agentes heridos. Las imágenes muestran un rastro de sangre en el suelo y, al instante siguiente, una pila de ladrillos de la pared donde estaba el refrigerador. Un agujero lo suficientemente grande como para que dos personas pasen cómodamente. 

    Su voz se quiebra al final. 

    Por todas partes, los residentes se quejan de que la policía irrumpe en las casas, impide que la gente se mueva por el barrio, insulta y amenaza a mujeres, ancianos y niños. Un video muestra a un grupo de mujeres corriendo aterrorizadas al encontrarse con policías a la vuelta de la esquina:

    —¡La policía está disparando! ¡Están lanzando granadas, disparando, haciendo de todo! No dejan que las familias recuperen los cuerpos ni que identifiquen nada… ¡Aquí hay más mujeres que hombres! ¡Estos bastardos se comportan como cobardes! — grita una residente.

    Para protegerse, algunas personas prefieren dejar la puerta principal de su casa abierta o entreabierta. Explican que la lógica es que los delincuentes tienden a desconfiar de cualquier puerta o ventana cerrada, intuyendo que alguien intenta esconderse. Una puerta abierta es una señal de alarma que indica: “Aquí no tenemos nada que esconder, no hay nada que robar”. 

    Una mujer de 27 años, vecina de un callejón con varias casas a unos 200 metros de la Plaza São Lucas, explica que, sentada cerca de la entrada del callejón, aunque no tiene candado, la reja metálica de su casa permanece cerrada todo el día por su propio peso. Según ella, los policías forzaron la puerta e ignoraron sus gritos de «¡Es vecina!», y diciéndole “zorra” hicieron callar a una mujer de 65 años. Por suerte, la breve discusión entre la joven y los policías no pasó a mayores, y ellos continuaron buscando sospechosos.

    Unas horas más tarde, la mala suerte volvió a cruzar su camino. En medio de un grupo de mototaxistas que huían de las zonas altas de la colina, esta misma joven, que iba de pasajera, fue alcanzada por un disparo de la policía que pasó lo suficientemente cerca como para asustarla a ella y al conductor, provocando que cayera y se raspara la pierna. 

    —¡Váyanse, váyanse, no dejen a nadie atrás, son unos cobardes! — gritó a los mototaxistas que pasaban, asustados por la policía que se divisaba en el horizonte. El vídeo se corta bruscamente en medio del disparo.

    Aunque no había perdido a nadie, recorría los hospitales y las zonas aledañas con sus familiares, brindándoles apoyo emocional y logístico mediante la difusión de información.

    Ella es una de las muchas personas que rodearon el Hospital Getúlio Vargas para acompañar a alguien que necesitaba apoyo. La angustia duró hasta las 9 de la noche. Nadie sabía dónde estaban sus familiares y amigos, y esta desaparición era una cuestión de vida o muerte. La mayoría ni siquiera podía dar entrevistas; algunos estaban catatónicos, otros incapaces de articular palabra, con el corazón atascado en la garganta.

    Cuando dieron las nueve de la noche, decidió unirse a quienes buscaban cuerpos en el bosque. Bajaron a la avenida Lobo Junior, desierta, cubierta de grafitis e iluminada principalmente por las luces del BRT (N. de la e. Corredor de autobuses) y las intermitentes. Un anciano con un trastorno mental evidente, vestido con una camisa raída y pantalones cortos rojos, gritaba al viento mientras caminaba por las vías del BRT. 

    La angustia duró hasta las 9 de la noche. Nadie sabía dónde estaban sus familiares y amigos, y esta desaparición era una cuestión de vida o muerte.

    Al doblar hacia la Rua do Valão, que se estrecha a la entrada del Complejo Penha, la joven de 27 años que había discutido con la policía y sus amigas pasaron junto a una furgoneta que, por solidaridad, las dejaría gratis al inicio de la favela. Dentro del vehículo iban los dos reporteros de la revista Piauí , el conductor, su ayudante, un pasajero que ya estaba allí y las siete mujeres. A cada rato, un coche calcinado, la estructura de un vehículo, basura y neumáticos quemados, aún humeantes. Los cristales rotos tintineaban bajo la presión de las ruedas de la furgoneta, que subía lentamente.

    Un hombre involucrado en el narcotráfico estaba sentado en el muro bajo de un porche con dos amigas al fondo. Las mujeres lo conocían y sabían que tendría información privilegiada. Los disparos continuaron, interrumpiendo la conversación primero por la derecha y luego por la izquierda. En el grupo, una joven rubia, novia de un narcotraficante, golpeaba el suelo con el pie con ansiedad, esperando noticias. Se derrumbó al enterarse por un conocido de que su hombre había muerto. 

    Las mujeres esperaban su turno para preguntar por el paradero del ahijado. 

    —Está en la cárcel. No está muerto — afirmó el hombre. Alivio. 

    —Solo le darán unos meses y luego saldrá, es menor de edad— dijo la madrina.

    —¿Cumple años este año o el que viene? — preguntó una chica más joven. 

    —Este año—. Todas respondieron al unísono: 

    —Ay no, se va a quedar—. 

    —Al menos le servirá de lección— pensó para sí misma.

    Las demás mujeres se internaron en el bosque cercano al cabaret. 

    —Allá afuera están volando balas. Y los amigos [ los narcotraficantes ] están muy precavidos ahora. Es mejor no subir ahora — nos dijo el hombre.

    Después de las 10 de la noche, prácticamente no quedaban familiares de las víctimas frente al hospital Getúlio Vargas; incluso la presencia policial había disminuido. Elieci Santana Santos, de 58 años, era una excepción. De baja estatura, con un rostro alargado que se fundía con su cabello lacio, llevaba una maleta rosa claro con ruedas. Irritada por el trato de los guardias de seguridad del hospital, bajó la rampa de entrada gritando que era una barbaridad que no se tratara con el debido respeto a una madre. Su voz se mezcló con la del hombre con problemas mentales que había bajado del autobús BRT y se había plantado frente al hospital, donde repetía a gritos: 

    —¡Son peores que los criminales! — y simulaba caer al suelo tras recibir un disparo.

    Elieci vive en Feira de Santana (BA) y es la madre de Fábio Francisco Santana Sales, un metalúrgico de 36 años. Cuenta que él se mudó de Bahía a Río de Janeiro el año pasado en busca de un mejor trabajo. Llegó con su esposa y tres de sus cuatro hijos. A las 7 de la mañana, la hora a la que debía ir a trabajar, le envió un mensaje de audio a su madre diciéndole que no podría ir porque había comenzado una operación. A las 3 de la tarde, llegó el último mensaje: tenía miedo y se escondía de la policía. Elieci dejó a su esposo y a sus otros tres hijos en su ciudad, compró un boleto de avión de Gol y embarcó alrededor de las 7 de la tarde rumbo al aeropuerto de Galeão.

    Dijo que un hombre la llamó diciendo que le habían disparado en el pie y que había terminado en el hospital. Pero no pudo confirmar esta información.

    Elieci no tenía ni idea de dónde iba a vivir su hijo cuando emigró al sureste. Ignoraba las tristemente célebres operaciones y masacres en Penha, así como el hecho de que es una de las favelas más atacadas por la policía debido a la presencia de miembros del Comando Vermelho. La magnitud de la violencia la aterrorizaba: 

    —¿Qué les hicieron [ a los chicos muertos ]? ¿Acaso son animales? ¿Acaso [ la policía ] los aniquila y se deshace de ellos? ¿Como si fueran basura? Tengo hipertensión, tengo diabetes, lo vi. No sé ni lo que es comer hoy. Bebí un poco de agua, un vaso de jugo —.

    Una fuente informó a Piauí que acababan de llegar cuerpos al IML (Instituto de Medicina Legal). Elieci lo acompañó, continuando la búsqueda de su hijo. Sin embargo, la puerta estaba cerrada con candado. «Familiares, abogados, quien sea, solo mañana a las 9 de la mañana comenzarán a entregarlos», informó el experto.

    —¿Qué les hicieron [ a los chicos muertos ]? ¿Acaso son animales? ¿Acaso [ la policía ] los aniquila y se deshace de ellos? ¿Como si fueran basura?

    Los prisioneros eran trasladados a las comisarías de la Cidade da Policia, un complejo de sectores y comisarías de la Policía Civil, ubicado en el barrio de Jacarezinho, en la Zona Norte de Río, escenario de la mayor masacre policial registrada hasta entonces, con 28 muertos. La respuesta fue la misma, pero el trato no. De pie en la garita, de la que solo podía salir un abogado o un policía, esperaba pacientemente la respuesta de un abogado contratado de urgencia, recomendado por conocidos de su hijo. Uno de los inspectores, calvo, moreno y sardónico, preguntó: 

    —¿Su hijo vino aquí a traficar drogas, verdad? 

    —No, no era un delincuente.

    Continuó, riendo: 

    —Si no era un delincuente, ¿por qué murió? 

    No dijo nada más.

    Ante el inminente cierre de la comisaría de policía, que nos dejaba vulnerables a los ataques de las personas con consumos problemáticos en ese tramo de la avenida Dom Hélder Câmara, Elieci se encontraba de nuevo en el punto de partida: el Hospital Getúlio Vargas. Su última esperanza surgió de la advertencia de una de las pocas mujeres que quedaban en la puerta del hospital:

    — ¡Están poniendo los cadáveres delante del supermercado Inter, allí en la plaza! Todas las familias van allí a identificarlos.

    Erivelton, residente de la asociación vecinal desde hacía once años, estaba convencido de que enviar los cadáveres al hospital por tandas sería ineficaz para generar repercusión mediática y, por ende, revuelo político. Los cuerpos debían ser recuperados del bosque y alineados para su identificación durante el mayor tiempo posible. Se colocaron con los rostros cubiertos para evitar que los vecinos filtraran imágenes de cerca de las pilas de cadáveres, pero fueron descubiertos frente a la prensa. 

    La parte más difícil del trabajo se encontraba en la espesura cerca de Cabaré. En ese momento, daba igual si estabas involucrado en el narcotráfico o no; cualquiera que pudiera ayudar era bienvenido. Subieron a motocicletas y luego a una camioneta negra cubierta con lonas y sábanas para transportar el cuerpo a través del bosque. 

    La subida es larga y empinada, con caminos de tierra llenos de baches, reductores de velocidad irregulares y un final en un campo árido rodeado de chozas precarias. Desde allí, se toma un camino alternativo hacia la cantera oficial de Polimix, una senda utilizada por traficantes que buscan esconderse de la policía. La cantera ocupa el centro, rodeada de maleza. Barrancos y árboles espinosos conforman el sendero abierto por el equipo de Erivelton y algunos familiares de la víctima. En esa incursión eran nueve: tres mujeres y seis hombres. El presidente de la asociación iba al frente. Todos llevaban encendidas las linternas de sus teléfonos móviles.

    La primera parada fue un pequeño agujero en una rampa de tierra que conducía a un enmarañado matorral de ramas secas. Girando a la derecha, se podía ver el cadáver oculto de un hombre calvo, boca abajo, vestido con ropa de camuflaje.

    —¡No se acerquen, nadie! ¡Ni siquiera lo toquen! — advirtió Erivelton. 

    Uno de los pocos supervivientes encontrados allí arriba informó a los rescatistas: la policía había dejado una granada cargada bajo su cuerpo. 

    —Hay un par más como ese — agregó un joven con rastas. 

    —Solo cuando amanezca podremos averiguar cómo sacarlo — concluyó el jefe del equipo. En toda su vida en el Complejo Penha, Erivelton dijo que nunca había visto una trampa semejante.

    El equipo volvió a subirse a la motocicleta y atravesó la nube de polvo, absorbiendo la tierra removida por la cantera. Una nueva entrada al bosque apareció ante sus ojos. Todos ​​se bajaron de sus vehículos, convirtiendo la franja de tierra en un estacionamiento improvisado. Como pequeñas luciérnagas, se dispersaron con las linternas de sus teléfonos móviles. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Entre rocas, terraplenes, ramas y troncos afilados, los equipos localizaron o confirmaron la posición de al menos seis cadáveres.

    Decidieron levantar uno de los más pesados, ya que también era el que estaba mejor posicionado para poder sacarlo fácilmente. 

    —¿Dónde está la sábana roja? — preguntó uno de los chicos, frustrado porque solo tenían una negra, cuando lo ideal es usar dos para cargar a una sola persona. Nadie la encontró.

    El cuerpo era demasiado pesado, se quejaron. Necesitarían más hombres en el próximo viaje, insistieron. El descontento iba acompañado de pasos en falso que podían provocar torceduras de tobillo o caídas por el terraplén. Al llegar al muro bajo por el que habíamos entrado, la camioneta dio marcha atrás y se detuvo cerca para que el cuerpo pudiera entrar en la caja. Intentando no arrastrar la cara del cadáver por el suelo, lo levantaron de un solo movimiento y lo colocaron en la parte trasera del auto.

    Este fue uno de los muchos viajes que se realizaron a lo largo del día, revelando el doble de cadáveres que los reportados inicialmente por las autoridades. La Defensoría del Pueblo declaró a la prensa que había más de 130 muertos en total (al momento de la publicación de este informe, la cifra oficial era de 121). Con cada hora que pasaba, algún familiar encontraba el paradero de su ser querido.

    Elieci descubrió a su hijo Fábio entre los cadáveres recuperados a última hora de la mañana del miércoles.

    La entrada Buscando a mi hijo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • CONVOCATORIA ESCUELA MUNICIPAL DE ARTE

    Escuela Municipal de Arte La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina convoca a profesores, interesados en dictar talleres de arte, danzas u oficios durante el corriente año, en la Escuela de Arte Eduardo Andreussi, a presentar proyecto de taller, hasta el 14 de febrero inclusive. Los interesados deben acercarse, con Currículo Vitae,…

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    APOSTAR EN TIEMPOS COMPLEJOS

    Un par de semanas atrás en la Clínica Regina el doctor Mariano Ortiz y su equipo llevaron a cabo una cirugía con imanes inédita en la Patagonia, dicha operación fue una “histerectomía videolaparoscópica” sin huellas asistida por imanes. El doctor Guillermo Dominguez inventor de Imanlap (método para operar mediante imanes) realizó 5 operaciones de este…

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    Lucha encarnizada por el botín en el Colón

     

    Gerardo Grieco despidió a la directora ejecutiva del Teatro que respondía a Grindetti: el gestor cultural uruguayo poco a poco afianza su exclusividad en el saqueo que comanda.

    Por Jorge G. Andreadis para Noticias La Insuperable

    A principios de este mes, con sigilo charrúa, el director general del Teatro Colón despidió a Thelma Vivoni, decisión que de haber venido de una autoridad de incuestionable rectitud debería haber sido tan difundida como aplaudida. Pero, lamentablemente, no es el caso.

    Las apariencias y formalidades, publicadas el 5 de este mes, se oficializaron con fecha del 31 de octubre a través de la invocación de una renuncia:

    Solamente el prontuario de la Vivoni hubiera justificado la cesantía. Pero viniendo de un Grieco, pensar bien se torna imposible: la rencilla entre piratas impone su lógica causal.

    Consulta actualizada a la fecha de esta publicación

    Ahora el productor artístico Gustavo Mozzi -tal vez más dócil que la mujer curtida en la jungla del grindettismo recaudatorio, Thelma Vivoni- acapara las direcciones musical y ejecutiva. Todo se hizo bajo el manto de silencio que el GCBA se asegura a través de la pauta que amansa medios y comunicadores.

    Removido oportunamente por Gabriela Ricardes el escollo que representaba Jorge Telerman, bajo excusas de austeridad encubridoras de esquilme patrimonial, impostura alineada con la del libertarianismo que ostenta el galardón de la captura del estado nacional, el comatoso PRO metropolitano que encabeza Jorge Macri abrió el alhajero del Colón a los esbirros de la gestión cultural que se mofan por igual de arte y artistas: Gerardo Grieco y Julito Bocca.

    El Gobierno de la Ciudad, en manos de un partido en vías de extinción, con funcionarios dispuestos a aprovechar los que seguramente serán sus últimos tiempos de rapiña -tras una larga captura del estado porteño bajo el sello PRO-, parece decidido a exprimir hasta los más emblemáticos espacios en busca de negocios espurios. El Teatro Colón no es intocable para esta lógica de satrapía.

    La dupla elegida para la tarea recaudatoria del seguro de retiro del funcionariado amarillo había tenido su entrenamiento en Uruguay: Grieco en el Solís, Bocca en el Sodre. Quien fuera gloria de nuestro arte mereció hasta la amonestación de la justicia de nuestros vecinos rioplatenses.

    El año pasado, LPO dio detalles de las tropelías de este par de pájaros de insaciable buche y modales insufribles en Montevideo: “Preocupación entre los bailarines del Colón por las denuncias contra Julio Bocca por maltrato”. El artículo también aborda la oscura foja de Gerardo Grieco: «Su principal aporte fue hacer que los acomodadores sean becarios y rebajar hasta límites indignos los cachets de los artistas. Cuando las dudas acerca de su honestidad eran inmensas, lo retiraron».

    Habrá que acostumbrarse a que, de ahora en más, el Teatro Colón sea un territorio en disputa encarnizada por el botín. El arte, una tapadera. El sufrimiento, para los artistas ninguneados. Todo en pro del retiro opulento de los funcionarios que antaño apostaron al cambio gatopardista.

    Los personeros amparados en las ampulosidades de la gestión cultural tendrán, sin duda, una recompensa que las gentes poco delicadas llaman retorno. ¿O todo será por amor al arte o al odio del prójimo? ¡Cuántas dudas!

     

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